literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos crónicas de Oscar Yanes

El circo de niños raros y el ser viviente más viejo del planeta

Micaela Tremaria de Abreu, era una viuda de 24 años, con un moño cuello, sujeto con una gran peineta.

—¿Por ahí está Javier? —Solía preguntar casi todas las mañanas en La India

—Javier, te busca tu prima. —Gritaba Armandito, cuando estaba trabajando en el mostrador, y a los pocos minutos aparecía un joven, quizás de unos diez y ocho o veinte años.

En La India todos le “tomaban el pelo” al ayudante de panadería:

—Javier, esa prima tuya está bien buena moza…

—Deja la cosa, vale. Esa es una mujer seria y está comprometida… — A Javier no le gustaban las bromas; se ponía rojo cuando algunos domingos, a las once de la mañana, llegaba la viuda a buscarlo y todos los mesoneros y dependientes comenzaban a toser, lo que se hacía entonces a una mujer hermosa.

—Javier, te buscan, apúrate porque te van a robar la muchacha…

Un domingo estaba Armandito de guardia, y llegó al Salón de familias un hombre mal encarado, flaco y de bigote delgadito.

—Oye muchacho, ¿por ahí no está Javier?

—No, salió esta mañana…

—¿Y tú no sabes con quién salió?

—No, señor…

—Oye, muchacho. ¿Y tú no has visto por aquí a una señora joven, con un moño con peineta?

—No, señor…

—Bueno, muchachito, cuídate, porque si descubro que eso que me has dicho es mentira vengo a romperte los dientes. —Dio la espalda y se fue. Armandito no olvidó nunca la cara de aquel hombre y en la noche, cuando regresó Javier, le contó lo que había pasado.

—No le digas a nadie que ese hombre vino. —Dijo Javier—. Ese es el arpista; ¡hay que tener cuidado! Si pregunta el señor Fullié por mí, tú le dices que yo regreso dentro de un rato, pero no le cuentes a nadie nada de lo que te preguntó ese hombre… —Repitió.

—Pero, ¿quién es ese arpista, vale? —Preguntó Armandito.

— Ese es un tipo capachero de San Juan que está empeñado en casarse con Micaela, pero ella no lo quiere…

Apenas se fue Javier, Armandito subió a la pieza en donde dormían los aprendices. Aquella noche no comió y se quedó en la cama pensando en el lío en que estaba metido: su tío Juan había logrado permiso del viejo Fullié para que el jueves en la tarde y en la noche no fuera al trabajo. Juan pensaba llevarlo al circo de niños raros que acababa de llegar a Caracas, Armandito creía que si volvía el músico y le rompía los dientes, Adiós circo, además su abuela Encarnación le había enseñado que nunca se debían decir mentiras, pero él sintió —y aquello le mortificaba mucho— como una obligación no expresarle la verdad al arpista, sin embargo le inquietaba suponer que el visitante había descubierto el engaño.

¿Por qué no le creyó el artista sanjuanero? Estaba recordando que la otra noche, despertó como a las dos de la madrugada y se levantó para ir al baño; mientras caminaba en la punta de los pies para no despertar nadie y se escuchaban por doquier los ronquidos de los trabajadores, quienes dormían en cuatro cuartos con las puertas de par en par, comenzó a oír los murmullos de la Independencia…

En La India, esa historia era familiar, pero muy pocos podían jurar haber escuchado aquellos susurros tan especiales. El Salón de Familia de la confitería ocupaba la casa marcada con el número 2, de Gradillas a Sociedad y en ese sitio, exactamente, estaban los talleres de Juan Baillio, en donde se imprimieron todos los documentos del Congreso de 1811. Los grandes próceres caminaron por aquellos salones; se sentaron a corregir las pruebas, a discutir cambios de última hora en los textos y eso era, precisamente, lo que algunas personas, como Álvarez, el administrador; Fernández, el jefe de repartidores y Armandito habían escuchado: murmullos, gritos, pisadas, y unos sonidos extraños. Cuando Álvarez una tarde le contó todo al Dr. Víctor Manuel Ovalles, el historiador, afirmó: “Esos son los ruidos clásicos de los talleres de imprenta”. A veces, en la madrugada, olía a tinta y no a pan. Fullié, se indignaba cuando Tovar o Aponte veteranos panaderos, le anunciaban en la mañanita:

—¡Maestro, desde las cuatro de la madrugada aquí no huele a pan español sino a imprenta!

Armandito sentía mucho miedo, porque también era ya hecho cierto en La India que, si alguien decía haber oído los murmullos de la independencia, pasaba algo. Armandito sabía que cuando él escuchó aquellos ruidos por primera vez, había quebrado la bodega el Chin Chin de su tío Juan Yanes. Ahora, le parecía pero no estaba seguro, que abajo en el Salón había un cuchicheo y algo sonaba como cuando un cuerpo pesado metálico cae sobre otro: tan, tan… A la mañana siguiente  el maestrillo tocaba la campana después de aquella noche de sueños extraños, en donde él mismo se veía con la boca llena de sangre y los dientes afuera. “Si yo pudiera hoy ir a ver a mi abuela, le diría: ¡aquí va a pasar algo!”.

Un día después, el lunes 28 de abril de 1913, llegó corriendo a La India el Maestro Gregorio, experto en pan sobado y pan catalán.

—¡Mataron a Micaela esta mañana en La Candelaria! —Anunció con cara de susto—. ¡Yo estaba por allá, vale! ¡Si la hubieran visto! ¡Parecía un pollito, “porecita», con la cabeza torcida y llena de sangre, tirada allí en el suelo…!

Un mesonero vino corriendo:

—¡Vale, Javier te oyó y le dio un soponcio. Le está saliendo espuma por la boca! ¿No hay un médico por ahí? —Armandito, se acordó de los murmullos de la Independencia y se quedó tranquilo, en el mostrador, como si estuviera acomodando los dulces en la vidriera, con la boca abierta daba la impresión que se tragaba cada palabra de Gregorio.

Micaela, tenía 20 años cuando enviudó y conoció a un arpista que vivía por la parroquia San Juan. El músico tocaba en los botiquines del callejón Peniche, de Los Angelitos y de Marcos Parra, y se enamoró locamente de la muchacha; pero algo raro había pasado, pues la viuda, quien al principio aparecía muy embullada, desde hacía dos meses le venía sacando el cuerpo. Un mocho, que jugaba mucho por los lados de Maderero, le dijo al arpista que Micaela estaba saliendo con un panadero de La India. El arpista le llevaba diez años a la mujer y un día le manifestó en el cerro de El Calvario:

—Oye, Micaela, ¿tú crees que yo soy viejo para ti? —la viuda se rio, pero no dijo nada y aquello parece que aumentó la sospecha.

Aquella mañana a las nueve, y Gregorio estaba contan do la historia pasadas las doce del mediodía, el novio celoso fue de San Felipe a Pueblo Nuevo, a la casa número 24, en donde vivía Micaela con sus hermanos, Catalina, Antonio y Silvestre Tremaria, La muchacha estaba cocinando, cuando Catalina gritó:

—Micaela, te buscan… —El músico se quedó parado en el patio, sin saludar a nadie, pues ya sabía que él caía mal a los hermanos.

—¿Qué quieres? —Le preguntó Micaela, con voz fuerte, como para que todos la oyeran, y con las manos en la cintura.

—Quiero que me busques mi retrato —contestó el hombre como avergonzado de que todos se enteraran ella no quería más nada con él. Micaela, sin responder se fue al cuarto y regresó con una postal, tomada en el mercado de San Jacinto en donde se veía un lago, tres cisnes y adelanta, en una silla estaba ella sentada y al lado, de pie, él, con el brazo derecho sobre hombro de la novia.

—Toma tu pedazo de fotografía. —Habló Micaela, y con una tijera cortó la parte en donde aparecía el músico. El trozo de postal cayó al suelo y cuando Micaela dio la espalda, para volver a la pieza, el hombre se abalanzó y la agarró por el moño.

—¡Desgraciada! ¡Perra! ¡Piazo e’ puta! —gritó mientras le golpeaba la cabeza contra el piso.

—¡La va a matar! ¡Deje a esa mujer! ¡Auxilio! ¡Socorro! —Las mujeres que estaban lavando en el fondo de la casa de vecindad, vinieron corriendo hacia el patio.

El músico la soltó y con los ojos desorbitados, comenzó a ver para todos los lados. Micaela, trató de incorporarse y entonces el hombre sacó un puñal, de 17 centímetros, según declaró después el Coronel Medina, y se lo clavó por la espalda, por el estómago, por el pecho. Ella se retorcía, sin gritar, mostrando los dientes, y abría y cerraba los ojos, y agitaba los cabellos largos, de un lado para otro; trataba de levantarse y como pez que agoniza en la playa, comenzó a pegar saltos, hasta que ya en lo último apenas movió el dedo pulgar de la mano y se quedó quieta.

El hombre estaba manchado de sangre, las mujeres lo veían, pero no se atrevían a acercarse; entonces él tiró el puñal y se fue corriendo. A los pocos minutos llegó el policía de punto, Onofre Suárez, y Jefe Civil de Candelaria. Coronel Héctor Medina. José Ismael Tremaria, hermano de Micaela, sabía dónde vivía una hermana del arpista, ubicada entre El Aserradero y La Gorda. La hermana se llamaba Laura y cuando llegó la policía gritó:

— ¡ Está loco en el corral y armado! ¡No lo vengan a matar! ¡Él es muy buen hermano! ¡Ella lo engañaba! —El Coronel Medina sacó el revólver.

— ¡ A mí no me coge vivo nadie! ¿Por qué no se quería casar conmigo? ¿Por qué?

— Cálmese, amigo, cálmese. —El Jefe civil le habló en tono conciliador y bajó la mano que empuñaba el revólver. El músico se le quedó viendo y antes que nadie pudiera impedirlo, sacó una navaja de afeitar y se la pasó por la muñeca izquierda. El Coronel y el policía saltaron sobre él y lograron desarmarlo. Lo llevaron inmediatamente al hospital.

Un mes después, de Gradillas a Sociedad, todo mundo estaba en las puertas de los negocios.

—¿Dónde está? ¿Dónde está? —Preguntaban hombres y mujeres

—Por ahí lo traen… — la gente miraba hacia arriba, hacia la esquina de la Torre, hacia El Panteón. Se veía un grupo de hombres y muchachos, y una figura flaca, con una camisa sucia, y el brazo izquierdo vendado. Lo traían desde el Hospital Vargas, amarrado. La punta del mecate la llevaba un policía y dos agentes más uno de cada lado, lo iban escoltando. La conducían por el centro de la calle y hasta las mujeres lo insultaban y gritaban.

—¡Asesino! ¡Asesino! —El preso, como perro acosado, veía hacia el suelo y movía la cabeza de un lado a otro. Parecía que se encontraba en otro mundo, hasta que pasó por la puerta de La India y vio entre el grupo de mesoneros, pasteleros y panaderos a Javier.

—¡No te olvidaré nunca! —Le dijo.

La turba siguió con él hasta las puertas de La Rotunda. El Secretario comenzó a anotar los datos de ingreso.

—¿Edad?

—34 años.

—¿Profesión?

— ¿Qué?

—¿De qué vivías tú, vale?

—Yo toco arpa…

—Ah, arpista…

—¿Nombre?

—Nereo Pacheco…

—No hables más nunca de eso —aconsejó Doña Encarnación a Armandito, cuando el contó la amenaza del arpista.

—Mienta, mijo, cuando sea necesario proteger la honra de una mujer. —Doña Encarnación pronuncio la sentencia delante de todos los muchachos, la misma noche que Armandito se preparaba para ir al circo de niños raros con el tío Juan.

***

Cuando levantaron la lona que cubría la entrada de la carpa, Armandito se quedó con la boca abierta. Juan hizo un gesto de repugnancia y musitó:

—¡Coño! —A pocos metros, sentado sobre el taburete, recibiendo a los visitantes, estaba una criatura, de unos siete años, con cuatro orejas, dos bocas y ocho pies. El niño no hablaba; pero observaba fijamente a cada espectador. El circo de niños raros levantaba su carpa por los lado del Cuartel San Carlos, en un terreno amplio que según Doña Encarnación, se llamaba en los viejos tiempos la Sabana d de San Pedrito. Cobraban tres centavos por persona y mostraban quince fenómenos infantiles. Había un muchacho con cara de gato y cada vez que abría la boca se veían dos colmillos inmensos; una niñita, de diez años con un hocico y una protuberancia en la frente dos troncos de donde nacían dos troncos de cuernos con diversos pitones de venado. Un señor iba explicando al público la historia de cada uno de los fenómenos. En un pequeño corral, cubierto de lona, había dos pequeños, unidos por el pecho, daban vueltas, se paraban y volvían a caer. La gente se reía cuando uno corría hacia un lado y el otro quería ir en dirección contraria. Un señor, le tapó la cara a una hora y la sacó rápido.

—Si yo sé esto no vengo. —Explicó—. Ella está en estado…

—¡Cómo se le ocurre traerla! —Intervino una dama de cierta edad, con visible molestia—. ¡Usted está loco!

Otros hablaban que aquello era una vagabundería, y que “el Gobierno debía prohibirlo, porque cualquier mujer que vea esto después da a luz un monstruo”.

En el fondo de la carpa había un gran cartel en donde aparecía una tortuga inmensa, saliendo del mar. Arriba un letrero: EL SER VIVIENTE MÁS ANTIGUO DE LA TIERRA.

—Vamos a ver esa vaina… —Comentó Juan y se fue con Armandito hasta donde estaba una señora, que cobraba diez centavos por persona.

—Entonces, aquí se paga dos veces… —Protestó Juan.

—Cuando usted entre señor, se convencerá que esto sí vale los diez centavos. Hay que verlo para creerlo…

Adentro, en un estanque de muy poca profundidad estaba una tortuga inmensa con una palmera, de un metro de altura aproximadamente clavado en la concha. La tortuga tenía más de tres metros de largo y cuando sacó la cabeza cada ojo parecía una metra de ámbar. En el centro de cada ojo se veía un punto negro que se clavaba fijamente en el visitante. Tardaba mucho para meter otra vez la cabeza dentro de su coraza. Desde la parte superior del hueco donde salía la cabeza, hasta donde terminaba la concha, tenía una zanja profunda, como de veinte centímetros de ancho, llena de una sustancia negra, que evidentemente era tierra, pues allí estaba sembrada la palmera, en forma de abanico.

Aquella planta cambiaba la imagen del animal, daba grima y el abanico vegetal hacía recordar a un pavo real extraño, con aquella concha sucia y esa zanja oscura que parecía una inmensa cicatriz. Un hombre refería entonces que el quelonio venía de la exposición de Saint Louis, en Estados Unidos, que tenía 350 años y que era por lo tanto el ser vivo más antiguo del planeta Tierra. Según el hombre, esta tortuga era adorada por las tribus Hovas de Madagascar. Los hovas veían en la tortuga y su palmera, la encarnación de Dios, pero uno de los soberanos, quizás para librarse por un tiempo de la gran influencia que aquel animal tenía sobre los nativos, anunció al pueblo que Dios quería que la tortuga fuera a otras tierras para que los hombres conocieran aquella manifestación divina. Todo se hizo de acuerdo con un inglés, radicado en Madagascar, quien arrendó la tortuga por un año a la Gran Feria Internacional de Saint Louis. ¿Era cierto todo aquello? Nadie lo sabía. El empresario contaba también que estos mismos hovas heredaban el poder de los reyes muertos y que por eso al morir un soberano se le cortaba una parte de su cuerpo, una mano, un dedo, un brazo, una pierna y allí radicaba el poder, pues el difunto tomaba posesión del alma del rey viviente, que guardaba en su casa aquellos restos humanos, y a través suyo daba sus instrucciones. La tortuga era el símbolo de todas las cosas buenas y a ella se acudía para pedir protección en caso de peligro. Si todo aquello era cierto, ¿por qué permitieron que la tortuga fuera llevada al extranjero? Juan le explicó a Armandito que posiblemente aquel animal era un obstáculo para los planes que pensaba desarrollar el rey.

—¿Quién va a compartir un reino con una tortuga? —Preguntaba el tío a Armandito, quien no podía entender tampoco cómo una planta puede crecer en la concha de un Quelonio.

—Posiblemente cada mes le siembran una matica nueva, para rellenar el hueco que le debe haber dejado un hachazo. Cicatrizaron la herida con tierra… pobre animal, yo tengo que contarle esto a “mesié” Pittier —Juan refirió que su amigo era suizo. Era un joven alto, rubio, con los ojos azules. Siempre trabajaba en los alrededores de Caracas recogiendo plantas y a veces se iba para pueblos muy lejanos en el interior de la república. Henry Pittier le pedía a los campesinos que le llevaran todo ejemplar raro que vieran. Por aquellos días  “mesié” Pittier estaba investigando matas de flores y árboles frutales por Santa Lucía en una hacienda llamada Volcán, de la familia Ríos Vale.

En el circo se contentaron mucho cuando Juan llegó con “mesié” Pittier y este preguntó cuánto le cobraban por examinar la palmera. Los dueños se reunieron y le pidieron cuatro pesos, con tal que no pasara de dos horas la inspección. El joven Pittier se metió con sus botas en el charco y comenzó a observar la planta, tomaba muestras de tierra y las guardaba en una cajita. Después le comunicó a Juan con gran alegría.

—Esta es una Ravanala madagascariensis Sonn, una planta de Madagascar que acumula agua en sus hojas y es muy útil para los viajeros que se pierden en la selva. Esta palma, Juan, puede crecer encima de esa tortuga hasta tres o cuatro metros más.

—“Mesié” Pittier, cómo fue que usted me dijo que se llamaba la planta?

—El nombre científico no te lo vas a aprender nunca, es una Ravanala madagascariensis, pero llámala mejor Palma del Viajero, como le dicen los nativos en Madagascar o Palma de Abanico, —En efecto, del tronco, partían unas hojas, como de plátano, en forma de abanico. Juan sacó un papel para anotar el nombre científico y le pidió a Pittier que se lo repitiera otra vez,

—¡Por favor, Juan! —respondió el musiú riéndose —¿qué ganas con darle ese nombre tan complicado? A mí me molesta mucho cuando los científicos comienzan a hablar con denominaciones latinas como para demostrar que saben más del mundo vegetal que los mismos campesinos. Yo le digo a toda la gente del pueblo que me ayuda que no se sorprendan, ni se sientan ignorantes, si se acercan a un investigador con una rama de merecure y éste le dice: “ah, ésta es una Licania pyrifolia Griseb”, porque resulta, amigo Juan que aquel hombre que se  queda con la boca abierta al oír esa denominación sabe más del merecure que el idiota que se empeña en hablar de Licania pyrifolia Griseb. Y si el campesino le coge miedo a esos nombres raros, ya le da pena contarte lo que sabe de la planta.

Pittier llamó al encargado del circo y preguntó:

—¿Por cuánto me vende un retoño de esa mata?

—Bueno… —el otro no sabía que responder.

—Usted, ¿ve esa hoja que está cerca del tronco? Si usted me lo permite, la corto y me la llevo.

—¿Para qué?

—Para sembrarla. Es una curiosidad y así tendremos en Volcán, la palma de la tortuga

—¿Usted cree que esa ramita, prenda? —Preguntó Juan.

—Claro, pásate por la Hacienda Volcán dentro de tres meses… —Y el musiú se fue con su retoño, más alegre que muchacho con juguete nuevo.

—¿Tenemos tortugas en Venezuela? —Preguntó Armandito a su tío.

—Sí, de noche salen por centenares del Orinoco y después de esconder los huevos vuelven al agua…

—¿Qué es el Orinoco?

—Es el río más grande de Venezuela. Hay caimanes y tortugas y en las selvas del Orinoco árboles que son tan altos que muchos veces tú no sabes si es de día o de noche, porque no puedes ver el sol…

Armandito escuchó en silencio

—¿Hay pájaros?

—Inmensos y de todos los colores. ¡Hay también oro, mucho oro! —Armandito recordó que la abuela le decía que el oro es lo único que siempre vale en cualquier sitio del mundo.

Cuando el Mestrillo volvió a la India, soñó aquella noche con los ojos de la tortuga. Y vio en el centro de cada ojo aquel punto negro cambiaba de color hasta convertirse en una monedita de oro. En la mañana, mientras preparaba los cartuchos con crema, para que el maestro empezara a decorar las tortas, se sentía insignificante.

—Mientras tú y yo estamos haciendo dulces, hay gente que está sacando oro en el Orinoco —le dijo un día a Requena, un muchacho de su misma edad que soñaba con ser torero.

Caracas se alborota con el aeroplano

Cuando Juan llegó a La India, ya Armandito lo estaba esperando, Ese sábado cuatro de abril de 1914, no cabía un alma en la confitería de Fullié. Toda Caracas, desde horas del mediodía, en aquel momento eran las dos de la tarde, se preparaba para ir al Hipódromo, en El Paraíso, a ver el vuelo de Peoli, el muchacho americano que había llegado, una semana antes desde Nueva York, contratado por Carlos Montauban, para una demostración.

El viejo Fullié, igual que casi todos los dueños de los grandes establecimientos de Caracas, había dado la tarde libre a los empleados de mejor comportamiento.

—¡Ya nos vamos! ¡Queda tiempo todavía, porque el vuelo es a las cuatro! ¡Déjame tomarme un brandy y aprovechar para revisar estos textos! — Juan sacó de un bolsillo unas cuartillas y las colocó sobre la mesa. El hijo de Doña Encarnación ofrecía sus servicios ahora, a diversas firmas para redactar textos de avisos.

—¡La publicidad es el gran negocio del Siglo! No sé cómo no lo descubrí antes —Comenzó entonces a leer, mientras Armandito escuchaba con atención:

—LABIOS VOLUPTUOSOS Y FRESCOS. Boca Deliciosa. Fragancia en el aliento con las VIOLETAS RUSAS de Quentin. Perfuman los labios y dan a la boca sabor de ambrosía y hacen divino el beso de la enamorada y de los amantes. La esposa que usa las Pastillas de Violetas de Rusia de Quentin. goza de su marido”. —Juan, hizo una pausa.

—Pero, queda muy fuerte eso de “goza de su marido”, mejor es decir, “goza de la ternura de su marido”. La ternura no es pecado, la gozadera sí. —Luego volvió a leer —: “indispensable para los que aman las exquisiteces. En venta: “Liverpool” y principales perfumerías. Esto está bien. Déjame leer este otro y ya nos vamos. Otro brandy, por favor. —Tomó otra hoja de papel y levó:

—BURLAD LOS AÑOS. Sed siempre jóvenes y bellas. Un químico de Oriente, cuyos estudios han sido consagrados a embellecer el rostro y voluptuosear las carnes de las mujeres del Harén inventó la fórmula de la crema “Sirene” para embellecer. La Crema Sirene rosa, recomendada para la mujer trigueña o morena, a la tez da suavidad de azalia y el tinte seductor de las voluptuosas flores del granado. Con el uso de estas cremas la mujer burlará los años y cautivará a los hombres más soñadores y exigentes. — Terminó de leer, guardó las hojas y comentó: —¡Esto vende. tiene sexo con elegancia! Vamos.

Toda Caracas estaba en la calle. La gente del pueblo invadió el cerro de EI Calvario desde el mediodía. No cabía un alfiler. El Paraíso congestionado de coches y de automóviles. Se cobraba un bolívar para entrar al Hipódromo, cuya tribuna aparecía repleta. El General Gómez, comandante en Jefe del Ejército; el Gobernador de Caracas, General Juan Gómez; el Dr. Gil Fortoul, Presidente del Consejo de Gobierno; los generales Graciliano Jaimme, Martínez Méndez; los coroneles Aparicio Gómez, Alí Gómez, Serrano, Cardona, Don Antonio Pimentel y el Dr. Márquez Bustillos, quien sería designado Presidente Provisionalm dentro de dos semanas, el 19 de abril, pues ya toda Caracas sabía eso, saludaban al público, desde unas sillas de mimbre, instaladas en el Palco Presidencial.

El Coronel Alí Gómez, le contó a su papá, el General Juan Vicen Gómez, que el aviador Cecil Peoli, era nieto de un venezolano que lle ba el mismo apellido y que se había radicado primero en La Habana después en Nueva York.

—¿Y cuántos años tiene ese muchacho? —Preguntó el General Gómez.

—21 años, papá, y se pone a la orden tuya y del Gobierno para fundar una Escuela de Aviación y formar un cuerpo de aviadores militares.

El General escuchó con atención lo que le informaba el hijo y movió la cabeza afirmativamente, como si le gustara la idea; después dijo: —¡Hay que pensarlo! Del apuro no queda sino el cansancio. ¿Cómo fue que se mató el otro señor que vimos volar hace poco?

—¡Pobre muchacho! —Intervino el Dr. Márquez Bustillos—. ¡Las mismas maniobras que hizo aquí mismo, ustedes se acuerdan, las fue a hacer en Trinidad y le falló la máquina! ¡El hombre no es un pájaro! Uno siempre en la tierrita, porque Dios lo hizo a uno para caminar, pero no para volar…

—Pero, el progreso, el progreso —protestó amablemente el Dr. Gil Fortoul, ajustándose el monóculo—¡Nada puede detener, doctor, el desarrollo de la aviación! Yo siempre recuerdo que cuando inventaron la linotipia, —y mirando al general Gómez explicó— máquina que hace todo automáticamente para los tipos de las imprentas, la gente decía que eran cosa del diablo, y con el automóvil lo mismo…

—Por cierto, papá, —volvió a hablar Alí Gómez, sonriendo— el General León Jurado batió un récord la semana pasada…

—¿Qué fue lo que hizo? —Preguntó el General sin ocultar la curiosidad.

—¡Fue manejando en automóvil, en un Ford, desde El Rastro hasta Calabozo, gastando 25 minutos en 15 kilómetros!

—Ajá, ¿y cómo fue eso?

—Un carro Ford salió de Caracas a Calabozo, manejado por dos amigos míos, Adán Hermoso y León Pedrique, y llegó en 13 horas con 16 minutos. El General León Jurado estaba en El Rastro y entonces Hermoso y Pedríque lo invitaron para que manejara el Ford.

—Ajá. eso es bueno, eso es bueno, porque entonces Alí —dijo el General sonriendo— como el General León Jurado ya está manejando, no necesitará quien le maneje…

Grandes aplausos del público casi impidieron oír, aún a los que estaban muy cerca, las últimas palabras del Comandante en Jefe del Ejército, pues en aquel momento caminaba el aviador Ceci Peoli, acompañado de Carlos Montauban, hacia la tribuna presidencial.

—Por usted y por Venezuela. —Dijo el piloto, cuando extendió la mano para saludar al General Gómez. Bajó rápidamente de la tribuna y acompañado por dos mecánicos caminó hacia el aeroplano, un Biplano Farman, estacionado en el centro del campo. La gente saludaba con pañuelos y gritaba.

En el cerro de El Calvario, los vendedores de gofios, cachapas y batatas sancochadas “hacían su agosto”. Había gente que estaba allí desde las once de la mañana.

—¡Ya va a salir! —Dijo uno, que tenía un largavista—, ¡Va caminando hacia el avión!

—¿Quién es el aviador? Porque se ven como cinco personas.

—¡Aquel que se está poniendo una gorra con anteojos!

—¡Ahora sí! ¡Ahora! ¡Ya se subió en el aeroplano! ¡Que Dios lo ampare!

—Ya va arrancar! No empujen, que todos podemos ver —protestaba una Señora. Un ruido muy fuerte se escuchó en El Calvario y toda Caracas se quedó callada. En las azoteas, las ventanas y en la calle, la gente esperaba…

Por segunda vez, una máquina, más pesada que el aire. El primer vuelo lo había realizado Boland, unos meses, desde allí mismo desde el Hipódromo de El Paraíso. Después, ya se sabe qué pasó. En una exhibición en Trinidad, en Puerto España, en un lugar l1amado la Gran Sabana, en Queens Park, el avión se estrelló. Boland murió en el acto, una de las costillas fracturadas le partió el corazón.

—¿Te acuerdas de Boland? —Dijo Martínez Méndez a Aparicio Gómez—El otro hizo un movimiento afirmativo. Toda la representación oficial que estaba allí había visto aquel primer vuelo sobre Caracas desde ese mismo sitio. La única diferencia era que el General Gómez había asistido en aquella oportunidad vestido de civil, pero todo lo demás era igual, hasta el Maestro Pedro Pedro Elías Gutiérrez estaba tocando con la Banda Marcial la misma Marcha de Carabobo.

—¡Bravo! ¡Viva! —El biplano se levantó del campo y voló sobre los sauces y samanes de El Paraíso, luego siguió hasta El Recreo; la gente gritaba y saludaba al aviador; por las vegas y conucos del este de la ciudad más de un campesino, se hacía señal de la cruz, pues ahora, el avión se estaba remontando por allá hacia Petare. Apenas se veía como un puntico y después comenzó a descender. Por El Paraíso vieron cómo regresaba, hasta que voló muy bajo por encima del Hipódromo y siguió hacia Antímano; cuando regresó pasó cerca de El Calvario y todo el mundo le preguntaba a la persona más cercana:

—¿Viste al aviador? ¿Te fijaste como saludaba?

—¡Dios mío! ¡Miren!

Peoli, otra vez sobre el Hipódromo, subía para luego descender perpendicularmente.

—¡El motor se apagó! —Gritó uno.

—¡Cállate pavoso!—Le contestó otro. Hubo silencio. ¡El avión caía sobre el campo del Hipódromo, sin hacer ruido, pero de pronto sonó de nuevo el motor y volvió a subir!

—¡Bravo! ¡Viva! ¡Ese sí es un aviador! —El biplano tomó otra vez hacia las vegas de El Paraíso y luego se dispuso a aterrizar.

La máquina corrió por el campo y cuando se detuvo, más de doscientas personas rodeaban el biplano, pese a los esfuerzos de la policía para detener a la multitud.

—La maniobra aérea que acabamos de presenciar —le dijo Gil Fortoul a Peoli— es, sin lugar a dudas, superior a la que realizara el infortunado Boland, de la cual guardábamos tan impresionante recuerdo. ¡La caída en picada fue formidable!

El General Gómez saludó al piloto y le entregó un billete de mil bolívares.

El norteamericano, explicó al General Juancho Gómez y al Dr. Márquez Bustillos que desde El Recreo a Antímano voló a 1500 pies y luego subió a cinco mil pies.

—En total el vuelo duró 25 minutos. —Comentaba Peoli, sonriendo mientras saludaba a más de treinta muchachas que lo rodeaban. Una de ellas le decía a un señor de pumpá y levita:

—Papá, ¿por qué no lo invitas esta noche a la casa?

—Calma, niña, calma. Ya hablaré con Carlos…

Caracas sólo hablaba del aviador. En aquellos días la importancia social de una familia quedaba confirmada si Cecil Peoli aceptaba ir a cenar. Las chicas más finas de la calta sociedad le confiaban a sus amigas en La Francia y en La India, en voz muy baja: “chica, figúrate que Cecil me contaba que no sabemos lo que tenemos; que si todos pudiéramos ver desde arriba, como él, la belleza del valle de Caracas…”

—¡No me digas! ¿Y cuándo lo viste? —Preguntaba la otra, con envidia.

En La Pastora, San Juan y San José, los muchachos, se convirtieron en el gran dolor de cabeza del pulpero caraqueño. Llegaban al negocio y gritaban:

—Una puya de mantequilla y mi ñapa de Peo…li — Hacer una pausa al pronunciar el apellido del piloto se convirtió en la broma de mal gusto de la chiquillería y de uno que otro adulto, despechado, porque la novia en San José o Altagracia susurraba a la salid de misa: “ah, quién pudiera conocer a un hombre volador.”

El lunes, dos días después del histórico vuelo, José Romero Echezuría, repartidor de la panadería de Solís, a las seis de la mañana, sorprendió a un individuo en el Puente del Guanábano, con una vara amarrada a un paracaídas gigantesco. El hombre se estaba subiendo por la baranda, cuando el repartidor lo agarró:

—Déjeme. Yo he inventado este aparato que me permite saltar por cualquier sitio sin que me pase nada.

Echezuría se negó a soltarlo hasta que llegó la policía.

—Yo me llamo Santos Dumont —aseguraba el hombre del paraguas.

—¡La ciudad está enloquecida! —comentaba Montaubant en La India.

Fullié había decidido “sacarse la espina”, según sus propias palabas, y ofreció a Peoli un homenaje en La India. Boland había sido agasajado en La Francia después de su vuelo y el prestigio de La India había quedado socialmente golpeado en aquella oportunidad.

—Ahora me llegó la mía —comentó Fullié—, porque de quien se habla es de este y no del otro.

—Los caraqueños no saben lo que tienen —repetía el piloto—. Aquí he visto uno de los paisajes más bellos de la tierra: las vegas cultivadas, el Guaire con sus aguas claras, los montes verdes y el cielo azul… Es difícil de describir. Ah, so un pintor viera lo que yo he visto.

—¡Esa es tu oportunidad, Leo! —Dijo Job Pim.

—No, yo no pinto por arriba, “mi leva” sino por debajo… —Respondió el otro—.¡Quién ha visto chino vendiendo quincalla y turco lavando ropa!

—Pero, ¿no habrá problema con el vuelo a Macuto? —preguntó Jorge Schmidke, quien acababa de llegar de Maracaibo.

—Fíjese en estas instantáneas tan bellas —le dijo al aviador el Dr. Herrera Irigoyen, entregándole un juego de seis grandes fotografías tomadas por Chirinos la tarde del vuelo.

—Este es un regalo de El Cojo Ilustrado. —Añadió Herrera Irigoyen.

Peoli, después de ver las fotos, habló sobre su próximo vuelo, dirigiéndose a1 poeta Schmidke.

—¡Yo sé que es peligroso volar sobre el Ávila, pero estoy seguro que llegaré a Macuto y aterrizaré luego en Maiquetía o La Guaira!

Hubo aplausos. En el gran homenaje que Caracas rendía en La India, Montaubán, anunció que el domingo —faltaban cuatro días— el aviador norteamericano volaría desde Caracas hasta Macuto. Por primera vez en la historia un hombre pasaría volando por sobre el cerro del Ávila

—¿Pasará o no pasará? —Esa era la pregunta que se hacían todos los caraqueños, en la Plaza Bolívar, en San Juan, en San José, en Altagracia. Las señoras entradas en edad, eran las únicas que no querían habla.

—Esas son cosas de fines de mundo…

—¿Y la neblina? Humm. —Comentaba Landaeta Rosales. Y eso era, en efecto, lo único que preocupaba al aviador. El cerro siempre estaba nublado.

El domingo 12 de abril, a las cuatro y tres cuartos, despegó el mismo biplano Farman, desde el Hipódromo. A partir del sábado la gente hacía cola en la estación del ferrocarril para ir a La Guaira,

Hoteles y pensiones en Maiquetía, La Guaira y Macuto no tenían una cama disponible.

El Calvario  otra vez repleto y las tribunas del Hipódromo totalmente llenas.

Un muchacho se cayó en el tanque de El Calvario y nadie se dio cuenta. Todo el mundo estaba fijo, viendo hacia el Hipódromo.

Peoli, después de volar El Paraíso, siguió la línea férrea del ferrocarril inglés, por sobre el abra de Catia. El biplano, desapareció dentro de la Neblina.

—Que Dios lo cuide… —Musitó  el presbítero Edmundo Acuña, cura de Santa Rosalía, quien acompañaba a Doña Encarnación y Carolina, en EI Calvario.

—Ojalá todo le salga bien a ese muchacho —agregó el sacerdote—. Es católico y nieto de un venezolano… —Las dos mujeres se persignaron.

—¿Un real a que no llega? —Apostó un rufián de San Juan a “Cabeza e Cacho”, conocido matón del Nuevo Mundo.

—Tá pago, a que a que llega, voy —Repuso el otro…

En el aire, Peoli conducía el biplano, con muy poca visibilidad. Comenzó a descender a dos mil metros de altura, por Punta de Mulatos. La niebla se disipó y vio el mar. Tomó entonces hacia Macuto, orientándose por el edificio de Los Baños. Siguió volando a cuatro mil pies y al estar sobre el propio balneario bajó a mil quinientos pies. A esa misma altura tomó rumbo hacia Maiquetía, pasando por el Puerto de La Guaira.

La gente se echó en las calles, en La Guaira y en Maiquetía; en la plaza Lourdes tiraban cohetes y en El Vigía dispararon dos cañonazos. Algunos barcos sonaron las sirenas y repicaron las campanas de la iglesia de Maiquetía.

El avión aterrizó a las cinco y diez y ocho minutos de la tarde en Maiquetía, en una sabana situada a la derecha del Puente del Ferrocarril, hacia el mar. Mr. Thor y Carlos Montaubán esperaban al aviador. El vuelo había durado treinta y seis minutos. Peoli cubrió el trayecto Macuto-Maiquetía en cinco minutos.

En auto descubierto llevaron al norteamericano hasta Macuto. La gente no se movía de las aceras, esperando el paso del piloto. Las mujeres le lanzaban flores. Los padres alzaban a los muchachitos, para que vieran “al hombre que había pasado volando el cerro del Avila”.

En Camurí, lo esperaba el General Juan Vicente Gómez, quien lo invitó a almorzar.

—¿Y cómo le fue? —Preguntó el General Gómez,

—General, éste es el vuelo más peligroso que he hecho hasta ahora — explicó el piloto—. Y también es el segundo vuelo más alto, que he realizado. El primero fue en Nueva York, en donde volé a nueve mil metros… —Gómez, escuchaba con gran atención y movía la cabeza, de arriba abajo, como respaldando todo lo que decía el aviador.

—Acabo de entregar en Macuto, General —continuó Peoli—, cinco cartas que me dieron en Caracas, ¡Para su satisfacción este vuelo ha sido también el primer servicio de correo aéreo en Venezuela! —Todo aplaudieron.

En los días sucesivos, un espíritu de aventura se apoderó del país. Peoli voló en Barquisimeto, Maracaibo y otras ciudades. Después regresó a Nueva York a participar en un concurso de looping the loop.

Armandito sintió, cuando se fue el aviador, como si hubiera perdido a un gran amigo. El norteamericano iba siempre a La India y contaba sus aventuras. Los mesoneros le decían cariñosamente “el pájaro”. Y Peoli no se ponía bravo cuando uno de los mesoneros, al acercarse al mostrador, gritaba:

— ¡Un ponche inglés y una taza de chocolate, con bizcochos de San Joaquín, para “el pájaro”!

Para Armandito, Caracas sin biplano volvió a ser una ciudad fastidiosa. Un domingo en la mañana al llegar a la casa de Gobernador, llamó a Doña Encarnación y le dijo:

—¡Abuela, mañana yo renuncio a la pastelería. Me voy con dos amigos para el Orinoco!

—¡Muchacho, estás loco!

—No abuela, el otro día el aviador dijo en La India, una gran verdad: “usted siempre tendrá miedo de volar hasta que lo haga por primera vez”.

Fullié, se comportó muy bien con Armandito. Le regaló veinte pesos y le dio una carta de recomendación para Don Jesús María Flores, en Ciudad Bolívar y para Don Víctor Zuliani, dueño de la finca La Trinidad, también en Bolívar.

Pablo Requena, otro muchacho que trabajaba en la pastelería, siguió el ejemplo y renunció. Fullié le entregó carta de recomendación para el señor Francisco Pieraldi, dueño del Restaurant Francés, en Ciudad Bolívar.

Un joven, Jesús María Merchán, de La Pastora, se animó y aportó una platica para irse con Armandito y Requena.

—Recuerda la Biblia: “cuídate de quienes gustan de ir con ropas lujosas, aman las salutaciones en las plazas, las primeras sillas en los templos los primeros asientos en la cena”. —Fue el último consejo que le dio Juan.

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