literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Gregorio Suárez López

Ago 21, 2022

Performance

Pasen

vengan a ver

Avisten esta ausencia

este dolor

esta sombra

Es un monstruo

un invento

un chillido

una verdad

 

Pasen

vengan a ver

miren su máscara

desgarren su pecho

no se asusten

es un espejo

 

 

Subtatuaje

Eliodoro se pinchaba el cuero de su quijada

con agujas de coser zapatos

y se aletargaba sobre una cama de clavos

exhalando por sus ojos viajes imaginarios.

 

No desangraba sino el mar de sus fábulas

y sus naufragios olían a incienso de por aquí

hasta descifrar los pergaminos perdidos:

“El mar es la codicia de cualquier odiseo

una decisiva aventura de miedo y regocijo”.

 

Yo oí el cuento una tarde de afán

El hombre decía:

 “Era hermosa y su voz ondeaba en los azules reflejos del reino de agua”.

 

¿Existe la sirena? preguntaba.

 

“Su canto muerde las ficciones y derrite los silencios.

La anclé en una playa palpitante

increíblemente bajo la piel de mi pecho.

Pero a partir de aquel momento

una piedad misteriosa se fue apoderando de mi corazón”.

 

De pronto Eliodoro se tragó un candelabro con velas encendidas

y desde sus entrañas surgieron sombras chinescas:

en su torso desnudo sentada yacía la sirena.

 

“El mar como el amor es un enigma

o como todo en la vida una ilusión”.

 

Eliodoro perdió el mar

se olvidó de sus reinos

alguna lluvia le removía su naufragio.

Recordé que con el chasquido de sus dedos

flameaba la visión y arrojaba por la boca

espuma azul y escamas doradas

era cuando desaparecía de la escena

envolviéndose en una capa de fuego.

 

 

Naturaleza

Vuelo por el tatuaje de tu nombre

imagen de estepa y venas de agua

y me detengo donde el sol acorrala las tardes

 

Merezco tu aliento     tu frente

el barro ancestral de los corazones ocultos

tu pelambre vegetal en mi canto

 

De vuelta me queda el verso para recordar

 

Recordar el horizonte y perderme

 

 

Un azahar en mis sueños

“Y no encontrarte no es ninguna angustia  pues abarrotas el largo almacén de lo factible  donde lo real es mayor que la realidad”. Carlos  Drummond de Andrade

Yo encendí la lámpara. Tenía la mecha larga como una serpiente y un aceite propicio para ungir los puntos cardinales. Entonces la sala se iluminó como si fuera la casa predilecta del sol.

Esa vez, el recuerdo no era de lluvia, pero exclamaba guirnaldas, valses, marcha. Tú ya no tejías encuentros entre las begonias y las amapolas, sino que eras un azahar abierto boca arriba respirando los vientos celestes.

Me dijiste: no olvides el tártago porque la escena no debe apagarse.

En el corredor alguien rasgó la euforia de los colores. Y las mujeres salieron ataviadas con cintillos de pájaros y vestidos de claveles: ¡lindísimas! Y los hombres sacábamos humo sonando las jambas y los mesones para que las pomarrosas saltaran y revotaran estremecidas. Las conversaciones y las cosas fueron de un beber de risas y ayeres.

Yo salí, un instante, por una bocanada de memoria; al regresar, todos se habían marchado con temblores nostálgicos en sus cuerpos.

Solo quedabas tú en medio de la sala. También habían retocado tus pétalos, y te dejaron cubierta de palabras, silentes palabras que estaban guardadas en ambulantes secretos. Y la lámpara dio tanto brillo que no quedó ninguna sombra en el lugar.

Todo fue intensa luz y me perdí.

 

Niña y universo

por Ixchel Aymara

 

Un árbol expone en sus hojas la brisa

la acera es un ritmo de hormigas con sombrillas

en la rayuela las lagartijas acomodan las piedras

y los suspiros suspiran el porvenir

 

Tan cerca está el arcoíris

por donde rueda una naranja

cuento que está en algún libro

El columpio vuela y traga sorpresas

tiene crines de caballo

 

En esta historia

la princesa usa chanclas

y pantalones de piyama con huequitos

− ¿pisé?

no sé   no sé   no sé

pisé los bordes del universo

 

La niña cierra el libro

baja la cabeza

y se pone a llorar

 

 

Rondas de insomnios

Voces náufragas

de orilla a orilla

en las rondas de insomnios

 

Una calle de abejorros luminosos

parecen niños jugando con los dientes clavados en la luna

las preguntas se quedan en el espacio sideral

 

Un vecino baja a limpiar el pozo

su cuerpo flota sobre las hojas húmedas del manzano

La bruja buitre enseña colmillos plateados

el tejado se pudre por el estiércol de su acecho

 

Quiero la luna guindada en el pasillo

y la sala repleta de niños babeando sal

para que los burros negros no entren a la casa

y todos se duerman

y paren de contar

 

 

Conquista

Senos

húmedos y lozanos

redondean la puerta

 

un fósforo

incendia el barrio

 

Un libro de historia

comprime una rosa

entre cenizas

 

 

Para morir de amor

Ojalá a nadie se le ocurra

desoñar la tristeza

porque moriríamos de risa

Ni desoñar la risa

porque moriríamos de llanto

Ni desoñar el llanto

porque moriríamos desiertos

Que no desueñen el amor

porque desoñarían la alegría

y podríamos morir de tristeza

Ojalá a nadie se le ocurra

desoñar la tristeza

para morir de amor

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