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de hoy y de siempre

Poemas religiosos

Ago 17, 2022

Abigaíl Lozano

Dios

¡SEÑOR!, en el murmullo lejano de los mares
Oí de tu palabra la augusta majestad;
Oíla susurrando del monte en los pinares
Y en la de los desiertos callada soledad.

Tu voz cruza en las brisas, y en el perfume leve
Que brota a los columpios de la silvestre flor;
Tu sombra entre las aguas magnífica se mueve;
¡Tu sombra, que es tan sólo la inmensidad, Señor!

Tú diste a la esperanza las formas de una fada;
Purísima inocencia le diste a la niñez;
Si diste sed al hombre, le diste la cascada;
Si el hambre, en cada espiga la aprisionada mies.

Tú diste a la montaña su soledad augusta,
Su sombra gigantesca, su religiosa paz;
El estampido al trueno, que el corazón asusta;
Su brillo a las estrellas, reflejo de tu faz.

Y diste al hombre acentos para cantar tu Hosanna
Cuando la negra noche le pide una oración;
Mas calla el hombre entonces; por eso en la montaña
Los pájaros te ofrecen universal canción.

Tú hicistes esas playas que ciñen los contornos
Del mar, que en vano intenta salir de su nivel;
Y diste al Cotopaxi sus inflamados hornos
Que imitan los horrores del antro de Luzbel.

Tu nombre en el espacio lo escriben los cometas
Con cifras misteriosas que el hombre no leyó,
Porque jamás supieron ni sabios ni poetas
El inmortal arcano que en ellas se encerró.

— ¡Jehová!… Dicen las brisas; ¡Jehová! dice el torrente;
¡Jehová! dicen los Andes, y el huracán, ¡Jehová!
Y todas las criaturas te llevan en su mente.
Porque doquier impreso tu santo nombre está.

Yo sé que tú inflamaste los soles del vacío;
Que sólo el derramado, sonoro y ancho mar,
Con sus gigantes voces podrá, no yo. Dios mío,
Al son de las borrascas tu gloria celebrar.

¡Señor! cuando en mis horas de soledad y duelo
Se bañe en sus tristezas mi pobre corazón,
Aleja tú las nubes, mientras remonta el vuelo
Hacia tu santo alcázar, mi férvida oración.

***

La Biblia

Yo he leído ese libro misterioso
que por el mismo cielo fué dictado;
del Profeta y del Ángel he escuchado
de nube en nube retronar la voz.
He asistido al festín de las ciudades,
y de sus copas al hirviente ruido,
he escuchado el horrísono chasquido
de las llamas coléricas de Dios.

Mas ni el Ángel, ni el fuego, ni el Profeta
han dejado un recuerdo en mi memoria,
como una triste y dolorosa historia
que vive en ese Libro inmemorial.
Es la historia de un NIÑO que en el cielo
durmió el sueño primero de la vida,
y al abrazar una ilusión querida,
despertó en este valle terrenal.

Mas despertó en los brazos cariñosos
de una Virgen purísima y divina,
hermosa cual la estrella matutina,
más pura que el radiante serafín.
Cada letra del nombre de esa Virgen
es en el cielo un canto, una armonía:
la tierra misma al pronunciar MARIA
exhala el dulce aroma del jazmín.

A ese nombre Luzbel en sus abismos
tiembla… ve el cielo y brilla suspendida
en su pupila cárdena, encendida,
una lágrima hirviente de dolor.
Porque ese nombre lo llevó en la tierra
una mujer que alimentó en su seno
al Dios que guarda entre la nube el trueno,
el relámpago, el rayo abrasador.

Del sagrado Jordán las aguas puras,
de aquel NIÑO la imagen retrataron;
sus playas solitarias escucharon
el beatífico nombre de Enmanuel,
a esa voz se inclinaron con respeto
los árboles del bosque y las montañas;
y del Jordán las olvidadas cañas
humillaron su rústico dosel.

Aquel NIÑO creció… Mas unos hombres
le escupieron el rostro y le mofaron,
y en sus hombros sagrados colocaron
una pesada y vergonzosa cruz.
Él la llevó hasta el Gólgota bendito,
y en ella con furor le suspendieron,
y de espinas, sacrílegos, ciñeron
la sien del genio que formó la luz.

La MADRE estaba allí.., y en su abandono
la salpicó la sangre del Calvario…
¿Quién enjugó sus llantos? El sudario,
prenda de amor del NIÑO que perdió…
La MADRE estaba allí.. . Flor solitaria
que brota en la maleza del desierto,
y que cierra su cáliz entreabierto,
cuando huye el sol que su calor le dio.

Sí; ni el Ángel, ni el Santo, ni el Profeta
han dejado un recuerdo en mi memoria,
como la triste y dolorosa historia
que vive en ese Libro inmemorial.
Los siglos rugirán sobre las torres
que levanta a las nubes el orgullo;

***

Plegaria

Ángel custodio! espíritu invisible
De mi triste existencia compañero!
Misterioso y purísimo lucero
De mi noche de lluvia y tempestad.

Déjame tú también… parte y dirige
El rumbo de esa nave que me mata…
Que un astro, un mundo, un cielo me arrebata
Y me deja en profunda soledad…

Conjura las borrascas de esos mares…
Cuando llore por mí, seca su llanto…
Cúbrela con sus alas, con tu manto;
Ella es un ángel semejante a ti.

Acompáñala siempre…  y en las noches
Cuando todo en silencio esté dormido,
Abandona su lecho bendecido;
Ven a contarme si ella piensa en mí…

***

Los siete dolores de María

¡Genio de la cristiana poesía!
Segundo Ángel custodio del poeta,
Venid a mí: prestadme la armonía
Del arpa celestial del rey profeta:
Bañadme en la tristeza que cubría
El corazón del santo anacoreta,
Para poder cantar los duelos
De la Mística Rosa de los cielos.

II

Llevadme a la montaña misteriosa
Donde lloró Jesús atribulado:
Donde en visión espléndida y gloriosa,
Apareció a Moisés, transfigurado;
Donde vertió su sangre generosa
Para borrar el terrenal pecado,
Y cantaré el martirio y agonía
De los siete dolores de María.

III

Llevadme a las riberas del torrente
Donde hallaba David inspiraciones,
Donde con voz profética y doliente,
Preludiaba sus lúgubres canciones.
De fúnebre ciprés, cubrir mi frente,
De babilonio sauce y de crespones
Para decir al mundo los pesares
De la divina Estrella de los Mares.

IV

Dadme el arpa del triste Jeremías,
Los suspiros de Pedro arrepentido,
El llanto que vertieron las Marías,
Sobre el sepulcro en sangre reteñido;
Dadme la ardiente inspiración de Elías,
Y de Job el hondísimo gemido;
Porque es triste, tristísima la historia
De la Reina y Señora de la Gloria.

V

Sí: yo quiero cantar esa Señora
A cuyo nombre el Ténaro enmudece,
Esa mujer más bella que la aurora
Con que el sol de los cielos amanece;
Esa mujer que el mismo Dios adora,
Y a quien el mar se humilla y obedece;
Esa mujer tan bella y tan divina
Que el Ángel llama: Estrella Matutina.

VI

Mi canto gemebundo y solitario
Resonará por Ella; Ella me inspira;
Y con el llanto que empapó el Sudario
Bañará los alambres de mi lira.
Flor teñida en la sangre del Calvario,
Por quien ansioso el corazón suspira,
Yo también se llorar desde la aurora,
Lágrimas tengo para ti, Señora.

VII

Yo también sé llorar: mi pecho encierra
Abismos de tristeza y de amargura;
Nunca dichoso fui, porque la tierra
Es para mí una inmensa sepultura:
Cual un espectro que en las sombras yerra
Cruzo este negro valle sin ventura;
Y el mundo, si sollozo, Madre mía!
Dice que miento y burla mi agonía.

VIII

Mas, tú no lo dirás, porque el tormento
De un corazón que llora su abandono,
Ya conociste, y un dolor cruento
Cebó en tu pecho su feral encono;
Y aunque habitas allá en el firmamento,
Sobre el sol y la luna en albo trono,
Eres siempre el refugio y el consuelo
De todo el que solloza en este suelo.

Mas, perdón, Madre mía, si insensato
Al pensar en tus trágicos dolores,
Mi gemido en la atmósfera dilato
Recordando terrenos torcedores.
Si el mundo al bienhechor siempre fue ingrato,
Si a risa lo movieron tus clamores,
¿Qué mucho, que perdidopor el viento,
Muera en la soledad nuestro lamento?

Sólo el canto que suena en tu alabanza
No perece jamás: que de tu coro
Un Espíritu fúlgido se lanza
Sobre una nube fulgurante de oro.
Yo sé quién es: conduce la bonanza
Bajo sus alas de oro; para el lloro
Un cendal tiene siempre; nació el día
De una lágrima ardiente de María.

Él me acompaña cuando el cielo alfombra
Sus caminos; cuando nace
Radiante el sol. Sus alas me hacen sombra
Cuando el cielo en borrascas se deshace;
Mi labio en medio el temporal le nombra,
Cuando mi pecho sin aliento yace,
Y él, como el Cristo, sobre el mar se avanza,
Y dice: no temáis, soy la Esperanza.

¡Oh, Madre! que ese espíritu de gloria
Me cubra con sus alas noche y día,
Mientras en esta cárcel transitoria
Suspire por tu cielo el alma mía;
Y así diré tu lamentable historia,
Llena de triste y santa poesía,
Vertiendo amargo y humildoso llanto
Al ronco son del plañidero canto.

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