Un atraco singular
A Benhur Sánchez, Eutiquio Leal e Isaías Peña Gutiérrez, en Bogotá
Cuando entró al mercado de Coche, Elvira sintió todo el frenesí de los días prenavideños, y al detener la mirada en las intermitencias de las luces de colores ofrecidas en venta por ; buhoneros, vivió otra vez su angustia; era ella como una de esas lucecitas; su espíritu se alumbraba, de pronto, ante un impulso soterrado, transformado por una súbita alegría, pero apagándose después, y se quedaba a oscuras, mucho tiempo; como en los días de la infancia, al lado del padre borrachín y de la madre paciente.
Sí, su vida de la infancia era como para no recordarla. Cada noche llegaba el padre tarambana, obnubilado por el aguardiente, a exigirle nuevos y nuevos favores a la madre indefensa. Le exigía comida, amor, nuevos tragos; más amor, y hasta la ligereza de una que otra práctica deshonesta. La madre siempre terminaba aceptando, tan pobre de alma, desvalida, casi boba, pedestre.
Clavándose las uñas empuñadas en las palmas de las manos, al borde del sangramiento, asustadiza, lívida, pensaba impotente: algún día le mataré, liberaré a mi madre, le echaré de la casa, o, quizás mejor, le – en una clínica para dipsómanos, se sanará, haré de – hombre nuevo, volverá a ser gente y, como en una fábula de final feliz, todos viviremos contentos,
Recordaba los gestos vacilantes del padre. Recordaba su lengua trastocada. Recordaba su lengua lamiendo a la madre exhausta, de los pies a la cabeza. Recordaba, sin embargo, a la madre, siempre gozosa al final.
Recordaba la botella de ron a medio consumir derramada sobre la mesa del comedor, la comida recalentada una y otra vez, y su odio por la sevicia del padre babeando gula ante los senos flácidos.
Recordaba el ardor de su sexo virginal, humedecido, latiente, ante la violencia de aquellas escenas, diríase que nunca vistas por ninguna otra niña del mundo.
Recordaba la noche en que su padre intentó violarla; ¿sería, acaso, un intento de violación, o la simple muestra de un cariño paterno?; la noche en que se acercó hasta ella y le palpó los senitos que apenas brotaban, y le acarició el pelo lacio, y le dio un beso repelente en la mejilla. Recordaba su miedo, sobre todo, su miedo.
Y recordaba otra noche. Aquella en la que apareció Roberto y ella se deslumbró ante su sonrisa de dientes blanquísimos y parejos, ante sus gestos de muchacho temerario, con su carro deportivo ocho caballos en V, descapotable, con rines de magnesio y faros neblineros, cuando, desenfadado, le dijo me gustas y dame tú número de teléfono.
El noviazgo fue de encanto. Uno de esos momentos luminosos en los que ella, trémula lucecita, había brillado y rebrillado ante la gloria de la vida; convertida toda en un inmenso árbol de navidad, lleno de bambalinas, lucerías y pelitriques, llevada desde la sordidez de su apartamento triste, desde el estropicio y el lastre de una pravedad, por senderos de fulgores, hasta el propio centro de una plaza de feria, entre nacimientos vivos, coheterías de placer en lo alto de las nubes, gaitas y villancicos, risas y murmullos, y muchachos patinando como diestros bailarines watusi en la ejecución de una danza guerrera.
Caminó hacia una tiendecita lateral, se entretuvo mirando la vitrina guarnecida y pensó que quería comprar un presente muy bello para Roberto, algún recuerdo para su madre y hasta un regalejo cualquiera para el padre malqueriente.
Un negro alto, de brillo metálico, con suaves inflexiones en la postura y en los gestos, colombiano de la Costa, quizás, la miraba desde cierta distancia. Mientras repasaba con la vista las ollas rutilantes, los artefactos eléctricos y esos slips y camisetas Jim, monísimos, en puro algodón, la fibra natural más confortable, que tan bien se verían en el fornido cuerpo de Roberto, sentía que la mirada del negro no se despegaba de sus espaldas. Morosa, íntima, subía a todo lo largo de la columna vertebral, bajaba y subía, se detenía ahora en las nalgas empinadas. Razón tiene Roberto, pensó, no debería ponerme pantalones ajustados. Por si acaso, asió fuerte, contra sí, la cartera.
En el extremo derecho de la exhibición, descubrió, después, algunos regalos insospechados: un bastón con empuñadura de plata, una copa de cristal tallado, una sombrilla Vips, un sombrero Ferquin, una nueva agenda Ascot, el último perfume de Givenchy; cualquiera de esos regalos le agradaría con seguridad a Roberto, siempre tan snob, tan dispuesto a ponerse un chaleco húngaro bordado o un bombín de fieltro o un muguet en el ojal para llamar la atención de los pasantes, tan dado a saborear un pink champagne, su pato frío, y sus bombones de menta.
Y vuelta a pensar en el noviazgo, fija frente el escaparate abigarrado, olvidándose del negro cartagenero y su mirada impertinente. No, no compraría nada ahora Estaba turbada.
En su mente se agolpaban los recuerdos de los días felices, agasajos y paseos, las flores no compradas en floristerías, sino recogidas al borde de los caminos, las búsquedas de caracoles y conchas de nautilus en playas solitarias; las andanzas, de tarde, por Sabana Grande, Roberto oliente a Eau Sauvage, deteniéndose en la Suma para preguntar por el último tomo del Diario de Anaís Nin o la última novela de Mario Puzo o de Anthony Burgess; la estada en Il Piccolo, frente a una taza de té hirviente, descifrando anagramas y palíndromas de difícil factura, o la entrada al cine de sesión continuada para ver la misma película de Pasolini, tres veces en un mismo día.
Era aquel un noviazgo etéreo, como un hechizo, frágil y distante, diríase que nada tenía que ver con lo físico. Algún viernes por la noche iban al Juan Sebastián Bar que, entonces, estaba muy de moda. Elvira recuerda el Virgilio Trío, al muchacho de la batería, siempre tan galante, y los playboys con sus víctimas escogidas al gusto, muchachas de melenas platinadas, chicas de la televisión o de los grupos de teatro o de las portadas de muchas revistas, secretarias ingenuas de alguna empresa mediana, aprovechados, posesivos, sojuzgantes.
Cuando Elvira entraba al pequeño vestuario para acicalarse, encontraba siempre a varias de aquellas mujeres, en una atmósfera impregnada de polvos faciales, olor a cosméticos y colonias carísimas, comentando entre ellas, ruidosas, lascivas, tremolantes, los ardores y destrezas de los compañeros de turno, la buena dotación de éste, la habilidad manual de aquel otro, la manía fetichista del de más allá. Entre chanzas y veras, recontaban las estimulaciones clitoridianas recibidas esa noche, los besos dispensados, las fantasías sexuales que abrigaban expectantes.
Horrible. No, no era ese el amor que ella disfrutaba, porque le abría camino al recuerdo del padre zarabando y al odio de tantas noches. Su amor era el de Roberto, sutil, mágico, aproximado por un efluvio de íntima distancia, por preferencias comunes y juegos compartidos, aunque no exento de tenues contactos corporales, pero contactos furtivos, rápidos, administrados con cuidadosa armonía, sin choques ni encontronazos, sin apropiaciones pertinaces, ni atragamientos, ni exigencias perentorias.
Cuando caminaban por la calle y él le extendía la mano sobre el hombro para conducirla, ella se volvía puro hombro, un enorme omoplato, flotante, descarnado, luciente solo, sobre una pradera agreste bajo un cielo limpísimo, como en un cuadro de Dalí. A veces, bastaba una leve caída de párpados, o el esbozo de una sonrisa, para transmitir un reproche o la aprobación pedida. Y era que, día por día, habían ido construyendo una particularísima manera de comunicación y cortejamiento, una convivencia extraña de rituales secretos, pasiones literarias, frases musicales apenas susurradas, desdoblamientos de personalidad y disociaciones de pensamiento, vagos estados crepusculares, telepatías y fugas de alma y cambiantes pasatiempos.
Avanza un poco. Más allá hay otra vitrina abarrotada de muñecos de felpa. Unos vendedores ambulantes de discos, arremolinados junto a un picot portátil, celebran las estridencias y chistes de una gaita. El negro permanece, impávido, en su mismo lugar.
Claro, después vino el matrimonio y fue el rompimiento del encanto. El vigor de Roberto. Otro Roberto, o el mismo Roberto, quizás, pero dispuesto a cobrar sus tributos. Qué sabía ella de sexualidad sana y de goces corporales y de movimientos estimulantes. Le acompañó como pudo, rígida, pasiva, con las manos agarrotadas, simulando, de pronto, en la hostilidad de la semipenumbra, el agobio de un sueño advenedizo.
Mucho tiempo tuvo que pasar antes de que tomara conciencia plena de su frigidez. Deprimida, sin poder sentir el placer tan glorificado, cerrada a todo, imperdurable, sin rendirse, fingiendo a veces, por Roberto, únicamente por Roberto.
Cómo le gustaría poder entregársele a plenitud, morir y sollozar con él, reír a carcajada batiente, loar y bendecir, darse y recibir con entusiasmo, prodigarse en la descarga, responder apoteósica a cada una de sus palabras desmesuradas, a cada uno de sus actos impulsivos, a cada uno de sus deseos.
Pero no, sólo Dios podía calibrar cuánto había sufrido. Sólo Dios sabía cuánto empeño había puesto en superarse, apoyándose en la voluntad, girando y cambiando, autómata, ante la menor insinuación del consorte, procurando derretirse, exultarse, alcanzar el clímax, para lograr sólo un nuevo fracaso, como si fuera la única persona de la fiesta condenada a comerse el pastel sin nevado, como si fuera un arbusto macho, incapaz de fructificar, como si fuera una culpa ácida royéndose los huesos, como todo eso, ¡coño!, sin poder realizarse.
Y después, el disgusto, los largos insomnios, la desazón en el vientre y el dolor en la punta de los pechos (tal como si los tuviera demasiado llenos), y la agitación, el sentimiento frustráneo y el desasosiego.
Y a la mañana siguiente, tan pronto se quedaba sola en la casa, las lecturas nerviosas de Master & Johnson y de cuanta novela erótica cayera en sus manos para ver, si de algún modo, aprendía a volverse orgásmica.
Y, a mediodía, con el sopor de la siesta (las masturbaciones también fracasadas), horas y horas frotándose para, siempre, terminar pensando en cualquier cosa.
Y al crepúsculo, la crisis impostergable, el soponcio amoratado, los disturbios violentos, el llanto histeroide frente al espejo y las palabras anudadas en la garganta, el no sirvo para nada, el soy incompleta, soy una desgraciada, algo anda mal en mí, quiero coserme el sexo, quiero internarme en un convento de carmelitas descalzas, someterme a los suplicios más horribles, morir, morir de una buena vez. Si me atreviera a pedirle dinero a Roberto para visitar una clínica sexual. Si me atreviera a ensayar con otro hombre. Y conste que, con Roberto, lo he practicado todo, todo menos el coito anal.
Y el llanto otra vez, la vitrina de los muñecos convertida en una sola felpa de colores difusos. Curiosamente, no gimoteaba demasiado fuerte. Era el suyo de ahora un llanto tranquilo, hacia adentro, con el puño metido en la boca. Un llanto que, a pesar de su silencio, lograba sobreponerse a la bulla del derredor.
Su tribulación era tan grande que no alcanzó a percatarse de la proximidad del negro. Ya lo tenía junto a sí, asiéndola fuerte por el brazo izquierdo. Se trata de un atraco, preciosa, y esto que tengo aquí mata, cuando se levantó el pulóver amarillo canario de la universidad de Denver y le mostró la cacha de la pistola, una Sig-201, automática, de grueso calibre para tiros de competición, idéntica a la usada por Roberto en sus prácticas del polígono.
Compórtate como si nos conociéramos desde siempre, como si fuéramos novios, agregó. Es mucho mejor que colabores, porque entonces no te pasará nada; pero, si por el contrario, te me pones zafada, a pegar lecos y a llamar la atención, viajarás directo a la morgue. Lo dijo con tiránica convicción, envalentonado por el anonadamiento de su víctima.
Elvira lo miró de frente, caídos los párpados, él, como simulando enamoramiento, el rostro todo rezumándole gula y avaricia, una pizca de sonrisa en la expresión, y el negro le acarició la nuca, levantándole el pelo, irisándole la piel, para quitarle de un solo arrebatón, el mazo de cadenas, esas que ahora se llevan de a cuatro y de a cinco.
Lento, sin demostrar prisa alguna, paseando sus ojillos tragones por el atractivo cuerpo de la muchacha, entreabriéndole la blusa, palpándole el nacimiento de los senos, sobreseguro de su sangre fría, de su cara dura, más que dura, durísima, a lo Humphrey Bogart de los años cuarenta, de la infalibilidad de sus procedimientos y de su destreza profesional, le abre ahora el bolso colgante, hurgando entre los papeles y los cosméticos y las zarandajas múltiples propias de una cartera de mujer, en busca del dinero, Elvira facilitándole la operación, con ese apresuramiento que delata el nerviosismo, o mejor, el miedo, setecientos bolívares completos, algunos billetes menores, unas cuantas monedas sueltas.
Todo muy natural, perfecta simulación de un encuentro amoroso encubriendo las amenazas reiteradas y las tímidas demandas de clemencia, sin mover la atención de la muchedumbre; sumisa y asustada, presta a todos los excesos, ella; prepotente y resuelto, éstas son mis razones, éstos son mis poderes, desposeyéndola de su Vacheron é Constantin, de oro blanco, extraplano, de un aro de compromiso, de su esclava martillada, de sus aretes, de su solitario de brillante, regalo de Roberto en el último onomástico, de sus granates eslavos, de sus topacios brasileños, él; ambos, muy cerca el uno del otro, entendiéndose a medias palabras, a interjecciones y con simples gestos.
Ahora, la despedida y debes darme un beso, un beso bien dado, de mujer queriente. Después del beso, puedes marcharte, sin chillidos ni apatuscos, en sentido opuesto al que traías, y sin decir pío a nadie, le remarca. Pero no, con el beso, el hombre cambia de deseo. La toma por un brazo y la conduce, como a una meretriz barata, al urinario más próximo, un cuartucho sucio procaz, a medio iluminar, hediondo a orines rancios y a heces y a desechos que brotaban de los inodoros y se espesaban en el aire, afrentando hasta el estornudo olfatos y lagrimales.
Allí, resbalando sobre el aserrín humedecido, la recuesta contra la pared, chupándole los senos, acariciando por encima de la tela aquel sexo de fogajes, atizado, chispeante, a punto de combustión, liberando el propio con ánimo de introducirlo, una verga africana, como el sueño de una droga asiática, espantosamente grande, para corroborar el mito; diciendo, a su vez, con susurros porfiantes, bájate los calzones, pronto, colabora, colabora, coño, cada vez con más incoherencia.
Y la aceptación progresiva, un deseo de abrir bien las piernas, de rendirse ante el estímulo, de dejarse hacer, hasta terminar, patiabierta, con el pantalón a media rodilla, accediendo directamente, la boca de él lengüeteando contra su vulva, succionante, explorando las mucosas más recónditas, adentrándose, ahondándose, expandiéndose.
Y después de la mamada, una mamada increíble, semántica y físicamente distinta a cualquier lamida, la verga africana ensanchándole el útero, entrañas adentro, con un movimiento rotatorio prestante, novísimo, hasta entonces desconocido, algo que excluía cualquier posibilidad de indiferencia, y la reciedumbre creciente de las arremetidas, suelo y techo vibrando con los empellones, los bufidos resoplantes acuchillando sus oídos, gemidos y ayes salivosos, hasta la descarga final, contagiosa, afluente, compartida.
Sin temor, sabiéndose al fin redimida – lo sentía con una extraña mezcla de júbilo y descreimiento – permaneció un rato más junto a él, laxa, negándose a pensar, entera y absoluta dentro de aquel abrazo, con un desbordamiento de contentura igual al de una lluvia recia, al de una parranda de navidad, a la plaza bullente de sus sueños.
Repentinamente, confiada de su victoria tan esperada y tan fortuita, al abrir los ojos vio que se habían separado. Ni rastro quedaba de su magnífico bienhechor. Recompuso su atuendo. Con las manos, se alisó el cabello y, resplandeciente, buscó la salida. Solo al llegar a su casa advirtió que en el bolsillo del blazer traía de vuelta el dinero y las prendas.
El misterio de Eleusis
A Eduardo Liendo y Luis Southerland
En el cielo aprender es ver, en la tierra es acordarse.
Al cabo de unas cuantas horas de vuelo llegó a Atenas, desde Budapest. Mientras cumplía los trámites de inmigración, pensó en lo feliz que se sentía por su arribo a Grecia. Este país, «centro del mundo de la armonía, así como de todo el Universo», era para él (a los efectos de este relato, poco importa su nombre), la meta de todas sus esperanzas y todas sus ilusiones. Muchos años había esperado para realizar éste, su primer viaje a Europa: ahorros, impaciencias, privaciones, intentos frustrados. En su pecho parecía confundirse, ahora, un mundo de reminiscencias terriblemente lúcidas. El vaivén de los viajeros parloteaba a su derredor y un viento tibio con perfume marinero le soplaba, de frente, en la cara.
Recordó que no tenía hotel reservado. Tan metódico siempre, en este viaje había preferido dejar todo al azar. Era el suyo un turismo arbitrario. Nada quería saber de la esclavitud de las agencias de viaje ni de los tours masificados. Por eso, en Londres, tuvo que alojarse en un hospedajucho de Grafton Street (por cierto, muy cerca de la casa que fue del generalísimo Miranda), y, en París, pasar su primera noche de viajero en el ghetto de Marais, confundido con clochards y prostitutas, borrachínes y vendedores ambulantes. Recordó, también, que en Florencia caminó quince cuadras, equipaje al hombro, antes de conseguir un mísero cuarto de pensión, y que, en Praga, hubo de compartir por días el tugurio de una colonia de exiliados latinoamericanos.
A la salida del aeropuerto, contrató los servicios de un taxista para que lo condujera a conseguir hotel. Ninguno hallaron disponible a lo largo de la calle Evanghelistrias, con la Acrópolis al fondo, ni en los alrededores de la plaza Syntagma, verdadero centro de la ciudad. Fallidos resultaron los intentos frente a los hoteles de lujo, esos que aparecen señalados con cuatro estrellas en la Guía Michelín, y ni siquiera en los sombríos tabucos de los barrios bajos del Mercado pudo encontrar una media cama donde le permitieran pasar la noche. Cansados de tanta búsqueda infructuosa, de tantas negativas desesperanzadoras y tantas anotaciones inútiles en falaces listas de espera, Mikos Kontopoulos (así se llamaba el taxista), le aseguró que en las próximas seis semanas no alcanzaría a encontrar un solo cuarto. Además de ser temporada alta, en la ciudad se celebraban entonces ocho o diez convenciones y eventos internacionales. Si él quisiera, podría alojarse en Eleusis, a pocos kilómetros de Atenas, en casa de su familia. Otras veces habían recibido huéspedes de ocasión, sobre todo venidos de California, recomendados por su hermano Nikolaos que, años atrás, se fue a sembrar manzanas en San Diego. Allí podría disfrutar la hospitalidad de una auténtica familia griega. Y si le parecía bien, por el pago de una módica suma podía llevarle, día a día, en su taxi, a visitar los sitios más interesantes de la península. Un amigo suyo, propietario de una tartana anclada en el Pireo, quizás aceptaría, por su parte, hacerle la excursión a las islas. La oferta le pareció por demás tentadora y, sin pensarlo dos veces, la aceptó.
Por una carretera agradable, bordeada de almendros y granados, damascos y moreras, laureles y olivos, pronto llegaron a Eleusis. Tambores de columnas, capiteles, restos de frisos y estelas funerarias, estatuas decapitadas y masas de piedras antiquísimas, se amontonaban ferales, en calles y laderas. La casa de Mikos estaba situada muy cerca de las ruinas del templo. A la puerta, con grandes muestras de alegría, los recibió la madre Kontopoulos (una señora muy gorda, toda envuelta en pañolones negros). Pasaron después por un jardín sembrado de tiestos con margaritas y esquilaquias, crisantemos, araceas y mirtos. Una pérgola llena de pájaros y racimos de uva, cubría el pasadizo. Entrecerró los ojos y por momentos creyó estar soñando. En el interior de la vivienda fue presentado al resto de la familia, a Kyria, la esposa de Mikos, y a sus dos hijas, Rita y Kalliope, jóvenes de singular belleza. Todas, al unísono, le dieron la bienvenida.
Luego le pasaron al comedor, y media hora después, sin despojarse tan siquiera de la ropa de viaje, con las valijas todavía dispersas a su lado, estaba sentado frente a una suculenta cena copiosamente dispuesta en un mesón de madera. Cerezas en almíbar al modo de la cucharada dulce, cordero en cacerola, abundantes tomates frescos, queso feta y tiropetes, albóndigas de carne envueltas en hojas de parra, pulpo al ajillo, aceitunas, huevas de pescado, berenjenas fritas en pequeñas rebanadas, calamares, langostinos y abundantes salchichas griegas en salsa picante, colmaban los grandes bandejones de cerámica. Para acompañar la comida servían profusos tragos de ouzo, un destilado fuerte de uvas con anís.
Parientes, vecinos y amigos llegaban con sigilo para observar de cerca al recién venido. Mujeres adustas, hombres mayores, muchachas de cabeza patricia con rasgos que parecían esculpidos por Fidias o Praxíteles, bellos efebos dispuestos a participar de nuevo en las competiciones gimnásticas, en la lucha y en el lanzamiento del disco o la jabalina, en las carreras pedestres o de carros, en las domas de toros y de mulas. Todos escuchaban atentamente la conversación. La madre Kontopoulos preguntaba por la forma de vida en América (creía que Venezuela estaba situada al lado de California), suspiraba por su hijo Nikolaos y mostraba orgullosa fotografías del álbum familiar. Mikos, a su vez (repeticiones frecuentes, gestos hiperbóreos), hablaba atropellado sobre los lugares de interés que visitarían a partir del día siguiente. Para ilustrar sus descripciones, intercalaba a ratos trozos completos de Homero y Tucídides. Con voz impostada, recitó la súplica de Ifigenia a Agamenón. Después se lamentó de lo mucho que tenía que trabajar para juntar las dotes de las hijas (una casa para Rita en Corinto, otra para Kalliope en Aulide). Ningún padre podía transgredir la tradición. Algunos de los presentes cantaron y palmearon aires populares.
Las emociones del día y el tanto ouzo bebido, contrariando su costumbre de plena abstinencia, hiciéronle sentir una embriaguez casi física. Pidió a Mikos que lo condujera a su habitación. Era un cuarto limpio y aireado con su menaje bien dispuesto: una cama alta con jergón de esparto, un aguamanil provisto de ponchera y jofaina para el limpiamiento matutino, un perchero, una mesa escritorio y un icono bizantino de Cristo crucificado. Manos de mujer le ayudaron a desvestirse. Cree que fue la madre Kontopoulos quien le acomodó la cabeza sobre la almohada.
De pronto se vio caminando por un enarenado sendero bordeado de tejos y álamos blancos hacia las ruinas del templo de Deméter, en el fondo de una ladera. Bajo el vasto pórtico, de pie, esperaba un heraldo sagrado, al modo de Hermes Psicopompos, cubierto como él con un petaso y portando en la diestra un caduceo. Una hilera de mystos desnudos (ancianos venerables de luengas barbas, apuestos mancebos, adolescentes casi impúberes) aguardaban pacientes el acceso a la iniciación. Una procesión de hierofántidas, las sacerdotisas de Proserpina, coronadas con narcisos, peplos inmaculados y brazos serpenteantes al aire, salía del templo y se colocaba en lo alto de la escalera para entonar una melopeya grave. Con solemne ademán, decían:
¡Oh aspirantes de los Misterios!, aquí estáis en el pórtico de Proserpina. Todo cuanto vais a ver va a sorprenderos. Sabréis que vuestra vida presente no es más que un tejido de sueños mentirosos y confusos. El sueño os rodea por una zona de tinieblas, lleva vuestras ilusiones y vuestros días en su flujo, como los restos flotantes que se desvanecen a la vista. Pero, al otro lado, se extiende una región de luz eterna. ¡Que Perséfona os sea propicia y os enseñe ella misma a franquear el río de las tinieblas y a penetrar hasta Deméter celeste!
Temeroso, se prosternó ante el heraldo que, con terribles amenazas y al grito de ¡Eskato Bebeloi! (¡Fuera de aquí los profanos!), separaba a los intrusos que habían conseguido deslizarse en el recinto. Meticulosamente, se sintió observado de pie a cabeza. Bajo pena de muerte, tuvo que jurar no decir nada de lo que después viera. Dos hierofántidas lo ayudaron a desvestirse y lo cubrieron luego con una piel de cervato, imagen de la laceración y el desgarramiento del alma sumergida en la ilutación de la vida corporal. Apagadas las antorchas y las lámparas, en medio de una penumbra demoníaca, entró al laberinto subterráneo.
Primero tanteó en las tinieblas. Oyó ruidos, gemidos y voces horrísonos. Truenos y relámpagos surcaban la oscuridad. Bajo resplandores súbitos se veían visiones terroríficas: a veces, un monstruo, quimera o dragón; otras, un hombre maltratado bajo los pies de una esfinge o una larva humana. Sintió miedo. Quiso retroceder pero advirtió que todas las posibles salidas estaban cerradas. Adelante ocurría una escena muy extraña que tocaba a la magia verdadera. Bajo una cripta refulgente, un sacerdote frigio, rodeado por acólitos gigantes y vestido con un abigarrado atuendo asiático de rayas verticales, doradas, rojas y negras, lanzaba puñados de perfumes narcóticos en un corpulento brasero de cobre. La sala se llenó de espesas nubarradas de humo y en medio de la enrojecida penumbra comenzó a sucederse, entonces, una multitud confusa de formas cambiantes, animales y humanas, serpientes de cabezas múltiples, bustos de ninfas transformados en murciélagos azules, brazos y piernas sangrantes despegados de sus cuerpos, ojos saltones con destellos intermitentes, vísceras desprendidas. Y todos esos monstruos y visiones apocalípticas, tan pronto bellos como horripilantes, fluidos, aéreos, sonorosos, reales, ilusorios, arrobadizos, férvidos, asustantes, aparecían y desaparecían y volvían a aparecer, girando, brillando, dando vértigos, envolviendo a los mystos fascinados como para impedirles el paso. A veces, el sacerdote frigio extendía su báculo en medio de los vapores, y el efluvio de su voluntad parecía imprimir a la ronda multiforme un movimiento de torbellino y una vitalidad sorprendentes. ¡Pasad!, díjole con voz retumbante. Y pasó, sintiéndose rozado de un modo extraño por pieles llagosas y lenguas babeantes, alas, garras y manos grenchudas y grumos de excrecencias y gorgorotadas de aire caliente, empujado una y otra vez, golpeado, aferrado, envilecido, hasta llegar a una sala circular muy grande, fúnebremente iluminada, con una sola columna central, un árbol de bronce, cuyo follaje metálico se extendía por todo el techo. Por momentos, creyó reconocer en él el «árbol de los sueños» mencionado por Virgilio en el libro VI de la Eneida, donde se describe el descenso de Eneas a los infiernos. En sus ramas, incrustábanse por junto gorgonas y arpías, quimeras y esfinges, búhos y pajarracos horribles, imágenes parlantes de todos los males terrestres, de todas las miserias del alma, de todos los demonios que se encarnizan grimosos con el hombre. A su sombra, se encontraba, sentado en trono magnificente y cubierto por púrpura capa consistorial, Plutón-Aidoneo. Junto a él, su esposa, la esbelta Perséfona, aún bella, más bella quizás que como Virgen de la gruta; conoce la vida del fondo y por ella sufre, reina sobre los poderes inferiores y gobierna entre los muertos. Pálida sonrisa ilumina su semblante ensombrecido. En esa sonrisa está la ciencia del Bien y del Mal, el encanto inexplicable del dolor sentido y mudo.
Aterrado por la visión mirífica de la diosa, apretó los párpados riñendo por despertar. De repente, al extremo de una galería en ascenso, volvieron a brillar las antorchas y, como un sonido de trompeta, una voz límpida clamó: «¡Venid mystos! ¡Iacchos ha regresado! Deméter espera a su hija. ¡Evohé!». Los ecos ardientes del subterráneo, repitieron el clamor. Perséfona se levanta sobre su trono, como salida en sobresalto de un largo sueño, penetrada por un pensamiento fulgurante: «¡La luz! ¡Madre mía! ¡Iacchos!». Quiere andar, pero Aidoneo la retiene por los pliegues de su falda. Exhausta, cae en su trono como muerta. Las luces se apagan, y una voz exclama: «¡Morir es renacer!». Abrió los ojos. Entre la bruma y la vigilia, se vio avanzando hacia la galería de los héroes y los semidioses. No alcanzaba a precisar si estaba despierto o continuaba dormido. Sabía, sí, que Hermes y el portaantorchas lo esperaban en el fondo. Vio cuando le quitaron la piel de cervato y rociaron su rostro con agua lustral. Después, revestido con una túnica de lino fresco fue conducido a un templo espléndidamente iluminado, frente al Gran Sacerdote, a la vista de los puros Campos Elíseos, bajo los acordes de un angélico coro de bienaventurados. Con la bendición suprema, Konx Om Fax, recibió un canastillo contentivo de varios símbolos áureos: la piña (emblema de la fecundidad y la regeneración), la serpiente en espiral (evolución universal del alma, la caída en la materia, la redención por el espíritu), y el huevo (la figura del hermetismo pleno, la perfección divina, último objetivo del hombre). Supo, así, que había renacido, transformado en vidente para toda la eternidad.
Apacible, quieto, gozoso en la somnolencia, se demoró después en el recuerdo de sus vidas anteriores. Las reminiscencias agolpándose en su mente, férvidas y desaforadas, desvaídas en el remoto fondo de los ancestros, perfectamente impresas en la gravidez de sus sentidos. Se vio rey. Se vio esclavo. Otra vez, rey. Otra vez, esclavo. Recordó el sabor y el olor de manjares y licores exóticos en un banquete milenario; una noche de vivac en las llanuras fenicias; el fuego descubierto por azar; un papiro arameo con textos sacados de las inscripciones de Bisitun; la lujuria de una cortesana de Persépolis, que lo amaba frenetizada con lengua batiente y dentelladas bruscas; la balada cantada por un trovador provenzal al pie de un balcón florido; la agonía y muerte del dragón de Malpasso; una mano pedigüeña en el pórtico de una catedral gótica; el viaje por un océano proceloso, en busca de nuevas tierras, bajo las órdenes de un Almirante intrépido; la fundación de una ciudad, él entre los fundadores, en un valle sembrado de apamates e higuerones; los fragores de la Guerra a Muerte, el paso de los Andes; su delirio sobre un volcán apaciguado; y, más recientemente, su pasantía por el Seminario Tridentino de Ciudad Bolívar, sus estudios de latín y griego clásicos, el posterior ahorcamiento de los hábitos y su vuelta a la laicidad; la docencia ejercida por años en un liceo de pueblo; sus lecciones de filosofía antigua: el ser parmenídico, Aquiles y la tortuga, el movimiento de Heráclito, el mito de la caverna, la transmigración de las almas, el Uno pitagórico y la Lógica de Aristóteles; ese tufillo cálido de guayabas maduras, anones y pomarrosas, que se deslizaba por las ventanas del aula; sus años de soltería, o mejor, de empecinado celibato; su viaje a Europa: Londres, París, Roma, Bulgaria; su llegada a Atenas, su encuentro salvador con el taxista, la suculenta cena de su arribo a Eleusis; el ouzo bebido; la borrachera imprevista, las manos femeninas que lo ayudaron a desvestirse y le acomodaron la cabeza sobre la almohada; y la voz de Mikos: «Amigazo, despiértese, dispóngase a aprovechar su primera mañana helénica». Un cielo desnublado, intensamente azul, se colaba, eterno y feliz por el ventanuco. «Nada mejor para iniciar su visita a la Hélade, estando en Eleusis, que una breve pasada por el templo de Deméter».
Presto, se levantó. Después del desayuno frugal y una muy caliente taza de café a la turca («a la griega», preferirían decir los lugareños después de la liberación), iniciaron la marcha hacia el templo, por un camino bordeado de tejos y álamos blancos. En la puerta esperaba un heraldo sagrado, al modo de Hermes Psicopompos. Pronto se vio avanzando por un oscuro laberinto subterráneo. ¡Eskato Bebeloi!, le oyó decir, con voz hosca, al heraldo, cuando volvió la vista y vio la cara paciente de Mikos esperando al otro lado del umbral.
