literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Ángel Gustavo Infante

Mar 26, 2022

Joselolo

Mírele los ojos: hermanolo tiene par de puñales escondidos. Chupa, bróder. Busca la uña de la guitarra. La pega se secó. Marca la clave con tu casquillo: dos taconazos seguidos y dos separados. Vuelve. Dame el montuno.

Pliotá, baña tus pulgas y descarga, que el hermano Joselolo está elevando:

—Qué —dijo arrugando los ojos sin mirar a nadie—, yo me asimilé al señor. Me enrolé en las filas del Cristofué. Vino al mundo para salvarnos y darnos vida eterna. Yo no me dejo aplicá ninguna sicología: la verdadera paz es espiritual. Isaías cantó: todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino y Dios cargó en él, en el Cristofué, el pecado de todos.

Después del sermón, el cuerpo de boxeador cumanés saltó al ring: la corona de vidrios de la pared le rompió el pantalón y Joselolo cayó sentado en el techo. Los gritos de abajo lo mantuvieron levitando. Vaciló con las amenazas y la luz que rellenó los huecos. Pisada en falso. Primero hasta la rodilla, después el zinc vencido lo devoró por completo: dio manotazos de ahogado sobre una batea partida. Cortó la oscuridad con su navaja sin sentir los planazos en la espalda. Rodó entre gamelote y montones de basura.

Siguió cojeando calle abajo sin esquivar las piedras, punzando los gritos con su picahielo.

Cuando Joselolo se arrebata, en su cara se fija una sonrisa dura. Le entran ganas de voltear con Paiva, imita sus bufidos, se mueve con violencia y lo llama a gritos al torito negro. Pliotá le niega pega y La Zurda asalta Yesterdaycon un silbido y se va olvidando todo.

Primer round: sobre el techo de las Salazar ventila sus puños como nudos de cabos podridos. Segundo: el cielo raso del Tacarigua ruge como un tigre viejo. Tercero: desde las tapas de Inocencio brinca a las de la Pelúa y recibe una lluvia de botellas. Se espanta, resbala, baja entre los muros de Nieto y Buchipluma.

Le vacían encima un tobo de agua helada muchacho loco alucinógeno ladrón. Los amos del ring se reúnen: dos de las Salazar lo sostienen, otra le levanta la cabeza y le arregla la cara: La Sangrepesá aprieta el puño y le borra la sonrisa de un coñazo.

El bróder nunca fue santo: desde el liceo perfiló su profesión: empaquetado hasta la médula en la muerte de un compañero, es citado a la dirección para aclarar los detalles. La oficina del director está sola y su paltó pagando sobre el espaldar de la silla. Pisó el peine: el director, que valía por dos (había guardado todo su dinero en las medias), aparece de pronto, cierra la puerta con su gordura y le dice satisfecho: Hasta aquí lo trajo el río. No se le ocurra volver sin su representante.

Doble paquete. Se ganó, de gratis, una fama tremenda: choro y criminal. No hubo pruebas. Las promesas de su vieja Lola le alargaron la vida escolar. El director accedió a cambio de la verdad. Joselolo prometió irla cantando en cada viaje a Parque Carabobo, donde tuvo que asistir durante varias semanas, acompañado por los profesores del primero C para evitar el linchamiento: parientes, amigos y demás deudos, le montaban cacería en los alrededores de la Petejota.

Todo el mundo hablaba del «Luis Barrera Linares»: el liceo se puso de moda. y por primera vez se oyó el nombre de Las Mayas más allá de El Peaje. Jamás se dio a conocer el nombre del victimario: era menor de edad. El de la víctima aparecía por todas partes.

Hasta la última noche en que, por fin, el certificado del forense vino a respaldar la versión del único testigoindiciadomalandrocriminal: el chamo era epiléptico y, esa tarde, había tomado una sobredosis de barbitúricos. O sea: no lo fulminó el golpe, sino el aire.

Mera coincidencia la culebra que presenció el broder: está en el pasillo cuando se forma un bululú, se acerca a ver qué es lo ques: someten a una disciplina que los tenía obstinados. Se abre paso con la esperanza de mirar cómo le sacan los dientes. De repente sale una mano del nudo de camisas amarillas y se planta en el ojo del sapo. Joselolo vio la caída. Contó hasta diez mentalmente. Vio la espuma y los ojos blancos. Le iba a alzar el brazo al vencedor y no encontró un alma fuera de las aulas.

Libre de culpa, quiso rehacer su imagen: anduvo el resto del año como comprador de oro roto. La buena fe, sin embargo, no impidió que lo botaran del liceo. Su vieja recorrió la zona sur. Al fin, un olvido de la jefa de la comisión de inscripciones, le permitió la entrada en El Chocolate de la calle catorce.

Cuando la profesora pidió el expediente del bróder, para cerciorarse de los rumores que venían creciendo desde la otra punta del mesón, ya era tarde: la vieja Lola había desaparecido. Perdida, gritó: ¡Jesús, el terror del Luis Barrera! Al volver en sí, recordó las imágenes de un sueño rarísimo: en un segundo, todas las películas de Clemente de La Cerda —que por cierto detestaba— rodaron bajo sus párpados.

Joselolo andaba todo descontrolado. Así salió para el segundo año, sin pararle mucho a esos dedos que señalaban su pasado. Y en El Chocolate se lleva EL GRAN CHASCO: de tanto andar con su veintiúnica admiradora, va y se enamora.

Tina vivía al final de Puerto Escondido y el chamo Robinjú fue su hermano. Andaban juntos desde primaria. El propio trío. Ella recogía la camisa y los útiles cuando Joselolito entrompaba con Adel, con Amable, o con quien se pusiera cómico. Tina es ahijada de Lola y Lalo: los viejos del bróder. La misión de Joselolo fue acompañarla y no desampararla ni de noche ni de día. Se encaramaba a Robinjú en el hombro y lo bajaba hasta el kínder. Tina llegaba después con la lengua afuera, toda gordita, catira, con los ojos casi amarillos de la carrera: buenastardes desde carajita, la carajita.

La cambiaron de liceo porque sin Joselolo le hacían la vida imposible. El bróder la necesitaba: compartía su merienda, falsificaba los boletines y, en casos de emergencia, pegaba a chillar por él y los profesores no hallaban qué hacer hasta que los más débiles rompían las citaciones.

Una vez se jubilaron. Compraron ciruelas. Se montaron en un autobús Puerta Caracas y sin balas para lanzar por la ventana, cansados de rodar, bajaron en Quinta Crespo. Cruzaron la Baralt para devolverse, pero de repente comenzó a llover.

Entraron a un galpón que antes fue cine con nombre de flor. No había luz: el perrote negro dormía amarrado a listones de cedro, el hombre moreno andaba sobre un andamio alumbrando el techo, la bicicleta de reparto estaba recostada al portón con los cauchos hundidos en pantano y aserrin.

Hermanolo apartó a Tina hacia un rincón. Tomó sus manos y, clavándole una mirada punzopenetrante, dijo: Vete y espérame en Los Próceres. Tapó su boca. Hazme caso, después te explico.

El autobús no había arrancado. Desde su asiento, Tina vio algo parecido a Joselolo y a la bicicleta, uno sobre otra, volando bajo la lluvia.

Cuando Tina llegó al Paseo ya no llovía y su compañero lijaba el nombre del negocio grabado en la chapa del cuadro. Borró Aserradero. Dejó Sao Paulo. A Tina le gustaba el nombre, pero le tuvo que quitar ese raro Sao: ¿Cómo explicaba en su casa que era un regalo de Paulo, un compañero medio rico que tenía muchas bicicletas?

Ni el viejo Lalo ni la vieja Lola consintieron tal regalo (en el fondo no se comieron el cuento) y obligaron al bróder a devolverlo. Paulo, ofendidísimo, no aceptó el rechazo y Joselolo se armó con doscientos clavos que le soltó, uno sobre otro, un bedel del liceo.

Tina se había portado y comportado: no preguntó nada y jamás lo delató.

Compartió su fortuna
y a la larga
la afortunada
traicionó su corazón:

Luis, el marido de La Zurda, se la tumbó. Y Joselolo se quedó como fiscal de aviones: mirando al cielo. Justo cuando había descubierto que la quería,
porque esa chama era,
como él decía:
fidelidá.

Hermanolo se puso flaquísimo y dejó el pupitre vacío. Después escogió su esquina y montó un remate. Sus viejos lucharon hasta lo último: a Lola se le agotaron las lágrimas y a Lalo se le estrechó el rancho:

El o yo, Lola, él o yo, repetía a su mujer antes de salir para la fábrica a cumplir su tercer turno. El bróder, alcahueteado por la madre es madre y hay una sola, caía bien sonao a golpe de diez y dormía tranquilote. Lola lo llamaba temprano. Lalo llegaba más viejo cada día y antes de caer rendido repetía: El o yo, Lola, él o yo.

Colgaba en dos tandas para reponer la noche. Hermanolo destapaba ollas por ahí: pujando por el arrebatón de su cómplice, se machacaba el güiro con semillas de girasol y cáscaras de guineo, fumaba monte con furia y bebía como un desgraciado por si tropezaba con Luis, decirle que se cuidara, que él ya tenía un muerto encima. Aunque en el fondo más bien queda decirle que se metiera con alguien de su tamaño, porque el Luis siempre les llevó doce ruedas por delante.

Luis es mensajero de una tienda en Chacao. Creció oyendo a Los Beatles. Vivía con La Zurda en un galpón de ladrillos forrado de afiches, el techo pintado de negro con estrellitas de papel aluminio que brillaban por la luz de un fluorescente violeta. El gajo de Luis era eso: una sala y un baño repletos de gente rumbeando. Al final de la sala: un mostrador, detrás una cama plegable y una cava.

Tina apenas se había asomado, un sábado por la noche, con la fiebre a millón. No pudo detallar nada quedó enceguecida por los relámpagos que estallaban en plena sala. Detrás del mostrador, Luis maraqueaba su maraquita entre una y otra melodía, o enrolaba uno de los suyos con la cobija que picaba La Zurda.

A Tina le pareció haber visto a la mujer esa, pasándole al disyoki un montón de discos. Volvió a su casa rayando en la convulsión: nadie la vio, no pudo bailar con él. Y lo peor: no tuvo oportunidad de demostrarse a sí misma que sabía bailar tan bien como en gimnasia, imaginando el aro en sus caderas.

De todos modos, la batería y las guitarras no la hubieran emocionado tanto como la emocionó —a ritmo de blues, con el festival de las paredes y el firmamento de luna violeta— la forma como Luis la desnudó sobre la alfombra, para iniciarla en esa vida que destruyó la del bróder.

El pure de Tina se contentó con casarlos por civil. La Zurda perdió su techo de la noche a la mañana. Y sin emprender las razones, con pantalla de tristeza para no alarmar, en silencio juró venganza. Decidió hacer justicia por su propia mano. Qué siniestra, el sobrenombre le viene al pelo. Se le encendió el bombillo cuando encontró a Joselolo hasta —el culo— consumiendo las ganancias.

Entonces la mujer se dedica a explotar el eclipse en que andaba el chamo. Compra una falda y un blusón fucsia con la liquidación que Luis dejó involuntariamente debajo de las cornetas. Y se arrancan, en una de esas, para Camurí, a sacar el doble despecho con Elías y su susodicha. Cutuflá les pasó las entradas: su grupo alternaría con los visitantes. Y si Güili me llama, le resuelvo los timbales. Así fue. Almendra no vino porque el trombón no le canceló completo la última gira. Cutuflá se lució de gratis. En el intermedio le dejó a La Zurda un poco de perico boricua que le regaló el pianista.

Hermanolo bebía para perder el conocimiento y olvidar a esa gorda ojos de lechuza que lo miraba desde todos los lugares. Esa cara redonda de luna fosforecente que se escondía y burlaba detrás de las cabezas oxigenadas. Cuando La Zurda le oyó cantar, capturó su estado y le calculó un ron más para clavarse debajo de la mesa. Retiró el vaso con mucho cuidado, le arregló el cuello de la camisa y acompañó el contrabando: Te quise con alma de niño / y me pegaste con traición /el niño se compra con un dulce /que con mentiras me robaste el corazón.

Lo sacó a bailar bombacarambomba y el parejo deslizaba rechinando sus zapatos con el brillo del trombón entraba a destiempo con el coro y se le escapaba a la siniestra con su reserva de levanta muerto: Ayer lloré y hoy me río.

La Macabra lo llevó a botar la curda a Playa Los Angeles. Elías y su consorte prefirieron caerse a pasiones dentro del volskwagen. Entonces la ex de Luis le quita los zapatos al bróder y le instala par de torres bajo las fosas.

Al rato caminaban a orillas del mar. El hombre, sanidad, como si no hubiera visto caña en mucho tiempo y la mujercita pegada a él como una calcomanía. La noche, el mar y lás estrellas le encendieron la sangre al pana y, aunque la jeva es federica, la tumbó en la arena dispuesto a encontrar los aretes que le faltan a la luna.

La veteranía de La Zurda quedó demostrada desde el principio: bajo la falda fucsia se abrió el Triángulo de las Bermudas reforzado con piedralumbre. El bróder le metió una cuarta después del casco nazi y le almidonó el cuartel.

En toda la pantomima, La Zurda imaginó a su ex clavándole las espuelas con el ritmo que la enloqueció durante un año dos meses y trece días. Reprimió su nombre las dos veces que se le acababa el mundo y al final mordió, chilló y escupió, cuando Joselolo le sacó la pala y se levantó: el gobierno se acercaba linterneando la playa.

En los días de carreras, Hermanolo corría burda. Primero subastaba los mejores de la cátedra y después luchaba por rematar los burros. Vendía bailando. Miraba por los poros. La Zurda le cantaba la zona: la policía y los de la banca del terrible Berra, le tenían el ojo puesto. El bróder se boleaba bien: la mitad de Las Mayas se retrataba con él porque inspiraba confianza. No había comenzado a volar sobre los techos ni a gritar sermones a todas horas. Nadie, entonces, le había dado la espalda o sacado el culo, que no es lo mismo pero es igual.

Calle luna: la gente de Berra el terrible lo andaba cazando. Calle sol: La Zurda lo tenía obstinado con sus casquillos. Calle luna calle sol: no se podía dejar tumbar el negocio. A él lo tumbaron una sola vez y quería olvidar, aprender a olvidar, olvidar a olvidar: perdonar.

Y ahí es cuando aparece

EL PENTECOSTAL

Andando en la nota del olvido y el perdón, una tarde le cae El Pentecostal. Joselolo cargaba el güiro cruzado de rosarios: mándrax dosis doble. Y, citando al apóstol San pablo el hombre dijo:

«Si hablo las lenguas de los hombres y aún de los ángeles, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo discordante. y si hablo de parte de Dios, y entiendo sus propósitos secretos, y sé todas las cosas, y si tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada. Y si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y aun si entrego mi propio cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve».

Más nada: al bróder se le escondieron las medias. Porque okey: La Zurda lo había atrapado con las tenazas de cangrejo que tiene entre las piernas, sin embargo, sentía una monstruosa soledad. El Pentecostal siguió leyendo y su antigua fe fue despertando.

Joselolo tenía sus dudas, pero andaba menos mal. La Zurda ignoraba la transformación. No le hacía cerebro a las escapadas que se echaba todas las noches: sabía que moriría ahí, quemándose la lengua con el alumbre. Mientras tanto, el bróder bebía el vino montesanto y atestiguaba los milagros de Yiye Avila en el Nuevo Circo.

La mujer estaba clara: lo principal era la venganza, como se lo había jurado casi un año atrás: Joselolo debía disolver a la pareja. ¿Cómo? Todo bajo control: dar a Tina el descanso eterno. Así, Luis volvería a ser para ella para ella nada más.

Joselolo combinaba los trajines del evangelio con los castigos del cuerpo: las palabras de los apóstoles le aceleraban la nota y bajaba a mil por hora al paraíso terrenal de La Siniestra: la sermoneaba, la lamía de cuerpo entero y, duro como la gelatina, se babeaba por ella e imaginaba los ojos de lechuza, la cara redonda de Tina. Hasta que una noche, enluisado, cabalgándola con violencia, le prometió vengarla.

La jeva le consiguió un hierro.

Hermanolo lo estrenó ese mismo día en el remate: después de la quinta válida, la casa ofrece una ronda de cervezas. El bróder tenía el porcentaje resuelto, aunque en la tercera tuvo que reforzar la salida de diez burros: sólo Charli, Pliotá, Adel y Cabilla regatearon a Escorpión, el favorito. Transaron en tres tablas. El Profe y Corazonada arrancaron conformes con ciento cincuenta y sesenta, que Adel y Pliotá les metieron. Escorpión arrasó. Joselolo no pudo impedirlo. Se fue reponiendo y antes de la sexta, lanza la ronda para matizar.

La Zurda había avisado que Cabilla chambeaba para el Berra. Hermanolo, sin pararle al público de gallinero, envuelto en extraña paz por culpa de El pentecostal, anotó su duro sobrenombre y el número quinientos al lado del tercer favorito. Resulta entonces que Joselolo, mosca con la cuenta de las cervezas, deja arrancar la última del domingo sin cobrarle al Cabilla.

El hombrecito le dejó a Aleja un mono de doce tercios y a Hermanolo el rancho ardiendo con Barceló que se resolvió mil bolívares. El bróder aflojó una orquídea y quedó debiendo poco menos de la mitad. Caída y mesa limpia. Desbancado por nuevo, coño, por ñero. La Zurda no se pela. Del Cabilla: nada por aquí nada por allá.

¿Y a que no se imaginan quién llegó?

Damas y caballeros, en vivo y en directo desde Puerto Escondido: BERRA EL TERRIBLE.

Berra es tan flacamente flaco que si pica el ojo parece una aguja. Una vez se le escapó a la policía de la manera más pendeja: se pegó a un muro y lo confundieron con una grieta. Pero la fama: ¡Guillermotel! Joselolo tantea el hierro. El hombre queda fuera de base, desarmado, y vuela por el patio de Aleja, cae al baño de Barceló y se pierde. El bróder no había terminado de sacar el revólver. De repente escupe un candelazo y tumba la ventana. Con la gran suerte de que nadie estaba asomado, porque si no, le escarcha el güiro.

La vieja Aleja pálida arrecha más que arrecha, lo insulta bestia de mierda asesino no es la primera vez que intentas matar a alguien. Por aquí no vuelvas, hijo de la grandísima puta.

Hermanolo confuso asustado arrecho también, piró sin dirección determinada. La Zurda con el domingo libre: playa Canguro. Qué vaina. Lalo montando guardia. Qué vaina. Pliotá tiene un buen calmante: media bombona de anís granulado. Acto seguido: los elementos caen a una postura de agua casemarisol. Marisol —cortesía les sirvió su respectiva ensalada y algunas onzas de ron.

El bróder, feliciano, volando vio venir a la catira sola soltera sin compromiso. Le costó y cortó reconocer que Luis tiene muy buena mano. Buenísima. La sacó de la reunión. Sentados en las escaleras le dio arrechera, calidad pura, saber que amaba burda a Luis. Al punto de querer parir para complacerlo y, para colmo, Luis estaba resuelto: además de la tienda, chambeaba a destajo con la Cóleman y ganaba un buen porcentaje controlándole la plata a la banca del Berra.

Puta reputa coñoetumadre
Charli se la quitó como pudo

Y dice el coro:
Joselolito firmó
su acta de defunción.

Bebió de un palo todo el anís, todo el ron. Obligó al hermano Pliotá, bajo cañón y todo, a soltarle los granos que le quedaban.

Segundo debut: el zinc comenzó a tronar como si una manada de gatos peleara y peleara un virgo. Las balas se le acabaron, bendición divina, al tercer disparo. Acabó con la fiesta. Con todo. Acabando de acaba con su vida. Se fue saltando sobre los techos con la mirada fija en la casa de sus viejos.

Lalo ya sabía el cuento. Lo esperaba con ganas de descargarle encima todo el asco que le producía, de devolverle la vergüenza a machetazos.

Lo sentó de un planazo en pleno pecho. El bróder le tiró el revólver y sacó su picoeloro. Entonces el viejo le dejó caer el machete, esta vez de filo, con toda la fuerza de su alma.

La muerte del Tío Cosa

La muerte del Tío Cosa fue una liberación insólita. Llegó cuando nadie la esperaba. A sus 67 años ya toda la familia pensaba que sería eterno, que desde su cama vería pasar nuestros cadáveres uno por uno, sin entender ni proferir frase alguna, como vio pasar los de tantos parientes: desde su mamá y su hermana menor hasta el angelito de Chana. El mismo año que derribaron el muro de Berlín, un glaucoma le cortó la luz a papá y a mamá le sacaron un nudo maligno del estómago. Él, desde su indiferencia fenobarbital, jamás lo advirtió. Cuando mamá –o sea, su hermana mayor- se curó, él entró en una de sus famosas crisis epilépticas que lo ponían al borde del abismo y en un descanso de los ataques ella le dijo sobándole la cabeza: Ay, Pedro, tú como que te nos quieres morir. Él se quedó mirándola un buen rato como quien llega de un largo viaje y le dijo al cabo: No señora, a usted le toca primero. Como si el asunto fuera por orden de aparición.

En casa nunca le tuvimos miedo a la muerte, sólo nos preocupaba tener que esperarla en semejante compañía: la dote compartida entre mamá, Chana y hasta papá -quien solía asestarle sus palos de ciego al pobre Tío- la cual, en un futuro no muy lejano, dada la precariedad de las ancianas, heredaríamos, sin duda, Xiomarita y un servidor, sin la participación de nuestras respectivas parejas, como había sido acordado previamente.

Cosa no sabía ni dónde se hallaba: pasó sus últimos años entre Bejuma y Caracas y, al parecer, nunca lo supo o, al menos, no atinó a reconocerlo. Mamá le preguntaba con frecuencia: ¿Dónde estamos, Pedro? Y como a la media hora le respondía: Pues en Bejuma. No, en Caracas. Lo corregía la vieja. Al día siguiente le volvía a hacer la misma pregunta y él de pronto contestaba lo mismo o no contestaba.

Cuando a la tía Chana le daban vacaciones en la tintorería, invariablemente lo trasladaba a la casa materna en Bejuma y aquello era todo un acontecimiento, algo así como la realización de un largometraje cuya producción de campo comenzaba con dos o tres meses de antelación, cuando Chana empezaba a preguntarse a voz en cuello que cuál de sus sobrinos le haría el favorcito de llevarla esta vez, que ella ya estaba mayor y no podía ir sola en autobús con sus maletas, entre las cuales, por supuesto, incluía a Cosa, las cosas de Cosa, desde el pato o la bacinilla hasta la más incómoda y aparatosa: la silla de
ruedas.

Entonces Xiomarita y yo tirábamos una moneda sólo por molestarla, porque igual nos alternábamos el rodaje de doscientos sesenta kilómetros, cuyo catering comprendía los respectivos sándwichs de pernil en La Encrucijada y la docena de cervezas que Chana solía despachar en el traslado cuando la autopista estaba libre, porque si algo trancaba la vía, la cantidad de birras era incalculable y todos llegábamos más allá del bien y del mal -incluido el Tío, para quien tal estado no reportaba novedad alguna- con ganas de agotar la existencia de alcohol en aquel pueblo.

Una vez instalados en la vieja casa, mi tía le hacía la pregunta de rigor y Cosa contestaba: En Caracas, con la mirada perdida entre los árboles. Un mes después, cuando debían regresar, ambos más repuestos y con mejores semblantes, Chana le volvía a preguntar: Pedro ¿dónde estamos? Y él a contestar: Pues en Caracas.

Una pulmonía le puso fin al dilema. La noticia me llegó en un mensaje de texto enviado por Xiomarita en estilo telegráfico: Murió Cosa. Te toca a ti. Feliz viaje. No lo podía creer. La llamé enseguida para aclarar el asunto y ubicar el error -cualquier error, tenía que haber un error tratándose del inmortal Cosa- y sólo obtuve la confirmación. El error se convirtió en acontecimiento y me hizo olvidar el reclamo por ese modo tan impersonal de imponerme la sensible baja. Sabíamos de su delicado estado de salud; pero estábamos seguros de que, una vez más, se salvaría. Desde la primera falla respiratoria no albergamos dudas al respecto. Y como ninguno de nosotros es adivino, no hubo apuestas. La verdad es que nadie estaba en condición de botar la plata apostando a su muerte y no precisamente por optimismo, sino por la vocación de eternidad a la cual nos acostumbró desde siempre, cada vez que volvía a abrir los ojos después de una temporada de terremotos corporales, cuando superaba el coma alcanzado por los cortocircuitos.

No tenía alternativa y me dispuse a cumplir. En dos horas estuve listo y pasé a recoger a los viejos, no sin antes avisarle a Carlitos, (padrino de mi hijo y marinovio de mi hermana). Me dio el pésame y me dijo que aceptaba acompañarme si le brindaba el litro de whisky que tardaríamos en llegar. Era el primer jueves de enero y él ya había despachado una botella de Dewar´s con un par de clientes. Equipamos en Maitana. Mamá se conformó con media botella de anís, papá con un marrón grande, mi Renault con treinta litros de gasolina, Carlitos y yo con una botella de William Grant´s. Hasta allí poseía suficientes elementos para hacer una proyección: hacia el anochecer, cuando llegáramos al pueblo, mi compadre ya estaría en condición de montar su acostumbrado show.

El olor de la bebida le removió el espíritu a la vieja y comenzó a rociar la semblanza del difunto con un llanto anisado. Tal biografía no consumiría los treinta minutos necesarios para atravesar los Valles de Aragua y dejar atrás la tradicional hilera de chaguaramos de la Hacienda Santa Teresa; no obstante, comenzaba la media hora más larga del viaje: todos conocíamos los datos de memoria, lo cual no le impedía ni a la narradora echar su cuento como si fuera la primera vez, ni al interlocutor más inmediato recibirlo como tal: papá, incluso, le hacía preguntas cuyas respuestas alguna vez supo de antemano, pero que a estas alturas de seguro había olvidado. Con la monotonía de la autopista era suficiente. Intervine para contrarrestar el tedio del archiconocido relato:

Y qué le habrá dicho a su tocayo San Pedro, al momento de llenar la planilla de entrada al cielo, cuando éste le preguntó: de dónde vienes, hijo?

De Caracas. Contestaron al unísono.

La procedencia es lo de menos. Dijo Carlitos y enseguida preguntó:
¿Qué habrá colocado en el espacio donde uno debe poner la profesión?

Santo –dijo mamá secándose las lágrimas-, ese muchacho fue un santo, no le hizo mal al prójimo y cumplió los mandamientos de la ley de Dios al pie de la letra. Un santo. Le voy a escribir al Papa para que lo canonicen; porque alguien que haya nacido en sus condiciones un 15 de febrero de 1939…
No sólo se salió con la suya, también nos aplicó el castigo de añadir una gran cantidad de detalles superfluos por tratar de sabotearla. La vida del santo concluyó cuando llegamos al pueblo.

El velorio era en la casa. La gente y los carros apenas permitían el paso. Cada quien quería verificar el deceso, confirmar con sus propios ojos tan increíble acontecimiento. Algunos acudían para ver y dejarse ver, otros aprovechaban la ocasión para lucir los estrenos que no habían podido mostrar el día de año nuevo. Estacioné en la esquina. Avanzamos con dificultad saludando a los familiares y demás deudos y amigos hasta llegar a la sala donde nos esperaban una Chana y un Tío Cosa muy distintos: ella en evidente estado de embriaguez y él tieso bajo una póstuma elegancia, quien en vida fuera un sujeto muy austero que sólo superó las mangas cortas de las camisas gracias a las bajas temperaturas de diciembre y enero cuando alguna mano bondadosa le echaba encima un suéter. Un elemento simple, el Tío, quien, entre otras exquisiteces, se saltó olímpicamente el campo de las buenas fragancias: nunca disfrutó las bondades de los perfumes franceses y apenas si alcanzó a vivir la fantasía viril del after shave, poco después de la adolescencia cuando aún podía servirse por mano propia y empapó la cara en el resto del agua colonia Jean Marie Farina que le pasó papá junto a unos billetes para que se acicalara y fuera a montarse en el carrusel de las putas.

Verlo ahí, debajo del vidrio, con cuello duro y corbata, como dispuesto a sacarse la foto del pasaporte -sin los algodones en las fosas nasales, claro- resultaba muy extraño, en un ser que vivió confinado en la casa escuchando rancheras en la radio, imaginando quizá, entre las nebulosas, la fiestas de la plaza Garibaldi y al México que nunca supo distinguir en el mapamundi. Era muy raro despedir con tal indumentaria a quien se marchó sin conocer en persona a mariachi alguno, salvo a los hermanos Capriles, ecuatorianos de origen, vecinos del edificio Vittorio donde viven los viejos, a quienes acaso miró algún fin de semana desde la ventana del primer piso cuando salían disfrazados de charros de la pequeña imprenta ubicada en el sótano, dispuestos a amenizar alguna fiesta para redondear un presupuesto familiar sostenido a duras penas.

Chana volteó gruesa como una vaca con la nariz colorada y el pelo deshilachado por todo el invierno del mundo, vino hacia mí, se echó mi brazo sobre sus hombros y me dijo:

Más tarde vienen los mariachis.

Ahora sí la perdimos, pensé.

Los muchachos del Villa Juárez -continuó sin darme tiempo a, por lo menos, cerrar la boca-. Los contraté para la despedida. Dijo y me brindó su aliento añejo, antes de arrancarse hasta donde la moqueadera se lo permitía con la primera estrofa de “Nadie es eterno en el mundo”, al estilo de Toñito Aguilar.

El Tío, sin prometerlo, hizo lo posible. Quizá le dolió defraudarnos cuando ya no pudo más. Esa muy suya vocación de eternidad se le reveló temprano con el comienzo de los males, poco después de regresar a casa con la fragancia mezclada con el pachulí de una de las tarambanas amigas de su mamá -o sea, mi abuela- quien sabía que algún día Pedrito acudiría por voluntad propia a beber agua en la piedra de las gallinas y ya le tenía palabreada a la más aseada, La Negra Alejandrina, para allanarle el camino al muchacho, de modo que le exprimiera con cariño las primeras leches y éste no llegara a traumatizarse, razón por la cual -según las caprichosas estadísticas de la sexigenaria de mi abuela- muchos adolescentes torcían el rumbo y perdían la virilidad para siempre.

Entonces va el Tío a debutar bañado en agua colonia y se encarama con tal desesperación que al nomás calzar la veteranía de La Negra sintió que le venía la vaina y, por unos diez minutos, entregó su voluntad al maremoto cuyo epicentro, según la mujer, lo tuvo en la mismísima paloma que logró sacarle primero una sonrisita nerviosa, luego un gemido, después varios gritos y al final un saldo de seis polvos al hilo que la dejaron despatarrada y le arruinaron la noche.

Tan disparejo fue el evento que el par, de distinto modo, experimentó por vez primera sentimientos encontrados: Aleja quedó como si la hubiese machacado una locomotora (pese a su característica liviandad, al muchacho le roncaba la máquina), contenta y sin un cobre. El incipiente Cosa, o el Cosa en cierne, anduvo durante varios días como un zombi perdido entre la mezcla de aromas, cierta alegría y el sinsabor de no poder echarle el cuento a papá, por la sencilla razón de que ignoraba lo ocurrido.

Cómo así, si el Tío ni los conoció, replicó Carlitos muy serio devolviéndome al presente.

Pues no importa –dijo Chana sin molestarse en mirarlo- el repertorio siempre es el mismo y yo soy la que paga, ¿algún problema mequetrefe?

El showman comenzaba a impacientarse: al compadre Le resultaba incómoda tanto la ropa, como la gente agolpada en la salita y, mucho más, la competencia. Necesitaba seguir siendo el rey y demostrar que, tanto como un médico a sus pacientes o un comerciante a sus clientes o un profesor a sus alumnos o un pastor a su rebaño o un siquiatra a sus chiflados o un marinero a la mar o un difunto a sus dolientes, él se debía a su público y no estaba dispuesto a devolverse después del entierro sin aprovechar la oportunidad de rendir sus honras fúnebres ante tan nutrido y diverso auditorio.

De las insolencias de la vieja tomó lo mejor. Dada la hora, el Mariachi Villa Juárez podría hacerle de telonero e irle preparando a ese rebaño de dolientes conformado por chiflados o pacientes, alumnos y clientes; es decir, su público -o, más bien, el público del Tío Cosa- que por haber llegado a aquella casa desde los más apartados rincones de la geografía nacional no merecía pasar la noche en vela entre chistes y oraciones que ya no animan ni a los vivos ni a los muertos.

En eso se acercó hasta el féretro una figura misteriosa. Le cedimos el paso sin demora: érase una mujer magra y oscura, cuyo rostro no podía ocultar la pena. Es La Negra Alejandrina. Susurró Gato Viudo e inmediatamente corrigió: Bueno, lo que queda de ella. La pobre guardó silencio y dejó correr las lágrimas suficientes para resumir la dicha remota: una vez consciente de que su felicidad dependía no de mi Tío sino de su enfermedad, se opuso a la curación y esto, como era de esperarse, le hizo entrar en conflicto con mi abuela quien recorrería el país a pie, si fuese necesario, hasta encontrar la solución para su único hijo varón. Y aquí coincidían ambas: eso sí te me tenía él, decían, era un varón, aunque, para bien o para mal, excepcional. Para bien, según La Negra, porque era la excepción entre los hombres: no era lo mismo estar a su lado que tenerlo arriba cuando le venía el ataque. Para mal, según su mamá, porque siempre sería excluido y si no podría tener alguien al lado, mucho menos debajo cuando padecía una convulsión, de modo que sólo la caridad humana (es decir, familiar, porque ni siquiera la social) se encargaría de él si ella llegare a faltarle (a menos que apelara a la caridad divina, pero temía que ésta aplicara su único recurso y lo sacara del juego antes que a ella); porque la negra esa, a quien en mala hora le solicitó sus oficios, lo quería por el puro furruco (y eso era finito o provisional) hasta que llegara un macho bien plantado que la volteara al revés (y eso si aún existían) lo cual era muy improbable, como le había pasado (o mejor, como no le había pasado) a ella después de sus cuatro maridos.

La sexigenaria le cerró las puertas a La Negra Alejandrina y se entregó en cuerpo y alma a buscar el remedio en una peregrinación cuyo itinerario cubrió, por lo menos, cuatro puntos básicos: el consultorio del doctor Hoffman en Aguirre, la casa del profesor Durán en San Martín, el altar de Andrés Barrios, el iluminado de Santa Teresa del Tuy, y la cátedra del sabio Torrealba en San Juan de los Morros, de donde regresó al poco tiempo, cabizbaja, por la amargura que le causó el diagnóstico de las eminencias.

Desde entonces Alejandrina no pisaba la casa de Cosa. En todos esos años se limitó a adorarlo como a un santo, específicamente desde el suceso del gatillo alegre que quiso hacer méritos probando su puntería en el cuerpo del pobre Tío, quien no acató la orden de alto y huyó en carreras al ver a unos soldados que venían alegremente disparando al aire, como parte de una tropa cuya tarea era peinar las montañas, desde Chirgua y La Mona hasta Canoabo, para pacificar a la fuerza a los posibles residuos de guerrilleros, como lo mandaba el presidente Caldera. Según la declaración del teniente, los reclutas lo confundieron con un presunto rebelde y cuando lo abandonaron en el hospital con la rótula derecha destrozada, los policías locales que lo conocían desde niño -sólo por cubrir las formalidades del caso- le decomisaron los mamones que llevaba en los bolsillos, en cuya búsqueda andaba cuando lo sorprendió la patrulla.

La mujer debió conformarse con contemplarlo a distancia cuando lo traían o lo llevaban en parihuela de aquí para allá y de allá para acá y a brindar a la memoria de su amor perdido cuando alguien lograba producirle algún pálido placer. Un día se enteró de que un asma cardíaca había obligado a mi abuela a entregarle para siempre la guardia a Rosita, su hija menor, la mujer de El Gato -quien, por cierto, no duró mucho en el cargo, a causa del estallido de un aneurisma- y ni siquiera en ocasiones tan definitivas como aquellas se atrevió a contradecir la sentencia de la sexigenaria. Ahora era distinto. Venía a cumplir una promesa hecha el día de su retiro, ocurrido varios años atrás, cuando debió aceptar su pérdida de popularidad, al advertir que ya nadie solicitaba sus servicios.

Gato Viudo -mi tío político, otrora marido de Rosa la extinta, hermana de Cosa, Chana y mamá- me sacó de la sala con la maravillosa oferta de un trago. Carlitos nos siguió automáticamente y, antes de llegar al patio a donde nos condujo Gato, me haló por la manga de la chaqueta para pedirme que le sirviera de presentador. No tenía que pedírmelo, ya lo había hecho en varias ocasiones y, una vez más, sería un honor; pero aún faltaba gente y, además, convenía esperar que el viejo se acostara a dormir para que el performance no acabara a punta de bastonazos.

De pronto aparece mamá a mi lado, discretamente achispada, y me invita a participar en el tour de los parientes lejanos y comenzamos a trepar el árbol genealógico desde una selva de primos y primates que en mi vida había conocido ni de vista ni de trato y, mucho menos, de comunicación. Este es mi hijo el doctor, decía para mi bochorno, el más chiquito, el toñeco, el maraco, decía sin el más mínimo rubor como si estuviera presentando a un bebé que ya está a punto de cumplir 50 años y yo, brincando de rama en rama, tenía que sonreír y, como dice la ranchera tan cara a Cosa: “sacar juventud de mi pasado”, hasta que me salvó no la campana sino la trompeta del Mariachi Villa Juárez que hacía su gloriosa entrada.

Todos nos vimos precisados a saltar del árbol y a correr hasta la sala, los unos por gusto, los otros por disgusto, los más movidos por una curiosidad que, superando la capacidad de respuesta artística de los cuates bejumeros, se centraba en el contraste entre la vida y la muerte. Nadie sabía si llorar o reír a la espera de que el difunto se levantara a cantar. Los músicos se miraban entre sí, desconcertados. El cantante nunca había interpretado nada en presencia de un cadáver, acostumbrado como estaba a hacerlo ante el júbilo de los novios o los cumpleañeros; sin embargo enfrentó el nerviosismo general y arrancó un poco desafinado con un repertorio escogido a última hora, dada la singular ocasión.

Chana inició el coro concediéndonos la licencia de acompañarla y así lo hicimos a lo largo de un set donde no hubo peticiones ni dedicatorias. Hasta la rezandera, desgranando el rosario, aprovechó para cantar sus preferidas. El cierre obligó a mi tía a llevar la voz cantante:

Cuando ustedes me estén despidiendo
con el último adiós de este mundo
no me lloren que nadie es eterno
nadie vuelve del sueño profundo…

Los músicos fueron saliendo uno por uno en silencio y los vecinos, saltando el charco que se formó en medio de la sala, comenzaron a despedirse. Algunos familiares fueron a buscar posada, otros se retiraron a descansar en los carros y la solidaria mayoría regresó al patio.

Esos son los imprescindibles. Dijo Carlitos desde su comunismo trasnochado, sin advertir la presencia de mamá que salió desde el fondo del solar con una viejita de la mano:

¿Te acuerdas de Teolinda?

Antes de contestarle consideré dos cosas: una, que ya el viejo se había retirado a sus aposentos, de lo contrario mamá no se conduciría con tanta libertad y, dos, que habría que emborrachar esa libertad para que no saboteara el show.
Claaaaro la tía Teolinda, ¡cómo no! Dije tratando de bajar del árbol ese rostro reducido y ajado como una fruta pasada.

Ninguna tía, pero no importa, es una historia muy larga. Consíguenos algo caliente, tenemos mucho frío. Ordenó dándome la espalda para seguir con aquello de es el doctor, el maraco, el toñeco, etcétera.

Regresé con café y les propuse un carajillo. Era lo que mamá deseaba a esa hora de la madrugada.

¿Qué es eso? Preguntó Teolinda con cierta picardía. Mamá explicó y Gato Viudo sirvió.

En México lo llaman café con piquete. Dije para seguir en la onda del velorio.
Pues en nombre de Dios. Dijo la octogenaria y le dio fondo blanco.

El streper comenzó a contorsionarse entre los presentes sin previo aviso. Visto a distancia parecía un mimo luchando inútilmente contra una ola de bostezos y de cerca el reality show presentaba a un cuarentón flaco que perreaba solo en el centro del patio para llamar la atención y resolverse la noche con alguna de las presentes. Me acomodé al lado de Gato Viudo y las damas de la tercera edad. El compadre recostaba su delgadez a los espaldares de las sillas o se sostenía y giraba en torno de un tubo tan imaginario como la música que lo animaba a seguir, a arrojarle la camisa a las chicas, a mostrar bajo el pecho lampiño las oleadas en su abdomen, el vaivén de la cintura, las manos que bajaban el pantalón hasta el borde del interior, rozaban el sexo y se devolvían acariciando el ombligo, se detenían en las tetillas y seguían hasta la mandíbula y el cuello como las manos de otro cuerpo.

Esta sí sabe de eso, no ese peor-es-nada, que recogió Xiomarita en el metro. Dijo Chana dándole una palmadita a Teolinda quien no pudo leerle los labios y quedó con la sonrisa colgada tratando de pescar algún comentario que le hiciera entender la extraña actitud de ese señor que convulsionaba. Ocasión que aprovechó mamá para satisfacer mi curiosidad en voz baja: en su época, esta señora que tú ves aquí, Teo, se ganaba la vida en un cabaret de El Paraíso. Hacía de rumbera al estilo de María Antonieta Pons, muy famosa, muy solicitada. La llamaban “Tanabonga, la diosa del deshabillé” y hasta tuvo un jujú con el dueño del club que era nada menos que don Luis María Frómeta, el de la orquesta, el popular Billo. Pero como ya ves –sabía que mamá cerraría con una de las suyas- el tiempo no perdona.

Entonces le hice señas a Carlitos para que se le insinuara, a ver si le despertaba el pasado y se componía el velorio; pero él ya se había prendado de Alejandrina y bailaba sólo para ella con el objetivo de activarle la vida alegre. Poco después desaparecerían abrazados entre las matas de plátano.

A mí me tocó poner orden: recogí algunas sillas y conduje a la tía Chana hasta su habitación, después de interrumpir el concierto de ronquidos que ofrecía en el patio. Me detuve ante un retrato del Tío Cosa que desde que tengo uso de razón permanece en la vieja peinadora de su hermana y entonces cobré conciencia de su muerte, advertí que no había sido un sueño ni una invención de Xiomarita y abracé a mamá y ésta, muy conforme, me pidió otro carajillo.

Sobre el autor

*Tomado de: https://ficcionbreve.org/

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