literatura venezolana

de hoy y de siempre

Trazos en fuga (selección)

Sep 2, 2024

Flavia Pesci

domingo

se aparta del marco de la ventana. los rencores se alejan. sus pies retroceden tantean el frío. los gritos los nuestros vienen de otro tiempo. mira dormir al que fue su hombre. tanta belleza junta acobarda. la piel volvió de la insensatez. nada nuevo en realidad. es el amor recogiendo sus raíces.

cura los huesos para hacerse casa. agradece el recorrido: la violencia de las piernas circulares. la mirada delirante. su osadía la asalta. prefiere guardar el ardor en una caja. no quiere volver a los tiempos de las cuevas a los espantos haciendo mella en el sueño. solo deja que la tarde respire. se asiente en sus labios cuando canta secretas armonías. el domingo se resiste a ser lunes. él me dijo que no quería volver a las almas en pena. a la ciudad derrotada que al parecer soy yo.

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las ventanas y los amantes

las ventanas para los amantes son el vínculo hacia ese otro lugar del que huyen. allí todo es devenir. un alucinado juego. la señora detiene su paso y jadea. la radio bosteza noticias que ya no sorprenden. no escuchan los amantes de la hiperinflación o del ataque bioquímico en Siria ni del hombre huérfano que ganó la lotería. en las alturas el avión abre su estela: doscientos corazones quebrados migran a lo desconocido. en medio de la calle unas manos piden comida. el apartamento vecino sube el volumen a la televisión. gatos trepan los techos para buscarse. un niño tapa con la almohada sus oídos. adentro el cuerpo es la única medida. las bocas liban sus manjares disgregan murmullos jadeos de aire. la penumbra se esconde tras los bombillos. el baño recoge aguas y delicias vertidas. abajo el portón es cerrado con fuerza alguien gesticula con ira. ellos palpitan maravillan los ojos se besan los cuellos. son nudos las gargantas. y es que duele a la mentira el tiempo. a la dulzura el miedo. a la muerte la nada. los pájaros de la ciudad–selva anuncian lluvia. habrá que recoger entonces las pequeñas pertenencias. asomarse a la ventana e intentar mirar todo por primera vez.

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templanza

absorta en una constatación inútil decide levantar el sueño. es hora de que la luz traspase las fracturas. es hora de que el mundo vuelva. el café humea. la ciudad refugiada en un rincón trae consigo mensajes desvestidos. tiemblan los reinicios quisiera doblarlos pero no es posible. la montaña bosteza hondo en la penumbra. brama desde sus piedras el sordo hablar de los grillos. confabulan las nubes en profusos movimientos. abonan el aire. clarea el frescor. picotean los sonidos desde las ramas. un detenido instante. rara forma de incerteza la vida.

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el fin del mundo

ahora que ha llegado la lluvia y amenaza con inundarlo todo el pequeño pueblo se reúne a contar sus cuitas. la mujer del carnicero aviva el fuego con sus piernas mientras el notario anota las deudas acariciando el bigote meticulosamente delineado. la maestra aprovecha la ocasión para mirar de reojo al que fue su peor alumno. el librero atisba al conjunto con cierto aire de superioridad. no hay nada nuevo entre esos minúsculos seres. nada ha cambiado. el perro los observa desde debajo de la mesa donde ha caído un trozo de pan. la octogenaria ha llevado a escondidas su botella de ron. teme que quieran aprovecharse de sus debilitados huesos. unos juegan a cartas otros se quedan dormidos en algún rincón susurrando blasfemias. la lluvia no ha dejado de caer. los colores han desaparecido. desde afuera el extranjero se asoma. cavila decepcionado y le echa un vistazo al cielo. le reclama que tampoco en esta ocasión nada puede ser salvado. el perro bajo la mesa alza levemente su oreja izquierda. gruñe algún gemido y se escurre por la puerta. persigue al hombre que se devuelve sobre su reiterado camino.

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testigo silente

una mañana desde el jardín del vecino oí tronar gritos entre un hombre y una mujer. pensé en un pleito de esos inevitables cuando se entumecen los sentidos y no hay espacio alguno para la cordura. mientras la entonación se hacía más desquiciada y las lenguas se retorcían secas entre los dientes temí por la vida de ambos. intenté reanudar la faena de casa pero fue imposible. me reduje en ovillo debajo del perfil de la ventana. sostuve mi cabeza intentando apartar otras memorias. me asaltaron arcadas. espumas de odio. no supe cuánto tiempo estuvieron en ello ni cuánto permanecí abrazando mis rodillas. un sonido seco directo y certero quebró finalmente las voces. hubo entonces un espacio a la deriva. una suerte de signos silentes embargando la espina dorsal. quise moverme e intentar detener lo ya inaplazable. escuché a lo lejos alterados golpes desdoblados en confuso aturdimiento. miré de soslayo a la pared. el pánico trasfiguró los sentidos. la turbación me expulsó a otro mundo. al poco tiempo me despertó un agudo alboroto de sirenas.

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el loco

 yo anhelaba menos confusión. menos furia. sin embargo la noche insistía con sus estribillos de metal. no era por causa de las entrañas ni del pensamiento. sino del simple horror de saberse. creía en la necesidad de intentar la fuerza de la tierra. su profunda honestidad. reparaba con obsesivo interés en el recorrido del río. lo perseguí por cuarenta noches y cuarenta días en su imparable camino. las aguas dulces se desbordaron en la salubre infinitud.

me volqué entonces como en otros tiempos hacia el mismo mar. ese amansador de rocas cuando la tarde comienza a ser sombra. el de las preguntas solemnes y ecos palpitantes. vi como en sus olas las barcas sacudían el tiempo. escuché voces de prehistóricos mundos. el viento marcaba la hora transitoriedad de lo eterno. fracasé en el intento. abandoné toda voluntad hasta llegar a la orilla inerme. me recogieron arenas soleadas de árido brillo. pude entrever los frágiles huesos. a dos dedos de mi lengua el cangrejo fósil de piedra. es él quien acalla el misterio y lo deja ser.

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trastorno

soy el rasgado. juego a resistir. me contradigo grito miento. hago fiesta en ti. me arrimo a escondidas. creo en el caos. te hago intemperie e indigente me llevas. hablas lejanos dialectos. mares cruzados ahuecan el aire. torpes emociones entre afilados dientes. asomo por los pliegues de tu piel como un animal terciario. me resucitas. no habrá paz hasta aplacar la lengua. hasta tanto la humildad no convierta mi ira. — baja a los sótanos y no regreses —

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calles de la ciudad perdida

envueltas por la ausencia la amenaza las transita. urbe desolada. su verdor incansable nos da la mano. revela querer vestirse con los mejores azules. guacamayas y pericos resguardan la belleza. imposible retirar la mirada. ya no hay vocales como los caramelos de colores soñados por Rimbaud. en los ojos tristeza de criaturas. la indignación hierve en el polvo las manos queman. el Dominio es cada segundo más cadavérico más tiránico. espera esperanza: gesta asalto terror incoherencia. la noche es un vasto insomnio cubierto de estrellas.

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