literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Salvador Fleján

Sep 3, 2024

La cuchara de Uri Geller

Para Yrisalvi y Rosita, porque la sangre llama

Ahora sé que perder la virginidad es un asunto más serio de lo que en realidad aparenta. Es el tipo de cosas que solo te ocurren una vez en la vida, como los dientes de leche, la primera menstruación o, más concretamente, cuando te mueres. Otro dato: de esos importantes momentos casi nunca sobreviven recuerdos. Que se sepa, nadie atesora su primera toalla sanitaria o llega a enmarcar la foto del infarto fatal. A lo máximo que se puede llegar en ese sentido es a coleccionar colmillitos amarillentos y eso solo si se cuenta con la ventura de una madre fetichista. Sin embargo, de mi primera vez, sí que conservo algo. Un objeto tonto, sin duda, y que vayan ustedes a saber por qué he guardado todos estos años.

Esa ocasión la recuerdo como si hubiera sucedido esta mañana, aunque lo cierto es que pasó en el año 76. Yo recién había cumplido los diecisiete y Rolando, mi novio, tenía meses pidiéndome lo que en un principio llamaba una «prueba de amor» y luego un «ultimátum».

Rolando era bello. Se parecía a Jesucristo (en realidad se parecía a Robert Powell, el actor que hacía de Jesús en una película que todavía pasan en Semana Santa) y en aquella época se puso de moda tener un novio así. Así que yo tenía suerte de tener a Rolando y a Jesucristo en una sola persona.

Pero Rolando no se conformaba con los besos con sabor a frenillos que nos dábamos en su CJ-7. Él pretendía algo más que besos y el caso era que yo no estaba preparada para ese tipo de asuntos. Mi estrategia fue hacerme la loca. Darle largas diciéndole: «papi, espérate uno de estos sábados a que mamá esté de guardia y probamos, ¿sí?».

Mi mamá era enfermera en la clínica Méndez Gimón y nunca tenía guardia los sábados. Así que la espera de Rolando iba a ser larga y extenuante. Pero las cosas cuando van a pasar pasan y un sábado, como a las diez de la mañana, llamaron a mamá de emergencia de la clínica.

Ese sábado Rolando también andaba de emergencia. Se presentó en la casa sin haber llamado antes. Eso nunca lo hacía y como es lógico me extrañó muchísimo. Tocó el timbre con la insistencia de un vendedor de Electrolux, como si le hubieran revelado que aquel podría ser su Sábado de Gloria. De eso me acuerdo clarito porque Henry Altuve anunciaba las atracciones de La Feria de la Alegría cuando abrí la puerta.

Parecerá infantil, pero aquello me molestó bastante. Los sábados de 4 a 9 eran míos: ese era el horario de La Feria… y ni que se cayera el mundo me lo perdía. Creo que lo dejé entrar porque en una mano traía una olorosa bolsa con comida del Meen Nang y en la otra un pote familiar de un helado de pistacho que la EFE jamás ha vuelto a sacar.

Sin embargo, y para ser justa, creo que la culpable de lo que pasó aquella tarde fui yo. En las visitas que Rolando hacía a la casa nunca pasó más allá de la sala. Mamá no lo dejaba ni ir al baño del pasillo. Pero aquel día no sé qué demonios me picó y le dije que fuéramos a ver la tele en el cuarto. Esa era la oportunidad que había estado esperando Rolando y yo se la puse en bandeja de plata.

Cuando nos instalamos en la cama a comernos la comida china, Trino Mora cantaba Libera tu mente. Eso, pienso, fue el principio del fin. Pero me armé de valor y aguanté mi cosa como si escuchara un aguinaldo de Las voces risueñas de Carayaca. Era temporada de rating y las atracciones de esa tarde iban a estar muy buenas. Aparte de Trino, también actuarían Águila Blanca (un viejito ecuatoriano que lanzaba cuchillos disfrazado de sioux), La Momia y Uri Geller. A Uri Geller era la primera vez que lo veía y ese detalle me iba a costar carísimo.

La comida que había traído Rolando estaba algo picante y rebosaba en frutos del mar. Ese fue otro golpe: al rato me puse aceleradita y como rochelera. Tanto que tuve que echarme un baño relámpago para ver si se me pasaba el vaporón. Sin embargo, más vale que no hubiese tenido esa mala idea. Cuando regresé del baño, el Rolando ya se había quitado la camisa y las medias. Si mamá llegaba en ese momento, seguro salíamos directo para la jefatura a casarnos. Fue entonces que me acordé del helado en la nevera y vi la oportunidad de enfriar el momento.

Pero cada salida mía de la habitación significaba una prenda menos en el vestuario de mi novio. Al volver de la cocina me lo encontré en calzoncillos. ¿Pueden creerlo? Ya me estaba poniendo nerviosa cuando escuché una voz narcótica que salía del televisor. La voz parecía decir «ahora quítate la bata y ve a la cama», porque fue exactamente lo que hice como una pendeja.

Uri Geller tenía unos ojos preciosos. Usaba, además, un peinado tipo «totuma» y unos pantalones de poliéster que le quedaban apretaditos. En eso me fijaba cuando Rolando empezó con la tocadera.

La primera parte del acto consistía en adivinar el número de cédula de identidad o, en su defecto, el de una licencia de conducir de alguien del público. «Concéntrense en sus casas», decía Uri Geller a cada rato y yo estaba súper concentradísima. Rolando, en el ínterin, me tenía tomada de los pies y me daba masajes en los tobillos y en las pantorrillas. Rico, la verdad, pero de ahí no hubiese pasado si en ese instante no le hacen un close up a los ojos del mentalista.

Eso me mató.

Empecé a sudar y me subió una especie de corrientazo desde el cóccix hasta la nuca. Aquel espasmo me dejó sin coartadas. Horrible. Hasta bizca me puse tratando de desentrañar el misterio de aquellos ojos en blanco y negro. Ya Rolando había cruzado la frontera como perro por su casa y venía directo a lo suyo, embalado.

«Concéntrense», repetía el desgraciado de Uri Geller y más concentración de la que yo tenía sí que estaba difícil. Juro que estaba a punto de salir levitando por la ventana.

Tuve un último chance de salvarme cuando fueron a comerciales pero antes de eso comenzó el segmento de las cucharas. Uri Geller había invitado a una doña al escenario. Me sorprendió que la señora mantuviera una mano en alto como si le rezara a un santo. Cuando poncharon a la vieja reparé en la cuchara que sostenía como si fuera un crucifijo.

Uri Geller le quitó la cuchara a la viejita y, como si fuera a tomarse una sopa muy caliente, comenzó a mirarla fijamente. La escena tenía su dramatismo. Entonces vino un nuevo close up a los ojos del mentalista y supe en ese instante que todo estaba perdido.

Acto seguido comenzó a darle con el dedito índice en la parte más delgada, casi con ternura. Ignoraba lo que pretendía con aquello hasta que la cuchara comenzó a ceder. Parecía como si un fuego invisible la estuviera derritiendo.

Entonces sentí el pinchazo.

Los bufidos de Rolando en mi oreja hicieron que perdiera toda la concentración ganada hasta ese momento. En un intento desesperado por recuperarla, eché una mirada al televisor. Uri Geller ya había pasado a otra cosa. Me parece que intentaba «detener» el mecanismo de un reloj despertador de Mickey Mouse.

Al siguiente día descubrí, con horror, que Uri Geller había tenido éxito con el reloj: eran casi las diez. Me había quedado dormida y mamá no tardaría en regresar de su guardia.

El cuarto estaba hecho un desastre y la sábana parecía la bandera del Japón. Rolando no pudo encontrar sus interiores y se fue diez minutos antes de que mamá llegara. Mientras recogía el desastre, pude dar con los interiores de mi novio: flotaban como un barco a la deriva dentro del pote de helado. Pero en el pote también hallaría otro objeto que en un principio me costó identificar y que, sin embargo, asumiría como otro cierto del mentalista.

En días pasados mi hija me preguntó el porqué todavía guardaba aquella cuchara doblada y además oxidada. Estuve a punto de hablarle de los ojos de Uri Geller y todas esas cosas. Pero me callé.

***

El abrigo

La primera vez que vi al tío Mannix, acababa de llegar de Inglaterra donde tenía una larga temporada viviendo. Se había marchado en un principio de vacaciones, pero luego de un sinfín de peripecias, las vacaciones se le fueron alargando hasta convertirse en un quinquenio de estadía ininterrumpida en Londres.

El tío en realidad no se llamaba Mannix. En la familia le habían puesto ese nombre por el actor Mike Connors, quien interpretaba al detective Joe Mannix de la serie homónima de finales de los 60. Era igualito. Incluso tenía los mismos ademanes y hasta manejaba un convertible similar al del investigador privado californiano.

En fin, el tío Mannix era lo que, stricto sensu, podía calificarse como un “playboy”. La tarde que lo vi llegar de su largo asueto londinense, vestía un traje azul marino y una prenda que, hasta ese día, había visto sólo en películas: un curioso abrigo, muy peludo, color marrón, el cual traía puesto distraídamente como si su cuerpo aún no se hubiera adaptado a los rigores del trópico.

Las hazañas del tío Mannix, antes de marcharse, ya eran de por sí épicas. Era toda una leyenda en la calle de Los Chaguaramos donde se crió. Fue el primero de la cuadra en visitar un burdel por los lados de Catia y hacerle vivir a sus amigos, mediante su afilado ingenio y labia, las supuestas delicias eróticas experimentadas en el lupanar. También pondría de moda la práctica poco ética de “echar el carro” en las areperas de Sabana Grande junto a tres fieles escuderos que perpetuamente lo acompañaban en sus tremenduras. El tío Mannix siempre estuvo un paso adelante de sus congéneres y eso, como era lógico, le trajo mucha estima, pero también los inevitables celos de los envidiosos.

La primera Harley-Davidson que se vio y escuchó en Los Chaguaramos y Santa Mónica se la regalaron al tío cuando se graduó de bachiller y comenzó a estudiar ingeniería civil en la UCV. El tío Mannix iba y venía de la universidad con su estrepitosa chopper, en la que a veces traía de parrillera a una compañera de estudio, con la que, en palabras de la abuela, se encerraba en su cuarto a “repasar”.

De la universidad también trajo otra de las novedades que en la cuadra pronto haría furor: la marihuana. Por aquella época, la abuela y el abuelo pasaban más tiempo en la casa de Río Chico que en Los Chaguaramos, circunstancia que el tío Mannix aprovecharía en pleno para realizar las mejores fiestas que se recuerden en la zona. Así como conseguía el mejor monte disponible, igual sucedía con la música que compraba y pinchaba en el tocadisco Philco de la casa. Los acetatos se los compraba a un trinitario que viajaba quincenalmente a Nueva York y traía lo mejor que se grababa en el primer mundo. El tío Mannix, sin quererlo, impuso todo un soundtrack en la urbanización.

Todavía hay sobrevivientes de la época que hablan con genuina nostalgia de aquellas veladas organizadas por el tío Mannix, ahumadas de cannabis y sonorizadas con lo mejor de The Animals, Credence y los responsables de que el tío se largara a Inglaterra, The Beatles.

¿Recuerdan el abrigo que mencioné al principio? Bueno, no lo pierdan de vista. Esa prenda y los Beatles, son en realidad los verdaderos motivos de este relato.

El tío Mannix llegó a Londres a mediados del 68. Había dejado los estudios de Ingeniería por la mitad, acción que, junto a la melena y la barba que se dejó crecer, les había partido el corazón a los abuelos. No sé cómo logró convencer a la gente de Ladies W.C. para que los representara en la gira que realizarían ese año en Inglaterra. Lo cierto es que el tío, a punta de “labia”, persuadió a los integrantes de aquella banda de rock psicodélico criolla, y en julio de aquel año se embarcó como “mánager” del grupo sin siquiera saber hablar inglés.

El tío llegó en pleno Swinging London, como se le conoció a la escena de la moda y la cultura que floreció en Londres posterior al período de austeridad que siguió a la postguerra. Todo era optimismo y alegría. Todo podía suceder. Y aunque el tío Mannix estaba más movido por el movimiento hippie que por aquella cultura hedonista e individual, igual Londres le vino de maravillas.

Rápidamente hizo amistad con cierta comunidad latina compuesta fundamentalmente por músicos, artistas plásticos y escritores latinoamericanos que poco a poco lo fueron introduciendo en el savoir faire de la movida londinense. El inglés básico y elemental que llevó el tío a Inglaterra, pronto se transformó en una sofisticada y, por demás afectada, parla británica que a veces combinaba con jerga “cockney” y que hacía de las delicias de sus interlocutores ingleses en los pubs de la ciudad.

Para finales del 68, el tío Mannix había desempeñado varios empleos que lo ayudaron a mejorar su inglés y también su precaria economía. Fue portero de un pub en King’s Road, vendedor de discos en una discotienda en Carnaby Street y estibador en el puerto.

Pero el día de su suerte le llegaría una noche en la barra de un pub por Picadilly. Alguien a su lado lo escuchó hablar “venezolano” con otro compatriota que estaba de paso por Londres. Ese “alguien” había vivido unos años en Venezuela y se reía a gusto con las ocurrencias del tío, salpicadas de “coños” y “vales”. Al rato, el inglés se presentó al par de amigos y comenzaron una larga cháchara que se extendería hasta la madrugada. Al final de la velada, el inglés le extendió por cortesía una tarjeta de presentación al tío. “Apple Records”, rezaba la tarjeta junto a la famosa N° 3 de Savile Row, dirección en la que The Beatles acababan de fundar su estudio de grabación. En esa misma dirección, pero en la azotea de los estudios, los “Cuatro de Liverpool” darían, poco después, su último y más famoso concierto en vivo conocido como el “Rooftop Concert”.

No recuerdo cuál “viveza criolla” utilizó el tío Mannix para entrar, unos días después, al edificio y preguntar, tarjeta de presentación en mano, por aquel amigo accidental que le había caído del cielo. Por supuesto que el tío sabía que el edificio era la guarida oficial de la banda de sus amores y siempre aruñó la idea de colarse en su interior y cruzar algunas palabras con Harrison, su beatle predilecto.

Si algo tenía el tío es que no dejaba escapar ninguna oportunidad. “Si quieres comer, oculta tu hambre”, era el dicho y mantra que aplicaba con rigor. El tipo de la tarjeta resultó ser el ingeniero jefe de los estudios de grabación, un tal Glym; quien se encontraba metido en una gigantesca pecera llena de consolas y cables. “La próxima vez te traigo una arepa de carne mechada”, bromeó el tío cuando lo vio.

El tío escondió muy bien su apetito y le pidió un empleo al inglés. “Cualquier cosa para pagar la renta y la arepa”, dijo al tiempo que volteaba hacía los lados en busca de los redondos lentes de Lennon o la barba incierta del McCartney post hippie.

El caso fue que el ingeniero se apiadó del venezolano en apuros y lo empleó de “todero”. Aquel privilegiado pobre puesto era el sueño húmedo de cualquier fan del cuarteto. Pero el tío, gracias al roce diario con la leyenda, se lo tomó con soda y pronto se acostumbró a sus ídolos.

A principios del 68 y hasta enero del 69 se habían desarrollado los ensayos y grabaciones del accidentado álbum Let It Be. Eso tenía muy nervioso a George Martin, mánager del grupo, quien sabía o intuía que aquel podría ser el último huevo que pondría su gallina de oro.

Martín había barajado varios sitios para lanzar el nuevo álbum del grupo con un concierto en vivo. Cosas delirantes como presentarse en las pirámides de Egipto ante unos beduinos, actuar en un barco sólo para fanáticos u ofrecer un show ante un público compuesto por niños aquejados de enfermedades terminales fueron algunas de las ideas que puso sobre la mesa el equipo “creativo” de la disquera. Finalmente, a alguien se le ocurrió que lo más práctico (y barato) era subir todos los equipos e instrumentos a la azotea del propio edificio, enchufarlos, y echarle pichón al asunto.

Y así llegó el día del concierto en la azotea en el N°3 de la calle Savile. No me extenderé en detalles del concierto; en YouTube hay una oferta generosa de videos y documentales, en los que, por cierto, el tío Mannix aparece en varios planos robando cámara.

Lo interesante es lo que pasó después. Como todo el mundo sabe, por aquella época los integrantes de la banda estaban peleadísimos. Casi ni se hablaban. Harrison fue el primero que se fue y más atrás Ringo haría lo mismo. McCartney y Lennon tenían que grabar unos coros y se quedaron toda la tarde haciéndolo. Yoko Ono había acompañado a su esposo, pero estaba pasando por un período de enganche a las drogas duras y se la pasó echada en un sillón toda la tarde.

El abrigo que Lennon había usado en el concierto de la azotea en realidad era de Yoko. John se lo había pedido de emergencia para aguantar la gélida temperatura que había en la azotea ese mediodía de enero. Cuando se metieron en el estudio a hacer los coros, John le entregó el abrigo al tío Mannix para que se lo devolviera a la Ono. Cuando el tío finalmente la encontró detrás de unas cornetas, la japonesa estaba hablando sola y meneaba la cabeza de atrás hacia adelante como niña fantasma de película de terror.

Le ofreció el abrigo, pero la artista psicodélica lo apartó con una mano, al tiempo que murmuraba algo que el tío interpretó como “Keep it”.

Poco tiempo después, al tío lo botaron del estudio. Las razones nunca estuvieron claras. El caso es que gracias a los contactos y amistades que logró hacer en Apple Records nunca le faltó trabajo en los siguientes cuatro años de su aventura inglesa.

La historia del abrigo la contó aquella tarde en que nos visitó recién llegado al país. Al tío Mannix no le pareció práctico andar por Caracas con semejante pieza encima y se lo dio a guardar a mi mamá. Aquella piel de oso estuvo colgada en el closet de mi mamá por años. Un buen día el abrigó desapareció del closet y le pregunté a mi mamá por él.

“Tu tío vino anoche a buscarlo. Me dijo que una tal Christie’s estaba interesada. Debe ser una de sus putas”.

Sobre el autor

Publicados en: https://ficcionbreve.org y https://prodavinci.com, respectivamente

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