literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos crónicas de Mario Briceño Iragorry

Ago 20, 2025

EL MERCADO DE SAN JACINTO

El viejo edificio del Mercado Principal, que acaba de ser entregado a la picota demoledora del progreso, arrastra consigo casi siglo y medio de alegre historia caraqueña, y tras de ésta, la historia civil y religiosa enraizada en el viejo convento de San Jacinto y en la Plaza de El Venezolano. Personalmente, modestos recuerdos míos se van también con el polvo de los muros destruidos. ¡Cuántas veces, a la salida del teatro o del café, detuve en la alta noche mis posos frente a la Plazuela de “El Venezolano”, para gozar la embriaguez del ambiente, saturado de la penetrante esencia de los claveles, los lirios y las azucenas de Galipán, mientras consumía la confortante “ tostada” nocharniega.

Hasta hace pocos años, el Mercado fue lugar de cita meridiana para muchos caraqueños. En la memoria de la gente perdura la bien abastecida frutería de Antonio Natera, primera en utilizar refrigeración eléctrica, y donde era seguro topar diariamente con don Gustavo Sanabria, don Manuel Segundo Sánchez, Pedro-Emilio Coll, Santos Jurado, Luis Alberto Sucre, Lope Tejera, él Dr. José Rafael Pérez, Julio Calcaño Herrera, Luis Correa, Juan Ignacio Aranguren, don Mariano Fernández Hurtado y tantos otros amigos que ya traspasaron la misteriosa puerta del eterno silencio, y que allí acudían con su buen espíritu, por jugo de naranja, badea o tamarindo, o por el ventrudo aguacate guarenero, de la típica dieta caraqueña. Francisco de Paula Páez, en sabroso apunte, recientemente publicado, evoca la plaza de “ El Venezolano”, “sombreada de árboles que refrescaban el aire”, a donde se iba «para comprar la pulida vera, o el duro araguaney, el negro guayabo o el flexible chaparro porteño», y donde se gozaba el dulce «canto de los pájaros atrapados en el golpe escondido en los zarzales».

Aunque apenas date de 1896 el edificio que hoy se echa abajo, la plazoleta de San Jacinto empezó a servir para menesteres de mercado desde junio de 1809 .cuando los Padres del Convento de San Jancito fueron intempestivamente sorprendidos una mañana de junio con la presencia de casillas para la venta, allí colocadas por autorización del Ayuntamiento. Se quejaron los frailes al Cabildo y en su escrito hablaron, en términos de espanto, de que en dichas casillas o puestos se cometían “ robos, embriagueces, cavilaciones de ociosos, y lo que es más detestable a los ojos del mismo mundo, tratos y contratos de impureza y libertinaje” . La autorización del Municipio para este uso anatematizado por los Padres dominicos, provino de la necesidad de dar nuevo sitio a los regatones, que ya no cabían en la Plaza Mayor, donde desde antiguo se hacía el mercado, y la cual el Gobernador Felipe Ricardos en 1755 había acondicionado con portales o canastillas para el fijo comercio. (En el Museo Bolivariano se conservan las lápidas que historiaban la vistosa arquería que este Gobernador hizo construir en la Plaza, y la cual fue destruida a mediados del Siglo XIX).

No previeron los hijos de Santo Domingo que aquella invasión de verduleros era sólo el anuncio de cosas mayores que pasarían al religioso recinto, puesto que en 1828 el Convento, despoblado ya de frailes, fue destinado a sede del Ayuntamiento y Cárcel Pública. Se pensó, también, consagrar a Bolívar su plaza, aún vivo el Padre de la Patria.En una de sus celdas guardó capilla Antonio Leocadio Guzmán, cuando se le condenó a muerte por los sucesos de 1846. Indultado luego, y sucedido posteriormente el triunfo de su hijo Antonio, se le consagró estatua en la propia plaza, en 1882, estando aún en todo su pellejo el prócer del liberalismo. Por 1865 se destinó el Convento para Mercado, y el viejo templo, se desmanteló. Algunas de sus imágenes fueron trasladadas a la Iglesia de Altagracia. El plano del edificio que hoy está en demolición es obra del arquitecto Juan Hurtado Manrique.

Todo se lo llevarán las grandes gandolas que transportarán el material de los escombros. La fragancia de las flores, el canto de los pájaros, la miel de las frutas deleitosas, el misterioso encanto de “El Reino Vegetal” , donde parece que se ocultase aún el espíritu travieso de Telmo Romero. Se va el recuerdo de una época, en que los hombres buscaban la vera y el “pellejo de indio” , para reforzar los medios naturales de defensa del honor. (Hoy pareciera que las actitudes varoniles sirviesen de ofensa a la resignación de muchos hombres). Se va, con los terrones del espacioso edificio de Hurtado Manrique, un recio pedazo de historia caraqueña, nada menos que la callada historia de la reconfortante cocina que, abundosa o parva, define la curva del bienestar y del dolor social. ¡Si allí se pueden hasta conjurar revoluciones!

Mañana, lo que fue convento y templo, plaza arbolada y mercado abundante y bullicioso, será sólo un pedazo de arrasada tierra. Pero en él perdurarán dos monumentos que podrían servir de tema para un sustancioso tratado de sociología moral. En pie quedarán el reloj de piedra que graduó el Barón de Humboldt: y la estatua de Antonio Leocadio Guzmán. La piedra sobre la cual discurren imperturbables las horas, los días, los años y los siglos. El bronce que mantiene, en figura humana, la lección contradictoria de nuestros anales públicos. Monumento éste a cuya sombra el estudiante de filosofía política puede obtener las más curiosas respuestas para sus sorpresivas preguntas. Sobre todo ahí aprende la exacta verdad de lo transitorio de los juicios alzados sobre las pasiones del momento: donde los godos hicieron regustar a Antonio Leocadio Guzmán la amarga saliva de la inminente agonía, los liberales vencedores lo llevaron a la perennidad gloriosa del heroico metal. No hay, es cierto, juicio uniforme sobre el gran político, con cuya estupenda biografía nos acaba de regalar el Maestro Díaz Sánchez. Pero, en cambio, su vida sirve para enseñar a todos el vano camino de las venganzas de la política; mientras la propia gloria que le pregonaron sus amigos, bien puede tomarse como ejemplo vivo del poco precio de las consagraciones oficiales.

***

LA CEIBA DE SAN FRANCISCO

En el orden de la caraqueñidad, la Ceiba de San Francisco ha adquirido un profundo sentido familiar. Si no fuera porque los botánicos lo negaran y porque hay fotografías del sitio donde no se la mira aún y donde aparece, después, espingando de tamaño, podría decirse que la Ceiba nació con Caracas. Tan arraigada está en el espíritu de los caraqueños, que parece imposible que hubieran existido conciudanos que no disfrutasen del sombraje benévolo de sus altas ramas.

La Ceiba es realmente joven. A pesar de su severidad arbórea, corresponde al rococó guzmancista. Desde entonces ha sido testigo de muchos sucesos ocurridos en sus alrededores. Estratégicamente está ubicada frente a uno de los templos más queridos de la tradición caraqueña, al lado de la antigua Universidad Central, en frontería con las Cámaras Legislativas, vecina del Cuartel de Policía, no lejos de los Bancos de Comercio. Ayer le quedó cerca el famoso Hotel Saint Amand, y cuando empezaba a crecer, le colocaron a la par la estatua de Guzmán Blanco en trance de Saludante. Más resistente que la piedra y que el bronce del monumento del Caudillo, vio rodar a éste, cuando la furia popular vengó en las impávidas estatuas la soberbia del gobernante. Siempre, lo mismo ayer que hoy, la han alegrado los tertulianos de los cafés circunvecinos y los festivos corredores que tomaron su sombra por abrigo para sus rápidas operaciones bursátiles. Tiempo hubo en que los profesores de la vieja y respetada Universidad, tocados de cubilete y metidos en sus severos levitones, se detuvieron bajo su fronda familiar para comentar el último caso del día.

Poetas y prosistas la han hecho motivo de bellos versos y de sabrosas crónicas. Santiago Key-Ayala ha llegado a más. La dio personalidad humana y ha dialogado con ella. ¡Qué de cosas sabe la Ceiba! ¡Cómo se iluminarían muchas páginas de nuestra Historia contemporánea si el Maestro Key-Ayala repitiese todo lo que le ha dicho la Ceiba! Aunque no sea posible llevar íntegramente a las letras de molde las memorias de la Ceiba, el pueblo intuye lo que se sabe el viejo árbol, y lo ha incluido, por ello, entre sus más preciados valores tradicionales.

En la historia de Caracas árboles y arbustos han llegado a tener función que toca con la zona misma de la creación. Hay quienes recuerdan aún el famoso limonero del Señor, en cuyas ramas salientes a la calle el Nazareno de San Pablo enredó la cruz dolorosa y dejó poder curativo a los limones. El limonero fue cortado de raíz, en aras del progreso de cemento.

¡Malhaya el golpe cortara
el limonero del Señor!
¡Malhaya el sino de esa mano
que desgajó la tradición!

canta el egregio poeta Andrés Eloy Blanco en desagravio de la historia que quedó mútila, cuando de la esquina de Miracielos fue arrancado el limonero del Señor. Y si ayer nomás arrasaron con los verdes limones del permanente milagro nazareno, por qué asombrarnos de que sigan destruyendo los sitios donde se enredan tradiciones que no alcanzan la dimensión del limonero del Señor?…. Muchos que se tienen por finos coleccionista, holgarán mañana al enseñar a sus visitantes ladrillos que fueron del Colegio Chaves, herrajes de la casa de Llaguno, puertas del Palacio Espiscopal, lápidas de los Hijos de Dios, y, (el Señor me cure de los malos pensamientos), tal vez algunos acaricien la idea de guardar en sus fastosos palacetes algunos recuerdos del peligrante templo de San Francisco.

A la vera del Catuche dura aún el hermoso Samán, bajo cuya apacible fronda soñó Andrés Bello y cuya vida antigua salvó el Padre Avila. “Arbol religioso” lo llama Enrique Bernardo Núñez, porque el hombre que lo plantó edificó el templo de la Trinidad. Se decía Juan Domingo de la Trinidad Infante. La estaca la trajo de los valles de Aragua. Era un gajo del venerable Samán de Güere, donde acamparon Guaicaipuro. Guevera Vasconzelos y Bolívar. Tan ilustre prosapia cantóla el Maestro inmortal en pulcro verso.

Contempló tu padre un día
las envidiables escenas:
violas en luto tomadas
tintas en sangre las vegas.
Desde entonces solitario
en sitio apartado reina,
de la laguna distante
que baña el pie de Valencia.

En el patio de la casa de Bolívar duran unos granados, tenidos por sucesores de los viejos granados que pusieron sus flores de fuego en la infancia del genio. “Carmen de Andalucía, es el jardín de los granados, donde las amigas de confianza suelen tomar el fresco, mientras los niños corretean entre los rosales persiguiendo las mariposas” , dice Carlos Borges en su clásico discurso.

La vida, pues de estas verdes criaturas se mira por milagro. Donde todo se arruina y se destruye todo a los vientos de la moda, extraña que aún duren Ceiba, Granados y Samán. La Ceiba, sobre todo, ya que el hecho de estar en sitio de nutrido tránsito pudo invitar a su derrumbe.

Pero con la Ceiba pasa lo contrario. El pueblo la siente por suya. Con el reciente verano pareció que la Ceiba hubiera entrado en agonía definitiva. Desnudo totalmente de hojas su ramaje, se la miró como tema para abundadosa madera. (Claro que no debieron faltar quienes midieran la ventaja de aserrarla). General fue, en cambio, la angustia por la posible muerte del árbol. Los escritores y los reporteros la tomaron por centro de interés para escritos. Se habló de los honores que era preciso rendir al difunto ilustre. Yo tuve, por lo contrario, fe en la Ceiba, como tengo fe en la República. Árbol de aguante, al igual de la Patria, esperé que reverdeciera.

Y una mañana los vecinos de la Ceiba tuvimos la consoladora visión de los pimpollos. Hubo alegría, como en la casa de Betania al retorno de Lázaro resurrecto. La Ceiba seguiría iluminando el mundo áspero del cemento caraqueño. La Ceiba proseguiría su callada y prudente existencia, pese a la amenaza circundante. La Ceiba podría seguir dialogando con los caraqueños en su misteriosa lengua vegetal.

Se dice que la vieja Caracas está en trance de parto. De sus entrañas estrujadas está saliendo, en verdad, la nueva Caracas. Pero la maternidad, apenas entre los alacranes implica la necesaria muerte de la madre. La vieja Caracas tiene derecho de sobrevivir al lado de la Caracas nueva. El Londres moderno jamás atentó contra el viejo Londres. El París que todos los días agrega un nuevo milagro a la fiesta de su vida, no se ha desdeñado de los viejos rincones donde se enreda lo mejor de su historia. Nueva York retiene todo lo que puede de sus viejos tiempos. En el bullicio de la Quinta Avenida, hay un triste cementerio donde los muertos antiguos prosiguen su sueño pacífico. Justificar la destrucción de la vieja ciudad en razón de que no fabricaron de ricas piedras sus viviendas nuestros antecesores, es tanto como aceptar la monstruosa moral que autorizase a los hijos de padres humildes y pobres a colgar los progenitores, apenas se hagan ellos una fortuna o un prestigio. Mientras más pobre la vieja Caracas, mejor lucen el impulso y las ideas progresistas de los afortunados hijos que pueden edificar con esplendor la ciudad nueva. Mientras más humildes nuestros padres, mayor la bondad de nuestros éxitos.

Pareciera, en realidad, que hubiese un deseo de destruir todo lo que dura de la vieja ciudad de Bolívar, de Bello, de Toro, de Juan Vicente González, de Pérez Bonalde, de Díaz Rodríguez, de Pedro-Emilio Coll. Se necesita, para muchos, una ciudad nueva, que no recuerde nuestro pasado. Una ciudad a-histórica y abstraccionista. Una masa de arquitectura nueva, que nada represente, que nada exprese. A muchos, seguramente, ha debido aburrir el viejo alero y los portones que evocaban el pasado de la ciudad. Es preferible, cuando se trata de la fuga de la responsabilidad, no hallar cosa que nos obligue a volver sobre nosotros mismos, sobre nuestro pasado y sobre la memoria de los hombres que hicieron la República. Ese recuerdo es como la voz de Dios en la conciencia de Caín. Verde la voz de Dios en los comienzos del mundo, para Caracas se expresa en la fronda de la Ceiba de San Francisco. En nuestra heráldica caraqueña tiene ella función vigilante. Se la debiera poner en un nuevo escudo, compartiendo el campo de la herradura con el viejo león que sostiene la concha santiaguina. Cuando algún día ya no resucite de los crueles veranos, habrá que tallarla en granito del Ávila, para que subsista como símbolo de una tradición que habrá de salvarse de los huracanes que impulsen zoilos y traidores…

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