literatura venezolana

de hoy y de siempre

Yo que supe de la vieja herida

Oct 1, 2021

Armando Rojas Guardia

Yo que supe de la vieja herida

cuya sangre embriaga: la saeta,

la terquedad silente del flechazo

traspasándome la llaga en la oficina

o al subir el autobús, o al suspirar

la modorra de la siesta: llaga virgen

donde el vino de la ingle se derrama,

y todo porque el fasto de tu vello

y el brillo de tus lentes

y tu aire atildado, distraído,

insinuaban erecciones imprevistas,

incómodos boleros del deseo,

 

yo que tuve, a través de este error, la inteligencia

de entender un poco al niño ciego,

al hijo de Ares y Afrodita

que, importuno,

solicita —cuando nadie espera—

su visita tenaz, su ardua entrevista,

y me dejé resbalar hasta el infierno

donde no me aguardaba ya ninguna Eurídice,

pero fue igual porque gemí —long-play demente—

con la voz de Francesca en mis entrañas,

yerto como Dante junto a las confesiones

de mi propio deseo castigado,

y lo mismo sentí el gran huracán, el semen álgido,

tanta tromba sonora por mis sótanos

porque sin ningún Virgilio tutor te imaginaba

durmiendo solitario en lecho grande,

¡mi ciclón genital, irredimible!

—salvo en la almohada de la noche íngrima—

(ya ves en qué Orfeo pedestre me trocabas

a fuerza de negarte hasta en los sueños:

a la mañana siguiente la pasta de dientes y la ducha

colocaban a Francesca otra vez en la oficina

y el Hades olía a café, mero y trivial, de desayuno),

ahora sólo entreabro la puerta del poema:

 

entérate del poder que convocaste

para dilapidarlo sin orgullo,

échale una ojeada, desde aquí,

al adobado vino, al polvo enamorado

cuyas magnificencias te aguardaban

y hoy son apenas el neón enfermo de esta luz,

el roce minucioso de mi lápiz,

este papel mugriento donde atisbo

una sintaxis monótona de días

en los que iré a los cines (por supuesto, solo)

a ver cómo se besan los amantes.

 

Patria

Alguna vez amamos, o dijimos amar,

la terquedad sombría de tu fuerza.

La voz del padre enronquecía

al evocar calabozos, muchedumbres,

hombres desnudos vadeando el pantano,

llanto de mujer, un hijo

y más arriba (dónde arriba?)

el trapo contumaz de una bandera.

Supimos, lenta y vagamente,

que lo imposible te buscaba

extraviándote los pies

-aquellos pies de Hilda obsesionaron

a mis ojos de niño: su corteza

terrosa, vegetal, desconcertada

sobre la pulitura del granito.

Tal vez una tarde, entre los campos,

la música te deletreó de pronto

al lado de algún bosque, una colina,

un lago triste que se te parece:

la misma terquedad al revelarte

ávida no precisamente de nosotros

(los efímeros, los quizá, los transeúntes)

sino de tu pátina absurda de grandeza

-esos sueños opulentos de la historia

que son más bien su horror, su pesadilla.

Ahora que te conoces vil, prostibularia,

porque tanta voluntad ecuestre

se apeó bajo el sol a regatear

y el héroe mercadeó con su bronce

y el oro solemne del sarcófago

adornó dentaduras, fijó réditos,

y no hay toga ni charretera ni sotana

que te oculten cuadrúpeda, obsequiosa

por treinta monedas ancestrales,

yo me atrevo a cubrir tu desnudez.

No es verdad que te vendiste. Tú anhelabas

dilapidarte brusca, totalmente:

un lujoso imposible.

Lo sabías,

siempre lo has sabido y como siempre

aras en el mar. Te concibieron

con voluntad precisa de fracaso.

Cómo afirmar, pasito, que hoy te quedas

en la dificultad de sonreírte

levantando los hombros, desganado,

y diciéndote con sorna, con ternura,

mañana sí tal vez. Quizá mañana…

 

Poema de la llegada

Cuando tú vienes

tú el vacío el nada el ya.

el que yo no sé su nombre

ni interesa

cuando tu vienes

me siento perder voz

me seco de palabras

sueno

simplemente

como tú

sin queja sin golpe

sin crujidos

sueno como tú

Cuando tú vienes

tengo prisa

por decir

por llamarte de algún modo

por nombrarme

a mi también

para al fin reconocerme

en tu presencia

me abalanzo precipito

sacudo la quietud

mancho lo limpio

todo es tan vacío tan gota

inaprehensible

tan exactamente nada

tan silencio

Cuando tú vienes

abro ensancho acojo

me dilato

no sé decir

sino que abro

inútiles clausuras

Tú en el canto

tú el silbo el suave el que no pesas

vuelves hilos levísimos

mis nudos

me desatas

Cuando tú vienes

nada dices

y me dices

Nada pides

Qué vas a ser tú el implacable

el exterminador, el Enemigo

Nada pides

eres

Sólo oigo como eres

sólo oigo como soy

y quiero

ser

así eso que escucho

me abandono

Cuando tú vienes

hay una exacta coincidencia

te miro

en lo profundo

de aquello que deseo

qué mentira

qué imposible

qué estúpido

querer lo que no quieres

querer lo que no quiero

y entonces

ya no es sino la paz

la precisa ubicación

el ser escueto

Cuando tú vienes

no has venido

estás ya desde siempre

 

Poemas de la quebrada de la Virgen

1

Fray Angélico pintaba

a Jesús y a la Madona

de rodillas.

¿Qué daría

yo, minúsculo

monje laico, fraile menor

de alguna Orden extinta

por prosternarme ahora

que intento describir

este olor inocente de la tierra,

la redonda castidad

que perfuma hoy este mundo

donde hasta el ruido torpe del camión,

el canto lejanísimo del gallo

e incluso el sudor, feliz,

de mis axilas

se confunden

en un aroma hímnico, en la antífona solar

que entona el aire virgen?

2

Adoré antes cada dádiva de Eros

Ahora sé que en todos mis deseos

ardes Tú -invicto y detergente-

como la luz, delfín pulquérrimo,

nada y salta en los colores

sin mancharse con ellos

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