PRIMITIVO
Habito una cueva que abre la boca
todos los días para albergar mi carne.
Afuera, existe un hogar más espacioso,
poblado de criaturas con dientes
y cuellos interminables,
escasos árboles y mucha sed.
Todos ellos me hacen sentir
un pedazo excesivo del paisaje.
En ocasiones, mis ideas van más allá
de la sobrevivencia y el instinto.
Más allá del acostumbrado acto
de cazar, degollar y deshuesar,
de recoger agua en esta vasija
que inventé hace cuatro soles.
Mi hogar es infinito y debe haber
alguien que haya inventado
el tamaño de las piedras
y el color de los animales.
Solo me limitaré a reconocer
un dios para cada cosa que vea.
A temerle a la noche.
A nombrar cada descubrimiento.
OMBLIGO PARA ESTA NOCHE
I
Juegas con tierra y haces casitas de barro.
Tragar el aire no te eleva
ni te hace más fuerte
así como la cuerda del asfixiado.
El sol siempre fuera de ti,
solitario desnudo.
Eres grande y cuelgas para los demás.
Te quedas por dentro, siempre iluminado.
Juegas con tierra como hombre.
La sombra
es oscura incluso si el sol la cubre.
Juegas con tierra y sacas sueños de ella.
II
Una caja vacía parece mi cuerpo,
un pozo con barro.
Tú me moldeas,
creas mi cuerpo,
lo formas sin recuerdos.
Venderlo así es más confiable.
III
Observo el tronco del árbol.
La madera arrugada ríe
porque no puede cambiar
su condición de estática madera.
Muevo el tronco en mi mente,
pero eso no es suficiente
para hacer feliz a alguien.
IV
Cállate,
todavía puedo echar raíces.
Estás vestida
con el traje de gala
sin pies
que camina en mi paz.
V
Soy mi amigo,
mi hermano,
descendencia
que apura mi partida.
Son pocos los espectadores
y a mi paso se hacen uno.
VI
Soplaba en la tierra
en esos abismos de arena.
A veces en clase me entretenía
con dibujos no muy distintos a mi vida.
La niñez,
esa pequeña pérdida,
no me reconoce.
Cuando me ve
voltea la mirada
o mira hacia el piso.
VII
Durante el día caen las naranjas,
algunas se precipitan secas y roídas.
Quiero parecerme a las naranjas.
Comerlas es un paso
para ser cada instante
un fragmento o tierra abonada.
Con ellas estoy encima de la lluvia.
PESCADO
Detrás de la cabeza y los ojos
aún queda un poco de carne.
Si tuvieras tiempo suficiente
entre cada bocado
harías un conteo de las espinas,
de las escamas que olvidaste desencajar.
Debes comer, no dejar sobras.
Imagina que el pez nadó hasta tu plato
olvidando su hogar debajo de las olas.
Imagina que se deshizo del sol,
de las algas,
que ya no va a desovar.
Alimenta tu carne con nueva carne.
El pescado está frito.
No temas.
Si no sangra no hay pecado.
DÓCIL
Tus proporciones se mantienen fijas
y sobresalen,
como una manera de decir
que aún la belleza de las formas
merece las caricias del amante.
No deberías estar quieta en esa tabla.
Incluso debajo de la piel amoratada
se logra ver un cuerpo bello.
Una cantidad indeterminada
de puños se ensañó contigo.
Quebró la longitud blanca del hueso,
en partes que no pueden armarse de nuevo,
o que yo, particularmente, no sé armar.
Pero todo ya pasó; no temas,
tu presencia se ha vuelto dócil.
Lograron apaciguar tus quejas
con el batazo rotundo en la frente.
El primer golpe vino desde atrás.
No te diste cuenta de la succión
y del desorden de manos,
de lo que se alojaba adentro
(las caricias que nunca se pidieron
y aquella viscosidad repulsiva).
La mesa metálica, plancha fría,
para extender tu figura.
Todo debe permanecer ordenado:
las manos no desparramadas
o colgando su inmovilidad.
Hasta la desesperación requiere
de un cierto orden,
incluso tu cuerpo
que ya no sabe cómo respirar.
La horizontalidad toma espacio,
y ahora solo eres superficie.
Busco un culpable:
no hallo al criminal.
Hay cuerpo sin sombra movible,
pero no mano que golpea y extrae la vida.
Tu organismo debería estar de pie.
Se supone que el cuerpo horizontal
solo es digno en el amor.
XXI
Parca fue su partida, así tan
parca o quizá tan súbita como
el impacto de la muerte
empaquetada en forma de huevo
que devastó todo lo verde y todo
lo azul del cielo. Por eso ahora
todo es blanco. Todo tiene
el tono de la cal que cubre a
las mascotas olvidadas por
sus amos. Dicen que el descenso
no fue vertical. La ojiva se movía
con diversos ritmos; al horror
hay que darle su tiempo:
debe durar o hacerse sentir
con fuerza. Debe administrar
muy bien sus efectos. Las casas
perdieron sus colores, sus fachadas
cayeron como naipes en una mesa
que ha quedado, al fin, limpia,
diríase dormida. Un muro blanco.
Vino lo blanco, lo blanco.
Tiesos quedaron. Desde tierra
el artefacto tiene forma de huevo.
Es un ovoide metálico, líquido,
no se sabe. Tampoco se sabe si
viene tripulado con destrucción.
El día transcurre claro, no existe
la sospecha del descenso;
los paseantes siguen acumulando
las rutinas en pequeños y manejables
frascos de cristal, sin sospecha
alguna de la detonación. Aún no
llega la onda expansiva. Los cuerpos
aún no reciben el choque previo a la
desaparición. La ojiva aún no silba
su canto de muerte a los oídos vivos.
Hay un sonido seco, vibrante,
reservado a los últimos sobrevivientes.
Para ellos habrá un susurro de viento,
un golpe de aire, no medible, que les
dejará una breve sordera antes de
que sus cuerpos se tornen blancos,
puros al fin, inmaculados.
