literatura venezolana

de hoy y de siempre

Soliloquio del lector

Sep 2, 2025

Adrián Chaurán

No recuerdo cuándo aprendí a leer, no crecí alrededor de una biblioteca. Aunque creo vislumbrar la voz de mi padre reconstruyendo a Alonso Quijano y a sus molinos de viento, o formando cada dolor de Job como la ruda persistencia de la fidelidad; pero en esos años por mis manos no pasaron esos libros ni otros, tan sólo el vestigio de su ausencia y así se fueron borrando de mí sus páginas a medida que iba creciendo, así por años olvidé al Caballero de la Triste Figura y a Job.

Me han comentado, en reiteradas ocasiones, que no quería aprender a leer, ni hurgar en ese minúsculo libro titulado Mi jardín[1]; me han contado que destruí varios ejemplares como protesta ante la imposición de descifrar las letras y su mundo oculto que tal vez supuse indigno. Pero sí conservo en la memoria el haber roto varios libros de caligrafía Palmer[2], y de su imposible ejercicio de letra impecable no me quedó nada.

Al igual que Vargas Llosa, pero ya un poco más tarde, descubrí que el hecho más extraordinario de mi vida fue aprender a leer. De pronto todos los carteles publicitarios adquirieron sentido, así la pizarra se despojó de su infecundo mar de quebrantos y así los libros se volvieron tesoros o condenas, laberintos, calles donde la vida se deshacía entre el doctor Jekyll y el señor Hyde. Ensayos, poemarios, novelas, cuentos, fluyeron en mis ojos gritando su presencia única, y con el pasar de los años sólo me he enamorado de los símbolos y de las tercas funciones de Jakobson.

Sí recuerdo el primer libro que leí, recuerdo posteriormente encontrar a Sábato, a Otero Silva, a Homero y un poema de Ramos Sucre, y muchas obras que hoy conservo con cariño. También me recuerdo escribiendo, intentar emular a Vallejo sin poder aproximarme a su espuma. Recuerdo robar libros, robar y robar y seguir robando, no es delito robar libros; robé a Darío, a Rilke, a Galeno, me faltó un Dumas y a un Thomas Mann, pero obtuve a Miguel Ángel Asturias en una edición completa. Varios pedí prestado y no devolví, y otros presté y no me regresaron, sé lo que es pagar con la misma moneda y recibir esa moneda a cambio.

Mi vida ha girado en torno a los libros, mi dedicación académica, mis amistades, e incluso, salí con una muchacha que me dejó porque “sólo pensaba en libros”, y este insulto o razón de la ruptura en su momento la recibí como un halago y hasta la agradecí, y todavía la agradezco, porque es el mejor cumplido que me han dado. 

Ahora las noches son de leer, son de buscar a Godot en cada página y nunca encontrarlo, hoja tras hoja, sea a través de una pantalla o de un libro que se disuelve por los años, en algún lugar debe estar Godot, esperándome.

Siempre al finalizar un libro, uno que me ha ocupado más de una semana, sobre el que he escrito notas y pensado bastante, siempre me queda un desconsuelo, o no, no es desconsuelo, es desconcierto por no saber si lo próximo que leeré será igual de importante o igual de atrayente o me obligará a dedicarle el mismo esfuerzo.

Sin querer he desarrollado el hábito de tener un libro y no leerlo, para no esfumar la emoción o el desengaño, por eso tengo a un Tolstoi en una esquina superior de la biblioteca, donde puedo verlo y reconocer que no lo he leído y reconocer que me depara un posible asombro. Supongo que el lector siempre busca un libro donde encuentre no sólo cierta dicha sino una señal de pena, y comprobar que no puede ser el último, sino que habrá otro libro con un final más amargo o más dulce.

Tal vez lo mejor sea seguir el ejemplo del bibliotecario de Musil[3], para quien “conocer todos los libros” se reduce a no leerlos, sino leer índices y títulos. El mejor lector es el que no lee, sin embargo, leer en sí implica el acto de no leer, ya que leer un libro supone no leer otros, ignorar otros y alejarse para siempre. Por lo tanto, he formado un canon del no-lector, de obras que no leeré porque las desconozco, de obras que no leeré porque me son difíciles de hallar y de otras que no leeré porque no han sobrevivido; para mí no es una desdicha tener presente que muchas obras de Esquilo se han perdido para siempre, o que no alcanza la vida para leer a todos los clásicos. En cambio, creo que es un gran consuelo saber que hay un libro por leer, siempre hay un libro más por descubrir.


[1] Mi jardín es un libro destinado para el aprendizaje de la lectura.

[2] Palmer es un libro de ejercicio para mejorar la caligrafía.

[3] En la obra EL hombre sin atributos Tomo I hay un bibliotecario que “conoce todos los libros”, pero no ha leído ninguno.

Sobre el autor

Deja una respuesta