literatura venezolana

de hoy y de siempre

Primeras impresiones

Nov 6, 2025

Ramón González Paredes

Teníamos ratos de encantamiento, en los cuales solíamos olvidarnos de todo. «Mireya, le decía, ¿a que tú no cuentas las nubes?». Ella, con un gesto de dama ofendida, miraba hacia lo alto y se disponía a probarme que era capaz de eso y de mucho más; pero, realmente, su capacidad de contar no pasaba de las unidades y en el intento no hacía otra cosa que embrollar hasta lo indecible su cabecita de cabellos negros.

Yo me sentía superior a mi amiguita. Por ejemplo, realizaba proezas de gente mayor, como lanzar piedras a los árboles y tumbar frutas. Ella, empecinada, arrojaba pedruscos a las margaritas.

—Ya ves, soy capaz de bajar rosas. Eso, ¡cónchale! sí que es difícil.

Sonreía con magnanimidad. En tal momento, mi capacidad de juzgar el mundo exterior alcanzaba un máximo. Ella enrojecía, y yo mantenía mi posición de benevolencia.

—Te odio, bicho, te odio.

Y corría por el patio grande, en medio del cual lucía un bucare su fachenda, y vetusto caujaro, de abundosos racimos, ofrendaba a los pájaros y a nosotros la goma dulzaina de su producto.

No sé por qué gozaba en atormentar a Mireya. Había otras chicas que frecuentaban mi casa; otras, bellas de grandes lazos y ojos amarillentos, pero Mireya, con su cuerpecito saltarín, sus ojos negros como los botines que me ponía los domingos para ir a misa de ocho y unos hoyuelos que se le hacían en las mejillas cuando reía, despertaba un sentimiento raro en mi espíritu.

Muchas veces fuí zarandeado por el bullicio matutino: mi madre llamaba a Lucha para que hiciera el café y mi tía Panchita poníase la andaluza, frente al espejo, mientras las gallinas formaban desde el corral una turbia algazara que mezclábase con las expresiones de mi madre al reprender a Lucha, quien no prestaba oído a las llamadas matutinas y enrollábase en su colcha. Cuando me zarandeaba de tal manera, no podía continuar durmiendo, y tenía forzosamente que pensar. Sin duda alguna, me consideraban menos que al gato Muño, porque a éste lo consentían demasiado: tía lo llamaba de continuo para que se arrellanase en sus faldas. Madre no encontraba alimento que proporcionarle; y todos, en medio de caricias, le hacían pasar los mejores ratos. Yo aprovechaba cualquier descuido, miraba de un lado a otro y, cuando me sentía solo, comenzaba a llamarlo cariñosamente:

—Muño, ven Muñito.

Él acudía ronroneando, con un andar lento, muy parecido al del gallo cuando quiere enamorar a una gallina clueca, y yo le dejaba llegar; entonces sosteníalo con mi siniestra y usaba la diestra en quitarle alguno que otro pelillo del bigote; doblaba su rabo de abundante pelusa y concluía por patearlo y allegarme gimoteando al lado de mi madre, a quien narraba con exageraciones mis imaginarias cuitas.

—Mamá, Muño no me quiere; se acercó a rasguñarme.

—Sí, hijito, ¿dónde te arañó? Tenemos que salir de ese gato. —Esto último lo decía en alta voz y como para que escuchara tía—. Animales y niños no pueden estar juntos.

Yo fruncía el entrecejo: ponía cara doliente y en mi interior sentía profundo regocijo. Siempre que atormentaba a Muño, recordaba a Mireya, mi querida amiguita, y sufría vivo disgusto por no verla arrastrándose en el piso y mayando implorante. De ser ella igual a Muño le hubiera retorcido el rabito, no, qué va, era preferible abrir sus piernas bastante para que no las tuviera siempre cerradas y no se la pasase bajándose las falditas pues diz que se le escapaba el Ángel de la Guarda. En el fondo le tenía una grandísima antipatía a ese ángel, y hubiera deseado encontrármelo en cualquier momento para escupirle con fuerza la sotabarba, ya que me lo figuraba muy parecido a la tía abuela, quien gruñía en cuanto pisaba el umbral de nuestra casa y vivía haciendo recomendaciones necias, como «no corras, ni te comas las uñas, saca ese dedo de la nariz, no ensucies el flux; un traje debe durar una semana por lo menos». Así de fastidioso antojábaseme el ángel que tenía Mireya debajo de su faldita. En cambio el demonio o Luzbel, me producía un cosquilleo demasiado extraño. Figurábamelo con una gris cachucha y un revólver inmenso, grande machete, brillante como una estrella, barba roja de candela y bigotes azules. Además tendría uñas largas y negras, al igual que ese bienaventurado que pedía limosna y pasaba la vida sin bañarse nunca y a quien envidiaba en lo más profundo de mi alma. El Ángel de la Guarda no podía por menos de ser un señorito pretencioso, de esos que limpian los asientos para acomodarse y saludan a las visitas y jamás pegan a los animales. Lucifer, sería despreocupado; no le haría caso a las recomendaciones de sus padres y se revolcaría en la arenilla cuando la caída del sol. Sin llegar a pensar en ello comprendía que a Lucifer le era simpático, no cuando me santiguaba y mostraba solicitud en cumplir lo mandado, sino más bien cuando aporreaba los árboles y pensaba en subirle a Mireya su faldita para que se escapase el ángel, así como cuando proponíame sacarle al gato los ojos negros y relucientes, al igual que dos metricas, de ésas con que juegan los niños grandes, amos de velocípedos y dueños de hondas, con las cuales bajan muchos nidos de las más altas ramas. Presentía que la gente mayor hacía algo demasiado complejo que se me antojaba parecido a la tempestad.

Una vez dos enamorados conversaban en el recibo de mi casa. Ella, mi prima Aracelli, se empeñó en que fuese yo a buscarle un vaso de agua a su novio. Sin pizca de malicia me retiré, aunque un tanto amohinado. ¿Qué sería eso de enamorarse uno? Tal pregunta llenaba de pájaros mi mente infantil. Mireya, recordaba entonces, fué requerida acerca de su afecto en una visita y dijo que su novio era su mamá, lo cual, oído por los presentes, provocó decidoras sonrisas que chaparon las mejillas de la niña y me hicieron sentir una alegría inmensa, pues tales sonrisas burlonas constituían como una especie de reproche de que no fijase en mí el objeto de su amor. Manifesté el estado de ánimo dando «botecarnero», o sea, poniendo mi cráneo contra el suelo, apoyando el resto del cuerpo sobre las manos y haciendo fuerza para caer de espaldas. Tía, que me había acompañado a la visita, reprendió tan brusca actitud y con ello hizo olvidar a Mireya de su desaguisado, porque, de inmediato comenzó a sonreír y, a hurtadillas, me mostró su lengua, gesto que significaba grande ofensa para nosotros. Había algo claro, que dos mujeres no podían ser novios; pero aún no alcanzaba a comprender lo que era enamorarse. Apenas recordé que Madre regañaba a la mucama porque salía a conversar con el lechero. Un buen día la moza se fugó y alguien dijo que la había perdido el amor. A partir de tal momento mi curiosidad crecía junto a un secreto temor, semejante al trabajo soterrado de las abejas que laboran protegidas por la cerrilla. Sólo había una cosa, y ésta era que el amor me perdería también alguna vez.

Aracelli pidió le llevase agua, no porque tenía sed; se lo comprendí en los ojos; más que agua quería otra cosa y yo sentía en mi alma una fuerza terrible que me llevaba a desear ocupar el puesto del novio de Aracelli; no sólo eso sino quería destruirla y tornarla tan pequeña como el polvillo blanco que flota en las habitaciones al penetrar un rayo de sol.

Regresé apresuradamente, y mojé mis ropillas, aun cuando llevaba un traje nuevo muy estimado; pero en tal momento de profunda atención pasaba inadvertido junto a muchas cosas que hasta ese instante eran de mi mayor consideración.

Iba llegando al recibo cuando percibí un forcejeo mezclado con risas y en compañía de exclamaciones inconexas.

Escuchando esto no pude contenerme. Sentí un oleaje de fuego, y con una sorpresiva malicia me acerqué en puntillas, dominado por la agitación.

Vi algo que no me pareció nuevo, pues cuando lo percibí era como si anteriormente hubiera pensado en que iría a encontrarme con aquello. Sin embargo, tal conformidad entre realidad e imaginación acrecentaba mi disgusto. Parecía como si hubiesen roto el cristal de mi fe; sentíame burlado miserablemente y empecé a dar gritos:

—¡Mamá, mamá, qué horror!

Creía que «aquello» era lo peor del mundo. Comencé a patalear y arrojé con furia el vaso formando un charco inmenso.

Ellos estaban anonadados. El hombre había palidecido y me vió con ojos de furia. Mi prima hallábase rojiza, con los ojos húmedos de lágrimas. A partir de aquel instante la desprecié vivamente y no le volví a cruzar palabra ni acepté sus excusas.

Ahora Mireya corría por el patio. Se reía y hacía visajes. ¡Si la gente mayor hablaba de amores, por qué nosotros íbamos a ser menos que ellos!

El cuerpo de mi amiguita encerraba toda la sinfonía del color. De pronto me pareció que ella era una flor más entre las flores del huerto, y temí fuera a convertirse en árbol o se quedase cristalizada como una espina. Entonces me apoderó un sentimiento demasiado torbellinesco, ciego cual un pájaro herido: quería volverla tan mía como las manos o los pies. No encontraba mañera de realizar esa fusión. Había oído decir que la gente buena comulgaba con Dios. Podría arrodillarme en la arenilla y rezarle a Mireya para ser los dos una sola y misma cosa como el río y el cielo, o como la fuente de temblorosas gacelas, que corren parejas con las nubes de cabellera leonada. Pero de pronto se me ocurrió que el Ángel de la Guarda se contentaría, lo cual resultaba una tremenda humillación, semejante a cuando tía acariciaba a Muño sin considerar para nada que yo, un niño real que podía hablar y arrojar piedras, se movía en la misma estancia. Me envenenaba la sola idea de congraciarme con un ser antipatiquísimo como un ángel y pensé más bien algo que fuera verdadera fusión, cual tierra disuelta en agua del pozo, cual una pedrada en la cabeza; cosa que rechacé de inmediato. Recordé a Satanás y comprendí que lo mejor era besar a Mireya. Hice como si hubiese encontrado una fruta a mis pies; imité con ello la táctica del gallo para atraer a las gallinas. Ella vino a curiosear y yo le dije que tenía carbón en la boca.

—Quítamelo, quítamelo.

Pareció adivinar mis propósitos y se estuvo quietecita. Debido a su tranquilidad estaba arrepintiéndome, pues hubiera deseado besarla a viva fuerza, ya que las cosas del Ángel se hacen por acuerdo y pasivamente; no así las de Satanás, señor del disgusto y amo de los caprichos. Empero ya no había lugar a arrepentirse y se consumó el acto audaz. Ella sonrojóse y yo me sentí fuerte como los bosques y turbulento como el mar, cuyas olas me impresionaron vivamente la primera vez que las contemplé; era superior al viento que inclina las ramas y chifla en el regazo nocturno. Estuvimos alelados mucho tiempo, hasta que Mireya echó a correr; yo permanecí plantado en tierra, pues tenía raíces en lugar de zapatos.

—Mireya —grité, llamándola por cortesía; era necesario portarme cariñoso después de «aquello», pero en mis adentros deseaba se marchase hacia un lejano país, de modo que no pudiéramos vernos más.

Empero a los pocos minutos me hacía falta su presencia y corrí tras ella. No la encontré en casa sino en la acera: conversaba con un chico de la vecindad.

Sentí cual si me hubieran cortado un brazo; no era otra clase de dolor el sufrido. En un primer momento quise hablar mucho, sin descanso, con el objeto de aturrullar al otro niño; pero temí no salir lo suficientemente airoso. «Ya verá ese pecosillo, me dije, en cuanto Mireya me vea… lo va a dejar plantado». Pensaba esto con la mayor seguridad, y me acerqué balanceando el tronco, en lo cual nadie reparó, cosa que no dejó de impacientarme. Después, con las manos en los bolsillos, fingiéndome hombre despreocupado, de esos que se paran en las esquinas y piropean a cuanta mujer pasa, fingiéndome indiferente comencé a tararear un aire ligero. Ellos me miraron distraídamente y prosiguieron su animada conversación. Quise desaparecer bajo el macadam. Una brusca palpitación de colmena se adueñó de mi pecho dejándome como sin respiración. No alcanzaba a explicarme cómo después de «aquello» se atrevía Mirona a conversar con otro chico; si la había besado yo. Eso de vivir me estaba resultando demasiado confuso.

De primeras deseé matarlos, pero se aparecieron ante mis ojos tan unidos y superiores, el uno hecho para el otro, que me sentí en verdadera impotencia. Entonces no pude menos que correr al interior de la casona. Una vez en el patio me le enfrenté al crepúsculo de rojizos labios, que parecía un disfraz de aquel Luzbel a cuyo servicio estaba desde mi espeluznante aventura del beso, tan olvidada por Mireya. Satanás me parecía el culpable de todas mis tribulaciones, y por eso lo odiaba ahora. Empecé a lanzarle piedras (al crepúsculo), y como no podía alcanzarle no encontré mejor medio de venganza que arrodillarme sobre la arenilla, santiguarme durante varias veces y rezar un «Padre Nuestro» al Ángel de la Guarda, a viva voz.

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