El teniente Perdigón
A Jabino. Te dedico este bosquejo, porque se parece a alguno de tus admirables cuadros.
En los anales de nuestras guerras civiles, no hay un hecho de armas más extraordinario que la batalla de Santa Inés.
Es tan importante, que, cuando algún veterano quiere probar que se ha visto en muy grandes peligros, dice simplemente:
–Yo fui de los derrotados en Santa Inés.
Conozco un tal teniente Perdigón, que todavía no ha pasado el susto después de cuarenta años.
El recuerdo de aquella espantosa jornada es el mayor timbre de su vida militar, y se ha grabado de tal modo en su memoria que no habla de otra cosa.
Dios lo libre a usted de encontrarse con el teniente, en la estación de La Guaira, frente a la casa que tiene por nombre «Santa Inés», en memoria de la hija mayor de quien la fabricó.
En el acto le dirá a usted, declamando:
–¡Qué nombre! ¡Cómo despierta en mí, recuerdos de días heroicos! ¡Ese nombre huele a pólvora y a sangre caliente! Le voy a contar a usted: en diciembre de 1859 fue la batalla de Santa Inés… Oiga usted como paso…
Afortunadamente el tranvía, usted se monta sin haberlo pensado, y se salva de mil descargas de fusilería y de artillería y quién sabe de cuantos lanzazos…
Nombra usted la palabra más común, hablando con el teniente Perdigón, por ejemplo: membrillo.
–¡Ah! le dirá él –No hable usted de membrillos hombre. Si usted hubiera estado en Mérida podría decir membrillo con propiedad.
–El año 1859 estuve en la Cordillera, después de la batalla de Santa Inés, ¡qué batalla!…
–Sí señor –le interrumpe usted por salvarse– la conozco.
–¡Qué va usted a conocer! Figúrese usted, que yo iba en la brigada del coronel Jelambi… Ya va usted a ver lo que es un militar pundonoroso…
–Señor, estoy de prisa; hágame usted el favor de reservarme para otro día el placer de oír su relación; y se va usted.
En una presentación ocasional dice un amigo:
–El teniente Perdigón; el señor Pedro Maica.
–¡Maica! –exclama Perdigón, abriendo la boca como para tragárselo– ¿Es posible que usted se llame Maica?
–Servidor de usted.
–Usted debe ser pariente del comandante Maica, a quien le debo la vida.
–Vamos, hombre, échenos ese cuento.
–Cuando el glorioso desastre de Santa Inés, venía yo corriendo desde Curbatí: había botado las espuelas, las pistolas, la espada, la cobija y cuanto podía estorbarme: en una encrucijada, de repente, oigo un tropel de caballos y me agazapo en una cepa de gamelote. Verme aquellos jinetes y venírseme encima el de adelante fue todo uno: era un joven aindiado con una lanza de media vara que me puso en las costillas…
–¿Y no lo atravesó?
–No, señor.
–Pues, ciertamente, le debe usted la vida.
–No es así, señor; sino que era comandante de un escuadrón de los nuestros, y al reconocerme, me montó en ancas de su caballo y me salvó de que me mataran los enemigos.
–Pues, señor teniente, está usted hablando con un sobrino del comandante Genaro Maica.
–Deme usted un abrazo, y véngase conmigo para contarle toda esa historia.
–No se moleste usted; ¡cuántas veces me la habrá contado mi tío al suave vaivén de los chinchorros de su quesera!
Con el teniente Perdigón se necesita un diccionario sin palabras para poder hablar.
Si nombra usted el calor, le contesta:
–¡Calor! si usted hubiera estado en las montañas de Barinas en 1859, cuando la batalla de Santa Inés, podría hablar de calor.
¿Había nada más bello ni más inocente que la nieve?
Pues Dios libre al más afanado poeta de decir, en presencia de Perdigón, la casta nieve, porque le caerá encima y le dará:
–¡Qué sabe usted si la nieve es casta o no es casta! Si usted hubiera pasado el páramo de Mucuchies sin cobija, vestido de andrajos como íbamos todos los que tuvimos la gloría de salvarnos en Santa Inés, no diría usted que la nieve es casta, sino todo lo contrario, ni andaría usted buscando comparaciones para presentarla como lo más bello del mundo; muy lejos de eso, diría usted lo que decía yo en aquellos momentos: maldita sea la casta nieve, y maldito sea el inclemente granizo, y maldita sea la Federación, y maldito sea el centralismo, y maldito sea Rubín, y maldito sea Zamora, y maldito sea todo lo que, de algún modo, tenga parte en que yo venga pasando este páramo nevado, con tanto frío, muerto de hambre, y sin tener siquiera un trago de aguardiente.
Y no hay escapatoria con el teniente Perdigón.
Por donde quiera que usted le salga él lo esperará en Santa Inés, y acabará con usted, para vengarse de Zamora.
¡Hay tanto teniente Perdigón!
Unos que han tenido antepasados ilustres; otros que han ejercido altos empleos; otros que tuvieron parientes ricos; otros que han pronunciado discursos, etc.
A todas manos le dirán a usted:
–Cuando mi abuelo hizo tal hazaña…
–Cuando el Libertador almorzaba con mi tía…
–Cuando mi tío el Arcediano, en tiempo de Carlos IV…
–Cuando mi tía sacaba las onzas al sol…
–Cuando yo, desde el ministerio, imprimía el sello de mi carácter a la política…
–Cuando terminé mi discurso en la escuela municipal, tembló el pueblo de Los Teques..
¡Y después dicen que los viejos son decrépitos!
¡Cuántos decrépitos hay que parecen viejos antes de tener años.
***
Pesadilla
Después de uno de esos días aciagos, en que todo conspira a ponernos de relieve la corrupción de la época, y toda la hez que hay en el fondo del corazón humano, no parecerá extraño que mi espíritu abatido y mi cerebro calenturiento, no me permitieran conciliar un sueño tranquilo.
¡En vano apelaba a los recuerdos agradables, y me fijaba en aquello que es bálsamo de todas las heridas, y manantial, siempre fresco, de alegrías para mi corazón –los seres queridos de mi hogar!
Seguían chocándose en mi pensamiento las mil ideas que me atormentaban, tristes unas, amargas otras, desesperantes las más.
Yo no sé si estaba dormido o despierto en mi sillón de estudio, pero yo he visto pasar ante mis ojos una multitud de sombras, que representaban las ideas que me habían dominado en el día.
Pasó primero la Verdad.
Era una criatura bella, con formas de mujer y vestiduras de arcángel; tenía alas y diadema.
Dejaba ver en la majestad de su figura que no era hija de los hombres.
La llevaban maniatada, de pie sobre un carro, tirado por leones, que rugían volviendo hacia ella la cabeza.
La escoltaba una muchedumbre inmensa, en que lucían trajes de todos los pueblos de la tierra.
En las primeras filas iban reyes, magistrados, guerreros, tribunos y mujeres que revelaban costumbres ligeras en sus adornos y ademanes.
Después seguían gentes de todos los gremios sociales.
Cada uno arrojaba sobre la prisionera el lodo que encontraba a su paso, y la Verdad volvía la mirada tranquila, como si aquellos, ultrajes fuesen más bien una ovación,
En medio de la multitud, iban grupos de niños y de gentes sencillas que marchaban tristes, sin comprender el objeto de aquella que parecía fiesta infernal.
La Verdad, dirigía algunas veces una mirada compasiva a aquellos grupos inocentes y hacia además de hablarles, pero los reyes y los mandarines hacían redoblar los tambores; y los rufianes, y los aduladores, y las mujeres prostituidas por el oro de los amos de la tierra, vociferaban y maldecían para ahogar la voz de la Verdad.
Entonces cruzaba por su faz divina una sombra de las tristezas de la tierra, y dos lágrimas rodaban de sus ojos.
–¿A dónde la llevan? –pregunté compadecido, a uno que iba y venía, agitando una bandera negra con manchas de sangre, y que sublevaba las pasiones con discursos envenenados, y ensañaba el odio con gritos de muerte y de exterminio.
–A la roca más escarpada, al abismo más profundo para arrojar a esta hipócrita y mordaz –me contestó, y brillaron sus ojos como dos brasas del infierno y crujieron sus dientes agudos y separados como los del chacal.
¡Insensatos! exclamé en mi interior, en vano pretendéis huir de su mirada severa y de sus juicios infalibles! ¡La verdad no perece nunca: desde la más profunda sima se alzará su voz hasta el cielo para condenar
vuestras iniquidades! ¡Podéis engañar a los hombres, pero jamás a Dios: ni siquiera a vosotros mismos, porque dentro de vosotros ha creado Dios un tribunal donde constantemente oís la voz de la verdad!
¿Donde hallaréis un abismo bastante profundo para ahogar vuestra conciencia?
La Verdad siguió con su escolta de verdugos.
Un silencio profundo sucede a la algazara de aquella muchedumbre.
Todas las miradas se fijan hacia el Oriente, donde aparece una carretela de oro, tirada por veinte caballos que devoran el espacio y levantan una nube de polvo.
Los penachos y el brillo de los arneses deslumbran como el sol.
Sirve de auriga la Fama que trae en una mano las riendas y en otra su clarín.
De pie sobre aquel carro triunfal, entre flámulas y gallardetes multicolores, aparece la Mentira, coronada de piedras preciosas; la faz riente; como rosas las mejillas sueltos en largos rizos los abundosos cabellos y el seno descubierto como una bacante.
En una mano agitaba una banderola, y con la otra arrojaba flores artificiales de un. cesto inagotable que tenía a su lado.
Un ¡hurra! estruendoso resuena en el espacio al penetrar entre la multitud: el eco se dilata prolongándose hasta los confines de la tierra, y todas las manos se agitan en señal de alegría.
La carretela hace alto y la muchedumbre se arrodilla.
Una tropa de sátiros medio desnudos, coronados de yedra, danzan al rededor del carro, al son de alegres panderetas. Ofrendas sin número son depositadas a los pies de aquel ídolo del siglo.
Después de estas ceremonias, la Mentira, agitaba su banderola en torno de la multitud; los caballos relinchan y parten como rayos, entre una lluvia de flores que brota de todas las manos.
Un nuevo vítor retumba en los aires, mientras se pierde en el horizonte la carretela deslumbrante.
La multitud quedó en silencio, como extasiada.
Sólo de un pequeño grupo, que había permanecido de pie mientras los otros se arrodillaron, salió una maldición.
Después pasó la Ingratitud en puntillas, callada, sin séquito ninguno, cubierta con un ropaje pardo y el rostro vuelto hacia un lado, como para que no la conociesen.
¡Inútil disfraz! tanto me ha hecho sufrir, ¡que la conocería hasta por el ruido de sus pasos cautelosos!
Seguía después la Buena Fe.
Iba entre un ataúd, muerta; una túnica, blanca como el armiño, la servia de mortaja.
Sostenían el ataúd cuatro hombres de figura distinguida que marchaban risueños y con paso firme.
Detrás del féretro, seguía un grupo de vírgenes pálidas y llorosas, coronadas de rosas blancas y azucenas marchitas.
Cada una a su turno, arrojaba una flor de su corona entre el ataúd: el contacto de aquella flor, el cadáver se estremecía, como galvanizado, y entreabría los ojos y la boca; pero al instante los labios se juntaban desdeñosos, y los párpados caían con la pesantez de la muerte.
¡Allí no había esperanza!…
Después pasó la Miseria.
Era una vieja, sorda, descarnada y pálida, nariz aguda, ojos juntos y consumidos, cabeza pequeña, cuello largo y recto.
Sus brazos, como las barras de una tenaza, sostenían una cornucopia, que arrojaba cáscaras secas, huesos, pedazos de hierro enmohecidos y cigarros apagados.
La seguían varios cortesanos, parecidos a los avaros que conozco: iban recogiendo todo lo que salía de la cornucopia y guardándolo cautelosamente, para que los otros no se apercibiesen.
¡A los lados de la ruta se habían situado algunos ciegos, ancianos valetudinarios y niños huérfanos con hambre y frío, que extendían los brazos y pedían una limosna por amor de Dios!
La Miseria, como era sorda, no los escuchaba, y los avaros se miraban unos a otros y se reían, y despreciaban aquel clamor que partía el alma, y seguían recogiendo el tesoro que brotaba de la cornucopia…
Detrás venía el Desencanto.
Se veía como dibujada en un lienzo, la figura de un hombre sentado en un sillón; pálido el rostro, sin brillo los ojos, circundados de ojeras negras y surcos como de llanto: la boca contraída con un gesto de resignación, pero al mismo tiempo de inconformidad: los brazos cruzados y la mirada fija en el cielo, como quien, perdido en todos los rumbos de la tierra, sólo espera en la divina justicia.
¡Al aproximarse el lienzo reconozco mi propia imagen, y un grito de terror se escapa de mi pecho! Despierto lleno de angustia, me veo delante del espejo y comprendo que soy víctima de una pesadilla espantosa.
