Recuerdo la tarde, la ciudad, el parque, el nervioso pardillo que corría tras su sombra y se acercó de pronto a comer en tu mano, como si quisiera hacer visible con su audacia la esencia de aquello que nos reunió un instante, y dijo y repitió, más allá de cualquier estampa, que sólo a mí me había sido dada la gracia de asistir a esa escena y de mirarte como entonces te miraba:
toda tú en una imagen que conjugaba a un tiempo tu pasado y tu presente, y me hacía partícipe de los secretos de la niña, las heridas de la mujer y su historia, las claves de una belleza que nadie más podría contemplar así porque su visión ya formaba parte de lo que yo era y de lo que, en adelante, habría de ser.
Recuerdo que alzaste el rostro para mirarme y que no había en tus ojos ni preguntas ni respuestas;
sólo estupor, desamparo, y el pardillo que huye súbitamente hacia el bosque, y la vida súbitamente sin porqué.
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Pero hay noches en las que todo es deseo y memoria y tacto, todo olor y todo voces en la oscura plenitud del abrazo;
así vuelve aquel instante de entrar en ti abriendo los pliegues que me acogían con su cálido secreto y me llevaban hacia lo más hondo, hasta la íntima humedad del cieno, el lugar donde perdíamos los nombres y se disipaban los recuerdos, pues ser allí era entregarse desnudo a la más cruda intemperie:
el otro que es uno en el hálito, en la fiebre, en la sangre, uno en la embriaguez de la piel y en sus confusos zumos, uno en el fuego de la entraña que nos quema desde adentro mientras repite incesante, como un viejo conjuro, las hipnóticas palabras de una lengua extinta.
¿Qué dicen ahora, qué dijeron entonces?
Lo mismo, siempre lo mismo: no hay agua para tu sed.
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¿El miedo será ahora lo que quede de nosotros? ¿La tiniebla vacía que poblamos de fantasmas? ¿El teatro de las sombras, las culpas y las dudas? ¿La imaginaria mansión donde reina ese espejo de los ciegos que ha destruido más vidas que los hombres y el tiempo?
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Y vamos solos por nuestro círculo repitiendo entre dientes la misma cantinela y sabemos, porque es seguro que lo sabemos, que ya no hay otra voz que nos conteste y que si en algún momento volviéramos la vista atrás, sólo veríamos en la distancia a ése que una vez fuimos y que ahora se aleja dándonos la espalda mientras tararea un viejo airecillo como si hablara o como si cantara, como si no se hubiera percatado aún de que ya nadie le sigue o le escucha, fingiendo, siempre fingiendo, incapaz de darse la vuelta o de reconocernos, o de alzar la mano, o de decir adiós.
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Y sin embargo, por las sendas de esta noche vas conmigo en mis palabras y yo avanzo como si te protegiera con mi cuerpo, como si llevara tu historia y mi historia entre los brazos y marchara por una tierra quemada que asedian las tinieblas y el ave negra del olvido:
así voy conversando contigo a cada paso, en cada esquina, entre la carcajada del idiota, el conjuro de las sombras, los lamentos, los murmullos, el suave susurro del mal y sus fermentos;
así voy contigo sin saber ya adónde, embozado, inclinándome, yo mismo cada vez más callado, más ausente, más oscuro.
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Y ahora pasas y te vas como por los aires, cada vez más ajena, y yo que me quedo aquí, con todo el peso de seguir siendo el que soy.
