literatura venezolana

de hoy y de siempre

Minicuentos de Enrique Bernardo Núñez

Oct 19, 2025

Filosofía de un Pájaro

El pájaro negro se baña en la fuente de la plaza. Sus alas alborotan, encrespan, bruñen el agua. Sacude la cabeza dentro; levanta el buche; abre las alas. Se yergue, observa y vuelve a sumergirse.

Tiembla el iris sobre la plata del agua, y el plumaje del ave reluce al borde de la fuente; el plumaje en cuya negrura saltan los ojos amarillos del pájaro como dos cuentas de vidrio.

En la plaza reverbera el mediodía. Arde el mosaico. Pasan a ratos las gentes abrumadas, estoicas; pasan así: un mendigo descalzo, torturadas las plantas por el fuego del sol; obreros que marchan de prisa; traficantes a quienes rinde la carga; pasa un potentado, apoplético; pasa un cobrador con su mochila. Y todos los rostros chorrean sudor. En la esquina dormita un cochero en su pescante.

El pájaro mira atento, se sacude en la delicia candorosa del agua, y al zambullirse lanza un gran trino; un trino de cristal que parece decir en una risotada: “Ahí va el rey de la creación”.

***

El Amor Eterno

A Irene se le murió el novio hace dos meses. Lloró mucho, se vistió de luto; enflaqueció un poco y juró nunca, nunca, amar más. Es un primor la cabecita rubia de Irene, y sus ojitos azules, pequeños, vivos, ágiles, hablan mejor que sus labios. Lloraba, lloraba la pobre, la dulce Irene, y decía: “Más nunca vuelvo a querer… a querer a nadie”.

Ella se lo había prometido al muerto amado que descansaba lejos, lejos, en el cementerio de un pueblo bajo una gran cruz de hiedra… Ahora tiene amores con aquél que oía estas cosas.

Él le pregunta: “Si me muero ¿me olvidarás?” Ella se turba, se agita como si le dijeran algo que por la noche le causará miedo y responde mientras muerde una naranja: “Si te mueres, me muero también; y más nunca vuelvo a querer… a querer a nadie”.

***

La Risa

Después de seis años de muerto exhumaron el cuerpo de aquel hombre solemne y grave que murió en olor de fama eminente. Lo exhumaron con gran respeto. Todos los presentes estaban muy serios, y el buen señor, el hombre solemne y grave se estaba riendo.

***

Fin de un Sueño y Principio de Otro

La llama del hogar se dilataba macilenta, empenachaba la oscuridad del hogar silencioso, en torno del cual marido y mujer discutían agriamente.

Y poco a poco fue haciéndose más dulce, más triste el tono de la esposa, semejante a la llama que entonces languidecía como encontrando su lumbre al beso del viento.

-¿Te acuerdas lo que me prometías cuando novios? Nunca reñiríamos, nunca se abrirían nuestros labios sino para juntarlos, nunca tendrías para mí sino palabras de amor… ¿Te acuerdas?

-Sí. Sí me acuerdo…

-¿Te acuerdas de la noche aquella en que me robaste el primer beso? ¿Te acuerdas de aquella dicha breve y dulce que nos turbó? ¿Quién supondría luego, que tú…?

(La llama apagóse y como un diamante azul, su último destello vacilaba en la sombra)

 -Sí mujer. Sí me acuerdo; pero no me hables de eso, estúpida, ¿no ves que estoy borracho?

Y el hombre desplomóse en el suelo…

***

El Puchero

La madre que fue bella inclínase ahora dolorosa. Sus labios se alargan trémulos, empalidecidos y las ojeras hacen más grandes sus ojos negros, dulcemente negros. No hay para calentar la sopa y en el hogar miserable llora un niño. La madre recuerda su juventud desvanecida por la breve historia de un beso; la historia vulgar de su vida, la historia que un instante perfumó su amor de doncella; pobre doncellez ajada y muerta como las rosas solas y abandonadas.

De pronto se yergue la madre dolorosa; busca entre los trapos del rincón solícita, afanadamente. Algo salvador debe buscar la madre en cuyo rostro se desmaya el color. Son papeles, muchos papeles; las cartas que lee todas las tardes esperando algo que no ha de tornar. Son las cartas de su novio, dadas a hurtadillas por la ventana sembrada de claveles. La mujer las hacina, las mira por última vez; dispónelas bajo la taza de caldo. El hogar se ilumina de pronto; sube una columna de humo y el haz de papeles regala una llamarada…

Sobre el autor

Publicados en: Actualidades, Caracas, Año 3, Nros. 47 y 51 (1919)

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