Rufino Blanco Fombona
I Bajo el cielo de oro
Bordonea el aeroplano, rasgando el velo nocturno, entre violentas ráfagas, y avanzando por en cima de los montes, en el espacio abierto. No brilla luna; pero las estrellas del trópico no dejan rincón de cielo sin lamparita encendida y difunden por todo el éter su intensa claridad de oro. Mientras más arriba, más luz. La sombra parece amodorrarse en las oquedades de la tierra. Mientras más abajo, más sombra. Y entre la sombra que asciende y el parpadeo luminoso de los luceros deslizase, susurrante, la enorme libélula de metal.
De pronto, el piloto hizo con la cabeza rápida seña. El pasajero no supo traducirla.
—¿Qué?—gritó.
El ruido del motor ensordecía. «¿Qué será?», se dijo. Un instante apenas corrido, comprendió que la seña significaba:
—Hemos llegado.
—«¿Ya?», pensó el tripulante, extrañándose de la rapidez de aquel volar.
Habían cruzado pocas impresiones aquellos dos hombres; y no por culpa del piloto, que era un oficialito charlador, comunicativo, alegre, curioso.
Mientras varios números de tropa y un cabo hacían rodar la nave de los hangares hacia el campo, el militarito, con su costumbrero buen humor, disparó dos o tres chirigotas contra el hombre que iba a ser su compañero de viaje. Trataba de infundir temorcillo al pasajero que, según éste dijo, iba a remontarse en los aires por la primera vez.
—Como iremos de prisa, tendremos tiempo de hacer algunas piruetas: el looping the loop, etcétera.
El novicio mascó una sonrisa de duda e insinuó, descubriendo recelo:
—¿Iremos demasiado de prisa?
—Por fortuna—repuso el oficial, mientras se ajustaba debajo de la barba una gruesa gorra que le cubría cabeza y orejas. Y volviéndose a otros dos jóvenes oficiales llegados momentos antes y que se habían puesto a revisar el aparato, exclamó:
—¡Si con este pesado y viejo armatoste, bueno para venderlo como hierro inservible, y con el viento que sopla, tuviéramos que volar lentamente…!
Los jóvenes respondieron con una doble sonrisa de inteligencia y siguieron revisando el aparato, comunicándose sus impresiones entre sí, a media voz, con expresiones de técnicos. Como el pasajero mírase al piloto, después de las palabras de éste sobre el viejo armatoste, con ojos interrogantes, el piloto, poniéndosele enfrente con las manos en jarras, le dijo:
—Sí, señor mío; uno de estos barcos aéreos mientras más pesado más velocidad necesita para mejor defenderse contra el viento. El peligro de una nave veloz no está en los aires sino en el aterrizar.
—Sobre todo—sugirió uno de los oficiales—si ocurre una panne.
—Entonces, a menudo, pum—confirmó el otro oficialito, sonriéndose y haciendo con las manos un molinete catastrófico.
Aquella conversación a media noche, en un campo de aviación, no era lo más a propósito para entonar los nervios del hombre que, obligado por las circunstancias, iba a emprender un vuelo por la primera vez.
—Pero ¿correremos peligro?—preguntó al que lo iba a conducir, que se complacía en alebronarlo.
—Peligro hay siempre—repuso el oficial.
Y añadió filosófico, cínico:
—Peligro hay en todo, hasta en abrazar uno a su mujer después de almorzar.
– o –
Eran dos tipos muy diferentes aquellos dos hombres. El piloto de apenas veintiuno o veintidós años era muchachote de ancho pecho, ojos francos, nariz recta, larga, y labios finos. Hasta con aquella horrible gorra, que le comía la mitad del rostro—y a la deficiente luz de los hangares—, se le comprendía un guapo mozo. El otro era, por el contrarío, un hombrecito de fisonomía inexpresiva, borrosa; un hombrecito flacucho, morado, que por su color y por su delgadez parecía una lombriz. Lo apodaban «Antoñito Pimentel», por su identidad física con un conocido palaciego, despreciable pillastrón de ese nombre. Moralmente se le parecía aún más.
Ya a punto de subir a bordo, preguntó al piloto uno de aquellos oficiales, camaradas del aviador, quién era aquel sujeto de ridícula catadura, tan parecido al protegido y socio del dictador; y qué significaba aquel viaje tan extemporáneo. El piloto se encogió de hombros.
—Ignoramus—pronunció.
En efecto, lo ignoraba. Había sido llamado por teléfono al palacio de Miraflores esa noche, a toda carrera. El Encargado de la presidencia en persona lo había despachado con aquel pasajero, diciéndole:
—«El general» los está esperando en Maracay. Hay que salir ahora mismo.
Y un automóvil del Gobierno los condujo al campo de aviación.
Como nada hacía el Encargado de la presidencia sin previo consentimiento «del general», y como «el general» era hombre de misterio, no se extrañó el oficialito más de la cuenta. Estaba curado de espanto. Tuvo, si, curiosidad, y trató con su acompañante de inquirir noticias sobre el objeto de aquel viaje. El acompañante evadió, con suma discreción, toda respuesta. «Tendrá miedo de hablar, como todos», pensó el oficialito.
¿Ocurriría algo anormal? Era posible. De cierto tiempo a esta parte «el general» se volvía más cruel, más enigmático, más receloso. Se corría peligro hasta sirviéndolo. Lo anormal era la norma. Aquella reflexión no satisfacía su curiosidad. ¿Por qué diablos lo mandaban a conducir cerca del dictador, tan avanzada ya la noche y a pesar de un viento huracanado, a aquel hombrecillo anónimo? ¿Por qué no iba aquel sujeto por el tren, como todo el mundo? ¿Por qué no iba siquiera en algún auto del Gobierno? ¿Por qué debía ir en aeroplano, a media noche, en tanto sigilo? Verdaderamente la tendencia hacia el misterio y lo melodramático crecía cada vez más en el espíritu del dictador. Ya nadie sabía nada de nada. Todos temían todo de todos. ¿Qué pito iba a tocar este hombrecito borroso e insignificante? El automóvil que los iba conduciendo de Miraflores al campo de aviación corría, el piloto estrechaba a preguntas al Antoñito Pimentel y el Antoñito Pimentel contestaba a todas las preguntas con hábiles evasivas. Al piloto le pareció que el hombrecito borroso iba preocupado.
Perdió la esperanza de saber nada por aquel medio. «Lo sabré todo en Maracay», pensó. Al Antoñito Pimentel, por su parte, le parecía demasiado preguntón y chacharero aquel oficial. «¡Buena ocasión—decíase—para entrar uno en confidencias!» No deseaba pensar en nada sino en el objeto de su viaje y en la entrevista que iba a celebrar con el dictador. «Que Dios me ampare», pensaba, entrecerrando los ojos.
Subió al avión sin miedo; su miedo era la entrevista. Sin embargo, un ligero escalofrío—casi nada, cosa de un minuto—lo sobrecogió al empezar a ascender. A poco, desapareció aquel temblor inicial. De cuando en cuando miraba hacia tierra: «¡Diablo, si nos cayésemos!» Tocaba el aparato metálico, sólido. La confianza en la seguridad volvía pronto. La preocupación de lo que pudiera suceder en la entrevista se sobreponía a todo. «Dios me ampare.»
Desde los aires, en alas del pájaro de hierro, volando por el espacio infinito, las montañas por encima de las cuales iba cerniéndose perdían a los ojos del viajero proporción, majestad: simulaban, en la confusión de la hora, numerosa recua de asnillos echados a descansar apeñuscadamente, allá abajo, sobre la tierra oscura.
Y volvía a sumirse en cavilaciones que nada tenían que hacer con la novedad de su vuelo. «La Divina Providencia me dé suerte. Dios me ampare.» Se sorprendió de veras cuando el piloto, descendiendo oblicuamente hacia un vapor luminoso que emergía de la tierra, dijo, por señas, ya casi encima de aquel breve lago de luz:
—Hemos llegado.
Acababan de salir de Caracas, y ¡ya aterrizando en Maracay! ¡Ya en el antro del ogro, en el escondite del tirano!
– o –
Maracay era, en efecto, el pintoresco pueblecito de los hermosos, fértiles, cálidos valles de Aragua—pueblecito blanco de tapias y verde de huertas y jardines—, en donde el tiranuelo, rodeado de tropas, de soplones y asesinos a sueldo, escondía, lleno de recelo, su pavor.
A medida de su crueldad, crecía su miedo.Terminó por huir de las ciudades. Buscó el monte, como las demás fieras. Viniese de donde viniese, nadie podía acercarse a Maracay sin su anuencia, obtenida muy de antemano, a veces con extremas dificultades. ¡Ay del espía que durmiera!
Aquella misma aeronave nocturna jamás hubiera conseguido aterrizar tranquilamente, a pesar de su carácter oficial, sin previo permiso del dictador. El pobre diablo bigotudo y ridículo, homme de paille, a quien tenia encargado nominalmente del Ejecutivo, en Caracas; aquel presidente in partibus, le había telefoneado respecto al hombrecito borroso, que llevaba un drama en el buche.
«El general» dispuso que el hombrecito fuera conducido a Maracay, «en aroplano», esa misma noche. Por eso llegaba aquel hombrecito borroso y desconocido, en medio de tanto sigilo y en un avión del Gobierno, a presencia del dictador.
– o –
La turbación del Antoñito Pimentel del avión creció como por ensalmo al tocar tierra en Maracay. ¿Qué misión era la suya que el hombrecito se inmutaba al momento de ir a cumplirla? Todos se creían felices de ser recibidos por el dictador; !y él, a quien esperaba el dictador con impaciencia, se ponía ahora a temblar!
Pensó que de allí partían las órdenes de muerte, de proscripción, de ruina, que el otro Antoñito Pimentel a veces inspiraba. Pensó también, reaccionando, que el favor, la riqueza, la felicidad, podían de igual suerte surgir de ese Maracay misterioso. Él jugaba todo su capital, que era su cabeza, en aquella lotería. Imposible la calma en aquel instante, que era el instante del destino…
Iba con una mezcla de temor y de esperanza, con más esperanza que temor, a entrevistarse con el monstruo, a departir con el último bandido que detenta el poder y ejerce de gobernante. Con el último tirano que aún queda en pie sobre todo el haz de la tierra: Juan Vicente Gómez, «Juan Bizonte», de aspecto, de espíritu y de nombre vulgares.
II El arribo
Un sota-Gómez, pariente cercano del déspota —ya apenas tenía confianza mas que en algunos deudos—, coronel de pocas palabras y poquísima inteligencia, esperaba, con tres o cuatro oficiales muy adictos al régimen imperante, el aterrizaje del avión.
Comentando la rapidez del viaje, a pesar del contrario viento fortísimo, atraviesa el grupo las calles de la villa dormida. En el silencio nocturno resuenan los pasos y las voces.
—Esto parece un cementerio—dijo el piloto.
Nadie contestó. La observación era justa. Las calles estaban desiertas. Puertas y ventanas cerradas, sin dar resquicio ni a una luz ni a una voz. El pueblo, demasiado esclarecido por numerosos focos voltaicos, ¿tiene miedo, dentro de las casas, de la luz?¿Es ligófilo de puertas adentro? No tropieza el grupo alma viviente, salvo figuras de polizontes arrebujados en sus capotes de bayeta azul oscuro.
Estos polizontes guardan, no el sueño del pueblecito, sino la seguridad del déspota. No bastan de seguro el cuartel frontero al antro del ogro, ni dos cuarteles laterales, ni el retén que pernocta, con centinelas de vista, en la misma casona del autócrata.
—¿Y esto está siempre tan lúgubre?—pregunta el pilotillo con ganas de conversar y pareciendo olvidar en dónde se encuentra.
—La noche es para dormir—le contestan con diplomacia evasiva.
El pueblo ronca a pierna suelta desde que las diez suenan y aun antes. A las nueve no queda ya un solo portón de par en par. El déspota ha impuesto, sin demasiado esfuerzo, esa costumbre que es la suya. Aquel pueblo, de genio tan alegre como todos los pueblos de Aragua, se muere de hastío sin saber cómo emplear el sobrante de energías que otras poblaciones, aun menos densas pero más felices y más libres, derrochan en la charla del Club, en reuniones de sociedad, en el café, en los espectáculos.
Pero el bárbaro no sabe conversar, no gusta del baile, no conoce más relaciones con las mujeres, sino el fulmíneo contacto del macho con la hembra; y no quiere que nadie se reúna a conversar, a bailar, a comer, a matar el tiempo en mutua y grata compañía. Las más inocentes y cursis reunioncitas de familia necesitan demandar un permiso que no siempre obtienen. ¿Charlar en un café, en un Club, por pasar el rato? !Quién se atrevería, cuando un soplón se esconde detrás de cada «gobiernista», cuando cada palabra va a ser pesada en balancín de farmacéutico y a sufrir la pérfida hermenéutica de esbirros y sayones! ¿Espectáculos? El barbarócrata no se place—fuera de alguna sesión de cinematógrafo con truculento y estúpido film yanqui—sino en el espectáculo de los novillos gordos, de las terneras lucias, de las vacas recién paridas, de la ordeña, de las montañas amarillosas de mantequilla y de las torres de queso de todos colores, sabores y olores.
– o –
Las pocas familias de Maracay que no han podido emigrar huyendo a la lascivia del monstruo taciturno, a la brutalidad por él permitida y reída de sus gañanes y genízaros, viven, con pocas excepciones, en inseguridad, en angustia, ocultas detrás de sus puertas y ventanas cerradas, temerosas si se exhiben, otras veces exhibiéndose adrede, sonriendo por fuerza, temerosas de que el monstruo imagine que se esconden.
Los hombres, como no sean los espías, polizontes, genízaros, amanuenses, administradores, proxenetas y otros cortesanos del barbarócrata, no concurren al melancólico y único Casino tolerado, cuyo dueño es el primer soplón del Monipodio gobernante.
!Y qué tristes solaces! !Dignos sólo de aquellostristes y envilecidos seres, de moral y sensibilidad rudimentarios! En el salón máximo se escucha el tintineo de alguna copita de ron contra los platones de metal, el paso lento del waiter, el salivazo garapiñado o el gargajeo de algún cliente. La voz aguardentosa y siempre alta— para que todos oigan—de algún gomecista, de algún gardingo, que refiere hazañas ilusivas o apologías exageradas del mandarín.
También se perciben allí otros signos de vida, ruidos no menos ingratos: el golpear de los huesos del dominó contra la madera o el mármol de los veladores y el choque melancólico de las cascadas bolas de un billar desteñido y desnivelado. De cuartuchos interiores parten de vez en cuando interjecciones soldadescas, risas estridentes o nerviosas: en aquellos diminutos, malolientes y cálidos locutorios, varias cabezas anhelosas se asfixian con 30° Reaumur, en torno de redonda mesa cubierta de tensa tela blanca, sucia de grasa y de sudor, por donde se deslizan los dados de ojos negros que salen a toda carrera de un cubilete de cuero.
El juego y el aguardiente si los permite Juan Bizonte: sabe por instinto y por experiencia que ambos son reveladores. Su preocupación constante, ¿no consiste en inquirir lo que piensan los demás, temeroso de que tramen, o imaginen tramar, algún atentado contra él? Emborracharse en presencia de los espías, magnifico; jugar los espías gratuitos o a sueldo en presencia de los contraespías, magnifico. Eso sí, a las diez de la noche todo el mundo debe dormir. La noche es mala consejera. En una sola noche pudiera imaginarse, y aun ponerse por obra, cualquier diablura contra él, a pesar de todas las precauciones y sin que nadie tuviera tiempo ni ocasión de enterarlo.
El patán quiso imponer aquella costumbre de gallinero con el ejemplo; pero el ejemplo no bastó: fue menester el espectáculo de alguno que otro cadáver de trasnochador inofensivo encontrado al amanecer sobre la acera o en medio del arroyo.
El miserable, tan parco de frases a menudo, comenta esos crímenes con locuacidad de sacamuelas.
—Eso es para que vean lo peligroso que es no estar en su casa cada quisque desde las nueve de la noche. ¡Hay tantos malhechores! Y quién va a descubrir al que nos acomete, a media noche, detrás de alguna esquina.
Lo repitió mil veces. Y solía añadir a guisa de advertencia:
—¿Por qué no harán todos como yo, que a las nueve estoy en la cama?
Y aun pudo agregar, después del último atentado de ese linaje, furioso de que hubiera personas que no supiesen traducir el pensamiento del amo:
—Yo ni cobro ni pago esos muertos.
Los vecinos, hasta los más torpes, quedaron enterados: pena de la vida al que salga de su casa en Maracay después de las nueve de la noche. ¡Hay tantos malhechores!
– o –
Así, aunque Maracay íntegro hubiera abierto los ojos con los resoplidos isócronos del motor, nadie se habría aventurado a perquisicionar en torno de la nave nocturna, ni siquiera a curiosear de lejos. De memoria sabe el pueblo que todo mensaje sorpresivo trae un destino fijo: la oreja o los ojos del dictador. Sabe también de memoria que el cruento mandarín anacrónico, cada vez más receloso, descompónese a la mera sospecha de que alguien pueda intuir, no se diga averiguar, asuntos que a él atañen.
¿Qué extraño, pues, que piloto y tripulante atravesaran la ciudad, en compañía del pariente de Juan Bizonte y de los tres o cuatro oficiales que le daban escolta, sin encontrar sino figuras de polizontes acurrucados en los portales o fisgoneando el vacío, calle arriba, calle abajo?
No tardó el grupo en desembocar a la calle del dictador. La residencia del monstruo erguía su pesada mole, su cubo de sombra y mampostería. Era una casona chata, sólida, vulgarota, con centinelas a la puerta. Enfrente había un cuartel. A la espalda y a los lados cuarteles.
El grupo avanzaba. Le dieron el alto. Detuviéronse los arribantes, como parados de súbito por eficiente mecanismo; y el sota-Gómez dióse a conocer sucesivamente por tres distintos centinelas. Adelantaron entonces hasta la puerta misma de la mansión despótica. Allí se bifurcó el grupo. Al piloto, en son de camaradería, se le condujo al cuartel frontero. En realidad quedaba preso; por lo menos vigilado. Con nadie, fuera de aquellos tres o cuatro oficiales que lo acompañaban, debía cruzar palabra.
El otro, el Antoñito Pimentel de engañifa, el hombrecito desmirriado y taciturno, fue introducido por el coronel, sin pérdida de minuto, al través de largos corredores y puertas que se abrían y se cerraban, a presencia del autócrata.
