literatura venezolana

de hoy y de siempre

“La corriente nocturna”: desencanto y negación de la modernidad

Christian Farías

Comencemos por decir que se trata de un libro de análisis que tiene como eje temático la obra poética y ensayística del escritor venezolano Juan Liscano en el contexto de una tradición de pensamiento filosófico y literario identificada con la mística, la gnosis, la búsqueda espiritual y humanística; pero, no desde la simple contemplación del universo y el ensimismamiento del yo espiritual, sino desde la perspectiva del cuestionamiento, la crítica y la negación del orden social burgués moderno y la emergencia de alternativas de vida basadas en la redención del hombre y su valoración humana-espiritual. El Liscano humanista, místico, crítico, disidente, poeta y ensayista notable, no es un personaje aislado en el panorama de las letras venezolanas del siglo XX. De acuerdo con el análisis que nos ofrece Gustavo Fernández, Liscano es un representante más de un proceso inacabable que en sus inicios cuenta con figuras como el doctor Rafael Villavicencio (1838-1920), precursor del positivismo en nuestro país, pero que siguiendo los requerimientos de su desencantado espíritu, dio un giro hacia la filosofía hermética y el misticismo. Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) quien transitó desde el primer positivismo venezolano de fines del XIX e inicios del XX hacia un fervoroso misticismo. Y más adelante estarían escritores como Julio Garmendia, Guillent Pérez, Manuel Briceño Guerrero, Armando Rojas Guardia. Y pensadores críticos como Frank Bracho o luchadores revolucionarios inicialmente marxistas y posteriormente más espiritualistas y utópicos como Douglas Bravo, entre otros, reseñados dentro del marco contextual en el que se ubica la obra de Liscano.

El principal mérito que de entrada nos aporta La corriente nocturna es que trasciende los límites de su objeto de estudio para ubicar al lector en una perspectiva de reflexión universal acerca del eterno tema de la lucha del hombre con su propia conciencia, tensada entre la espiritualidad y la materialidad de su existencia desde los orígenes de la civilización en esos remotos florecimientos de la poesía y la racionalidad, lugares desde donde se desarrolla una larga confrontación epistemológica que hoy sigue inquietando la lucidez intelectual del ser humano.

En segundo término, este libro es el resultado de un esfuerzo de investigación para sistematizar las expresiones más significativas de la corriente nocturna o pensamiento antimoderno y espiritualista dentro de la literatura venezolana del siglo XX, a partir de la obra madura de un representante emblemático como lo es Juan Liscano. Digo emblemático por tratarse de un intelectual que habiendo justificado y defendido militantemente el sistema burgués-imperialista durante la convulsionada década de los sesenta, colocándose al lado del presidente Rómulo Betancourt y en contra de los revolucionarios perseguidos y torturados, modifica, años más tarde, su pensamiento para convertirse en disidente de la cultura dominante, en un crítico fervoroso y profundo del orden burgués, desde las trincheras de un humanismo espiritualista expresado en las dimensiones de la poesía y el ensayo.

Una tercera valoración de este texto se refiere a la calidad indiscutible del análisis, al desarrollo de una hermenéutica apoyada en la erudición y el dominio de una perspectiva crítica seria y densa que le aporta a las letras venezolanas un nuevo aliento de sabiduría e inteligencia para comprender nuestros propios procesos nacionales y su relación con lo universal. En ese sentido, Gustavo Fernández ha logrado poner al día parte de nuestro ejercicio crítico intelectual, en medio del lamentable predominio de la estrechez y la repetición snobista que impera en nuestro menguado ámbito académico universitario.

¿Qué razones movieron a Gustavo para llevar adelante una obra como ésta? ¿Cuáles son los elementos significativos, dentro de nuestro contexto histórico, que marcan el sentido de este texto? De acuerdo con el autor, las respuestas a estas interrogantes estarían en la propia escritura de Liscano, sobre todo en la desarrollada durante la década de los noventa, en el contexto del debate en torno a la crisis de la modernidad y el surgimiento de la llamada posmodernidad. Liscano fijó su mirada crítica e inteligente hacia el proceso de degradación y descomposición de la sociedad del conocimiento, la violencia, el consumo, los procesos de enajenación y alineación, la crisis de las ideologías, el derrumbe del modelo soviético, el maquinismo, la burocracia, el centralismo estatal y su descomposición moral. Recuerdo una frase lapidaria y contundente de Liscano en una entrevista en el diario El Nacional en el contexto de las elecciones presidenciales de 1988: “La política me da asco”. Años más tarde, en el preámbulo del alzamiento militar de 1992, aparece liderando el Frente Patriótico al lado de Manuel Quijada, Luis Miquilena, Douglas Bravo y otros.

En la introducción, Gustavo menciona los estallidos de bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, la llegada del hombre a la luna, la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de las Torres Gemelas de Nueva York como hechos que alertan la conciencia crítica frente a la carrera autodestructiva de la civilización industrial, que ha proseguido con las guerras de Afganistán e Irak.

Efectivamente, el actual contexto histórico en el cual se enmarca este primer libro de Gustavo Fernández, está signado por la profunda crisis civilizatoria que hoy estremece los cuatro puntos cardinales del planeta y amenaza el equilibrio del sistema atmosférico que nos protege. El modelo científico tecno-desarrollista ha colapsado; las estructuras sociales que lo reproducen se han vuelto cada vez más abismales e insostenibles; el poder político, en todas sus modalidades, muestra niveles de autoritarismo, represión y depravación moral indignantes; la industria cultural domina en grado casi absoluto las mentes de la población, particularmente la de los adolescentes y jóvenes; las élites ilustradas han devenido instrumentos dóciles y serviles de la dominación imperialista; el poder de las telecomunicaciones impone el pensamiento único como fórmula de la más vasta dominación ideológica coherente con el súper-poder militar imperialista de los Estados Unidos, desplegado en Afganistán e Irak a manera de muestras como nunca antes había experimentado la humanidad.

Frente a este cuadro pavoroso y desesperanzador, la mirada del común de los mortales se paraliza en la perplejidad y la pérdida del asombro. La indiferencia, la apatía y el escepticismo sustituyen al entusiasmo ideológico-político de antaño. La mirada se vuelve sobre el sí mismo y busca aliento en las interioridades del ser. Desde ese lugar oscuro, primordial y misterioso, donde habitan las aguas seguras del origen, el individuo y la especie resurgen en busca de la nueva salvación, de la reinvención de la vida con base en las fuerzas del espíritu y no exclusivamente en las ventajas ostensibles de la materia. Hoy como ayer, la impotencia frente a los poderes nos retrotrae a la repotenciación de las almas. Son estos elementos de la realidad histórica, psicológica, material y espiritual, que aparecen como los ejes en torno a los cuales se teje el sentido y la significación de lo que ahora conocemos más como la corriente nocturna o negación de la modernidad desde las diferentes formas de la espiritualidad. Ahora bien, no es éste un asunto nuevo ni exclusivo de nuestra realidad. La literatura moderna que nace a partir de la época del renacimiento, el manierismo y el barroco, ha sido máscara y espejo de las tensiones espirituales, materiales, éticas y estéticas, generadas a partir de esa realidad dual, fascinante y repugnante a la vez, que caracteriza al sistema económico-cultural identificado bajo el rótulo mágico y embriagador de La Modernidad. Así, el ser humano moderno, modelado bajo el rigor de las leyes del desarrollo y el progreso científico-técnico, es un ser sesgado, fragmentado y escindido en su propia esencia. Pero, mucho antes del advenimiento de lo moderno, el logos creado por el hombre fue originalmente mágico-espiritual, cósmico-ecológico, de comunión profunda con la naturaleza y con los astros, orientados por una racionalidad respetuosa y conservacionista del individuo, de la especie y el entorno natural y social, tal y como lo vivieron antes de la llegada de los invasores y aún lo siguen viviendo precariamente nuestros aborígenes. Luego, vino ese gran salto hacia el pensamiento lógico-racional que no sólo significó la elevación ecuménica de la racionalidad como el nuevo paradigma de lo humano; sino que paradójicamente se convirtió en el sustrato ideológico empleado por una parte de los hombres para crear la civilización de la máquina y el desarrollismo que hoy domina destructivamente en el mundo entero.

De manera que en la historia de la civilización occidental, el imaginario mítico arcaico, de donde derivan todas las religiones; y la lógica- racional, de donde surge la ciencia, se instauran como los dos polos de un inextinguible péndulo, como los determinantes de una dinámica psíquica-espiritual- material compleja, cuyas aristas se entrecruzan desde los diferentes campos del pensar, el sentir y el actuar propios de la cultura. Es así como cientificismo y religiosidad, materialismo y espiritualidad, filosofía y poesía, se enfrentan, se mezclan, se imbrican. Es necesario, sin embargo, llamar la atención acerca de las situaciones emblemáticas de científicos, poetas, críticos o luchadores sociales que habiéndose formado dentro del paradigma lógico-racional, llenos de esperanza y de buena fe hacia la humanidad, han tomado luego, por imperativo de sus conciencias, los derroteros de la espiritualidad, como alternativa frente a las frustraciones y la desesperanza sembradas por el sistema capitalista moderno. En el caso específico de nuestro país, tenemos los nombres mencionados anteriormente que aparecen en el libro de Gustavo.

El espacio escritural de la reflexión y la imaginación, se erige, entonces, desde el centro mismo de ese drama existencial de la modernidad, vale decir, desde la conflictividad del vivir, de los dilemas existenciales del ser y la búsqueda incesante de respuestas y alternativas, que bien oscilan desde la visión del retorno al paraíso perdido o desde el reto de la reinvención de la vida. La poesía mística y la gnosis de los primeros románticos nocturnos, donde destacan Novalis y Hölderlin, se ubicaría en esa primera visión; mientras que la poesía solar, abiertamente impugnadora de lo existente y propugnadora de otra vida, de otro ser, encarnada en los poetas malditos, como el insigne y paradigmático joven Arthur Rimbaud, representa la segunda posibilidad.

En el marco de esa prolongada lucha de lo humano consigo mismo, la confrontación socio-política por el poder y el dominio hegemónico de la sociedad, ha marcado la historia de esta civilización. De manera que al lado de las confrontaciones en los campos de batalla o en las calles, el lenguaje ha sido el gran escenario en el cual el hombre, como especie, ha librado elevados combates para someter a prueba su propia sensibilidad, su capacidad múltiple y variada para pensar y conocer la realidad de su propio ser y la complejidad de las relaciones que lo circundan. Pensamiento y acción se constituyen así en una dialéctica que se materializa, se expresa y retroalimenta en el lenguaje, en ese don exclusivo y especial que nos distingue y nos subyuga, al mismo tiempo. Desde el lenguaje se expresan tanto las representaciones del poder como las del no-poder. Instrumento para la dominación o la emancipación, código para la manipulación o vehículo para la libertad de expresión, herramienta para legitimar o deslegitimar, sacralizar o desacralizar, creador de ciencias o de gnosis, el lenguaje nace de lo humano y se constituye en él como verdad o como mentira, como dogma y como razón sensible, como esplendor solar, dominante, o como corriente nocturna o subyacente, al igual que las aguas debajo de las hojas.

Para finalizar diremos, entonces, que la literatura emerge como representación simbólica del imaginario humano, del pensar lúdico y subversivo, de la memoria y la otredad, de la alternancia y el testimonio de las travesías e indagaciones del ser en sus propias interioridades y sus circunstancias terrenales y cósmicas, materiales y espirituales. Dos serían los momentos más profundos de la creación literaria: el de la emergencia de la poesía y el de la creación del ensayo. El primero nos aporta la capacidad para la condensación y la resonancia desde una sensibilidad subversiva o de negatividad, como bien la caracteriza Julia Kristeva; y el segundo, el despliegue explícito o implícito, libre y personal del logos, del ejercicio ilimitado, arbitrario, fragmentado, íntimo y profundo del pensamiento. Así como lo han practicado los grandes ensayistas desde Sócrates y Platón, Montaigne y los más contemporáneos, entre los cuales se ubicarían venezolanos como Armando Rojas Guardia y Juan Liscano. De eso se ocupa magistralmente Gustavo Fernández en su libro La corriente nocturna, el cual me he atrevido a ubicar en el marco de estas apretadas anotaciones susceptibles de ser ampliadas en función de abrirle cauces a esta propuesta de diálogo profundo y alentador.

*Palabras de presentación del libro La corriente nocturna, con el que Gustavo Fernández Colón se hizo acreedor del premio de ensayo 2005 de Monte Ávila Editores.

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