literatura venezolana

de hoy y de siempre

Clásicos y románticos. Ensayistas literarios venezolanos del siglo XIX

Gabriel Jiménez Emán

Durante la Colonia, el incipiente panorama literario venezolano estuvo dominado por la presencia de los llamados Cronistas de Indias, provenientes de Europa, quienes llevaron a sus obras, de la manera más fantasiosa, las descripciones acerca del Nuevo mundo. A primera vista se trataba de un lenguaje que presentaba, bajo la forma de una relación minuciosa y objetiva de la geografía las costumbres de los pobladores de América, pero pronto se advierte que esa mirada se encuentra tamizada por el asombro del cronista, al servicio de cualquiera de las Coronas europeas, a medida que se adentraba en el Orbis Novo. Se halla tamizada, digo, por varios conceptos derivados de la Edad media, entre los que se encuentra el de Mirabilia, dominado por la visión de un conjunto de cosas y objetos que dan origen a un universo peculiar, que poco tiene que ver con categorías filosóficas o religiosas, sino más bien con una idea estética integrada por metáforas visuales o por imágenes que tienden a decantar dentro de los orbes sensoriales.

Mirabilia es un elemento del arte medieval que genera el concepto de lo maravilloso, muy distinto del Miraculum cristiano. La sed por lo fantástico y lo maravilloso fue calmada por los hombres del medioevo dirigiendo sus ojos a fuentes ajenas a la Biblia, fundamentalmente a la antigüedad clásica y a la cultura Oriental. Tal concepto fue adoptado por el Occidente medieval, que admira tanto a las mirabilias musulmanas. Las formas islámicas de la arquitectura, por ejemplo, se mezclan a la escenografía gótica y a los temas decorativos de El Corán. Las piedras preciosas, los barcos alados, la vegetación zoomorfa y la naturaleza animada nos hablan claramente acerca del valor de subversión de los órdenes naturales que posee lo maravilloso. Esta es una de las razones que explican, entre otras, que dichas crónicas alcancen el nivel de una literatura artística, la cual superaba muchas veces a las obras escritas en la península ibérica.

Dentro de la rica variedad de obras que tratan sobre Venezuela, resaltan ante todo las obras de José Oviedo y Baños (1671-1738), cuya infancia transcurrió entre Lima y Caracas. Su obra Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela (1723) es probablemente el primer trabajo orgánico publicado sobre nuestro país. Fue editado en Madrid y mereció sucesivas ediciones. También José Luis de Cisneros redactó una Descripción exacta de la Provincia de Venezuela (1764), donde se advierte un expreso afán patriótico que hace pensar que su autor pudo haber nacido en Venezuela, aunque hasta ahora se desconocen los lugares exactos de su nacimiento y muerte. Otras dos obras muy citadas dentro de la bibliografía sobre Venezuela son referidas a la región de Guayana: El Orinoco Ilustrado y defendido (1745) del padre Joseph Gumilla; y dentro de la lengua inglesa el excepcional Discovery of Guiana (1597) de Sir Walter Raleigh. Estas obras ofrecen un completo testimonio de esta tradición de “Viajeros Ilustrados” tan magistralmente consolidada por Alexander Von Humboldt, el más grande geógrafo de su época, que tantas veces se refirió a la tierra venezolana en su monumental Viaje por las regiones equinocciales del Nuevo Continente, realizado en compañía de Aimé Bonpland entre 1799 y 1804.

Sin embargo, estos cronistas no podían calibrar a cabalidad el universo religioso y social de las sociedades indígenas que iban observando. Casi siempre lo hacían desde una perspectiva prejuiciada por el eurocentrismo, la actitud colonizadora y el catolicismo. Tales sociedades indígenas no estaban interesadas en crear una cultura literaria o letrada, sino en construir una cosmovisión que les acercara a la naturaleza, les ayudara a comprender su relación con el paisaje y los fenómenos naturales del medio ambiente. No necesitaron apoyarse en la escritura para desarrollar su peculiar sentido del lenguaje, mejor expresado por ellos en la lengua oral. Con todo, muchos cronistas pudieron arrojar una mirada por lo menos piadosa, sensible, y en algunos casos opuesta al pensamiento de la Corona española. De hecho, no ha sido sino a través de investigaciones contemporáneas, que se han vindicando las lenguas indígenas, para acercarlas a un contexto occidental.

Un poema de Olmedo y la génesis de nuestra crítica

Hubo que esperar el comienzo del siglo XIX para que la literatura como tal se estuviese en- rumbando hacia terrenos más o menos firmes en los poemas juveniles de Andrés Bello como “El Anauco” (1800), “A la vacuna” (1808) y “A la nave” (1808), los cuales podrían considerarse las primeras obras literarias escritas por un venezolano, en un doble sentido: cronológico y de conciencia estética. Luego Bello, en su Alocución a la poesía (1823) y A la agricultura de la zona tórrida (1826) decantaría su tono neoclásico, aunque si vamos a conferir méritos cronológicos al ejercicio literario, tal vez deberíamos comenzar por la traducción que Simón Rodríguez realizó de la novela Atala del escritor francés Chateaubriand. En lo que respecta al tema específico del ensayo crítico, habría que darle la tutoría a Simón Bolívar, cuando en 1825 redacta dos cartas a José Joaquín Olmedo, con motivo de haberle enviado este último su poema “La victoria de Junín”, dado a conocer probablemente en 1823. Bolívar le escribe:

Si yo fuese tan bueno y usted no fuese tan poeta, me avanzaría a creer que usted había querido hacer una parodia de La Ilíada con los héroes de nuestra pobre farsa. Mas no: no lo creo. Usted es poeta y sabe bien, tanto como Bonaparte, que de lo heroico a lo ridículo no hay más que un paso, y que manolo y el Cid son hermanos, aunque hijos de distintos padres. Un americano leerá el poema de usted como un canto de Homero, y un español lo leerá como un canto del Facistol de Boileau (Simón Bolívar. “Carta a Don José Joaquín Olmedo” Fechada en Cuzco el 12 de julio de 1825, Obras Completas, 176-178).

Bello publicó por primera vez su juicio sobre este poema en La Biblioteca Americana en 1823, bajo el título “Noticia sobre la victoria de Junín”, y fue ampliado en 1826 en El Repertorio Americano. Se infiere entonces que Bello no había leído aún la carta que remite Bolívar a Olmedo en 1825, pues no hizo ni siquiera una referencia tangencial a ésta. El juicio de Bello contrasta con el de Bolívar por su mesura y, aun cuando mantiene varias reservas en relación a la estructura del poema y a la heterogeneidad de su tono, resalta en el mismo su armonía, su dicción y su entusiasmo. Sin embargo anota: “No sabemos si hubiera sido conveniente reducir las dimensiones de este bello edificio a menor escala, porque no es natural a los movimientos vehementes del alma, que solos autorizan las libertades de la oda, el durar largo tiempo” (Andrés Bello, “Noticia de la Victoria de Junín. Canto a Bolívar, por José Joaquín Olmedo”, 267).

En la crítica de Bolívar, por contraparte, apenas si se pueden captar unos pocos juicios favorables. Sin embargo, hay que reconocer que la acuciosidad de Bolívar es mayor, por lo cual debemos aceptar su texto como de mayor relevancia para los fines de este trabajo. Vale la pena destacar, además, las dos vertientes críticas de este poema, que probablemente inauguran el ensayo literario en Venezuela en sentido estricto, representativas de las dos tendencias predominantes de entonces, encarnadas en el temperamento romántico de Simón Bolívar y en el mesurado clasicismo de Andrés Bello.

Simón Rodríguez tiene una presencia innegable en la educación literaria de Bolívar, y específicamente en esta respuesta del Libertador a Olmedo. Bolívar se hallaba acompañado entonces en El Cuzco por Simón Rodríguez, y con toda probabilidad acudió a la erudición literaria de su maestro para tejer su atrevida carta a Olmedo. Además, me parece que funciona bien como homenaje al maestro, si pensamos en un fragmento de La forma que se da al discurso (1826) donde se advierte de manera clara el propio discurso de Rodríguez, en el cual maneja varias de sus ideas centrales en lo que concierne al escritor y al lector. Sobre el lector anota este lúcido pensamiento: “El título de lector no se despacha en las Universidades / cada uno lo compra por lo que cuesta el Libro / pero / sea cual fuere el grado de Sensibilidad y el hábito de pensar / el autor espera no haber perdido, del todo, sus esfuerzos.” (Simón Rodríguez, “La forma que se da al discurso”, Obras completas).

Si consideramos que la literatura forma parte esencial de la educación –como era el ideal del humanismo renacentista y debería ser en buena parte ahora– entonces debemos tomar en cuenta la figura de Simón Rodríguez, principalísima en el proceso de formación de nuestras sociedades americanas, que hubieron de tomarle en cuenta en todo momento para mirar dentro del espíritu que se iba conformando en cada uno de sus pueblos. Más que un escritor, Simón Rodríguez fue un “experimentador” (la experiencia le brindaba todos los recursos para transformar la propia experiencia en si misma); así, en este sentido podríamos verlo como a un ensayista, si nos atenemos a la acepción experimental que implica el término ensayo (aunque ahora abunden nuevos dogmas que quieren alejarlo de la crítica, es decir, del ejercicio del criterio), la cual terminó por definir la vocación humanística del maestro del Libertador.

Clásicos y románticos: dos caras de una lucha

Para la fecha de la muerte de Bolívar (1830) el país aún se encontraba asolado por los efectos de la guerra y por la desintegración política que significó la ruptura con Colombia y el fracaso del ideal grancolombiano. Venezuela se halla entonces en una situación dominada por la miseria, donde no se perciben ni siquiera los exiguos frutos de la agricultura y mucho menos unos signos que permitan vislumbrar el funcionamiento de una economía. José Antonio Páez es entonces el máximo comandante militar de Venezuela con capacidad de convocar a un grupo representativo de civiles, militares y empresarios. Algunos de ellos eran personalidades reputadas y se reunían a debatir sobre temas comerciales, políticos y artísticos. Es así como nace la llamada Sociedad Económica de Amigos del País, la cual no hace sino confirmar el estado de deterioro en que se encuentra la nación. Esta Sociedad es la que decide prácticamente toda la actividad comercial y cultural, incluyendo las cátedras universitarias y las imprentas. Pueden dirigir la opinión a través de la prensa y para sus propios intereses, lo cual determinaría una diferencia de proyectos para el ideal común, del que paulatinamente la Sociedad va distanciándose. Tal Sociedad no es tan amiga del país como parece. El gobierno de Páez sirve de modelo perfecto para esta tendencia comercial y económica hasta el año 1835. Luego del alzamiento contra el líder civil José maría Vargas en ese mismo año, Páez vuelve al poder otra vez en 1839 y permanece gobernando hasta 1843, cuando le sucede en el poder el general Carlos Soublette, lo cual no hace sino confirmar la aguda crisis del poder civil y el fracaso de los proyectos económicos que venían tratando de realizarse hasta ese momento. Situación que entroniza a José Tadeo Monagas en el poder y hace claudicar cualquier tentativa de consolidar un pensamiento nacional. Este fenómeno engendra su contraparte: la reflexión heterogénea y diversa acerca de lo que debería ser el país en todos sus órdenes.

Evidentemente, quienes tuvieron la oportunidad de efectuar esta reflexión fueron las mentes despiertas a los diversos fenómenos internacionales, que incidían en el plano político y económico de la naciente “Clase pensante”, identificada para entonces con los círculos universitarios, de letrados o autodidactas, quienes fueron conformando poco a poco lo que bien pudiera llamarse un pensamiento nacional, el cual se vio penetrado principalmente por la bipolaridad del esquema Liberales/Conservadores. En él se destacan los ribetes del pensamiento peninsular, o por el contrario se percibía una reacción contra cualquier exotismo español o francés, en aras de un nacionalismo excluyente. Ello marcaría, a la postre, el movimiento naturalista o criollista en la literatura a finales de ese siglo XIX y de principios del siglo XX.

Gobernantes  y  líderes  como  Antonio  Leocadio  guzmán,  José  María  Vargas,  Tomás  Lander  y Santos Michelena (este último un pionero de la ciencia económica), ofrecen diagnósticos, proyectos e ideas donde pueden basarse los primeros esbozos acerca del trabajo, la sociedad, la economía y las leyes. Pero no son sólo los dirigentes políticos quienes asumen estos roles; también son los escritores, poetas y novelistas quienes se lanzan a la palestra a hacer sus aportes a través de los periódicos y el ejercicio diplomático. Por supuesto, para entonces la palabra “escritor” no tenía un significado de independencia profesional, ni siquiera se consideraba un oficio. La imagen del escritor estaba más relacionada con la del letrado, es decir, con la figura del humanista clásico de la Europa de la Ilustración, que luego genera su antítesis: la del poeta romántico al modo de Lord Byron. Tomando en cuenta estos parámetros se le ha llamado a Bello “el Goethe de América”, mientras que a Byron se le identificó con el espíritu aventurero de Simón Bolívar.

En un período posterior del Clasicismo y el Romanticismo, tenemos que la sobriedad académica de un Rafael María Baralt contrasta, por ejemplo, con la beligerancia polémica de un Juan Vicente González. Pero esencialmente estos hombres no estaban empeñados en ser escritores, sino en definir los sentidos de nacionalidad de un país, en caracterizar sus instituciones sociales y sus normas jurídicas y administrativas. Los casos de Fermín Toro y Cecilio Acosta son elocuentes en este sentido. Ambos poseen un evidente vuelo literario, pero son resueltamente discretos en el momento de mostrarlo. Si deciden publicar una pieza literaria, lo hacen en tono menor y como disculpándose con el lector. Existen diferencias notables entre ellos: Toro fue un autor más prolijo literariamente y más arriesgado que Acosta. Por esta razón me ocuparé más adelante, y por separado, de cada uno de ellos, comenzando por los de la generación de los nacidos a principios del siglo diecinueve, como Juan Vicente González, Rafael María Baralt, Felipe Larrazábal y Cecilio Acosta, pero haciendo hincapié, naturalmente, en su obra de literatos, basándome en las dos tendencias medulares que he utilizado para presentar este trabajo.

Evidentemente, existen matices en cada uno de los autores que los inclinan más hacia determinada tendencia. En los años finales del siglo estudiado, la tendencia romántica y la clásica declinan como tales para dar paso a la crónica de costumbres, al cuadro local con tintes criollistas. Sin embargo, el tono clásico se mantiene cuando se trata de hacer estudios literarios o filológicos. Entran aquí autores tan dispares como Arístides Rojas, Amenodoro Urdaneta o marco Antonio Saluzzo, de una generación que podría llamarse intermedia, y después, al final del siglo, autores como Julio Calcaño y Felipe Tejera diferían ya de poetas como Juan Antonio Pérez Bonalde. En este caso, es ilustrativa la polémica sostenida entre tejera y Pérez Bonalde, a propósito de las funciones religiosas y éticas en la poesía, donde Calcaño participó tangencial- mente. Ya sabemos que Pérez Bonalde representa el gran repunte del romanticismo venezolano en lo que se refiere a poesía, es él quien da un vuelco a las estructuras formales de nuestra lírica, para señalar el mejor momento de nuestro neorromanticismo, con ecos de un simbolismo que había heredado de autores como Edgar Allan Poe y Heinrich Heine, más que de un Romanticismo a la española.

Pérez Bonalde se muestra en desacuerdo con los juicios anotados por Tejera en sus Perfiles venezolanos, en una polémica que comentaré más adelante. Ya al final del siglo se impone el pensamiento positivista reflejado en las obras de Manuel Fombona Palacio, José gil Fortoul y Luis López Méndez. El caso de López Méndez ilustra, mejor que ninguno, la vitalidad del positivismo, en una breve existencia de 28 años que no alcanzó a cruzar la barrera del siglo venidero.

El periodismo y la gramática en los albores del siglo XIX

Un autor que prefiguró el periodismo y los estudios de la lengua en Venezuela fue José Luis Ramos (1785-1849), contemporáneo de Simón Rodríguez (1771-1854) y Simón Bolívar (1783- 1830). Al trabajar como redactor en El correo del Orinoco en 1822, Ramos ya está en el naci- miento de nuestro periodismo, y al fundar la revista La Guirnalda en 1839 está fundando la primera revista literaria venezolana. En periódicos publicó el Silabario de la lengua española y su famosa Disertación acerca del verso endecasílabo castellano, en los cuales revela su amplia cultura clásica. Es un nombre que debe tomarse en cuenta cuando se estudia este período inicial, dominado por las figuras de Bello y Baralt.

La figura de Andrés Bello (1781-1865) aparece signando el horizonte clásico. Universalidad, espíritu ecumenista, dominio de los temas de la antigüedad grecolatina, sobriedad y concisión se hallan guiados por un arte de la mesura, de la armonía lingüística. Además, Bello fraguó una inmensa obra de jurista, exploró las leyes internas que rigen el funcionamiento del idioma y pautó en América la primera Gramática (1847) del castellano. Todo ello lo convirtió en un humanista de rango universal, que a través de obstinados estudios en Londres, Francia y Chile, logra consumar uno de los aportes más significativos de toda la prosa hispanoamericana. En este sentido su prosa puede considerarse, con la de Rafael maría Baralt (1810-1960), la más armónica y equilibrada que conozca la literatura venezolana del período neoclásico.

En el aparte estrictamente dedicado al ensayo literario, Bello aborda en sus ensayos literarios y críticos escritos sobre el autor Alberto Lista y Aragón, a los autores clásicos de la literatura europea. Otro ejemplo es el libro de P.F. Tissot, Estudios sobre Virgilio, presentado en dos tomos y publicada en París en 1825, donde Bello aprovecha para remarcar su admiración hacia el gran poeta latino. En ambos comentarios, Bello realiza una suerte de crítica de la crítica, con la me- sura y ponderación que le caracterizan.

Por su parte, Rafael maría Baralt fue el otro polo del clasicismo en quien brilló más el arte del estilo. En su prosa –más que en su poesía– Baralt nos legó piezas que están consideradas hitos del castellano, especialmente su Discurso de incorporación a la Academia Española (fue el primer miembro hispanoamericano en ingresar a esta institución); una pieza que, aun cuando está centrada en hacer un alegato sobre la obra de Donoso Cortés, roza conceptos vitales de la literatura castellana, aunque a veces el discurso se ve afectado por el purismo, u otros prejuicios latentes. En cambio, en el discurso pronunciado en Madrid en 1847 sobre Chateaubriand y sus obras, se ad- vierte un tono más libre, más inspirado: se permite culminar su discurso con palabras como: “La unidad en la diversidad es la ley del mundo, la ley de la inteligencia, y acaso también el secreto de la belleza de Dios” (Rafael maría Baralt, “Chateaubriand y sus obras”, 162-178).

Baralt llega a España en 1842, donde habría de permanecer hasta su muerte en 1860. Cuenta 32 años y ya ha publicado el año anterior su monumental Historia de Venezuela en tres tomos. A la vez, cuestiona la orientación renovadora de Andrés Bello, y en ese proceso van a surgir el Diccionario matriz de la lengua española y el Diccionario de Galicismos. Combate la influencia francesa en la literatura, para internarse en la tendencia neoclásica del castellano, muy visible en su Historia de Venezuela, tenida como un ejemplo elocuente de la prosa histórica, sin desperdicios verbales.

Baralt prefirió en sus poemas los temas épicos, y es posible que esta tendencia a objetivar –propia del historiador y del pensador– haya atildado aún más su expresión, llevándola a un estado de fría limpidez. Fue un autor con una noción clara del “estilo” personal de cada escritor; acaso haya querido hacer suya hasta las últimas consecuencias la máxima que nos dice que el estilo es el hombre.

Sólo desde un punto de vista documental sería justo citar, a manera de dato, la figura de un editor muy importante de entonces, Valentín Espinal (1803-1866), impresor que jugó un papel notable en su época. Había aprendido su arte en Caracas en el taller de Juan Gutiérrez Díaz. Desde 1823 comienza a editar periódicos, revistas, libros, folletos y hojas sueltas. Editó el Breve diccionario de sinónimos de la lengua castellana (1828) de José López de la Huerta; el Derecho de Jentes (1837) de Andrés Bello; el Manual o compendio de cirugía (1842) de José maría Vargas; editó y prologó el Almacén de los niños (1842) de madame Beaumont, elogiado por Agustín millares Carlo. Realizó estudios preliminares a varias ediciones de la Gramática castellana (1848) de Andrés Bello. Espinal apoyó la candidatura de José maría Vargas a la Presidencia de la República y hubo de abandonar el país por motivos políticos. En el exilio escribió su Diario del desterrado (1861-1863), documento esencial para la comprensión de su época. Viajó por Europa y regresó a Caracas en 1863; aquí escribe un informe importante sobre la educación pública en el país y un discurso dirigido a José Tadeo Monagas donde aboga por la amnistía y la paz, publicado con el título de El brindis de Valentín Espinal en el banquete del 30 de abril de 1855. Su labor de impresor y tipógrafo se extendió a varias generaciones y su obra como exegeta de Bello posee un valor innegable.

Juan Vicente González, romántico y liberal

Durante la década que parte de 1840, Antonio Leocadio guzmán fundó, junto a Juan Vicente González (1810-1866), la Sociedad Liberal de Caracas. Colabora, como él, en el periódico “El Venezolano”, que sirvió de vehículo a las ideas del liberalismo. Luego González rompe con Guzmán y enfila sus baterías contra él. En una actitud de conservadurismo expresada de manera muy ambigua, a través de lo que mariano Picón Salas llama “un fervoroso catolicismo poético”, sustituye la adusta teología de otros tiempos. Es tan ambigua la posición de González, que ello le hace decir a Picón Salas que éste “no tiene perspectiva, tiene espesor y profanidad, es un romántico”.

Por el año 1840, González estaba colaborando con el periódico “El Venezolano”, del cual se retira, una vez se define el programa de Guzmán como instrumento de “vulgarizar los rudimentos de la política o de nivelar la democracia”, como había dicho Gil Fortoul, lo cual choca con los cepos de su personalidad creadora, donde se perciben ecos grecolatinos y franceses, pero que tienen mucho de ágil y se prestan a los juegos audaces de la parodia. Con este mismo ímpetu, González practica el periodismo y escribe los famosos editoriales de “El Heraldo”, las cuales fundan, en cierto modo, nuestro nacionalismo literario, entendido éste como un diálogo muy vivaz y siempre muy didáctico con la historia reciente del país, tal como ocurre con la Biografía de José Félix Ribas, crónica con logros extraordinarios de prosa novelesca. Está presente en este libro el germen de lo que más tarde Tosta García y Eduardo Blanco –narradores épicos– aspirarán en sus obras: cumplir la gesta heroica del país.

Cecilio Acosta y la pasión por la verdad

Cercano a Juan Vicente González por su modesta extracción social y por la serie de penurias materiales que sufrió, Cecilio Acosta (1818-1881) consignó uno de los movimientos espirituales de Venezuela por excelencia. Tal excelencia va emparentada a la discreción, a un hacer en voz baja, a la realización de un ideal donde los conceptos de fe y religiosidad, aunados al sentimiento estético y literario, configuran uno de los caracteres donde mejor se define la nacionalidad. Esta nacionalidad nada tiene que ver con demagógicos despliegues de nacionalismo, de enarbolar banderas en efemérides patrióticas. Tiene que ver, ante todo, con el compromiso hacia el difícil tiempo que les tocó vivir a estos humanistas, a quienes no vacilamos en calificar de héroes civiles. ¿Con qué elementos podría refundirse un espíritu de preservación en el país, si no tomamos en cuenta el trazo nítido y fiel a un ideal, de las vidas de estos héroes civiles?

Con Cecilio Acosta se cierra una elipse, en el siglo XIX, de ciertos símbolos de humanidad y compromiso. Se sabe que Acosta compuso versos “a manera de pasatiempo”; su elección primordial se dirigió a los acontecimientos políticos, económicos y legislativos, aunque sin olvidar su natural disposición a las letras. En un discurso suyo pronunciado en 1869 –al concluir un certamen literario celebrado en el Senado, y promovido por la Escuela de Bellas Artes de Ca- racas– dice Acosta, contestando a la Real Academia Española por haberle nombrado miembro de esa institución:

Las letras lo son todo. Las letras viajan, son la luz que inunda en un instante el espacio y lo colora, la arista que lleva el grano de la idea y que es arrebatada por el viento de las edades, para llevar a todas partes germen, árbol, flor, frutos. Las letras crean: Homero ha dado origen a mundos que él no soñó y que hoy ruedan en el vacío de la gloria (…) ¿Qué queda de Roma? –Sus libros. ¿Qué de la Edad media? –Sus crónicas. ¿Qué del siglo XV? –El Renacimiento. ¿Qué de la edad horrible de César Borgia? –Maquiavelo. ¿Qué de la Italia humillada del siglo XVI? –Ariosto y Tasso (Acosta 1982).

En 1831, cuando la familia Acosta llega a Caracas, el joven debe someterse desde entonces a la carestía material, en una de las épocas más agitadas de la historia de Venezuela. Pero su férrea vocación por lo justo y lo digno le forjan el temple. Ya Nariano Fortique había aconsejado al joven Cecilio, orientándolo en lo concerniente a religiosidad. En sus cartas, conversaciones, artículos de prensa, en periódicos como “La Época” y “El Centinela de la Patria” (1847) hace de sus escritos una suerte de cátedra diaria o de “libro del pueblo”, como una vez lo llamó él mismo. Se ocupó entonces de que sus ideas fuesen claras, precisas, que revelaran algo al difícil momento histórico de entonces. Aunque marginado de los gobernantes de su tiempo, el presidente Guzmán Blanco lo llama en 1872 a formar parte de la Comisión Codificadora, pero sin ser valorado aún en su justa dimensión. Acosta termina por aislarse en su casa. José Martí le conoció y le admiró, de tal modo percibió en él las aspiraciones de Venezuela.

Una de las piezas epistolares más importantes del siglo XIX la constituye Cosas sabidas y por saberse (1856), donde Acosta analiza la situación de Venezuela, contextualizándola en el plano internacional, válida en buena parte para el momento actual:

Si el hombre no está en contacto con el hombre, y la humanidad con la naturaleza, su patrimonio y su regalo, la felicidad pública es una esperanza que se sueña, pero no una realidad que se posee. En la sociedad no importa tanto el número que se cuenta, cuando el número que tiene la capacidad y los medios para el trabajo (…) La luz va y viene, la vida es derecho, la palabra vínculo de unión, todas las almas se hacen una sola alma, todos los pensamientos un solo pensamiento. (Acosta 1908-1909).

Con similar claridad nos habla de los partidos políticos. Muchos de los vicios que señala entonces en ellos son perfectamente aplicables a los de hoy día:

Estas observaciones generales, nacidas de la propia ley del desenvolvimiento y de la marcha del mundo social, fue menester hacerles preceder a la materia de los partidos políticos que encabeza este artículo, porque no deja de ser común en ellos, mayormente en algunas partes de nuestra querida América, el abuso que hacen de su triunfo y preponderancia algunas veces, y otras su posición, su número o la perversión de las ideas en las multitudes (Acosta 1982).

Con bastante frecuencia se le hizo saber a Cecilio Acosta que el ejercicio de la poesía no era bien visto en un hombre de leyes, ponderado y lógico. Sin embargo, en el discurso que el escritor pronunció al concluir el certamen antes mencionado, conocido con el título de Las letras lo son todo, Acosta realiza una admirable defensa de la literatura. Otro ejemplo de ensayo brillante de Acosta es su trabajo titulado Influencia del elemento histórico y político en la literatura dramática y en la novela. No han sido muy frecuentes en la literatura venezolana las alusiones a la producción dramática; esta referencia de Acosta resulta una de las más completas que se hayan realizado: encontramos aquí referencias al teatro español y francés, amenamente entretejidas. En lo que toca a novela, son profusas las referencias a Cervantes, Walter Scott y Luis Vélez de Guevara.

Tendencias dominantes en las últimas décadas del siglo XIX

Si hacemos hincapié en tendencias, vemos cómo en un autor como Felipe Larrazábal (1816- 1873), se observa una inclinación al humanismo, expresada en su obra musical y literaria. Tanto en artículos, ensayos o estudios, Larrazábal revela un claro dominio de los temas clásicos y una predilección por los autores anglosajones. En su ensayo sobre John Milton se aproxima con especial lucidez no sólo a la obra del gran poeta inglés, sino que contextualiza con destreza a diferentes autores coetáneos de Milton, y los relaciona con los procesos históricos del siglo XVII, en un texto que funciona perfectamente dentro del ámbito de la semblanza, de un estilo que armoniza personalidad y escritura, biografía y poesía. Habrá que tomar en cuenta tales estudios de Larrazábal sobre los autores ingleses para poder percatarse de su inmensa cultura literaria, la cual con seguridad le ayudó a finar mejor su temple de músico culto.

El caso de Amenodoro Urdaneta (1829-1905) es completamente distinto. En él la preocupación estética está por momentos subsumida en consideraciones religiosas, como puede observarse en sus tratados sobre la fe y sobre la revolución religiosa de Castelar. Efectos más liberados de esta influencia logra en sus libros dirigidos a los niños, donde confiere un carácter didáctico de importancia a la lectura infantil. También se preocupó por los aspectos formales de la gramática; pero su contribución más importante en el campo del ensayo crítico es sin duda Cervantes y la crítica (1877), un libro atípico en el panorama interpretativo de su tiempo; primero por su exhaustividad y luego por el extraordinario talante de su prosa en el momento de tratar a un autor tan complejo como Cervantes. No había aparecido hasta entonces en la literatura venezolana un estudio tan ambicioso en sus dimensiones formales como éste de Urdaneta, ni de tanta perspicacia en el momento de abordar a un autor tan universal.

En cambio, la preocupación formal de marco Antonio Saluzzo (1834-1912) parece ser la literatura hebrea –a la que dedicó dos libros panorámicos– aunque su prosa toma mejores caminos cuando aborda autores griegos y latinos de la antigüedad clásica. Su libro Los tres máximos oradores griegos (1897) así lo demuestra, especialmente en el capítulo dedicado a Pericles. Pero también era capaz de considerar a los autores venezolanos, escribiendo sobre Venezuela heroica, la célebre gesta de nuestro Eduardo Blanco. En su libro Estudios literarios van incluidos varios ensayos sobre autores nacionales.

Esta tendencia a historiar las literaturas extranjeras era muy propia del ensayo crítico de entonces, que recibía el influjo del enciclopedismo francés –como ocurre por ejemplo con Enrique Tejera– y al parecer dotaba de cierta reputación a sus autores, además de servir como referencia en escuelas y en los incipientes centros de estudio de la época. En el Manual de literatura (1891) y en la Historia de la literatura española (1915) de Felipe tejera (1846-1924), puede advertirse este sesgo, el cual llevó quizá a extremos en sus Perfiles venezolanos (1881), obra que tantos opositores tuvo, por adaptarse a una forma reducida y en muchos momentos simplista acerca de los autores que trataba. El primer detractor de Perfiles venezolanos fue el poeta Juan Antonio Pérez Bonalde, quien lo consideraba pomposo, altisonante y parcializado hacia la tendencia criollista, de un nacionalismo desusado, donde además se asoma el hecho de que el escritor “debe” acercarse a la religiosidad o a Dios para lograr un eco trascendente, cuestión que molestó a Pérez Bonalde, quien abogaba por una poesía escéptica, por demás tan propia de los poetas románticos franceses y alemanes de entonces, principalmente de Heinrich Heine, a quien Pérez Bonalde tradujo y admiró tanto.

Este nuevo romanticismo representado por Pérez Bonalde constituyó a la vez uno de los rasgos de la modernidad, y terminó por darle la razón a éste en la disputa con Tejera. El crítico Julio Planchart cree que ambos escritores incurrieron en deslices personales y terminaron por olvidar el tema central de la discusión, que era el de la religiosidad y de las tendencias científicas modernas, cuando se acercan al fenómeno poético. Llegaron a puntos tan coléricos, que tejera terminó por aplazar su proyecto de escribir otros dos tomos de Perfiles venezolanos, cuya utilidad referencial, ciertamente, pudo haber sido dudosa. El escritor colombiano miguel Antonio Caro participó en la polémica, buscando pretextos para desarrollar sus ideas personales acerca de la religiosidad y el idealismo en el arte, llegando a afirmar en una ocasión que “todo ideal en sí mismo es superior a la materia, y supone en quien lo concibe una tendencia ascendente, una aspiración a lo infinito”, tal como cita Planchart (miguel Antonio Caro, citado por Julio Planchart en la obra Temas críticos; la primera edición de este libro data de 1948). En cierto modo, Caro ayudó a neutralizar la discusión entre los dos escritores venezolanos.

Manuel Fombona Palacio (1857-1903) combinó sus preocupaciones por las leyes con las preocupaciones literarias; fue dueño de una especial sensibilidad para acercarse a cada género en particular; en poesía se aproxima a los autores neoclásicos y también investiga en sus ensayos de interpretación a los escritores españoles y americanos del clasicismo. En sus Discursos se puede percibir esta pasión que llega incluso hasta escritores de la antigüedad, como Homero, para acercarse luego a escritores hispanoamericanos.

Tendencias positivistas

En escritores como Lisandro Alvarado (1858-1929), tenemos un ejemplo de la actitud del positivismo, cuando se observan la naturaleza y los fenómenos del lenguaje, y se investiga sobre el folklore y la antropología; aun cuando en una primera instancia es empírico, intenta ser después objetivo, en la medida en que se vale de un método más científico para demostrar una teoría. En la valoración del fenómeno literario, Alvarado se vale del “olfato” del humanismo, para acercar- se a autores de todas las tendencias y épocas. Otros trabajos de Alvarado sobre Cecilio Acosta y Carlos Borges merecen el calificativo de magníficos, pues condensan con agudeza y sin ninguna retórica el espíritu de estos dos grandes humanistas.

En las postrimerías del siglo XIX la tendencia positivista comienza a afirmarse con fuerza en escritores como gil Fortoul, Luis López Méndez y César Zumeta. En una glosa que realiza sobre “Un discurso del Dr. Eduardo Calcaño”, Luis López Méndez ataca sin ambages el estilo académico de Calcaño, quien de paso se escuda en ideas religiosas para la poesía, y en hacerlas pasar por trascendentes. De la misma forma, va contra el estilo de los diccionarios, como el del publicado en París por J. Domingo Cortés, donde éste afirma que José Antonio Calcaño es “el poeta lírico que más ha descollado en Venezuela”, pasando a compararlo con otros poetas venezolanos como miguel Sánchez Pesquera, Jacinto Gutiérrez Coll y Juan Antonio Pérez Bonalde. Asimismo, le dedica juicios atinados a la obra de Juan Vicente González como prosista.

José gil Fortoul (1861-1943), historiador por antonomasia, posee también tino para el juicio literario, como lo demuestra en el prólogo al libro de cuentos La balada de los muertos de Luis López Méndez. Aquí se esmera por ilustrar la notable trayectoria de este escritor venezolano que, con solo 28 años de edad, logró forjar una interesante obra de ficción, una clara conciencia crítica para mirar la literatura de su tiempo, y además de ello llevar a cabo una carrera diplomática brillante, a la par de una obra de reflexión política que había comenzado desde su participación en la famosa Sociedad de Amigos del Saber, en 1883.

Gil Fortoul se sitúa en la incómoda frontera del siglo XIX y del XX, abocado ante todo a historiar, pero con un innegable sentido para observar las distintas manifestaciones de la cultura y el pensamiento. Su obra, como la de Julio Calcaño y César Zumeta, busca mejor ubicación en los albores del siglo XX, aunque manteniendo con el siglo XIX un diálogo natural.

En 1903, la revista El Cojo Ilustrado abrió un concurso literario en los géneros de poesía, cuento y crítica. Gil Fortoul envió un breve ensayo titulado “Literatura venezolana” que resultó ganador del certamen en el último renglón, y es muy apropiado para ilustrar la tendencia valorativa del positivismo. En alguna parte de su escrito, gil Fortoul recalca, por ejemplo, su diferencia con Rufino Blanco Fombona en los siguientes términos: “Cuando se trata de juzgar libros y escuelas, nuestros respectivos estilos literarios nos llevan por caminos diferentes” (José gil Fortoul, “Literatura venezolana” En: El Cojo Ilustrado, Caracas, 1903).

César Zumeta (1863-1955) y Julio Calcaño (1840-1918) también pueden considerarse escrito- res del siglo XX, pues en éste alcanzaron su madurez expresiva. Zumeta se dedicó más a la re- flexión histórica y política, y pudiera decirse que es el pensador más notable acerca de los temas que atañen al destino histórico de los pueblos americanos, como puede estimarse en su libro El continente enfermo (1899); su reflexión sobre este particular se continúa en obras como La ley del cabestro (1902). Pero el contexto histórico de estas obras es el del siglo anterior. Ya avanzado el siglo XX, sus obras comienzan a adquirir connotaciones diferentes, como las observables en Las potencias y su intervención en Hispanoamérica (1963) y Tiempo de América y Europa (1962). Según Picón Salas, la personalidad de Zumeta “abrió camino al movimiento modernista, al cosmopolitismo y a la preocupación artística que se observará en nuestra literatura después del año 1890” (mariano Picón Salas, “Proceso del pensamiento venezolano”. En: Gabriel Jiménez Emán: 379- 390), cuestión visible en un libro suyo publicado en el último año del siglo XIX, Escrituras y lecturas, en el cual trata autores como Leopardi y los hermanos Goncourt.

Un artículo crítico de Luis López Méndez sobre Juan Vicente González, publicado en 1866, es un ejemplo elocuente de cómo se va alejando el sesgo impresionista de la apreciación literaria, para entrar en un terreno más firme de la valoración objetiva de una obra, donde López Méndez se atreve a calificar las poesías de González de “pobres y descuidadas”, mientras que cuando entra a hablar sobre obras de tema religioso –como el Jesucristo de Ernesto Renán– se sitúa en un punto muy preciso. Observa también en González, cuando habla de Leopardi, que imita a Lamartine cuando usa calificativos como el de “fealdad resplandeciente”. No olvidemos tampoco las consideraciones de López Méndez sobre el Discurso de Eduardo Calcaño, al que acusa de poseer “un cuerpo en que sólo se alberga el espíritu del pasado” (Luis López Méndez 1892). Todo ello bastaría para encauzar la obra crítica de López Méndez hacia un horizonte de modernidad.

Más afincada en la tradición literaria y lingüística está la obra de Julio Calcaño, quien publicó su importante estudio El castellano en Venezuela en 1897 y una Reseña histórica de la literatura venezolana para un compendio titulado La América literaria en 1888. También publicó cuentos y novelas al iniciarse el siglo XX, pero sus aportes principales se encuentran en la prosa de interpretación, detectables en su ensayo Tres poetas pesimistas del siglo XIX, donde da muestras evidentes de un conocimiento profundo del tema del pesimismo en Byron, Shelley y Leopardi. El ensayo dedicado a Shelley es probablemente el más completo de cuantos se hayan escrito en Venezuela sobre el mayor poeta del romanticismo inglés, y valora de manera admirable –histórica, estética y vital– una sensibilidad clave para entender a carta cabal las prefiguraciones del romanticismo en el espíritu moderno de nuestros tiempos.

Entrada al siglo XX

En los primeros ensayos escritos en el siglo XX en Venezuela, se puede percibir ya una nueva voluntad de interpretación presente sobre todo en autores del modernismo como Manuel Díaz Rodríguez, Pedro Emilio Coll y Rufino Blanco Fombona, y en otras tendencias americanistas representadas en autores como Pedro César Dominici, Santiago Key-Ayala y Luis Correa. Y luego, en una acepción más moderna, tenemos los intentos de crítica sistemática de Julio Planchart y el desenfado y la lucidez de Jesús Semprum, quien le dio un giro al ensayo crítico desde la forma breve. En fin, ya hemos entrado al siglo XX, aunque siempre arrojando una nueva mirada hacia el siglo precedente.

El ensayo en todas sus vertientes –literario, histórico, político– fue la forma más lograda, en el siglo XIX, de expresar las preocupaciones sociales e intelectuales de Venezuela en tiempos de una definición nacional extremadamente difícil, que nos ha sido legada, hoy por hoy, como una manera de abrirnos hacia una vasta reflexión, una meditación donde no pueden estar ausentes los fenómenos de la historia y de la cultura. Y en el centro de ellos, como un puente que une a dos grandes ríos, el diálogo infinito de la literatura.

Bibliografía

Acosta, Cecilio (1908-1909): Obras. Caracas: Empresa El Cojo.

                               (1982): “Las letras lo son todo”. Obras completas. Caracas: La Casa de Bello, tomo 2.

                               (1982): “Cosas sabidas y por saberse”. Obras completas. Caracas: La Casa de Bello, tomo 2.

Baralt,  Rafael  maría  (1963):  “Chateaubriand  y  sus  obras”  En:  Rafael  María  Baralt,  Caracas: Colección Clásicos Venezolanos de la Academia Nacional de la Lengua: 162-178.

Bello, Andrés (1985): Obra literaria. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho.

Bolívar, Simón (1992): Obras completas. Madrid: Maveco de Ediciones, vol. III.

Blanco   Fombona,  Rufino  (1903/1957):  “Literatura  venezolana”.  El  Cojo  Ilustrado.  Caracas, 1903. Incluido también en el libro Páginas de ayer. Caracas: ministerio de Educación, 1957.

Gil Fortoul, José (1903): “Literatura venezolana”, en: El Cojo Ilustrado. Caracas.

Jiménez Emán, Gabriel (1988-1991): El ensayo literario en Venezuela. Compilación, prólogo y notas de Gabriel Jiménez Emán. Caracas: Ediciones La Casa de Bello, Colección Zona tórrida.

López Méndez, Luis (1892): Mosaico de política y literatura. Liverpool: Philip, Son & Nephew, South Castle Street.

Picón Salas, Mariano (1921): “Prólogo” a Páginas escogidas de Juan Vicente González. Caracas: Manrique & Ramírez Ángel Editores.

Planchart, Julio (1941/1984): “Felipe tejera”, diciembre de 1941. Incluido en el libro Críticos venezolanos (desde Bolívar a Jesús Semprum). Prólogo de Pedro grases. Caracas: Fundación de Promoción cultural de Venezuela, 1984.

Planchart, Julio (1972): Temas críticos. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República.

Rodríguez, Simón (1981): Obras completas, Caracas: Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez.

*Fuente: Revista Nuestra América. Agosto-diciembre 2007. Pp. 75-92.

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