literatura venezolana

de hoy y de siempre

Elías David Curiel: psiquismo y nocturnidad

Gabriel Jiménez Emán

Elías David Curiel publicó sus primeros poemas en revistas locales del estado Falcón, en cuya capital, Coro, nació en 1871 en el seno de una familia de origen sefardí, para después buscar lugar en revistas nacionales como “El Cojo Ilustrado”, la famosa publicación caraqueña que constituyó la revista literaria venezolana más importante de su tiempo. Otros poemas fueron recogidos en un volumen preparado por Luis Arturo Domínguez titulado Poemas en flor, lo cual desea indicar que fueron poemas nacientes; de aquí surgirá esa  “forma iluminada por la idea”, como anota el escritor en el verso final del poema “Invocación”.

Vemos de seguidas unos textos marcados por el fluir o el deambular, como en “Nébula”: “Mil fragmentos de caótica substancia flotan, bullen y fermentan en mi espíritu; / nebulosas de emociones y de ideas / impregnadas en el cósmico fluido.” Más adelante nos hallamos con el elemento señalado antes: “Un idioma en que las frases tracen curvas de colores y sonidos / describieran su espiral las concepciones / que fermentan en el caos de mi espíritu.” Vemos luego cómo se revelan los rasgos fragmentarios y quebrados del estilo: “Sin luz, sin emoción y sin idea / nocturnamente silenciosa,  el alma / el sello de su gris y muda calma / en sus creaciones imprimir desea.” Texto que posiblemente funcione en este caso como una Ars Póetica.

En su primer poema extenso, “Toda el alma”, Curiel revela su identidad con el mal, con las fuerzas oscuras de iniciación al vicio que fueron impronta de su mundo poético:

Humilde vianda que el sudor no riega

       como una salsa de oloroso aliño,

       mi hambre de festín nunca sosiega,

       como escaso pezón goloso niño.

Todos los cuartetos de este poema van en este sentido del espíritu puesto en el errar, en la imprevisión, en la negativa de ceñirse a lo apolíneo, en una certera declaración de principios:

Las obras de arte ni el ambiente clima

       dan a mi numen el propicio medio

       de respirar oxígeno de rima

       en la asfixiante atmósfera del tedio.

       No me blasona la apolínea palma

       de secular dominación emblema

       y cuando rimo en mi poema el alma

       nunca armoniza el alma en el poema.

Lo resaltante en un primer momento en Curiel es la coherencia de visión, su fidelidad al ideal de verdad en la belleza que persigue, y cómo lo va mostrando en estos primeros poemas donde se presentan orgías, brindis, sensaciones e insomnios de manera persistente, lo cual será definitorio para el mundo del poeta. Los ejemplos serían interminables. En “La tristeza de la carne” leemos: “Amo la carne sosa / del mal velado seno, / y el poema que ritman / las curvas en el cuerpo / Y esos amores hijos / del insaciado anhelo / cruzan mis noches largas / en las horas del tedio.”

En textos como “Sensación”, “Fiat”, “Alma insomne”, “Alma adolescente”, “El alma del mundo”, “Rima” y “Minuto de eternidad” están presentes estos elementos del amor idealizado, sensaciones, sexo y sentidos insaciados: con frecuencia el espacio sideral –más que el espacio natural terrestre–  son fuente de inspiración, así como la imagen de la mujer en la que todo fluye, y de la cual no están exentos los elementos escatológicos (“Necrogenia”), el amor báquico, teñidos de un color rosa pálido. Pudiéramos decir que el poeta acude a la mayor variedad de  imágenes posibles para enriquecer sus visiones.

Otro de los recursos implícitos utilizados por Curiel es la música, la cual se presenta bajo las formas más variadas; a menudo se trata de una música encantatoria que se alía a los aromas y a los devaneos de la mente, en medio del silencio. Podemos hallar aquí, por ejemplo, la presencia de Richard Wagner (“Wagneriana”) o de su amigo personal Antonio Smith (“Smithiana”), en algunos de los cuales leemos:

       Y en música las emociones

       que sentirán los corazones

       de la futura humanidad:

       remota humanidad que encierra

       en los ovarios de la tierra

       la preexistente eternidad.”

Demás está decir que dentro de este espíritu de música, sensaciones y experiencias sensibles o placeres mórbidos, campea una filosofía de la vida; filosofía que se expresa con la cercanía de la mujer (“A una adolescente”, “A una desconocida”, “Eros”) donde pueden ser innumerables los ejemplos; referencias a la mujer transmutados en goce, sueño, ideal, amor dulzura, depositarias de una imaginación afantasmada, astral, que convierte a Curiel en creador de un mundo diferenciado del resto de otros poetas venezolanos contemporáneos suyos, por tratarse de un modernismo propio, vivo, no imitativo, que lo lleva a escribir:

No imagino griegas diosas al soñante

       sino solo la verdad de tu belleza

       no la inerte curva rítmica del Arte;

       sino una Alma que creó Naturaleza

 

El alma nocturnal

El Alma en Curiel siempre está en mayúsculas, pues es el centro de su poesía, si ello pudiera decirse de este modo. Diríamos también que Curiel es un poeta lunar, un poeta nocturno. El poema “Mal de luna” da perfecta cuenta de ello, a tal punto la luna ilumina la oscuridad hasta hacerla blanca. Vemos estos versos: 

Blanca noche. Me enfermo de mal de luna. Un prado. Surtidores.

                                               (…)

            En el claro ambiente del jardín que aroma

            el claro de luna, calla ella y él

                                   (…)

            Momo, Pierrot, Colombina

            y el Marqués marchan por una

            arboleda granadina

            plateada por la luna.

En el volumen agrupado bajo el título Poemas en flor están bien definidos los elementos que van a formar parte del mundo de Curiel, y serán llevados a un punto todavía más ceñido (y más ambicioso formalmente) en la colección titulada Música astral, donde el poeta consigna una suerte de teoría de las visiones; es decir, intenta conceptualizar en verso los principios que mueven su poética, pudiendo aplicar estos corolarios a buena parte de su obra. Es complejo tal proceso, donde se poetiza a la vez que se piensa, o donde –si se lo prefiere– se piensa poéticamente. En el poema que lleva este título nos encontramos con seis tercetos donde se expone lo que es para él el canto, la mente, el cuerpo y el alma en el instante de articular la palabra; mientras que en el texto de “Desorientación” se alude a la errancia y trashumancia ya señalada.

En “El canto de la noche” advertimos un amplio desarrollo de quince cuartetas (60 versos) en la primera de las cuales leemos: “Cántate, alma mía, cántate a ti propia; / Sé sólo en mis rimas el único tema, / Y, como en la luna de un espejo, copia, / tu rostro enigmático en cada poema.” No he leído tal precisión en toda la poesía venezolana de su tiempo, donde el alma aparezca con mayúsculas, un Alma que es transversal a la densidad nocturnal, una fusión aguda de sentimiento romántico afincado en la conciencia de sí mismo. Las formas en Música Astral son más complejas pero más sosegadas, aunque el pathos sea el mismo y el alma se nutra de similar movimiento nocturno.

 

Al través, al margen y más allá de la vida

En los poemas de largo aliento reconocemos una especie de construcción formal a la manera de edificios verbales, aunque de arquitectura dispareja, buscada así ex profeso para mostrar justamente su rebelión al canon. Tenemos en primer lugar a los tres poemas concebidos como proyectos de hermenéutica: “Al través de mi vida” (1914), “Más allá de la vida” (1917) y “Al margen de mi vida” (1918).

En “Al través de mi vida” un estribillo resuena siete veces en la primera parte: “Oh mi alma, sueño de un dios, incoherencia de un dios atediado de su omnipresencia”. Observemos bien la naturaleza anímica del poeta en este caso: se trata del sueño incoherente de un dios que ya no puede soportar su propia presencia: está  en todas partes y en todos los lugares. Luego tenemos un alma soñada por un ser que está en todas partes, y además incoherente: idea nada fácil de aprehender, idea abstracta. El viaje comienza en la cuna, cuarenta años dormido como un hostil fantasma. La verdad no puede ser más hostil consigo mismo el poeta en el momento de juzgarse. Una niñez sin juegos, sin pájaros, sumida en los libros, según se deduce de la lectura de los versos siguientes:

       Mi niñez no supo de hermosa cometa

       Ni de la peonza que ritma el planeta,

       Ni nunca en la copa del árbol subido,

       Saqué los piantes pichones del nido,

       Ni fui con los otros rapaces al pozo.

       Los cuentos han sido mi susto y mi gozo.

Aparte de las presencias materna, paterna o filial, pronto asoma la de una (hipotética) frustrada relación amorosa, explicarían en parte el tedio y la neurosis que darían lugar a la dipsomanía, las metamorfosis y las adicciones del poeta.

En la segunda parte del poema el estribillo nueve veces repetido es el siguiente:

       Mientras en la casa voy de Ceca en Meca

       hila que deshila mi madre su rueca.

Esto es: en el deambular doméstico de aquí para allá, la madre tiene el tiempo atrapado en sus hilos, entonces se ha pasado a otro estrato de la vida del poeta a través de la conciencia familiar, buscando una salida a la depresión nerviosa, los temores o el insomnio. Las cosas comienzan a desdibujarse en sombras, ánimas y brumas sobre unos cuadros. La madre y la hermana por fin aparecen y las sombras toman vida gracias a los efectos del éter; los cantos de los pájaros se confunden con el lenguaje humano en un amplio despliegue de imágenes lunares. Mientras todo esto acaece, puede cantar el gallo en la sombra diciendo: “Se acabó el sol” (se corresponde con los fonemas ki- ki-ri-ki del ave) en lo que acaso sea una parodia de El Cuervo de Poe.

En una verdadera catarata de imágenes, Curiel nos muestra los elementos que atraviesan su vida mientras él se abandona a las sensaciones morfeas del éter y el trional, ejecutando un rito. Aparece entonces un universo de símbolos hasta un límite de alucinación. El poeta acude entonces al confesionario a buscar el perdón: el perdón de la madre. El poeta se halla en una ciudad inventada: Psicópolis, una ciudad donde el espíritu asciende hasta una estrella. Entonces tiene lugar una eucaristía, un rito mental donde se eleva hacia los astros, donde puede habitar Jehová o el espíritu de Dios. Todo parece convivir en la mente.

Al fin llega el día y el poeta parece salir de su hipnótica vigilia, sin saber si ha soñado o ha estado despierto. Enfrenta las realidades solares, pero ese sol no dura mucho: pronto se torna luna opalina hasta el punto en que  “la sombra en mi sombra se vuelve reflejo”. Todo en Curiel se vuelve noche: hasta las plantas le sugieren “psíquicas visiones”. El padre muerto, los hermanos, amigos, mujeres se confunden con cosas y astros; la infancia vuelve como un duende a aposentarse en la casa, los espíritus regresan y ellos son quienes le hacen vivir. Se pudiera decir que en este texto es la infancia y su remembranza la que atraviesa la vida del poeta. Veamos algunos ejemplos:

       Psiquis es y será: pero no ha sido.

       ¿A dónde va y de dónde ha venido?

       Desde el himeneo de las constelaciones, atraída se sintió el planeta,

       Entonces desbocado cometa;

       Y la atracción, en consonancia de espuela y brida,

       se consustanció la ignición de la Vida.

(“Psicogonía”)

 

       El alcohol mi mente fosfórica inflama

       en el cadavérico azul de su llama:

       Nephente que infunde narcótico olvido

       o chispazo eléctrico en gas comprimido:

       actos que preside conciencia ilusoria

       y clausura ausencia total de memoria.

       Reacción depresiva de dientes roedores:

       Nerviosos altruismos y absurdos temores.

(“Al través de mi vida”)

En cuanto a “Más allá de la vida” (1917) la situación poética es otra. Se trata, en efecto, de aquello que se sitúa en un lugar al que no tenemos acceso, en un sitio que no depende de nosotros. “Antes de ser nosotros nuestras almas han sido / otros seres y en otros / planetas han vivido.”, dice. / La noche calla y balbucea Eolo (…)

En contraste con el texto anteriormente comentado, éste es breve, de apenas dos páginas; sin embargo aquí se halla condensada una visión muy completa de ese “más allá”, de esa región inaccesible, desconocida, por donde suele merodear el espíritu humano. Es bueno reseñar aquí el elan eminentemente cristiano del poeta, donde la figura de Cristo aparece de modo reiterado en toda su obra, en numerosos poemas mantiene su imagen de naturaleza sacra, de símbolo del bien o redención, o como metáfora de enlace con fuerzas superiores. Todo el poema es una interrogación con respuestas; unas respuestas que a su vez nos encaran al destino y los arcanos, los misterios y las utopías. Es de observar la trasmutación aquí efectuada entre los símbolos de la cristiandad y los símbolos del paganismo. Anotemos, a propósito de ello, que esta es otra de las características de la poesía de Curiel: la mezcla heterodoxa, la combinación de elementos, símbolos e imágenes provenientes de diversas culturas o tradiciones

       ¿El genérico amor fabrica solo la viviente morada,

       donde la esposa mística, velada

       de azul, a Cristo espera

       o es Psiquis, cuerpo astral, solo la esfera

       hermética en que habita el Ego humano,

       como  cada espíritu en su arcano

       su propio Cristo gestatorio fuera

       o fuera en gestación un Dios pagano?

Más adelante se pregunta si existirá la Cuarta Dimensión y llama a la Fe “hija nonata de la duda”; vuelve a mezclar el Dios cristiano con el Dios pagano cuando afirma al final del texto;

       Si yo Cristo he de ser o ser Apolo

       al cabo de mil evos, necesito

       precisar en mi mente lo Absoluto,

       que no concebiré sino disfruto

       de infinitos sentidos o de un solo

       sentido infinito,

       (…)

Observamos cómo Curiel logra amalgamar figuras o imágenes sacras o santas en un solo texto y a la vez, merced a un admirable sentido cósmico situado en las interrogaciones de la infinitud, otorgando sentidos transcendentes a la existencia humana. En Curiel, pese a su inmanente escepticismo humano, hay una esperanza soterrada de naturaleza cósmica, una salida al absurdo fugaz de la vida.

El otro poema de esta suerte de tríptico, “Al margen de mi vida” (1918) aborda el tema de la mundanidad. Con un sentido del humor muy peculiar, Curiel  escribe un poema narrativo con una anécdota que versa sobre una orgía en un lupanar, una aventura erótica con mujeres acompañado de un amigo, conducido por los efluvios del alcohol y excitado por las mujeres, el poeta se adentra en recintos de placer. Cual Quijote, vuelve Curiel a mezclar paganismo y cristianismo, Santa Magdalena y Jesucristo, Citerea y El Quijote. En un tono dialogante el poeta nos narra la situación:

            Pero la borrachera pasó, vino la calma

            y la conciencia abstemia citó a juicio a mi alma. 

            (…)

            Qué quieres, clamó Psiquis. Y la conciencia: –Nada.

            (…)

Vuelve Psiquis por sus fueros a interrogar; vuelven las mixturas heterogéneas tan caras a Curiel; vuelven las preguntas. La orgía se prolonga y el poeta pierde el sentido; cae de bruces y se hiere en la frente, reacciona y encara un diálogo alocado que mantienen otros borrachos: “La tierra entrará con la luna dentro de un siglo en guerra”, dice. Siguen las discusiones de borrachos sobre los temas más “divinamente absurdos”. Tal capacidad de vivir la bohemia sólo la poseen los auténticos saboreadores de la vida; no solamente  individuos clamando por pan y trabajo en sociedades donde se fabrican hombres-masa. Pero tiene tiempo para aleccionar:

            “Al hombre verdadero y entero no lo urge el prejuicio del mundo, sino la ley moral.”

            (…)

            Estuve anoche en un abismo más alto que una nube

            no ha visto el pez su hondura, ni el cóndor su eminencia.”

            do estuviste, Galimato?” Estuve en mi conciencia.”

Aquí se produce, en efecto, una burla al comportamiento rutinario, a lo considerado hipócritamente “normal”. La conciencia no sería entonces, como algunos creen, puro raciocinio y verdades pre-fabricadas, sino un estado cambiante de fluctuación reflexiva, similar al que nos acerca Curiel en este texto picaresco, donde se hace presente la cotidianidad del entorno, como si hubiese querido mostrarnos también el lado flaco, perentorio, cotidiano, frágil o vulgar del bohemio.

 

Música de las esferas 

Los tres poemas citados no están organizados como una secuencia sino de manera aleatoria; valdría más bien agruparlos de manera informal dentro de cada volumen. En este grupo que comentamos bajo el título de Música astral conviven poemas de diversa índole; por ejemplo, el más extenso de todos bajo el título de “Aben-Almukec”, personaje judío que significa “Hijo del Arcángel”, el más extenso del conjunto, compuesto por veinte partes y fechado en 1906, lo cual dice mucho del carácter no-cronológico de la selección. Este poema resulta atípico tanto en extensión como desde el punto de vista temático, pues se trata de un poema narrativo, de una historia que, pese a su longitud, no cansa ni produce tedio; al contrario, mantiene una tensión extraordinaria hasta la última línea. Yo diría que es un poema iniciático dentro de su propio ritual judío sefardí, un poema de sabiduría, una revelación anímica y espiritual. Escribe Curiel en una de sus numerosas cuartetas:

            Expiro y expirando, le descorrió el misterio

            de las dos abluciones. Le habló del cementerio

            y le rompió la clave de su resurrección.

            El joven en la arena cavó su sepultura

            y enterró al ser de entrañas de infinita ternura

            donde chupó la médula vital su corazón.

 

El diálogo con Dios 

Aparte de estos “juegos” Curiel se prepara luego a hablar con Dios en “La voz del silencio” a través de una visión desgarradora del mundo cósmico. Este poema me parece de primera importancia por cuanto trata de su plural concepción sobre Dios, en forma y fondo. Son 19 cuartetos alejandrinos perfectamente cincelados (tratándose del tema, el poeta parece apostar aquí por una forma “perfecta”) donde en las primeras cuartetas se encarga de la forma de Dios; luego pasa a describir su estado o presencia, después va con el arduo asunto de su existencia, para luego insistir en su temporalidad y su cosmicidad. Lentamente, se va adentrando en su presencia universal; se disgrega hacia el psiquismo (las formas mentales, magnéticas y santas de su presencia) para después atribuirle las cualidades de la paz y la hermosura; lo identifica a Dios con el sol y finalmente va entrando en materia cristiana al identificarlo con el Mesías. Poco a poco, la música que involucra Dios se va volviendo aroma, mudez, pájaro, flor, silencio. Es impresionante ver cómo Curiel va presentando las diversas formas de Dios, hasta el punto de tener que considerar al poeta un verdadero Iniciado. No he leído un poema con este tema en la literatura venezolana que se le compare. Curiel mantiene el ritmo a lo largo del texto y la concepción de éste de manera soberbia. Para Curiel el “asunto” Dios sobrepasa la mera experiencia literaria para volverse experiencia mística. Cuatro cuartetas de este poema dicen:

           Dios que es monocromática esencia, de sí sopla

            Soplo azul, soplo áureo y soplo de rubí

            Tres nimbos superpuestos que en sus aguas acopla

            La esfera de diamante del Sol Adonaí.

 

            Cómo policromiza la luz de argéntea llama

            Innúmeros espíritus se exhalan de su amor,

            Y como triunfa el Iris en eptacroma gama,

            Asisten siete Arcángeles delante del Señor.

            (…)

            Y en el acto en que ritman la emoción y la idea

            balance el Cristo armónico que habla, en silencio, en nos:

            quien se descubre, como Jesús de Galilea,

            como el punto en el círculo, forma parte de Dios.

 

            Mas, si Dios despertara, se evanesciera todo;

            pero ese día, pleno de toda eternidad,

            que se esfume en el éter de su ataraxia el lodo,

            es silencio diatónico toda la humanidad!

En este poema se sintetiza, creo, lo mejor de la concepción religiosa de Curiel (donde el mismo Cristo-Jesús forma parte de una idea mayor de Dios), una concepción panteísta, cristiana, metafísica y a la vez muy amplia del Supremo Creador.

En “Psicogonía” –otra palabra-concepto inventada por Curiel— el poeta se toma la licencia de especular  sobre la naturaleza psíquica del ser. Su curiosidad es indetenible y se sostiene en las diversas formas de especulación metafísica y teosófica, echando mano de cualquier elemento que le sirva para moldear sus visiones; incluso la misma música inacabada o trunca no le ofrece resistencia alguna para justificar un texto como “Fragmentos de un poema inconcluso” (1901), donde Curiel deja ver una vez más su errancia como rasgo vital: el destierro de sí mismo, el fastidio y el tedio lo arrojan al vagar por las calles y los valles, y a trajinar por limbos de toda índole; un errar más psíquico que físico, sólidamente sustentado en su peculiar panteísmo cristiano. El texto en ciernes es un poema extenso de rimas consonantes endecasílabas donde Curiel hace gala una vez más del dominio del  texto extenso; creo que en este caso el poeta coriano se erige como el representante más notable en este tipo de poema. Pese a su aparente dispersión, “Fragmentos de un poema inconcluso”  nos muestra una estructura muy bien armada de imágenes y palabras, que no se dan tregua para mostrarnos su poder sugestivo y un tono sostenido en 286 versos, en un texto que logra comunicarnos el desasosiego de un alma signada por la soledad y el afán de trascendencia.

En otros poemas como “Música interior”, “Sidérea”, “Póstuma”, “Impresión”, “Fantasía musical”, “Salmo eterno”, “Insomnio” o “Disonancia”, Curiel nos da muestras de su inmenso poderío del material clásico de mitos, dioses y ámbitos, manteniendo en estos su particular tono narrativo, como si nos estuviera refiriendo una historia interior. Serían numerosos los ejemplos en este caso para ilustrar dónde radican estos logros y estas peculiaridades del poeta en el momento de concebir un mundo, su mundo. Tenemos aquí, como antes hemos referido, al primer poeta tenebrista venezolano y uno de nuestros modernistas de avanzada, dueño de un poderoso sustrato criollo y sefardí a un tiempo, quien da siempre un paso adelante en la configuración de un complejo universo poético donde se conjugan elementos del hermetismo, el esoterismo, las doctrinas secretas, la teosofía y la cábala.

 

Poemas breves

En poemas breves o discretos (que nos resistimos en llamar “menores”) Curiel despliega otro de los elementos constitutivos  de su arte: un sutil sentido del humor que le sirve para abrir las compuertas de sus mundos. Textos como “Epígrafe”, “Escorzo”, “Allende”, “Esbozo”, “Ensueño” o “Necrofilia” muestran cómo Curiel se sirve de imágenes como de gemas para estructurar poemas en torno a ideas. Veamos algunos ejemplos aislados:

           En la línea de cal el claro-oscuro.

            Las grietas, que practica el descalabro

            en la pared esbozan el conjuro

            de parpadeante luz, perfil macabro

(“Esbozo”)

 

También lo hallamos en versos perfectos como:

            La imprecisa nostalgia de la muerte.

 O inventa una palabra para la tiranía del timo: “Cronocracia”

 

            Frente, a  un lado o detrás, según la hora

            y el punto cardinal, la sombra invierte:

            la encoge un sapo o la distiende en hidra.

Hasta para el sueño tiene Curiel un concepto distinto. Sus imágenes embriagadas de éter dan como resultado una alucinación con un jinete:

            El durmiente cabalga, suspendido

            entre el mar y la astrífera cumbrera,

            y el caballo galopa, sostenido

            por la velocidad de la carrera

En buena parte, los poemas se ofrecen como un fresco o una pintura, escenas donde hay personajes míticos o símbolos, niños, damas, fantasmas, en una mixtura de realidad-irrealidad espectros conviven con niños, santos, figuras sacras, vírgenes o Cristos; Curiel realiza una amalgama bien urdida de personajes que hablan por él, encarnan sus deseos o hasta reemplazan su conciencia, para ubicarnos como espectadores de su gran teatro de personajes. En parte, esto asegura la poderosa atención que generan estos textos en el lector, aun cuando éste pueda ignorar de donde provienen tales personajes, los cuales adquieren vida en los versos del poeta, y nos alientan a una aventura interior como muy pocas pueden contemplarse en la poesía nuestra.

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