Antonio Ros de Olano
CAPITULO PRIMERO
«Era una de aquellas noches de insomnio, tempestuosas, terribles, en que el alma tiene fiebre, en que el corazón se anubla y se compunje, y en que nuestros nervios crispados por el estertor del alma nos botan de improviso contra el lecho como cadáveres galvanizados: una de aquellas noches en que los ojos velan para que los recuerdos asesinen; y yo lloraba con pueril flaqueza, y con un complicado indefinible pesar, semejante al que en mi juicio debe sentir la mujer honesta luego que ha cometido su primer adulterio.»
«Al reflejo de la lámpara se proyectaron en la pared, y las vi por el prisma de mis lágrimas, las formas de dos mujeres que arrastraban tras si mis ilusiones, vírgenes un tiempo, siempre queridas, y marchitadas hoy. Iban aquellas mujeres como de partida, y para nunca volver… Una, tú no la conoces; fue tan pura un día como ahora es infeliz, y su fantástico reflejo en aquella noche era el de su primera edad: la otra mujer eras tú; pero ya aparentabas tener veinte años; huías temerosa, me miraste, y llorabas como yo, tal vez arrepentida, cuando ya era tarde!… porque junta con mis ilusiones ibas caminando para nunca volver!»…
Estos renglones de humilde prosa los escribió el joven Fernando en el álbum de Teresa, libro tan atildado como su dueña, y tan rebozado en brilladoras galas, lleno de juventud y de tersura, envuelto en oro y vanidad como la doncella, la cual erigía en su álbum un monumento al orgullo, amasado con los despojos da sus triunfos, blasonado con las inscripciones de sus victorias… En una palabra, Teresa, el Napoleón de las mujeres, quería también una columna de Vendoma.
Habían pasado meses como leves días para Teresa, y días como tardos años para Fernando, desde que el álbum salió de manos de este para que por el conductor eléctrico de su veleidosa señora, recayera el turno apetecido en algún versificador de diez y ocho primaveras, taciturno y desengañado filósofo, recién salido de un colegio de humanidades. Es lo probable que este poeta desempeñara al punto su encargo, porque las inspiraciones son rápidas y ejecutivas.
También es probable que del poeta pasara el libro a algún pintor á l’acquarella, purísimo aficionado, romántico absoluto, admirador de Velázquez por su valentía, que ve los efectos de sus tintas y los imita mal, porque desdeña descender al estudio de las causas; que elije siempre para sus obras grupos de trovadores en la calle, y tapadas a la ventana, noches de luna, trajes de ropilla, riñas, rondas y espadas que se cruzan.
También es probable que del pintor fuese el álbum a poder del músico, que a fuer de buen artista deplora la muerte de Bellini, y le roba sin embargo sus armonías.
Casi no cabe duda en que el libro anduvo en manos de muchas capacidades hasta recaer en un escritor moralista, redactor de folletines y folletos, escritor de esos que copian de la escena del mundo malos cuadros de costumbres en grosero lenguaje que juegan con las palabras de una anfibología obscena, y lucen a su parecer el ingenio con bastardos retruécanos: hombres osados que yo conozco, que no se conocen ellos, los cuales escalan el recinto de la buena sociedad armados de impudencia, y allí se presentan a desnaturalizarla con todos los lunares de una mala educación, y con el chiste de una imaginación picante.
Cuanto he dicho es casi indudable; pero lo que de todo punto puede afirmarse es, que aquellos célebres artistas leyeron todos con desdeñoso sarcasmo los sentidos renglones de Fernando: ayes del alma, articulaciones proféticas formuladas con la lógica del corazón, que una mano febril temblaba al escribirlas.
CAPITULO SEGUNDO
Con la frente reclinada en la mano derecha, el codo apoyado sobre una mesa, el brazo izquierdo lánguidamente abandonado, y la vista al parecer fija en un punto, pero en realidad distraída, se hallaba Fernando a solas en su cuarto, a tiempo que entró a visitarle un hombre enjuto, moreno, bien portado, y como de treinta y tres años, que es la edad de Cristo según la Biblia, y la del Diablo también, según mis muchas observaciones sobre el particular.
— ¡Fernando! mi querido Fernando! Exclamó el caballero estrechando en sus brazos con arrebato al joven enamorado y continuó sin soltarle: Por una feliz casualidad he descubierto que te hallabas en esta corte: sábete que acabo de llegar, pero sin tomar descanso he corrido a recordarte nuestra antigua amistad… ah! la amistad es antes que todo! la amistad es mi ídolo!
Y sin dar treguas al aliento, continuaba apretando el pecho de Fernando contra el suyo.
Atónito y de hito en hito contemplaba el joven al incógnito; y aunque aquellas facciones no le parecieran totalmente nuevas, no acertaba sin embargo a distinguir quién fuese el que tan familiarmente demostraba quererle; parecíale haber visto aquel hombre mas de una vez, pero no acertaba en dónde ni cuándo; y bien examinado, encontraba semejanza entre su aparecido y cuantos conocidos tenia poco mas ó menos de la edad aquella.
Fernando con el embarazo natural en estos casos le respondió:
— No desconozco a Vd., pero hablando en verdad, ni recuerdo cual sea su nombre, ni desde donde datan nuestras relaciones.
— Oh! no lo extraño; las últimas impresiones te han borrado las primeras del corazón, y ya hasta has olvidado á un amigo de colegio, que por ser mayor te amparaba contra tus adversarios condiscípulos, traviesos como estudiantes y mal intencionados como niños… has olvidado en fin a Gustavo por Teresa.
— ¡Ah! sí, te reconozco por el nombre, recuerdo nuestra antigua amistad… pero tus mismos parientes me aseguraron que habías muerto…— Mas dime, dime, tú has nombrado a Teresa! quien te ha informado de mi paradero! de Teresa! de mis relaciones con ella!… ¡Ay! sabes mi delirio! sabes su ingratitud!…
— Y su vanidad Fernando!… tranquilízate…. un amigo que como yo posee el recurso de la experiencia, puede ser muy útil al joven impresionable, que abandonado a sí propio, seguiría solo los impulsos de su fogosidad. El corazón que manda en la cabeza, corre a despeñarse como el ciego que cabalga y aguija un poderoso potro andaluz. Entiende que la mujer de pocos años es un gusano a quien de súbito brotaron las alas… ¡pobrecillas!! Su primer vuelo es hacia la llama del orgullo. Si Teresa insensata se agita y revolotea en torno de esa luz que la fascina, déjala; que pronto caerá abrasada y arrepentida a tus pies La estrecharás entonces en tus brazos, la levantarás hasta ti, no lo dudo; pero luego de muchos besos y caricias, que son felicidad y mentira, palparás la verdad y hallarás el hastío hasta rechazarla de ti como a un gusano…
— Imposible Gustavo, es imposible… ni ella será ya mía, ni yo pudiera nunca despreciarla!
Gustavo asomó cierta negligente sonrisa a los labios, se recostó en un sofá y empezó á morderse las uñas, sin responder palabra.
— Dices que la mujer es un gusano.—Replico Fernando— ¡Cuanto se diferencian nuestros juicios! Es la mujer en mi sentir un espíritu celeste que perfecciona la forma terrenal en que se anida: es un espíritu ¡para mi mal impasible! y el hombre es la vil materia que en pos de él se arrastra. Nota, sino, como los mas sublimes pensamientos de todas las religiones nos son trasmitidos bajo el tipo de la mujer.
— En efecto, Fernando, la Divina María es virgen y madre, es el deseo y el logro sin destruirse el uno al otro, es la incomprensible unión de dos ideas opuestas… ¡María!! he aquí lo mas bello, lo mas sublime de todas las religiones… pero esa María advierte que es una sola, la cual no pertenece a nuestro suelo. Y si es que tú la concibes al través de su impenetrable misterio, compárala, Fernando, con las demás mujeres, y hallarás que una es el complemento del idealismo, las otras la imperfección; esto saltará naturalmente a tus ojos; al paso que el moralista San Vicente Ferrer profetizó para todos que los hombres tendríamos que encaramarnos a los árboles, huyendo, acosados de las mujeres… Dejo a un lado la condición humana, que hasta nos hace apartar con repugnancia los ojos de las viandas después del banquete.
— ¡Calla, que son amargas tus palabras, Gustavo!! ¡Cuanta ponzoña destilan para quien como yo vislumbra cierta realidad en ellas, y siente solo en su corazón debilidad y amor!! Todos cuantos errores esclarezcas a mi razón, todas cuantas ideas me imbuyas, vendrán a luchar contra estos dos tenaces enemigos; y yo sucumbiré al fin, sin haber recibido de tu amistad galardón alguno, como no sea el tránsito de un martirio lento a otra máquina de tormento mejor combinada y mas rápida. He agotado buscando la salud del alma casi todo mi dinero; busqué la guerra, apelé a los viajes; pero la guerra, quizá porque ya no tiene gloria, lo cierto es que tampoco tiene Dios, en los viajes no nos acompaña Mentor, y el amor tiene una deidad, tiene un Dios, y este Dios es la mujer que amamos ¡Terrible es el Dios que impera sobre mí!! Lo sé, no me lo digas; pero huyéndolo, mis caballos han muerto jadeando, hostigados por la impiedad de mis espuelas; y allí donde caían, por entre los árboles como Sílfida, sobre las nubes como Ángel, allí, en todas partes, me parecía verla, allí estaba ella. ¡Ay! inútil es huir del amor, cuando el amor nos manda huir! El nos empuja, nosotros le llevamos.
— Y no seré yo por cierto quien te aconseje la fuga: el amor es una guía desenfrenada hacia un determinado manjar. Mira tú ahora, si yo que tanto te quiero, iré a aconsejarte que viajes en posta para matar el hambre.— Ea! déjate guiar, sacude esa molicie, incorpórate, aliña tu corbatín, abrocha tu frac, acompáñame a la fonda donde vivo, y avisa a los criados que no comes en casa.
Fernando, para quien lo mismo era su casa que la fonda, que la cárcel, así lo hizo con una distracción que rayaba en estupidez; y los dos amigos bajaron la escalera, uno, mordiéndose los labios como el que padece, y otro, mordiéndose las uñas como el que imagina.
CAPITULO TERCERO
Hoy se cumple un mes y algunas horas desde la primera entrevista de Fernando y Gustavo; amigos inseparables desde entonces, son el olmo y la yedra, ó por valernos de una comparación menos vulgar, diremos que son el peregrino y el báculo. Fernando, como si desfalleciera por efecto de una hemorragia, está blanco como este papel estaba antes que yo lo escribiera; sus cabellos en revuelto remolino, nublan no obstante su frente, y el arquear de las cejas y su ceño adusto indican que por su mente pasan ideas siniestras, que se reproducen bajo mil formas, como las creaciones fantásticas de un enfermo, como los monstruos de un delirio.
Gustavo al parecer se ocupa poco de Fernando; está demasiadamente atareado en ponerse un negro pantalón colan, tan ajustado que apenas permite paso al pie, ceñido de delicada media de seda negra y leve zapato de charol; hecha esta difícil operación se amoldó Gustavo sobre la pulcra camisa una corbata del género y color del de las medias; luego un chaleco de reluciente raso como las alas de un cuervo; y por último, un esmerado frac de soirée que vestirlo pudiera el más extremado dandy un día de luto.
La casa del antiguo favorito de Fernando VII, la casa del conde de X, del caballero Gran-Cruz, esta iluminada. El continuo ruido de los carruajes agrava a los enfermos y turba el descanso de los vecinos pacíficos de la calle de N. Muchos curiosos, gente toda de segundo orden, expuestos al sereno, contemplan las ráfagas de vivísima lumbre, y prestan oído a las estruendosas armonías y a la algazara, que los salones del Gentil-hombre no son capaces a contener en sí, y por sus balcones las arrojan a la atmósfera, de la misma manera que se desahoga un volcán, lanzando por su cráter truenos y llamaradas.
Entra, lector, conmigo bajo lo dorados artesones del antiguo favorito, que nosotros ya somos hombres viciados que solo nos contentamos con el todo de los goces, quédese para la medianía y el populacho percibir a medias el canto de la sirena; nosotros nos debemos precipitar tras el deleite, mas que luego nos ahoguemos.
Con este paño que reviste la escalera pudieran cubrir su desnudez cien pobres, sin embargo halla tanto sabor un rico en pisarlo como el mendigo en arroparse.
Hasta aquí el paño que cubre el pavimento ha sido azul-celeste, en dando el primer paso hacia adelante pisaremos paño blanco.— Lector, ambos llegamos al baile por nuestros pasos contados, procuremos que no lo infieran por las huellas, porque seriamos tenidos en poco: limpia como yo, lector amado, las suelas de tu calzado en el paño azul y entremos.
Nuestras cortesías deben dirigirse a aquel personaje de la placa de brillantes que tiene la cabeza gris, a aquel caballero de elegantes modales, de afabilidad pueril y recelosa mirada. Este es el dueño de la casa; desposado hoy mismo con aquella joven de diez y siete años, que al soslayo no cesa de mirarse al espejo, que llama oficiosamente a los criados para que la den tratamiento. Esa niña es mi señora doña Teresa; ofrezcámonos a sus pies, pero que de modo alguno se te escape llamarla Teresita, porque en esta noche seria ofender la dignidad de su estado.
Mucha y brillante es la concurrencia; son las doce y poco mas de la noche; apenas hay una silla vacante, y aun veinte coches esperan turno unos tras otros para desocupar a la puerta.
Mas de quinientas velas de esperma, sobre bases de cristal y oro, prestan a los salones una claridad ríente.
Dos orquestas brotan alternativamente robustas armonías desde elegantes tribunas colaterales; los músicos asoman como un coro de mágicos soplando en sus varitas de virtudes para ridiculizar a su antojo la especie humana. Pero los tales mágicos con sus carrillos hinchados, y sus ademanes furiosos, no están menos ridículos que sus subordinados. El salón principal está vestido de raso perla, y el cortinaje de los balcones flota de vez en cuando impelido por el ambiente de la noche, que aspiran con avidez cien hermosas agitadas por el vals. Los vestidos de estas Penélopes son escotados como requiere la etiqueta, y sus pechos donde se mece el aliento, reposados en cunas de batista palpitan de dos en dos, como armiños dormidos.
Los hombres, unos se pasean, otros juegan en las salas interiores y algunos en muy corto número, conversan con las damas; porque la moda es hablar poco y ligero, bailar mal y despacio.
Mi señora doña Luisa con capota trasparente y traje de blonda, recibe también a los concurrentes… nada hay en esto que no esté en el circulo de sus atribuciones, es suegra del conde, es madre de un hombre que nació antes que ella…… nuestra cortesía debe ser con esta señora mas que profunda, galante, y no importa que la llamemos Luisita.
Es mas de la una y media, se han bailado una mazurca y un rigodón; las bandejas con dulces y helados empiezan a circular; si la tierna desposada hubiera de comerse todas las yemas que uno por uno le presentan los elegantes, sufriría una cruel penitencia. La amable condesa no desdeña aceptarlas, pero de sus manos caen con disimulo al pañuelo… A esta hora y en el oscuro aposento de una fonda, las lágrimas amargas de Fernando van también a perderse en un pañuelo!!!
El caballero gran cruz se manifiesta con su esposa mas esmerado que celoso: cierto es que en la primera noche de boda ningún marido debe desconfiar de su mujer. Se acerca a ella cada veinte minutos, le habla tres ó cuatro palabras, sonríe y vuelve al circulo de concurrentes, donde antes se hallaba.
En este momento acaba de entrar un hombre que por vestir completamente de negro olvida hasta el buen tono de los guantes blancos.
Escusado parecerá tal vez que yo declare que es Gustavo. Descuella este sujeto entre la hidalga juventud por sus modales fashionables; Gustavo al entrar tiende la mano al conde; le llama por su nombre bautismal, y le recuerda la semejanza entre su soirée y otra a que asistieron ambos en Berlín, siendo el conde enviado secreto de Fernando VII en aquella corte.
Mi señora doña Luisa acepta de Gustavo un torrente de lisonjas que le hacen olvidar veinte años matrimoniales.
Pasa luego nuestro fashionable a ofrecerse a los pies de Teresa, y escita la curiosidad de la concurrencia ver que la lindísima, desposada con ninguno de entre tantos galanes se ha mostrado tan complacida como con Gustavo.
Empieza desde luego el hombre enlutado a dominar la sociedad y la recorre y alterna en ella como si le fuese familiar.
Las miradas de los circunstantes se fijan no solo en la espiritualidad de su rostro, sino también en la condecoración extraña que adorna su pecho.
— Parece la orden de Calatrava, dicen unos.
Mas luego comparada con la de otro condecorado resulta que no.
— No es tampoco la de Santiago, dicen otros.
— Será extranjera.
Los jóvenes de la legación francesa no la conocen; los de la inglesa tampoco; y nos hubiéramos quedado todos probablemente con la duda, a no iluminarnos un fidalgo portugués que saltó y dijo:
— Es á cruz da orden de Christo, mais té aes brazos trocados.
Así pareció en efecto después de la aclaración dada, y yo me conformé sin examen con la afirmativa del portugués, porque estas gentes son muy entendidas en materias heráldicas. Chocó a todos, sin embargo, que el caballero enlutado llevase la cruz de Cristo puesta patas arriba.
Dejó la atareada doña Luisa una silla vacía junto a Teresa, y en el instante la ocupó Gustavo.
He aquí el diálogo de la mujer de diez y ocho años y del hombre de treinta y tres:
— Condesa, ¿está Vd. pensativa?
— No, Gustavo. Miraba como las luces se van consumiendo, y me da pena, porque indican que el baile empezó ha mucho rato, y que acabará pronto.
— Esa contemplación, condesa, es harto triste, y es menester desecharla: el recuerdo de lo que fue y el pensamiento de lo que será, cuando se nos ofrecen a la vez, afectan el corazón y destruyen la alegría.
—No pensaba yo en eso; pero como el baile es tan brillante! tan seductor!!…
— Es cierto: dentro de dos horas, condesa, dirá Vd., el baile era tan brillante, era tan seductor! Es el primero y el último a que asiste en toda su vida la mujer que ocupa la posición de Vd. en esta noche.
— Me entristece Vd., Gustavo.
— Ah! no, condesa, no seré yo quien con el hálito de sus palabras aje la flor mas linda de la creación; flor que ayer la adoraban en capullo, y que mañana, abierta su corola, la respetaremos todos sin dejar de admirarla. Nadie respeta tanto a la condesa como yo pero… ¡Qué hermosa es Vd! No hay duda que la belleza del medio día encierra mas atractivos morales que la del norte: son totalmente opuestas: la una reside en la materia, la otra se manifiesta en el espíritu… Esas pupilas negras sobre un blanco azulado; esas corvas pestañas que sombrean unos párpados mansos como las olas que acarician las playas andaluzas: esas leves tintas moreñas y sonrosadas, que forman sobre la tez un mágico contraste; la morbidez en fin de las formas sin superfluo desarrollo; la flexibilidad de la cintura, la brevedad de los extremos son dotes características de las mujeres meridionales; y ademas en estos cuerpos de pulcritud y donosura asilan luego un alma ardiente como su sol, alma que enciende sus miradas y vivifica sus palabras hasta que con los ojos y la boca nos abrasan el corazón… Pero no, condesa, no así repliegue Vd. sus facciones con desdeñoso disgusto. Esa es otra propiedad de las andaluzas: pudorosas como la sensitiva, mudas y expresivas a la par muestran su timidez al mas leve contacto… Mas como Vd. se ha enojado, mi señora condesa, le soy deudor de una aclaración que atañe a mi proceder de caballero.
— No, Gustavo; puede Vd. excusarla sin ofensa de entrambos.
— Eso no; mi sincera amiga la condesa me permitirá la diga que no he sido yo nunca víctima de sus encantos. Soy ya viejo por desgracia, condesa; y los hombres, ó por la índole del sexo, ó por nuestra condición en la sociedad, a los treinta años dejamos de adorar el amor para disfrutar la hermosura; de suerte señora, que lejos de considerarnos víctimas, podemos antes ser reputados como sacerdotes, que inmolamos a las mujeres en su tierna edad núbil sobre las aras de nuestro capricho.
Teresa examinó el rostro de Gustavo, sorprendida al ver que espontáneamente confesara ser ya viejo; y con un cambio rápido, derramó una indagadora ojeada sobre la encanecida frente de su marido; Gustavo aparentó no haberlo notado, y prosiguió con tono afable:
— Solo conozco dos víctimas inmoladas a la excelencia de mi señora la condesa.
— Gustavo! Por mí nadie es infeliz… so pena de serlo yo también toda la vida.
— Esa es la tristísima realidad, señora. Una víctima es en efecto la misma Teresa… otra…
— Pronto! que vienen! por Dios!
— Otra?… Fernando.
En este momento volvía intempestivamente doña Luisa, y Gustavo tuvo que cederle la silla. Levantándose ya, dijo este a Teresa:
— ¿Bailaremos el primer rigodón, condesa?
— Sí, dijo la desposada con expresión melancólica.
