literatura venezolana

de hoy y de siempre

Con agua en la piel (selección)

Francisco Massiani

Grace

A Ilse Castillo

Todo comenzó porque Daniel me mostró las fotos que había tomado en Perugia. Confieso que me gustan, puedo imaginar (con esa única prueba, inmóvil, fija, que ha recortado del tiempo un instante para testimoniar sobre un juego de fútbol, una reunión familiar, algún enredo amoroso), me gusta imaginar la vida que han podido llevar esas personas desconocidas que se nos muestran sonreídas, quién sabe con qué condición de alma. A Daniel le preguntaba por el chino de sombrero mexicano, por la rubia que tenía la botella en la mano, el barbudo que estaba sentado y que a fuerza de parecer feliz dejaba ver no sé qué desengaño sobre los ojos. Fue cuando me dijo que la rubia se llamaba Grace, que tenía líos con el chino del sombrero, que se dedicaba a estudiar catedrales de Europa. Eso lo olvidé, pero no por mucho tiempo. Verán: supe por Daniel que la vez que el Chino cumplía años, Grace se emborrachó con vino y comenzó a contar que ella era la mujer más solitaria y absurda del mundo. Me dijo Daniel (había un frío horrible, había nevado) que la rubia se sacó todo lo que necesitaba para pescar una pulmonía y el Chino se enfureció y los culpó de la locura de Grace; desde entonces el Chino frecuentó menos la guarida de Daniel, a Grace se le veía algo temerosa del grupo y dijo que había roto con su novio (con el Chino) y con su amante (con el barbudo sentado que dejaba ver esa rara tristeza por los ojos, o por la boca), que pensaba largarse de Italia con un pintor inglés que tenía una chambre en París. De eso, ¿cuánto tiempo había transcurrido? Cuando Daniel partió para Italia (había fracasado en el segundo año de sus estudios de Arquitectura) pensaba yo en Isabel, era la época del twist, y cuando regresó el Chuby Checker resultaba tan antiguo como las pajillas y el charlestón. (Se habían juntado cinco años de un golpe, cinco años sumados en una charla sobre la mesa, en el cuarto de trabajo, mientras se preguntaba si por fin iba a darme una vuelta por París. Cinco años donde saltaban nombres de personas que ya no eran las mismas encantadoras personas de antes porque sencillamente se habían casado o se habían marchado del país; cinco años donde de un pueblo de la costa italiana se pasaba a un pueblo de la costa nuestra, escenario de alguna travesura con alguna de las muchachas del grupo.) Y fue ahí, en aquel baile donde se respetaba la lógica y respetuosa coherencia con que el tiempo nos va brindando pruebas de vida, que apareció por primera vez Grace. Curioso que yo haya hablado de París y de Isabel y él de Grace y de Perugia, y es así, hasta que uno se mueve un poco del lugar para sospechar que hay un extraño tejido que va uniendo sueños y propósitos, vidas y personas donde antes se creía todo aislado y seguro y firmemente, pero sobre todo firmemente aislado y seguro de no pertenecer más que al ladrillo de uno, al aire que uno respira, al café donde se quejaba del fastidio, los libros y aquella novia y aquella otra mujer que cantaba muy bien en alemán. De ahí, Daniel pasó a sus estudios forzados de Química y yo a París, quién sabe para qué o por qué. El caso es que yo miraba esta tarde de calor el anuncio de la película del cine Odeón, esperando en la estatua de Dantón a Natalia, cuando me pareció reconocer entre las tres muchachas que se habían acercado a la entrada del cine un rostro familiar. Era rubia y yo conocía a muchas rubias, pero esa rubia no tenía nada que ver con París ¿o sí? Ella se dio vuelta (lo sabemos, las miradas tocan la espalda) y me vio. Entonces me turbé (sobre todo porque la familiaridad pasó a ser exagerada como también el desconocimiento, el olvido total del lugar, del mundo donde la había llegado a conocer tanto) y miré a otra parte, digamos que hacia la Escuela de Medicina. Las sentí reír, las oí conversar (en francés ella, esa rubia que no tenía nada que ver con París, de eso estaba seguro) y por último me atreví a verla, encontrarla otra vez frente a mí, mirándome descaradamente. Me pareció que se me acercaba y me paré. Hice como si fuera a entrar al Metro, pero después me dirigí al café (el Dantón) y me acodé en la barra pidiendo un vino ordinario. Mientras el mozo lo buscaba, la vi entrar. Se me acercó. «Yo creo conocerlo», dijo. «Es raro», dije yo, «a mí me ocurre lo mismo, yo sentí lo mismo, pero me parece que la conozco de otro país, de otra ciudad, no aquí en Francia.» Fue cuando la recordé: en Perugia (ella sonreída con la botella en la mano), en un pequeño estudio, al lado del Chino del sombrero, junto al tipo sentado (su amante). Recordé a Daniel en su mesa, contándome su vida en Italia, vi playas de Europa, arena de mi país, bailes de adolescencia, su cuerpo desnudo caminando bajo la nieve y los gritos desesperados del Chino que corría atrás amenazándola, advirtiéndola de una pulmonía. Pero no se lo dije.

—No fue en París —le dije—. Creo que fue en Italia.

—¿Italia?

—Daniel —dije yo—. ¿Se recuerda de Daniel?

Ah, ahora entendía todo. Claro, y ¿cómo estaba Sandra? ¿Y Philip? ¿Y Juan? (Pensé que Juan era el Chino) ¿Y todos por allá? Ella los recordaba a todos muy bien. Seguramente yo la había conocido en casa de Juan, ¿verdad? ¿No era yo mexicano? Chino imposible, pero tal vez era el griego aquel que se la pasaba encerrado en sus esculturas.

—No —le dije—. Soy venezolano. ¿No se acuerda? Soy amigo de Daniel.

Por supuesto que se acordaba, pero sobre todo de Juan, era una maravilla aquel muchacho. ¿Podría acompañarme a tomar el vino? Sentía sed y no tenía deseos de ir al cine. Total la película era muy mala y era mucho mejor hablar con un amigo de los amigos de viejos tiempos. Así que nos sentamos (incómoda la mesita) con Jean o Richard mirándolo a uno como si le fuera a robar las rodillas o la muchacha sentada estúpidamente a su lado y la Grace contándome (aunque, la verdad, estaba seguro de que debía ser Grace, pero y ¿si no lo era?) la vez que Daniel se había disfrazado de árabe para engañar a la conserje y escapar de la pensión sin pagar, y la vez que Juan se había emborrachado en el tren y la vez que Sandra dijo que ella (que Grace) estaba enamorada de Daniel.

—Claro—dije—. Los buenos tiempos.

Grace tenía las manos rojas, la nariz chinga y los ojos celestes. Era inglesa (Daniel dijo que escocesa), estaba en París de paso (Daniel había dicho que había ido a vivir a París) y vivía con una amiga (Daniel había hablado de un escultor o un pintor). ¿Y qué hacía yo? —Dibujo —le dije—. Y sobre todo pierdo el tiempo. Me gusta perder el tiempo en un mundo donde todo el mundo cree que se puede ganar el tiempo —le dije—. Es maravilloso ser un inmenso vago y vagabundear por las calles cuando todo el mundo corre a prisa para ver su televisión, para ir a su trabajo, para no perder su famosa cita (¡cita!) —dije, y recordé claro, a Natalia. «Un momento», dije. Me paré como pude (la mirada estúpida de Richard o de Gerard o como quién diablos se llamase). Y salí a la calle. No, no había llegado. Ella sabía que si no estaba ahí, la esperaba dentro, en la barra del café. Al regresar noté que Grace parecía haberse cambiado de país. Sí, yo sabía que ahora sus ojos húmedos no mojaban la pana beige de algún Richard, tampoco sus uñas algo rotas, ni siquiera el vidrio, o los reflejos del Boulevard Saint Germain, estaba en otro país y se me ocurrió (porque la mirada era muy franca y abierta y libre) que debía encontrarse frente al Mediterráneo, o sobre los tejados (Daniel había hablado de una buhardilla). ¡Cómo lamentaba ahora no haberle escuchado bien su relato de su pequeño estudio, los pájaros que solía ver desde su ventana, los techos y no sé si un pequeño parque abajo, la ciudad acostumbrada a la belleza!

—Entonces ¿usted estuvo en alguna de nuestras fiestas? —preguntó. No le respondí enseguida. Me tomé el tiempo de llamar al mozo para añadir a la peligrosísima cuenta una cerveza que pidió la Grace. Luego encendí el Gauloise (ella fumaba Gitane). Lo saboreé tratando de recordar bien las fotos, de decidir sobre la suerte de aquella pequeña reunión de extranjeros en Perugia, de aceptarme dentro del pequeño club (porque debió ser pequeño el club donde Juan o el Chino o el propio Daniel eran los maestros de ceremonia, los capitanes de equipo, ¿y yo qué posición jugaba? En aquella fiesta, ¿acaso podía haber estado yo, sin ella notarme?). Por fin le dije que sí.

—¿Usted estuvo la vez que Daniel se puso a llorar porque Sandra le dijo que se debía
casar con un pariente?

—No, seguro que no —le dije.

—Quizá estuvo en la despedida de Juan.

—¿De Juan?—pregunté. Pensé en el Gitane. De paso por París y fumaba tan acostumbrada ya a ese bendito tabaco negro.

—La verdad —le dije— es que iba poco a las fiestas. Usted sabe, tenía mucho trabajo. Poco dinero. Una gran timidez de hombre pobre y un gran orgullo de bicho solitario.

—No veo qué tiene que hacer el orgullo aquí —dijo ella.

—En fin —dije—. ¿Se acuerda de la tarde de las botellas de vino?

—Exacto. Pero usted no estaba con nosotros, ¿verdad?

—Sí —dije un poco molesto conmigo por verme obligado a seguir la farsa——. Claro que sí.

—Imposible —dijo ella——. Recuerdo que éramos (contó las personas mirando cada dedo que tocaba con el índice de la otra mano) Daniel, Juan, Sandra, Philip… Sandra no, Philip, Juan, bueno, no recuerdo, pero usted no estaba con nosotros. A menos que haya llegado ya tarde. Usted sabe; yo entonces bebía mucho. Quizá llegó…

—Llegué cuando todo el mundo estaba en su mayor elevación.

—Comprendo. Es una lástima que no me acuerde de usted: créame que lo siento. Ya le digo. Seguramente me encontró usted siempre algo borracha. Cuando una persona está tan malamente borracha no puede recordar nada. Me hace sentirme apenada.

—Por favor.

—No, de verdad, no porque me recuerde mis borracheras (algunas fueron hermosas, verdad) sino porque no puedo, por no poder recordarle; me hubiera gustado recordar, saber que habíamos compartido algo juntos.

¡Carajo! Quería decirle que todo era un juego, un bendito y complicado juego y una gran mentira, o una gran verdad que se había transformado en una gran mentira, que en todo caso yo la había conocido pero no por Juan, ni por Daniel sino por unas fotos, pero ella ya estaba apenada, se sentía mal porque no podía recordarme, seguro que pensaba que trataba yo de disculparla cuando de verdad ¿a quién diablos podía uno pedirle disculpas en ese momento? ¿Cómo llamar a Daniel y decirle que lo aclarara todo, que había sido su máquina o la de Juan o Philip, quizá una Pentax (porque las fotos eran excelentes), que todo se debía a una confusión nacida en un encuentro donde se habían echado sobre la mesa desperdigados y desordenados cinco años de vida, pero ¿cómo? Quiero decir ¿cómo diablos se podía explicar todo eso? La Grace cada vez más triste, más apagada, se contaba sus dedos de uñas rotas, sus manos rojas y se sentía cada vez (lo repitió) más apenada de ser tan estúpidamente borracha en Perugia, y dijo que también en Londres y Creta, y Lisboa y Nueva York y sentía que había pasado toda su vida como una sonámbula de alcohol, ese estúpido enemigo que falsamente la había ayudado a pararse de los desechos del amor.

—Grace —dije—, de verdad no debe usted apenarse por nada. Yo nunca la conocí. La verdad es que lo que me llamó la atención fue verla a usted acercarse a mí cuando he debido ser yo, porque fui yo quien la conoció sin usted saberlo.

Me callé. Toda explicación era una inmensa locura. «Es tarde», dijo ella. «Quizá nos… Le pedí que me acompañara un minuto, que oyera la historia. «¿Qué historia?», dijo. «Estoy cansada de las historias donde he sido una estúpida y ridícula borracha, la más maravillosa y hermosa borracha del mundo, donde todo el mundo ha gozado de mis disparates, historias que conocen de mí, sin saber yo cuándo comenzó o terminó todo, cómo fue que me paré de cabeza y grité el himno de Francia. Ya basta», dijo.

—Grace.

—Quizá mañana nos encontremos —dijo.

No hubo modo. Cuando la sujeté por el brazo (el imbécil de Richard o Gerard o Jean Paul, mirándome a través de su doble Johnny Holliday y sus zapatos de tacón con herradura de hierro, su chaqueta ajustada al cuerpo y su cabello Alain Delon), cuando le pedí nuevamente que por favor, que se lo rogaba, que todo era un gran malentendido (y el tal Gerard o Maurice con su rodilla de pana entorpeciéndolo todo, como si fuera tan simple o sencillo como para meter una rodilla, como si siempre una foto de una historia en una mesa de la calle Lincoln, o de la avenida La Salle, en plena ciudad de Caracas, pudiera uno imaginar que en París la pobre Grace y el miserable del Mauricio o Richard y su putita linda de Feline), que debía escucharme un segundo, sólo un segundo y verla irse (y el mozo, monsieur, «il faut payer«) hacia el Metro, mientras buscaba los pocos centavos, los pocos francos y pagarle y correr por la escalera del Metro y ver luego el vagón partiendo con Grace, con Perugia, con su botella de vino en la mano, la pobre y hermosa y desdichada Grace con su mundo de desechos de amor. Si Daniel lo hubiera sabido, carajo, si al menos me hubiera dado chance el tiempo, una pequeña oportunidad para prepararme para esos encuentros. Al menos saber que la vida podía ser más extraordinaria, mucho más extraordinaria que todas las historias que solía leer para consumir las horas que necesitaba perder para ganarme una hora de cine o una hora con otra Grace a quien, por conservar buenas maneras y sus buenas costumbres, sólo le habían permitido una hora apenas para estar con un tipo que soñaba con encontrar una desdichada y hermosa mujer rubia con una botella de vino italiano en la mano.

París, buenos días

A Enrique Hernández D’Jesús y Clara Lambea

Era el año de mil novecientos sesenta y nueve, yo vivía solo, recibía una mala beca del Instituto de Bellas Artes y hacía la vida que casi todo el mundo podía hacer por entonces: vagabundear por París, pasar un poco de hambre, sablear a veces a un amigo con cinco o diez o veinte francos, y despilfarrarlos en vino. Por esos días era abril y hacía un buen tiempo de frío y sol. Ya estaban abiertas las canchas de tenis del Luxemburgo y ya yo había probado la raqueta unas tres veces. Confieso que muy mal. Pero no era eso lo que me preocupaba ese día. Era comer algo lo que me tenía preocupado. Porque con hambre no se puede disfrutar nada. Y de nada sirve la juventud y tener libertad para vagabundear por una hermosa y gran ciudad como es París. Ni siquiera se puede ver. No se puede ver sino en un buen bistec. Es lo único que provoca. Cuando vi a Patricio sentado en el Morovan, traté de hacerme el loco y seguir por la Monsieur le Prince, pero él me vio, me saludó y me invitó a compartir un vino con él. Yo no quería hablar con Patricio pero en cambio sentía deseos de beber vino. De tragar cualquier cosa. Y el vino alimenta. Y calienta al cuerpo. Así que me senté.

Patricio ya no podía escribir. Había escrito mucho. Había escrito durante diez años más de dos horas por día, pero ya no podía escribir. No tenía nada que contar, no deseaba contar nada. Hubiera deseado contar una vida distinta a la que llevaba, pero más que contarla le hubiera gustado tener esa vida, poder creer en ella, en esa vida y narrarla luego. Pero no amaba su vida. No estaba enamorado de su vida. Le parecía una vida simple, monótona, estúpida, inútil. Era un buen hombre, bastante elegante y, a veces, muy cordial que gozaba del éxito que había alcanzado con su segundo libro. Las mujeres lo buscaban y él las besaba y a veces se las llevaba a la cama, pero no estaba enamorado de su vida. No amaba su vida. Porque era una vida falsa. Ya no podía escribir como antes y eso lo hacía sentirse acabado. Ahora, después de diez años en el oficio, había aprendido algunos trucos y se había quedado con el oficio y ya no podía hacer otra cosa que juegos de palabras porque las palabras no le servían para nada. Antes contaba algo. Contaba algo que sentía, soñaba con novelas enteras y soñaba con una vida distinta y mejor. Ahora la vida la tenía, las mujeres lo buscaban y no tenía nada que decir. Vivía en París con una mujer madura que le permitía perderse tres veces por semana, pero no estaba contento.

Había perdido cinco años con esa mujer que tampoco amaba porque la mujer lo mantenía. Le permitía escribir y viajar. Viajaba y bebía, pero no tenía nada que decir. El pobre Patricio bebía como un desgraciado, culpaba a la mujer, y detestaba París. Yo lo conocí un día que odiaba a París, a su mujer y a todo el mundo, en el café Mónaco. Tenía bigotes y me hablaba de un relato que estaba escribiendo al revés. Las frases al revés. La trama al revés. Todo al revés. Le importaba un güevo el relato y que yo lo escuchara y me di cuenta que estaba interesado en una mujer que yo conocía. La llamé, él se alegró, y a los quince minutos prefería hablar del esquí en nieve con la mujer, que de sus relatos conmigo. Poco después comenzó a hablar de sexo. Yo bebía el vino que me había servido y cuando el vino no me distraía mucho aprovechaba de verle los ojos a la mujer. Tenía ojos verdes, y muy vivos. Tenía buenas piernas.

—¿Sabe lo que conduce a la depravación? —preguntó Patricio.

—No sé —dijo ella.

—La falta de amor —dijo él.

—¿La falta de amor?

—La falta de amor. Cuando uno va a la cama con una mujer que no ama, necesita hacer depravaciones con ella para sentir placer.

—¿Y qué entiende usted como depravación?

—¿Depravación?

—Sí, exacto.

—Ah, bueno. Eso es largo.

—Yo he ido más de una vez a la cama con un hombre que me gusta, pero al que no amo, y no he sido una depravada —dijo ella.

Patricio se entusiasmó. Yo le miraba los ojos a la muchacha. Era hermosa y sentí rabia de no tener dinero y de no poder llevármela de esa mesa, de ese café y de Patricio que se volvía cada vez más fastidioso con su tema. Entonces, cuando la vi a los ojos, ella se me quedó mirando. Pasamos un rato mirándonos hasta que Patricio dejó de hablar.

—Ustedes se aman —dijo él.

Ella sonrió, Patricio se fue.

Entonces me quedé con ella. Y luego fuimos al hotel y nos amamos. Y no fue con amor. Sino con deseo y ternura y éramos felices. Y no éramos depravados.

—¿Qué quiere decir tu amigo con depravación? —preguntó ella. Estaba a mi lado, en la cama y oíamos un pequeño radio.

—No sé —dije.

—¿No crees tú que todo lo que un hombre y una mujer hagan con deseo y ternura en una cama es hermoso?

—Lo es —dije—. Y es maravilloso cuando se hace con amor.

—Ah, sí —dijo ella—. Pero eso ocurre muy de vez en cuando.

—¿Qué cosa?

—Sentir amor.

—Sí —dije—. Uno puede vivir una vida sin llegar a sentir el amor, pero no por eso la ternura y el placer dejan de ser cosas maravillosas, ¿verdad?

—Sí —dijo.

A Patricio lo volví a ver en el Cluny. Yo pocas veces me sentaba en el Cluny. Pero él estaba ahí y me llamó y me invitó a beber. Patricio leía un libro de Blaise Cendrars. Se volvía a poner de moda, así como Lawrence y el Che y la música latinoamericana y la Revolución Cubana y Mayo todavía ardía, la revolución de Mayo, en las cabezas de los estudiantes. Había gran cordialidad entre los estudiantes. Todos se sentían camaradas. Para ellos fue una gran experiencia poder compartir sentimientos y propósitos en un mundo donde la gente suele pensar únicamente en ellos mismos.

—¿Te la cogiste? —preguntó.

—¿A quién?

—A la muchacha del otro día.

—No —mentí—. Conversamos y ella se fue.

—Pareces pendejo —dijo—. Quería cogerte.

—No me di cuenta —dije.

—Pareces pendejo. De veras que lo eres. Yo te dejé para que te la cogieras y vienes y la dejas ir. La próxima vez me dejas a mí con ella. Coño.

—Seguro.

Luego habló de literatura. A veces me olvidaba de lo que decía Patricio y sentía el alivio que se produce cuando nos libramos de un interlocutor fastidioso al ver hacia la calle y en la calle una hermosa muchacha y la seguimos con la vista y luego nos quedamos viendo unas ramas, un buen pedazo de ciudad que vale la pena. Recordarlo para siempre, como esas imágenes perfectas que aparecen de vez en cuando en alguna hermosa película.

—¿Sabes una cosa? —me dijo—. Adriano, Salvador, todos son puro mito.

—Sí —dije yo. Yo quería beber gratis.

—Palabra. Acabo de completar la lectura de Día de Ceniza. ¡Qué fastidio, coño! ¡Y eso llaman novela! ¡Qué joder!

—Es un fastidio —dije. Yo quería beber gratis.

—¿Y Adriano?

—¿Qué pasa? —pregunté.

—¿Lo has leído, no?

—Mucho.

—Qué bolas: otra ladilla.

—¿Ah, sí?

—Pero claro, vale.

—¿Entonces quién se salva? —pregunté.

—Tú —dijo.

—Gracias —dije.

—Y yo y otros —dijo.

—¿Ah, sí?

—Claro, vale —dijo—. ¿Quieres algo?

—Coñac —dije.

—Bueno. Pídelo pues.

Siguió hablando de literatura. Yo miré las piernas de una muchacha.

—¿Te gusta? —¿Quién?

—Esa mujer.

—Mucho —dije.

—Cógela—dijo.

—No puedo.

—¿Por qué?

—No la conozco —dije.

La llamó, la invitó a la mesa. La mujer aceptó. Le dijo en francés que yo quería amarla.

—Imbécil —dijo la mujer.

—¿Hablas español?, ¿no?

La mujer se fue.

El tal Patricio me tenía aburrido. «¿La cogiste?» Siempre preguntaba lo mismo. «¿Cómo lo hiciste? ¿La llevaste a tu hotel? ¿Tiraba bien?» Confieso que jamás me ha agradado compartir una mujer con nadie. Quiero decir. No me gusta que toquen lo que yo amo. No me gusta que la toquen porque tengo la impresión de que van a ensuciar eso que amo y eso no está bien. Algunos tipos que conozco se vanaglorian después de haberse ido con una mujer a la cama. Y te dicen: me cogí a fulana. Siempre he sospechado de la capacidad de amar de esos tipos por no decir de su virilidad. Un tipo que ama a una mujer, la quiere, la respeta, no le gusta hablar de ella como si fuera un objeto que utilizó, que gustó, para después arrojarlo en cualquier esquina como un desperdicio. Un tipo que ama a una mujer, que realmente ha amado a una mujer, sabe y debe aprenderlo, si no lo ha conocido de su experiencia, que mientras más oculto permanezca aquello que se ama, más posibilidades tiene de sobrevivir. Ya que no todo el mundo tiene el amor. Siente el amor. Y goza de él. Ya que todo el mundo que no tiene amor busca ensuciar lo poco bueno que encuentra, para así sentirse más a gusto y más tranquilo con su propia podredumbre. De esa manera, se justifican ante ellos mismos. Ante su podredumbre. Y Patricio estaba podrido. Al menos en esos días lo estaba: había permanecido junto a una mujer por dinero.

Por poder escribir. Y sentía desprecio de sí. Y nadie que sienta desprecio de sí puede escribir con ganas. Y si no se escribe con ganas sale todo podrido. Es lo que creo. Lo más difícil no está en sentarse frente a una máquina de escribir. Sino sentirse digno de sí y de lo que se piensa escribir. O, al menos, no sentir desprecio de sí porque entonces no provoca escribir nada.

Lo digo porque una vez, hace años, me tocó vivir una experiencia bastante despreciable. En un bar de putas, una muda recibió una tanda de golpes de un fulano. Yo agarré al fulano y lo eché del bar como a un bojote. Y el tipo rodó por la calle. Luego vino un amigo del tipo y me invitó a pelear. Lo hice después de agarrarlo por el cogote y echarlo al suelo, le di muchos golpes al tipo. Demasiados. Luego lloré.

No me gusta dañar a nadie. Honradamente no me gusta. Soy de otra especie. Tengo otra sangre y me agrada hacer bien y me gusta rodearme de gente que sienta lo mismo. Ustedes pueden llamarlo amor a la humanidad. Como gusten, pero no me gusta hacer daño. De verdad. Eso me impidió escribir por unos días. Me sentía mal. Me sentía injusto. Sentí que había sido exageradamente brutal con el tipo. Y eso me impedía escribir. Patricio no podía escribir porque llevaba seis o cinco o siete años traicionándose. Viviendo con una mujer que no amaba. Viviendo con una mujer que lo mantenía. Eso lo volvió cínico y bribón. El cinismo puede servir para hacer una buena carrera política y la bribonería para lo mismo y también para hacer buenos negocios. Pero el cinismo y la bribonería no sirven para nada en el momento de escribir. ¿Con quién vas a ser cínico cuando llegue la hora de enfrentarte a la nada de un papel blanco? ¿Para qué te va a servir la bribonería? Creo que más bien la ingenuidad es mejor. Un tipo ingenuo puede llegar a ser un honesto y buen escritor. Un tipo inteligente, cínico y vivo puede escribir cosas inteligentes, cínicas y de cierta viveza. Y siempre hederán a podredumbre. A mí me gusta el buen olor de la hierba húmeda, de la lluvia, me gusta sentir el espacio repleto de luz y el mar y me agrada trotar y jugar un buen partido de tenis y amar con ternura a una mujer. Esto lo cuento porque fue lo que le dije a Patricio. Y le dije: «Es tu problema. Mientras continúes con ella te sentirás un pobre diablo».

—Eres muy pendejo —dijo—. Tienes mucho que aprender.

—Ojalá nunca aprenda —dije.

—Eres pendejo. Un día Salvador me lo dijo: es un bobo que escribe bien.

—Salvador tenía razón.

—¿En qué? ¿En lo primero, o en lo segundo?

—En ambas cosas —dije, convencido de ambas cosas.

La cosa estaba calentándose. El coñac sabía mejor que nunca. Lo malo es que necesitaba de más coñac y no tenía dinero y comenzaba a sentir un poco de rabia por este tipo y el bendito coñac que me había brindado. Yo cuando me jodo por dentro, cuando me cabreo, no puedo hablar bien. Se me nubla la mente y lo único que siento es una legítima y profunda arrechera.

—Tú eres un chulo —dije—. Y eso no tiene nada de malo. Tiene de malo cuando se oculta. O bien cuando no se está a gusto con el papel. Has chuleado a todo el mundo. Hasta el gobierno. Y hablas pestes de todo el mundo. Sólo porque en el fondo, creo, tienes un mal concepto de ti. Eso es lo que te pasa. Eso te amarga y sólo puedes ver la mierda que hay en las cosas. O mejor dicho. Buscas ver mierda y desde luego la ves y eso te regocija. Jamás llegarás a escribir nada bueno.

—Tú te las das de Hemingway —dijo—. Incluso te dejas la barba igual.

—No creas: soy incapaz de matar un mosquito.

—De Salinger. Incluso lo plagiaste. Tu libro no es más que un gran plagio del Cazador Oculto.—No es verdad. Pero puedes decirlo. Puedes decir que me gustan los libros de Salvador y de Adriano como también del viejo Hemingway y me gustan los libros del Salinger, así como me gusta García Márquez, Fuentes, Cortázar y Rulfo y Manuel Rojas que era un tipo que escribía con ganas y con amor y creía en el mundo y en la vida y en una vida mejor para los hombres.

—Un tipo ingenuo éste —dijo.

—Seguro.

—Hay que estar bien loco y ser bien pendejo para seguir creyendo en pajaritos preñados.

Patricio me tenía cabreado. Se dio cuenta —yo había dejado de beber su asqueroso coñac— y me dijo:

—Pero somos amigos, ¿no? Si quieres te invito otro coñac.

—No, gracias —dije —. Me voy.

Y me fui. Y se me quitó la cabreada caminando. París ese día era un buen y hermoso monumento lleno de hermosas mujeres y había un buen clima y la verdad es que era una estupidez no tener dinero para disfrutarlo del todo. Me senté en alguna escalinata y terminé por sentirme mejor, pero con hambre. Entonces recordé que había guardado bajo la almohada un billete de cien francos. Me sentí más contento que el carajo, lo fui a buscar y me los bebí y comí y fui feliz con una hermosa muchacha que tenía los ojos color esmeralda.

París, 1971

Pasos en la madrugada

A Rafael Arráiz Lucca

Caracas, 2 de junio de 1975

Estimado señor Feliciano Martelli:

Me dirijo a usted con el propósito de informarle de un incidente (no sé realmente cómo llamar esta experiencia) que me ha sucedido y al que de cierta manera, se me ocurre, está unido a usted. Quiero decir, para ser más directo, que en estos días, como a las cuatro de la mañana, me desperté con unos pasos que provenían de la acera de mi edificio. Yo vivo cerca de su casa y estoy seguro que el hombre que habló conmigo me confundió con usted. No es la primera vez, señor Feliciano, mi esposa me dijo una vez, en el cafetín del Cada, mira Rodrigo, el señor Feliciano es igualito a ti pero un poco más alto. Ya sabe usted cómo es la gente: de seguro este señor me vio entrar un día a la casa (al departamento) y dijo: ése es el señor Feliciano Martelli. Pero para ser más breve: le narraré lo mejor posible (ya que no sólo no soy escritor sino que en mi oficio muy pocas veces me veo obligado a usar la palabra) lo que me ocurrió con ese individuo y lo que temo me seguirá sucediendo a menos que usted intervenga y resuelva el asunto.

Soy de sueño liviano por herencia de padre y madre. Ambos tienen sueño muy liviano y con cualquier cosa se despiertan. Yo soy así. Total que una madrugada me despierto con los pasos. El edificio donde vivo está justo montado sobre la caída de la quebrada y pegado del puente y no sé por qué los ruidos se vuelven más grandes y parecen aumentar de tamaño cuando llegan a mi casa. Eso se lo digo porque es la única forma de explicar por qué me desperté apenas con unos pasos. Le dije que era de madrugada. Más exactamente como a las cuatro de la mañana. Y tampoco sé exactamente el porqué, pero me sentí con miedo. Es decir, no miedo sino como si por primera vez tuviera que ver con el mismo diablo. No podía dormir. Los pasos se habían detenido e imaginaba al tipo frente al edificio mirando hacia los apartamentos. Por fin me asomé. El tipo me vio. «Oiga» me gritó, «Baje un momento». No bajé. ¿Qué iba a hacer bajando y para qué? Me acosté. Sentí que el tipo no se movía. No me dejaba dormir. Por fin oí los pasos alejándose por el puente. Me asomé a la ventana y lo vi cruzar el puente Murillo en dirección a Los Mangos.

En la mañana se lo comenté a Rosa mi mujer. Ella me dijo que siempre estaba pendiente de tonterías de ese tipo. Lo dijo porque en verdad cuando hay un programa de suspenso en la televisión lo cambio; no puedo dormir si lo veo. Perdone. Le repito que me perdone la redacción de esta carta tan mal hecha pero lo que me interesa es narrarle lo mejor posible el asunto. De no ser así usted no entenderá por qué estoy tan preocupado. Bueno. Al otro día logré dormir completo. No sé si el tipo pasó o no. Pero como a los tres días volvieron los pasos. Me sobresalté, sentí taquicardia y todo. Me paré de la cama y me serví un vaso de agua. Los pasos desaparecieron. El hombre debía estar frente al edificio mirando mi balcón. Me asomé por el cuarto de los muchachos y a través de las coquetas de la jardinera, lo vi. Estaba parado como un poste mirando mi apartamento. Me bebí otro vaso de agua y me acosté. Esperé que se retirara. De pronto salté otra vez de la cama, el tipo hizo un silbidito que me llenó de miedo. Usted dirá que soy un cobarde pero le juro que esos pasos resonando dentro de la casa me llenan de algo parecido a lo que debe significar vacío de vida, horror, no sé, no sé expresarme, pero créame que me produce un inmenso malestar. Me asomé a la ventana y después al balcón.

«Por favor» dijo el hombre. «Baje un momento» ¿Qué hacía? El hombre podía pasar toda su vida pasando por ahí a las cuatro sin dejarme dormir.

No aguanté más y fui al baño a ponerme una bata. Mi mujer se despertó. Me preguntó qué estaba haciendo con esa bata puesta a las cuatro y pico de la mañana. Le dije que no tenía sueño y que quería fumarme un cigarro en la sala. Me dijo que para eso no hacía falta ponerme una bata. Le dije que se fuera a dormir y me dejara en paz. Ella me dijo algo desagradable y yo le dije algo más desagradable. Eso se lo cuento para que usted vea hasta dónde me lleva este tipo con sus pasos. Ahora el asunto era bajar sin que mi mujer se diera cuenta, porque ¿imagínese si ella me ve saliendo del departamento a esa hora y en bata? Lo menos que puede pensar es que estoy chiflado. Y pueda que sienta cierta inquietud con esos programas de horror y de suspenso que pasan por la televisión. Pero eso es otro asunto. No estoy nada loco, señor. Pero para seguir el cuento el asunto es que esperé a que mi mujer se durmiera. Eso no fue fácil. Yo sabía perfectamente bien que ella estaba pendiente de mí con una oreja en la sala y otra en el cuarto. Puse música para que se sintiera menos mi persona caminando y después que terminó el disco me asomé y la sentí durmiendo. El caso es que cuando la agarró el sueño bajé. Por fin vi al hombre. Voy a tratar de describirlo. Es alto. Bastante alto. Un poco o quizá justo de su tamaño. Tiene la nariz grande. Es lo que más se destaca de él. La nariz y los zapatos. Usa unos zapatos anormales. No puedo describirle cómo son los zapatos, pero sé que mientras me hablaba no podía dejar de mirárselos. Hasta pensé que, en vez de pie, aquel hombre debía tener patas de un animal raro y por eso tenía que usar esos zapatos. El hombre, por cierto, muy educado. Poca gente saluda inclinando la cabeza y cuando me vio inclinó la cabeza. Me dio las buenas noches. Le respondí que no era de noche sino de madrugada. Eso me pareció un poco cortante con él, puesto que había sido muy educado conmigo. Ahora trataré de reproducir lo más exactamente posible cómo fue la conversación usando las rayitas que ustedes los escritores usan para hacer una conversación. Fíjese.

Yo le dije:

—Bueno, no es de noche. Ya es de madrugada.

Y él me dijo:

—Usted perdone que lo haya sacado de la cama a esta hora. Pero necesitaba hablar con usted.

—¿Y por qué —dije yo— no lo hace mañana temprano? Me despierto a las siete y voy al trabajo a las siete y media. Si quiere desayunamos juntos en el café del Cada.

—Yo trabajo de día señor. Sólo tengo la noche para vivir y dormir.

—¿Usted vive cerca? —yo le pregunté eso porque me di cuenta que no tenía carro. Si tuviera carro no me habría molestado con sus pasos. También pensé que los pasos de aquel hombre, además de sonar así por el puente y la quebrada, sonaban así por los pies anormales que tiene.

—Yo vivo cerca —respondió.

—Mire, usted no me deja dormir: sus pasos me despiertan todas las madrugadas. Ahora por ejemplo desperté incluso a mi mujer. Como usted comprenderá eso es una gran molestia.

—Así es —dijo el señor—. Lo sé. Y usted disculpe.

Bueno, señor Feliciano, digamos que no dijo «usted disculpe» pero en todo caso algo muy parecido.

—¿Qué desea de mí? —le pregunté.

—Quiero que cuente mi vida —me dijo.

Entonces me di cuenta que él estaba equivocado. Que él pensaba que yo era usted.

—Usted, mi amigo, está en un error. Yo no puedo contar su vida.

Él creyó ahora que yo se lo decía porque no podía escribírsela por difícil o algo parecido, quiero decir que él no entendía el error.

—Yo creo que sí —dijo él—. No es muy complicada.

—Pero lo que pasa es que yo no soy el que usted cree que soy —le dije.

—Sé perfectamente bien con quién estoy hablando —dijo.

—Está hablando con alguien parecido al señor que usted busca.

—Pensaré después en lo que acaba de decir. Pero por favor, escriba mi vida.

—Le repito que yo no soy el señor Martelli.

—Sé que usted es el señor Martelli. Por favor no trate de aparentar otra identidad.

Ésa fue exactamente la frase que dijo. Me doy cuenta que tengo una memoria extraordinaria y perdone la pedantería. Tal vez se deba a mi oficio. Trabajo en Personal de un banco y tengo que retener los nombres y apellidos de mucha gente y trabajar con fichas todo el día.

—El señor Martelli vive cerca pero no soy yo. Sé que vive en nuestro Condado, pero le repito que usted está en un error.

—¿Donde vive entonces?

Aquí fue donde lamenté de verdad no saber su dirección. Claro, en ningún momento se la hubiera dicho a esa hora. Pero en todo caso le hubiera prometido que para dentro de tantos días, una vez que yo tomara contacto con usted, se la daba. Una vez que usted estuviera en cuenta del problema.

—No lo sé —le dije—, pero si quiere averiguo y se la doy dentro de unos días.

—Mire —dijo el hombre—, lo que le pido es muy poco: cuente mi vida. Eso es todo.

Yo estaba harto. Aquel hombre jamás aceptaría a esa hora que había una equivocación.

—Cuéntemela —le dije—. Pero trate de que sea corta.

—¿Mi vida? ¿Que sea corta?

—No. Quiero decir que abrevie los más posible su historia.

Me la contó. Ahora no puedo reproducir completa la historia. Primero porque debo confesarle que mientras me lo contaba me imaginé no sólo a mi mujer sino a todo el departamento viéndome a esa hora en bata con un tipo así y hablando. Imagínese. Y segundo porque no dejaba de preguntarme por la extraña apariencia de sus zapatos. Los zapatos de todo el mundo terminan más o menos iguales. Pero éstos eran como guantes de boxeo con tacones. Imagínese. Pero bueno. Lo único que me dijo fue que había nacido en La Guaira. Que había tomado un barco a los diecisiete años. Que viajó mucho. Que se casó con una extranjera. Trabajó (se me olvidó la ciudad, el nombre de la ciudad, pero en todo caso una ciudad perdida en el mil demonio) en tal parte hasta que regresó a Venezuela. La mujer lo dejó al llegar. Se puso a beber como un condenado hasta que perdió el empleo. Ahora trabajaba por su cuenta arreglando cosas de las casas del Condado. Cosas como por ejemplo (dijo él) poner un enchufe en otro lado, tumbar una mata.

—¿Por qué quiere que escriba su vida? —le pregunté. Añadí si le parecía tan interesante.

Me respondió:

—No. No lo es.

Por cierto, y antes que se me olvide, señor Martelli, hay algo raro en este hombre. Primero habla o se expresa, para decirlo más correctamente, muy bien. O sea que no parece un hombre vulgar. Un hombre de trabajos caseros como él dice. Parece más bien un hombre muy educado. De alta educación. O como se dice: de formación universitaria. Esto se lo cuento porque de verdad es muy extraño que hable tan bien y que a la vez esté, como decimos aquí, tan limpio.

—Entonces, si usted considera su vida poco interesante, ¿por qué quiere que yo la cuente?

—Quisiera leerla —me dijo.

—No entiendo —le respondí.

—Lo que usted escuchó: quisiera leerla.

—Pero, ¿por qué?

—No lo sé —me dijo.

Imagínese qué tipo señor Martelli. ¿Ah? Un tipo que no considera su vida interesante y que de paso, además de querer leer algo no interesante, no sabe por qué desea hacerlo.

—Mire —le dije—, yo tengo frío. Son las cinco de la mañana. Estoy cansado. De verdad. Además me parece todo esto un disparate. (Yo estaba molestándome, de verdad. Pensaba en mi trabajo. Pensaba que después terminaría cansado y durmiéndome sobre la mesa y delante de todo el mundo como cualquier borrachito.)

—Por favor —me dijo—, cuente lo que yo le conté. Escríbalo, por favor. Se lo pido.

—¿Si usted recibe en escrito lo que me contó dejará de pasar por aquí a esta hora?

—Sí.

—¿Me lo promete?

—Sí —me dijo.

Se me olvidaba decirle que el hombre usaba una gorra de lana y que el hombre usaba una chaqueta muy larga. Un tipo muy raro. Y volviendo al asunto me di cuenta después de prometerle yo que le escribiría su vida en el lío en que me había metido. Usted me perdonará mil veces señor Martelli, pero, ¿qué quería que hiciera? Trate de entender mi posición: soy un hombre honrado. Sin vicios. Trabajo muchísimo para levantar una familia honrada y digna. Y ese señor cada vez que pasa a las cinco o cuatro de la mañana no me deja dormir. Así me voy a volver loco, ¿no? ¿Usted puede entenderlo, señor Martelli? ¡Lo puede entender por Dios! Imagínese usted que mi mujer salió al balcón. Justo cuando yo me despedía y él prendía su cigarro oí que me gritó desde el balcón. ¡Qué haces ahí! Imagínese a esa hora mi mujer gritándome, yo que jamás llego tarde a casa. Bueno, subí. Tuve una discusión sumamente desagradable con mi mujer y me acosté. Tenía ganas de salir de la cama y darle una trompada a aquel tipo. De verdad, hay que ver lo que es no tener consideración con los demás.

Bueno. El caso es que pensé tirarle un balde de agua y que se fuera a otra parte con sus caprichos y listo.

En el trabajo me fue muy bien ese día. Trabajé bien y no me cansé como temía y regresé temprano a casa. Mi mujer me estaba esperando. Lo primero que me preguntó fue:

—¿Ahora dime quién es ése?

¿Cómo le iba a contar toda esa historia? ¿Quién lo va a creer?

—Me confunde con Martelli —te dije— y quiere que yo le cuente su vida.

—Que se la cuente Martelli.

—Pero él está convencido de que Martelli soy yo, ¿qué quieres que haga?

—Bueno. Qué importa. Cuéntasela tú. Total no importa —me dijo ella.

Mi señora, señor Martelli, es una gran admiradora suya. De verdad. No estoy exagerando nada. El otro día me di cuenta y le confieso que hasta me dio un poquito de celos el asunto. Porque cuando usted estaba con su mujer tomándose un café, ella me dijo que ella había soñado toda su vida con ser esposa de un artista. Eso me fastidió un poco. Tiene dos libros de usted. Yo no sé si usted ha publicado más, pero en caso de ser así, voy a aprovechar de pedirle que me los firme. Para yo regalárselos a ella. Todo esto se lo cuento porque yo sé que en el fondo ella quería saber si yo era capaz de escribir una historia. Bueno. Me leí todas las novelas que hay en la casa, y a veces leo una que otra cosa interesante que aparece en la prensa, pero sé que no podría escribir. Ya le digo: son muy pocas las oportunidades que tengo para escribir, así que casi no uso las palabras. Esto está un poco de más pero es que tengo que confesarle que estuve leyendo Pobres Gentes del escritor ruso Dostoievski. Usted sabe que esa novela está escrita con cartas. Esa novela no pude terminarla, se lo confieso. Cuando iba casi por el final me dolió tanto todo eso que dejé el libro. Es posible que yo sea un poco sentimental, como dicen, pero no aguanté tanto dolor. ¿Pobre gente, verdad? Hay que ver cómo ha sufrido ese pueblo, ¿no?

Y uno aquí quejándose porque subieron un poco el precio de la cerveza. Eso es el colmo. Pero como le decía, antes de escribirle, como tenía que hacerlo, traté entonces de acordarme de las cartas del escritor ruso para que más o menos la carta mía saliera más o menos bien. No cogí el libro otra vez porque como le dije ese escritor pega demasiado. Prefiero las novelas de Gallegos. Pero sobre todo los libros que llaman Best-Seller. Se pasa bien el rato y uno después duerme tranquilo.

Bueno. Le estoy quitando el tiempo. El caso es que me puse a escribir lo que el hombre había contado. No me quitó más de dos cuartillas, pero me costó un triunfo hacerlo. Le pedí a Sonia, una compañera de trabajo, que me corrigiera la redacción y que me la pasara en limpio. No tanto por él, por el señor de los zapatos raros, sino por mi mujer. Yo sabía que ella esperaba con muchos deseos conocer mi historia. Cuando la leyó me dijo que estaba muy bien escrita. Imagínese. Llegó el tercer día. El día anterior había escrito la historia. La tenía sobre la mesa de noche y lista para entregársela al señor. No pude dormir. Por fin sentí los pasos. Por primera vez no sólo no me asustaron sino que me alegró saber que había llegado. Me asomé por el balcón, le hice una señal y le dije bajito que ya bajaba (yo vivo en el segundo piso).

Me puse la bata y bajé. Estaba como siempre con su nariz grande con su gorra de lana y sus zapatos como guantes de boxeo. Lo saludé y me ofreció un cigarro.

—¿Ésa es mi vida? —me preguntó mirando las dos cuartillas que yo sostenía en mi mano derecha.

—Así es —le dije—. Ésta es su vida.

Me sentía orgulloso. De verdad. Y pensé mucho en usted. Debe ser hermoso poder entregarle un libro terminado a su esposa, ¿verdad? Estoy seguro que sí. Uno trabaja todo el día, señor Martelli, pero ¿qué queda del trabajo de uno? Es verdad: existe la satisfacción de que el trabajo de uno sea necesario para la empresa o donde sea que uno trabaje, y también es muy bueno cuando un compañero de trabajo se le acerca a uno y le dice: «Lo felicito, compadre. Usted trabaja como Dios manda». Pero, ¿qué queda de ese trabajo que uno pueda llevárselo a su mujer? Sólo el cheque del mes, señor Martelli. Un cheque que se hace nada. Ésa es la verdad. Pero bueno, no vaya a creer que yo me siento mal por eso. Eso no es verdad. Ya le dije que yo estoy contento con mi trabajo y creo que cumplo muy bien. Y gracias a Dios mis hijos están sanos y se educan en los mejores colegios y mañana dirán de mí que con el sudor de mi frente llegaron a ser universitarios y estoy seguro que sentirán orgullo de mí. (Le confieso que se me aguaron los ojos.) Y es que el mundo olvida, señor Martelli, que hay mucha gente desconocida que trabajan como perros para que sus hijos lleguen más tarde a ser grandes personas. Y la gente siempre dice: «Qué grande es el ministro Fulano». Pero se olvidan del viejo. Del pobre viejo que tuvo que partirse el alma para que su hijo llegara a ser ese gran ministro.

Pero bueno. Ahora vuelvo a mi historia. El caso es que el hombre me sorprendió:

—¿Me la puede leer? —me dijo.

—¿Por qué no la lee usted? —le pregunté.

—Porque no sé leer —me dijo.

Palabra que me enfureció.

—¿Así que usted me pide que le escriba su vida y ahora me dice que no sabe leer? Entonces, ¿para qué demonios quería tenerla escrita? ¿Usted está loco? ¿Usted me está tomando el pelo? Usted quiere sacarme de quicio, ¿no?

—No señor. Y perdone. Pero quería tener mi vida escrita por usted.

—¿Pero usted no se da cuenta que entonces yo podría mentirle? ¿Que todo el mundo podría mentirle? ¿Que todo el mundo al leer esta tontería podría engañarle con cualquierhistoria inventada?

—Usted no. Usted no me engañaría.

—¿Por qué? Dígame.

El hombre no respondió. Sentí la luz del balcón y me di cuenta que mi mujer estaba arriba oyéndonos y presenciando nuestro encuentro.

—Usted teme que yo vuelva. Que yo quede defraudado.

—¿Seguro?

—Sí—dijo él.

Entonces le dije:

—Bueno. Muy bien. Oiga muy bien lo que dice su vida.

Entre paréntesis, señor Martelli, le cuento íntegra la historia para que cuando él vaya a verlo ya usted lo conozca. Así le será más fácil salir de este asunto. La historia es la siguiente. (La paso directamente de las dos cuartillas que corrigió mi compañera de trabajo, Sonia.)

Nací en La Guaira. Mis padres eran venezolanos. Estuve acompañando al viejo en su trabajo. Mi padre tenía una botica. Yo lo acompañaba a vender y lo ayudaba. Cuando cumplí diecisiete años me aceptaron como ayudante de cocina en un barco de carga que iba hacia Nueva York. Trabajé en Nueva York en distintos oficios. Luego viajé a Europa. Me casé allí con una muchacha española. Viví en diferentes ciudades de Europa ejerciendo toda clase de oficios. Llegué a ser cantante. Una mañana mi mujer me dejó y volví a Venezuela. Me dediqué a emborracharme y a vivir de la miseria que me daban en los bares por una canción de amor. Yo las cantaba y bebía. Después dormía en la calle. Un día me dije que mi vida debía tener un sentido. Dejé el alcohol y busqué a un viejo amigo del Condado. Él me ofreció trabajo: le acompañaba a arreglar todo tipo de desperfectos que aparecían en las casas del Condado. De ese modo me curé. Hoy en día bebo poco. Trabajo bastante. A veces hago un viajecito al interior donde tengo una amiga. Cuando pienso en mi esposa española, siento tristeza. No podría casarme. Pero soy bastante feliz.

El hombre de los zapatos como guantes de boxeo se quedó mirándome.

—¿Qué le pareció? —le pregunté.

—Está bien —me dijo—. Pero falta algo, señor Martelli.

—¿Qué cosa? Aquí está todo lo que usted me contó.

—No estoy seguro. Pero de todas formas, aun así falta algo.

—Le repito —le dije— que si falta algo es por culpa suya. Lo olvidó cuando contó su historia. ¿Qué quiere que haga?

—Falta algo más importante que todo lo que escuché hasta ahora —me dijo.

—Dígamelo y yo se lo añado enseguida —dije.

—Yo no podría decírselo. Nunca podría decírselo. Usted tiene que descubrirlo.

—Mire —le dije—. Yo estoy cansado. De paso no soy el señor Martelli. Estoy cansado de usted, de su bendita historia.

Le entregué el papel y me despedí. Mi mujer me esperaba en la sala.

—Oí todo —me dijo.

—Está loco —le dije.

—Tal vez él tiene razón. Tal vez debías fijarte más en él.

—¿Pero de qué me voy a fijar?

—No lo sé —dijo ella.

Yo estaba cansado del hombre de los pies como guantes de boxeo. Estaba cansado de hacer el papel de imbécil escribiendo vidas ajenas. Así que le dije a mi mujer que si volvía, si aquel tipo volvía, le tiraba todos los porrones del balcón.

Y el hombre volvió. Le juro señor Martelli que me tiene loco. No me deja dormir. De paso mi mujer se despierta con el ruido del picop y de la cocina cuando preparo el café. Porque para distraerme preparo café. Después no puedo dormir. Estoy desesperado. ¿Qué podía hacer si no era ir en su ayuda? Una semana después de aquel encuentro y de haber pasado todos los días despertándome a las cinco de la mañana, fui a ver el rector de la Universidad del Condado. Usted lo conoce. Don Manuel Alfredo me recibió amablemente y me pidió que me sentara. En su casa hay dos perros enormes, señor Martelli, y créame que estuve a punto de correr de ahí, porque así no se puede hablar. Él se dio cuenta, espantó a los perros, y me ofreció café. Tomamos café y le pedí que me perdonara que sólo deseaba la dirección suya, señor Martelli, que necesitaba hablar con usted. El rector me la entregó escrita de puño y letra. Yo le agradezco que me perdone, señor Martelli, pero por favor ayúdenos a resolver este problema.

De usted agradecido para siempre.

Mi mujer, su admiradora, y yo, otro humilde admirador.

Pedro Martínez Martínez

Caracas, 1975, en mes de febrero

P.D. Acabo de sentir sus pasos, señor Martelli. Lo estoy oyendo llegar. He pasado la noche íntegra escribiéndole esta carta. Ahora llega. No sé, jamás podré explicárselo, pero siento miedo, señor Martelli. De verdad siento miedo, un miedo muy raro. Ahora se detiene. Dios mío. Se acaba de detener frente al edificio. Seguro que mira nuestro balcón. Sé que jamás podré tirarle ningún porrón ni nada. Está ahí y se moverá, pero será después de quién sabe qué eternidad de horas. Por favor, señor Martelli, ayúdenos. Imagínese que la semana pasada fui a la playa, ¿sabe?, y me le quedé mirando a los pies, a los pies de mi mujer. No sé. Me sentí mal. No me gustaron nada. Esa noche no pude dormir, no por esperarlo, al hombre de los pies de plomo, sino por eso, porque me di cuenta que no hice otra cosa que mirar pies. Estuve todo el tiempo en la playa mirándole los pies a todo el mundo. Qué raro, ¿no? Nunca me había fijado mucho en ellos. Son muy raros. Los de mi mujer por ejemplo parecen como demasiado gordos para ella. No entiendo muy bien lo que pasa pero no aguanto vérselos desnudos. Le pido que se ponga cualquier cosa encima. Eso nunca me había pasado. ¿Será que ese tipo con los pies de plomo y ese insomnio me han dañado un poco los nervios? Ahora, por ejemplo, cuando dejo de escribir para descansar, para que mis ideas se aclaren, veo mis pies. Los veo una y otra vez: los he tenido siempre conmigo y ahora que los veo ahí, en el piso, no los entiendo. Perdone tanta tontería. Le ruego que me ayude, su amigo. P. M. M.

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