Adrián Chaurán
“Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado”.
Francisco de Quevedo
I.
Me siento respirar, siento el silencio que me rodea, el suceder de la vida, la aglomeración de las calles, de las aceras, de las plazas, bares, restaurantes, hoteluchos, cajeros automáticos, autobuses, embotellamiento de avenidas, rostros lívidos y sonrojados que transpiran cansancio y estupor. Siento al tiempo deshacerme, ir borrándome, borrar mis huellas como borra las huellas de las olas en la arena, borrar mi voz pronunciada, el aquelarre de la madrugada, el ir apresurado hasta la parada del transporte público, sentirme en el aquí que no es aquí porque debo estar en el allá, porque quiero estar en el allá, porque me agoto, porque una hora deja de ser hora cuando dejo de mirarla, porque yo dejo de ser yo cuando dejo de morirme, vuelvo al silencio, a la diminuta escala de la pausa al movimiento inmóvil, a mi inmovilidad fugaz, no hay tiempo para descansar, no hay horas para descansar, duermo menos, estoy comiendo menos, pienso menos, mi vocabulario es menor, se reduce a monosílabos, a emoticones y stickers, quiero expresar amor y esfuma, quiero odiar y no hay odio, es un vacío de perpetuo límite, similar al correr perpetuo a la parada del transporte público para llegar a tiempo, pero el tiempo se reduce, debo correr más, debo llegar más temprano, debo levantarme más temprano, debo dormir menos, no duermo nada, horas y horas estoy leyendo porque necesito leer y saber y aprender y leer necesito ir a tiempo a la parada para poder llegar temprano, empezar a las ocho en punto, la producción aumenta, no duermo nada, leo horas y horas y horas, ¿qué entiendo? Siento el horror de Borges “de vivir en lo sucesivo”, espero al mañana, mañana, mañana, espero, esperar al mañana. La hora es idéntica así misma, pero no alcanza jamás. La hora es un invento que a su vez me inventa. El tiempo, el suceder, el río de Heráclito, siempre el mismo yo fatigado de ser yo, siempre distinto.
II.
El párrafo anterior es un fragmento de mi diario, escrito bajo el concepto del “automatismo” planteado por André Breton[1], así me dediqué a escribir varias páginas sin detenerme a reflexionar si lo escrito tiene sentido o no. Lo he intentado otras veces y puedo asegurar que hay un patrón, una idea que une a todos los puntos, y es causa de mi estrés o de mi ansiedad: es el debo hacer más en el menor tiempo, pero el tiempo no alcanza para hacer más, por lo tanto, se agota antes de yo haber agotado todo lo quiero hacer. Todo como una consecuencia del aceleramiento constante en el ritmo de vida, definido por Hartmunt Rosa como “un incremento del número de episodios de acción o experiencia por unidad de tiempo, es decir, es la consecuencia del deseo o necedad de sentida de hacer más cosas en menos tiempo”[2], reconozco que adolece de un claro carácter subjetivo, porque los días, las estaciones y las distancias no han cambiada, un minuto es igual a lo que era hace 200 años, pero el aceleramiento en ciertas áreas conlleva al deseo de querer hacer más. Antes leía un libro a la semana, ahora leo dos, pero quisiera leer cinco o seis, en un afán por comprimir el tiempo; todo como consecuencia de otros factores que no parecen tener relación, pero que ejercen sobre mí una enorme influencia.
La optimización de la tecnología, por ejemplo, me crea la falsa idea de generar más tiempo, dado que ahora puedo contestar mensajes o investigar con muchísima más facilidad que hace seis años, y donde creo que he ganado una hora en una actividad que antes me consumía dos, ahí yace mi engaño. Porque puedo investigar un tema, por tomar un caso, en menos tiempo, pero siento la necesidad de buscar más, por lo tanto, no gano una hora, sino que aún consumo el mismo tiempo, las dos horas, pero a cambio me exijo mucho más. El Yo como proyecto conlleva a su fatiga.
También siento la necesidad de “comprimir” mis acciones con el ejercicio de la multitarea, donde busco realizar actividades simultaneas para hacer más en el menor tiempo; esta mañana leía las noticias de la semana, pero a la vez desayunaba y escuchaba música de fondo; mi atención de dividía y el hacer varias cosas a la vez es como si no hiciera ninguna, porque no recuerdo la letra de la canción, ni su melodía y mucho menos recuerdo las noticias. No me genera la idea de haber ganado tiempo -como si el tiempo fuese un recurso que se puede ganar-, sino que aún siento el “hambre de tiempo”, de necesitar más, para hacer las mismas tareas. Ante el caos del quehacer es recomendable “tomarse un tiempo” o un “respiro”, para poder “descansar”, pero únicamente para volver otra vez al mismo torbellino con más ímpetu.
La pausa puede ser sinónimo de muerte, la lentitud es pecado capital de la modernidad tardía. Me siento anonadado ante el publicar o morir, porque se publica para mantenerse relevante, para el otro y para sí, sin importar si las ideas se han tenido el tiempo suficiente para su correcto desarrollo; y a su vez el lector se encuentra en un mar de información amorfa incapaz de digerir. La avalancha de revistas, publicaciones, libros, conferencias, post en las redes sociales, reacciones que fluyen sin dejar huella y sin echar raíces: me dejo llevar y me veo rellenando páginas de vacíos; porque en la academia y en los discursos imperantes no importa el argumento más elaborado ni la mejor metodología, lo importante es lo sugerente, lo que alienta a los resentimientos, lo cruelmente instintivo y una capa de metáforas que nada explican; siguiendo a Guy Debord se afirma que “en el mundo realmente invertido lo verdadero es parte de lo falso”[3], porque nos ahoga un cielo de mentiras.
Todo lo percibo perdido. La vida se vuelve un constante devenir de experiencias que no significan nada, porque el objetivo no es vivir las experiencias sino coleccionarlas, similar a una galería de fotos con momentos de un viaje, fotos desechables porque al instante de ser tomadas pierden su valor y su sentido, y por lo tanto se deben tomar más fotos. Nos hemos vueltos contempladores de ilusiones necesarias para nuestra existencia. Siento que no vale la pena el placer o la desdicha, sino la cantidad de placer o desdicha que se puede experimentar sin sentir. Las relaciones en muchos aspectos de la vida se ven afectados, los lazos de amistad se disipan sin sentir su ausencia y la virtualidad que genera la ilusión de comunicación y de unión. Pero reconozco en ellas una multitud de relaciones insignificanticas cuyo valor se reduce a la satisfacción producida. E incluso afecta a la relación que tenemos con los mismos objetos, se vuelven anacrónicos o anticuados mucho antes del vencimiento de su vida útil, todo debe ser reemplazado. Todo lo que produzca retroceso o aminore la marcha, debe ser reemplazado inmediatamente.
Por ello una de las cosas que más me afecta es la inmovilidad, tan acostumbrado a estar en la corriente que al sentir que no me muevo, que no realizo acciones, que no leo o que no escribo, siento que todo se desmorona. No tener acceso a internet se vuelve motivo de crisis, es imperativo el estar siempre conectado, aunque no se haga nada más que consumir contenido basura, sin preocuparse por el tiempo irremediablemente extraviado. Y hasta el carácter de progreso de la historia individual parecer haber cambiado; veo a mis cercanos cambiar de sentido o del rumbo de sus vidas a medida de cambian los días o el clima, por lo tanto, cambian su “misión” en el sentido propuesto por Ortega y Gasset como lo que un ser humano debe hacer en su vida[4], así ante la pregunta cartesiana: Quod vitae sectabor iter? La respuesta es inefable, porque la vida es un progreso sin dirección donde el ser se vuelve fragmentario, la historia individual pierde su forma como línea de evolución progresiva hacia un ideal preestablecido y firme, para esparcirse en aisladas islas inconexas; nace una crisis de identidad, nace falta de pertenecía no ya con el entorno sino consigo mismo.
Y vuelvo nuevamente a la rueda de hámster, donde me exijo más en menos tiempo, donde no cumplo con lo acordado conmigo, donde debo seguir la ley de la competitividad eterna, donde las relaciones solidas carecen de interés, donde quedo saturado y desconcertado del yo. Donde siento que dejo ser para poder seguir siendo.
[1] André Breton Manifiesto surrealista dice del automatismo que es un “dictado del pensamiento, con exclusión de todo control ejercido por la razón” (pág. 38).
[2] Harmunt Rosa, Alienación y aceleración, Katz Editores, Buenos Aires, 2016, pág. 30-31.
[3] Guy Debord, La sociedad del espectáculo, traducción de José Luis Pardo, España, Ediciones Naufragio, pág. 6.
[4] José Ortega y Gasset, La misión del bibliotecario, Editor Digital, 2015. Ortega y Gasset define misión como “la conciencia que cada hombre tiene de su más auténtico ser que está llamado a realizar”.
