literatura venezolana

de hoy y de siempre

Sin respuesta

Nov 4, 2022

Julio Miranda

Llevaba a la niña fuertemente agarrada de la mano, abriéndose paso entre el gentío de la tarde de sábado. Me haces daño, papi, le dijo. Aflojó la presión y, ya en las escaleras, se acopló al ritmo de ella: un, dos, salto; un, dos, salto; un, dos. Volvió a asirla, siempre quizás con un exceso de ansiedad, mientras atravesaban los largos pasillos, tironeándola cada vez que se detenía a contemplar un afiche o a intentar recoger algo del suelo. En la vasta explanada subterránea, formaron en una de las colas. Él introdujo al fin su ticket, adoptando una actitud alerta según lo exigía el juego habitual e indicándole con ostentoso disimulo que se deslizara bajo el torniquete, como si cometieran un terrible delito, de consecuencias incalculables. Ella pasó rápidamente, casi tocando el suelo de tan doblada que iba. Recuperó el cartoncito y fue a darle la mano. Pero no estaba allí.

Se encontró, en cambio, con un desfile extrañísimo, inesperado en aquel momento y lugar: gentes disfrazadas de leones, jirafas, elefantes, camellos, osos…, subían desde uno de los andenes, mezclados con enanos, malabaristas tirando de sus bolas multicolores a lo alto, payasos que se perseguían golpeándose. Un tragallamas tenía a su alrededor un círculo de ociosos. Niños y niñas de diversas edades correteaban, tropezando y cayendo, riendo y aullando entre los figurones, y adivinó a otros padres y madres tan expectantes, tensos e incluso desesperados como él.

Se hizo un camino a empujones, sin importarle las quejas e insultos, aunque lo menos que necesitaba ahora era que lo retrasara una pelea. Y la divisó, finalmente, casi llegando al andén. Arrastrada por un hombre, su hija miraba en torno, buscándolo, aunque sin parecer preocupada. Llevaba un globo en la mano. El secuestrador trataba de avanzar rápido, pero la retaguardia del gentío circense lo obstaculizaba.

Se lanzó escaleras abajo, derribando a un payaso y a una danta. Tres pingüinos se pegaron a la pared, chillando. La niña lo vio, manifestando su alborozo y llamándolo, aunque apenas la oía. El hombre también lo vio. Se echó a correr, con ella en brazos.

Sólo entonces se le ocurrió gritar. Al principio, atragantado, sin aliento, no logró emitir sonido alguno. ¡Deténganlo! ¡Se está robando a mi hija!, clamó con toda la fuerza de sus pulmones. Se sintió ridículo y furioso al mismo tiempo. Nadie se movía. Únicamente lo miraban, asombrados. Luego, miraron también al hombre que corría con la niña cargada y el globo agitándose. Deténganlo, por Dios, dijo en voz baja.

Al otro extremo del andén, apareció casualmente un policía. El hombre se paró, sacando una navaja. El policía se dio cuenta, extrajo su revólver, apuntó. ¿A quién? Rogaba que no se le ocurriera disparar. Apenas diez o doce metros lo separaban del secuestrador. La gente se había ido retirando, hasta dejarlos solos. Papi, papi, ven, dijo la niña. Ya voy, le respondió. El otro parecía no saber bien qué hacer. Con su navaja trazaba círculos en el aire, en un alarde excesivo. Pero el filo brillaba. Y con el brazo izquierdo estrechaba a la niña.

– No se acerque.

– Déjela ir. No le haga daño, por favor. Por favor…

La niña se echó a llorar. Pateaba, intentando liberarse.

– Dígale que se esté quieta.

– Mi vida, no llores, no tengas miedo. Es un juego, ¿entiendes? Un juego nuevo. Quédate tranquila.

Seguía avanzando hacia el hombre, paso a paso, muy suavemente, con las manos abiertas, como proclamando su indefensión, su mansedumbre; como invitándole a entregarle a la niña, ya callada pero con el rostro cubierto de lágrimas, tendiéndole los brazos. El otro retrocedía, siempre moviendo inútilmente la navaja; miraba al policía, de arma casi temblorosa; se le acercaba de nuevo. No estaba ni bien ni mal vestido. No tenía cara de loco ni de drogadicto. ¿Un sádico? Un hombre triste, en cualquier caso.

– Si me dejan ir no le pasará nada a la niña. La soltaré luego, cerca de aquí.

– Llévesela, llévesela, pero no le haga daño.

Rogaba ahora que ella no fuera a decir que no quería irse con el otro. Pero su hija permanecía en silencio, mirándolo muy seria, mientras él repetía aún: es un juego.

Gritó al policía, gesticulando con vehemencia, que se quitara de la salida, permitiendo escapar al hombre. Fue en vano.

Vio, además, que otros policías llegaban para bloquear la escalera, colocándose en posición de tiro. Sintió, a sus espaldas, el viento desplazado por el tren que asomaba. Buscó los ojos del otro, quien le sostuvo la mirada. ¿Hubieran podido hablar, entenderse, tomarse unos tragos juntos, ser amigos, quizá? ¿Pasear cada uno con su hija de la mano? Pero había una sola niña, y era la suya.

El secuestrador pareció encogerse de hombros. De pronto, lanzó a la niña por el aire, hacia sus brazos, y saltó a las vías, frente a la máquina que avanzaba rugiendo.

Sobre el autor

Deja una respuesta