literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Sonia Chocrón

La virgen del baño turco

Allí desnudo, destilando con el vapor, cualquiera lo habría confundido con un magnate holgado y ocioso. Nada más lejos de la verdad si es que la verdad tenía alguna importancia en este caso.

El hombre que sudaba sobre las lajas pulidas del baño sería por no mucho tiempo más Hipólito Santamaría, un hombre que nunca se comió un semáforo en rojo, jamás se atrevió a pasarse de tragos, mucho menos a fumarse un porro y por lo demás, tenía organizada la vida de tal forma que los Lunes fueron siempre Lunes y los Domingos el día de ir a misa.

Lo del baño turco había sido un simple accidente, un premio en una rifa de verbena, una promoción más que injusta.

Aquella tarde en la romería anual de los curas salesianos, Hipólito había comprado un boleto de rifa no tanto animado por el primer premio, un televisor a color de 27 pulgadas; tanto menos por el segundo, un viaje de ida y vuelta a Isla Margarita y ni hablar del tercero –la sesiones gratis en el spa de un gimnasio de lujo al este de la ciudad- lo había hecho sobre todo para que sus allegados que no eran muchos, incluida su mujer, no fueran a decir que Hipólito Santamaría no colaboraba con las causas de los niños abandonados y los perros callejeros. A saber, los fondos recaudados en el sorteo iban a ser destinados al refaccionamiento de dos casas hogar para niños de la calle y para la dotación de la perrera municipal de su barrio.

Qué podían significar tres sesiones en el baño turco de un club de gimnasia para un hombre que sólo conocía de texturas de madera, de tornillos, de lacas matizando colores, de armatostes forjados con sus manos. Nada en su cuerpo estaba hecho para sudar de otra forma que no fuera desmemoriando el tronco de un árbol hasta convertirlo en un mueble que apenas recordara su naturaleza primigenia.

Pero Hipólito Santamaría acudió a esa primera cita en el gimnasio decidido y temeroso, con la curiosidad de un niño que se asoma por el ventanal de una tienda rara y nueva. Allí le indicaron que debía quitarse la ropa para comenzar con la sesión de masajes previos al vapor, pero Hipólito resistió la idea de dejar que alguien extraño, que no fuera Lucía ni el médico internista del hospital, hundiera los dedos en la masa de su carne ya un poco vencida. Prefirió entonces ir directo al baño de vapor y con un poco de vergüenza mal disimulada fue quitándose las pocas prendas que le cubrían el cuerpo.

Comenzó por los zapatos triturados, luego los calcetines de nylon azul celeste. Cuando se vio los pies desnudos sintió un súbito ataque de pudor como si se hubiera descubierto su propio miembro ante la mirada de una multitud. En ese momento, Hipólito se cercioró de que estaba íngrimo y poco tiempo después continuó con la maniobra de deshacerse de aquella ropa que formaba parte de su propia piel.

Levantó de la superficie fría del piso el dedo gordo de cada pie como si quisiera con ellos apuntar a la copa del techo para volar hasta allá, a donde nadie le viera desnudo. Pero Hipólito se encontraba solo. Dejó caer por fin su pantalón de mezclilla más o menos roído y una camisa de algodón verde musgo. Por último, sus calzones a rayas cosidos por las burdas pero amorosas manos de Lucía. Rodeó rápidamente su torso con una toalla alba mullidísima para no tener que verse el pene él mismo y se adentró sigiloso en uno de los cubículos blancos como la toalla, tapizado de lajas tersas y brillantes en medio del sopor del humo espeso.

Nada sabían de él los dos hombres que departían justo en la banqueta de enfrente. Nada conocían de Hipólito y sin embargo les dio por hablar como si estuvieran solos.

Hipólito había llegado justo en el momento de una pausa de silencio de Alvaro Brandao. El hombre meditaba la dosis de palabras justas que eran precisas para convencer de sus propósitos a Diego Castellari.

Después de aquel silencio no demasiado largo que había provocado la intriga de Castellari, Alvaro Brandao prosiguió. Su voz se tornó grave y los ojos de Castellari, opacos y envejecidos, relumbraron repentinos y ávidos, como los ojos del hambriento frente a un plato de comida caliente y apetitosa. La estampa parecía menos la de dos hombres haciendo una historia y más el fresco de un ávido cazador y su presa.

Brandao se refirió a una mujer como quien menciona a alguien sin nombre, sin identidad y sin historia. La llamaba La Innombrable. No sabía Hipólito que parafraseaba con ello a un personaje de una antigua novela de Manzzoni. La Innominata era una mujer perfecta, decía Brandao, tremendamente perfecta y letal. Seamos más precisos: perfecta, devota y letal. Al menos eso le pareció entender a Hipólito quien se dejó capturar de inmediato por los misterios de Alvaro Brandao, por su porte de hombre verdadero y cabal en las palabras.

Hipólito Santamaría quiso decir buenas tardes al dúo, advertirles honrosamente de su presencia antes de que fuera revelado algún secreto; balbuceó algún sonido ininteligible y comprendió de inmediato que su esfuerzo por ser cortés y prudente era inútil. Aquellos dos hombres estaban enfrascados en una historia y su humanidad resultaba absolutamente desapercibida. Más aún, innecesaria.

La joven había sido novicia pero acababa de ahorcar los hábitos porque un hombre malintencionado la había convencido de concursar en el certamen de Señorita Venezuela para luchar desde una tribuna prominente por la justicia de los pobres. Y porque era alta, y frondosa, y gentil a la hora de hablar, y porque tenía dos nalgas que se balanceaban en el espacio como pompas de jabón a cada paso de ella. Y era una virgen de veinte años que se parecía a la madre de la humanidad, a María con las rosas en la mano.

Así que había accedido a participar, después de mucho dudarlo, en aquel concurso de belleza vernácula con el visto bueno del cura de su parroquia y con la anuencia secreta de los delincuentes de su barrio. Tenían casi su misma edad y la conocían desde que era una niña y se confesaba en la capillita cuando ellos no eran aún tan famosos como lo son hoy con los motes de Pulgarcito y Mierdamuerta. Asesinos de arrabal, jefes de la droga de toda la zona y devotos de Mariana Reyes por accidente, cuando desnucaron a su primera víctima y salieron ilesos gracias al aura de impunidad que Mariana dejó como estela, cuando cruzaba por allí persiguiendo un taxi.

Hipólito había quedado prendado de esta historia acaso falsa y había decidido, muy dentro de él, que tomaría las tres sesiones de baño turco que se había ganado para poder concluir con la curiosidad y con el furtivo goce que le propiciaba la estampa imaginaria de esa joven desconocida.

Después de un suspiro largo e insondable, Alvaro Brandao calló. Castellari e Hipólito le miraron fijamente a los ojos como esperando alguna conclusión. Solo que los ojos de Hipólito Santamaría desviaron su objetivo hasta una laja blanca demasiado parecida al horizonte vago y torpe del disimulo.

Hipólito quería saber qué hacía una virgen en un barrio oscuro de Caracas. Quería saber si el ladronzuelo enano llamado Pulgarcito y su secuaz, el tardo Mierdamuerta, convertidos en asesinos, recibirían algún día su merecido. Quería saber, sobre todo, si Mariana Reyes llegaría a ser reina. A pesar de sus pensamientos confusos, o quizás precisamente por ellos, Hipólito deseaba permanecer allí, en el baño de vapor junto a los dos desconocidos y al fragor de esa historia. Había olvidado el pudor de estar medio desnudo frente a dos hombres, había olvidado que ya era la hora del guiso con carne y frijoles que de seguro Lucía le tenía preparado. Poco le importaba que hubiera adelgazado un kilo de tanto sudar.

-¿Y va a ganar el concurso?- Pregunta inquieto y anhelante Diego Castellari, e Hipólito se regocija porque va a conocer la primera respuesta a sus dudas; pero el interlocutor es demasiado ambiguo para la mente desguarnecida de Hipólito Santamaría.

-Si y no- responde a secas Brandao. Luego lo medita otra vez unos instantes y habla de nuevo: -sí, va aganar, pero por distintos caminos-. Y la tarde se hace casi noche en medio de la ciudad incómoda y desesperanzada.

La sesión de aquella tarde había concluido.

Durante el camino de regreso, a Hipólito le asaltaban estampas vivas de Lucía, su mujer por más de veinte años. Recordaba su lunar peludo en la mejilla, su voz gangosa y sus remilgos, el amor que alguna vez le tuvo y el deseo menguado todas las noches después de cenar su vianda grasienta y desaborida.

En medio de la repelente evocación de Lucía y sus platillos, Hipólito topó con una escena que no esperaba, a pesar de haberla soñado con todos sus sentidos durante las horas previas.

La mujer estaba allí, frente a él, frente a decenas de fotógrafos y curiosos, posando en la fachada de la Iglesia de Santa Teresa, con hábitos de novicia y sandalias de tacón muy alto. Parecía de otro mundo. Su forma de andar, a una altitud de casi un metro ochenta por sobre la tierra, al compás de dos pechos inigualables. Su rostro inmaculado y maternal, su piel pulida como un durazno en ciernes. Era ella, no le cabía ninguna duda, la novicia que había decidido ser la Señora de Venezuela.

Hipólito comenzó a temblar de pies a cabeza, por todos los recodos y aristas de su cuerpo y su cabeza, quién sabe si por miedo o tal vez por la feliz coincidencia de encontrarse frente a frente con la joven que desde hacía algunas horas ocupaba sus emociones cándidas y no tuvo más remedio que pensar que la virgen del baño turco era verídica.

De inmediato, y como guiado por un arrebato ajeno, se abrió paso entre la gente anónima y logró llegar muy cerca de ella, a pesar de la seguridad y las cámaras y la multitud de curiosos y la presencia inquebrantable de Pulgarcito y Mierdamuerta –los reconoció de inmediato por la pequeñez de uno y la parsimonia del otro- y cuando estuvo allí, a un lado, a pocos centímetros de su cuello blanco, le susurró.

-Tú vas a ganar.

Ella lo miró desconcertada no sin antes detallar la barriga mofletuda de Hipólito y la terquedad del sucio bajo las uñas de sus manos.

-Vas a ser la reina de este país- sentenció de nuevo Hipólito con la seguridad de un vidente en pleno trance adivinatorio. Segundos después, Mariana Reyes, así le dijeron que se llamaba, desaparecía del horizonte de todos los testigos de la sesión de fotos, conducida por los organizadores del concurso, los fotógrafos y los maquilladores, escoltada siempre por sus admiradores fieles y sus guardianes inquebrantables.

Esa misma noche, sobre la cama tibia y espesa, Hipólito le relató a Lucía detalles del baño turco y la sensación del vapor sobre la piel agobiada, le habló de los dos hombres que lo ignoraron como si fuera incorpóreo y asomó vagamente la historia de la novicia virgen ahorcando el amor a Dios por un título de belleza.

-Eso debe ser una película. En este país hacen películas así, de los temas más necios que una se pueda imaginar- Dijo Lucía con cierto desprecio.

-Eso creía yo, pero no es así.

-¿No? ¿Cómo lo sabes?

Hipólito negó tres veces con la cabeza, suspiró e hizo silencio. Era como si se hubiese quedado meditando sobre lo que había escuchado y lo que había visto esa tarde, recapitulando escenas y sonidos y fragancias para poder darle una respuesta razonada a su mujer. Lucía esperó la conclusión a sus incógnitas pero su marido se había quedado irremediablemente dormido.

Entonces masculló entre dientes los trozos de relato que Hipólito acababa de contarle y no le sentó bien. Sintió desgano, dudas, náuseas y un remoto olor a riesgo, pero al final concluyó que su esposo era demasiado iluso como para hacerle caso. Dejó de lado sus cavilaciones y se entregó al sueño, agotada de tanto pensar.

A la segunda sesión del baño turco Hipólito procuró ir bien preparado. Se limpió la cera de las orejas con afán meticuloso, lo mismo hizo con la mugre ancestral adherida a todas las uñas y tuvo la precaución de llevar su único y minúsculo maletín de viaje con un desodorante y un peine dentro, además de una muda de ropa limpia.

Cuando entró, los dos hombres ya estaban sentados como dos fantasmas en medio de la nube de vapor blanco que lo devoraba todo.

Por segunda vez, los caballeros desnudos ignoraron la presencia de Hipólito y continuaron la conversación como si nadie más que ellos habitara el mundo, la ciudad y el tiempo.

Mariana Reyes, al principio y según las proyecciones, no iba a ganar, sería la primera finalista. Pero, a través de los trámites necesarios, se coronaría al final como el bastión de un país olvidado, la testa de un proyecto mucho más grande que ser una majestad de belleza y nada más. Debía ser la gran madre.

Hipólito no se dejó intimidar por su condición de ignorado; muy por el contrario, se sentía parte del complot, de la parábola y su desenlace. De manera que tomó asiento más cerca que la tarde anterior, y se dispuso a escuchar con fruición el resto de la historia.

Cuando Mariana Reyes decidió participar en el certamen, había aceptado con ello todos los singulares eventos que le eran ajenos, incluyendo una cirugía plástica menor para corregir una de sus orejas, demasiado vertical para el estándar del torneo y que el famoso cirujano Boris Zaidman subsanó sin problemas en su humanidad inmaculada.

Durante la presentación a la prensa de las candidatas, debió someterse a severas clases de gimnasia rítmica, oratoria y además, escoger un vestido sensual que en nada le recordaba su pasado devoto. Sería una fiesta de disfraces relativos a las distintas razas del país mestizo, así que tuvo que usar una fantasía libre de india Caribe con lentejuelas y canutillos brillantes y plumas de avestruz teñidas de verde kiwi.

Después de la coreografía de los diablos danzantes–el público aplaudió a rabiar- y una vez en su camerino, un diablo de Yare infiltrado en el área de las concursantes, tomó a Mariana por la fuerza, tanteó sus pechos insignes, los acarició con fuerza infernal, los lamió como a copas de helado con una lengua glotona y espesa e introdujo su mano izquierda hirviendo por entre las entrañas de la india y su guayuco, hasta hacerla sucumbir al deseo. La poseyó veloz, la penetró hasta hacerla sonrojar de placer y luego huyó.

Fue así como esa noche Mariana, asaltada por un diablo–cualquiera que haya sido la identidad de aquel disfraz anónimo- trocaría para siempre su destino como virgen.

Hipólito estaba a punto de llorar por la tragedia de Mariana, se sentía traicionado. Se le inundaron los ojos de nubes y lágrimas, pero las contuvo no fueran a pensar que era un intruso más que gordo, blando. Pero muy dentro de él sentía una tristeza grave, seguro como estaba de que todos los sueños y la perfección de la virgen se habían ido al traste.

Brandao y Castellari ni siquiera se percataron de la melancolía de Hipólito. Ellos, en cambio, fulguraban de goce. Para Hipólito, ellos habían engañado a la pobre joven, y coronaban uno a uno sus planes de dominio.

-Entonces- dijo Castellari con la mirada llena de vigor -la vida no es como se planea…

Hipólito estuvo a punto de romper en un llanto de impotencia y odio.

-…la vida no es como se planea…sino mucho mejor- remató Brandao.

Esa noche, Hipólito Santamaría no pudo ocultarle a Lucía la aflicción que llevaba a cuestas como un fardo macizo y gris. Casi de inmediato, al verlo llegar, Lucía tuvo la certeza de que a su esposo le asaltaba uno de aquellos amargores que de vez en cuando lo retenían en casa y lo condenaban a un mutismo universal.

Sólo que esta vez, Hipólito no calló. Y le dijo a Lucía lo que le había pasado a Mariana Reyes, del diablo y la desfloración, del placer de aquellos dos desconocidos envueltos en toallas blancas, crueles como hienas.

Incrédula y celosa de la monja, Lucía trató de disuadir a su marido de esa historia artificiosa, más que falsa, imposible. Le hizo el amor con una ternura ya casi olvidada y sintió que lo reconocía otra vez, después del tiempo. El deseo de aliviarlo de sus pensamientos enmarañados no era otra cosa que el amor reblandecido durante muchos años, acabando de renacer.

Pero fue en vano.

La fiesta tuvo lugar, hubo bailes de tambores, hubo joropos y hubo una danza de diablos de yare, enmascarados de rojo y negro, envolviendo el escenario de fuegos y nervios y alegría. ¿Era una coincidencia? Toda la prensa lo había reseñado desde muy temprano, a la mañana siguiente.

Para no verlo en la televisión ni escucharlo de las gentes ni asomarse de reojo a las noticias, Hipólito se concentró en un armario. Terminó de cepillar el tablón de roble que coronaría el mueble sin que ninguna astilla penetrara en su piel callosa y áspera. Recordó la víspera y su escena de amor con Lucía, cuán rutinaria y calma, cuán pesada al tamiz del estofado de carne. Cuán torpes sus cuerpos ya para el amor. Recordó también la primera vez que se acostó con Lucía, la primera vez de ella, carnes morenas y aterciopeladas rozándose temerosas contra su cuerpo atlético y joven.

Recordó la mirada de carnero degollado que tenía Lucía cuando después de la primera vez le preguntó “¿Me quieres?” No tuvo dudas de que la quería luego de que Lucía clavara esa mirada lastimosa y hambrienta sobre sus propias pupilas inquietas.

Rememoró el aroma de la virginidad de Lucía, un olor a jabón azul, a tela despercudida y pulcra, una esencia tierna, de cachorra; vislumbró sus manos sin gracia recorriendo su miembro con aspereza y ganas. Sus labios llenos de dientes y de miedo.

Esa idea le trajo a la memoria a la virgen del baño turco, la joven de piel blanca y rostro inmaculado que campeaba inusitada por un viejo barrio de Caracas lleno de malhechores y miseria. ¿En qué consistía su virginidad, esa que había perdido? ¿Qué olor tenía?

Espantó los fantasmas de su esposa y de Mariana tan pronto como pudo y continuó con su tablón ya listo para comenzar a lijar por cuarta vez. Todo él comenzó a teñirse de polvo rojizo, su rostro, sus pestañas y sus manos. Se fue haciendo cada vez más sucio hasta que ya no quedó ni un sólo intersticio de su cuerpo que no estuviera sellado con el polvillo de la madera. Pero fueron sus manos, negro en lo negro, las que permanecieron invictas.

Había dudado de acudir a la tercera y última sesión de baño turco, ya no quería saber más de la pobre muchacha, menos aún, departir con los dos facinerosos que trazaban aquel relato. Pero a última hora se decidió. Pretendía deshacer sus dudas sobre la autenticidad del cuento, y sobre todo, codiciaba averiguar el insondable destino de la novicia más hermosa y desgraciada del mundo.

De pronto, a Hipólito le dio por escrutar los rostros de los dos hombres. Alvaro Brandao, ese que contaba la historia de Mariana Reyes, estaba en sus treinta tardíos y tenía la apariencia de un actor de cine. El otro en cambio, mucho menos joven, debía tener al menos setenta. Tal vez más. A ese, los pómulos se le habían hundido y la dentadura postiza, blanca e impecable, era el único rasgo que lo hacía más humano y menos parecido a una calavera inerme. Usaba unos espejuelos de aumento muy gruesos, enmarcados en carey, que se empañaban con el rocío del vapor a cada instante y sólo hablaba cuando le era propicio. A Hipólito le pareció recordar vagamente a aquel viejo de otros tiempos. Pero su memoria era en ese instante una sustancia imprecisa y resbalosa.

No desdeñaron al intruso, le saludaron con una venia, aunque su presencia resultó tan común, pequeña e inocua como las tardes anteriores. Pero esta vez, Hipólito Santamaría no desvió ni una sola vez la mirada hacia el fondo de los azulejos para tratar de disimular su interés. Por el contrario, se sintió con absoluto derecho de atender y opinar aunque sólo fuera mentalmente.

Sin embargo, apenas si notó algún detalle en los músculos faciales prensados de Alvaro Brandao. Tampoco se percató de que el timbre de la voz del hombre acusaba cierta tensión en sus cuerdas vocales, mucho menos de que el añejo Castellari, -recordó de pronto que era un líder sindical de vieja data- oscilaba nervioso sobre sus huesos vetustos. No entendió que Mariana deseaba ganar para ser reina, para ser poderosa, para vengar los años de anonimato y modestia. Igual que el anciano, y el joven.

Sólo atinó a intuir con simpleza que de seguro esa tarde escucharía el final de la fábula de Mariana Reyes de los labios excitados de Alvaro Brandao. Se equivocaba.

Esa misma noche se celebraba el concurso de Señorita Venezuela y a Hipólito le pareció tontamente que los hombres preparaban a Mariana Reyes para ser, no la majestad de la belleza, sino la soberana de una república incauta. Hipólito pudo discernir entonces, para su sosiego interior, que toda la historia de Mariana Reyes era forjada, tejida por esos dos hombres que tal vez hacían una película baladí sobre una historia imposible, como decía Lucía, y que nada tenía que ver con la verdad genuina.

Esa tarde, al salir de la última sesión del baño turco, Hipólito se sentía tan liviano como una nube. Iba feliz durante el trayecto del bus hacia la parada más cercana a su casa, con el alivio de saber que Mariana Reyes nunca existió.

Cuando llegó a su casa abrazó a Lucía y la besó con tanto amor que Lucía se tornó capciosa y suspicaz.

-¡Tú tenías razón, Lucía!

Y Lucía, aún sin saber de qué hablaba Hipólito, estuvo satisfecha de que su esposo le concediera la razón, una vez más y como siempre.

-¡Lo de la novicia, la reina de belleza… era una paparrucha, Lucía!

Lucía se tongoneó de gusto, lo miró de reojo y sólo comentó con una vocecita tenue que no parecía suya: -Yo te lo dije.

Hipólito estuvo bien dispuesto a hacer el amor con su mujer de siempre, con un ánimo renovado y festivo, sin distracciones fútiles, a pesar de que las imágenes de la televisión se sucedían sin pausa como telón de fondo de sus dos cuerpos desnudos y marchitos.

Veinticinco mujeres jóvenes desfilan por un escenario colorido y almidonado. Dos leones cruzan el cuadro mientras el animador del espectáculo, vestido de frac y empolvado el rostro, comienza a leer de un sobre la lista de las finalistas. A la palestra se adelantan cinco mujeres y una es Mariana Reyes.

Con el rabillo del ojo, Lucía esquiva el cuerpo hinchado de su esposo que se balancea sobre su pelvis, para ver retazos del invariable concurso de la televisión. Quiere escuchar lo que dicen pero el resoplo intermitente de Hipólito se lo impide.

Van coronando una a una a tres mujeres. Las demás lloran defraudadas pero entienden que han perdido y se retiran vencidas hacia un costado de la pantalla.

Hipólito se afana sobre el cuerpo de Lucía para llegar a la cresta de su apetito.

Ahora quedan solo dos mujeres. Una trigueña muy larga y otra blanca y llena de gracia a quien Lucía identifica como a Mariana Reyes. Lleva un crucifijo de plata sobre su pecho desnudo. Los destellos de la joya hacen eco en el lente de la cámara.

Para acompañar a Hipólito, Lucía contorsiona sus caderas con una melodía acelerada y desliza su lengua timorata y callada a lo largo del cuello de su marido.

El animador abre un último sobre y escruta.

-La primera finalista es muy importante pues será quien cumpla los deberes de la reina en caso de que esta se viera impedida.

Y la ganadora no es Mariana, es la otra. Y rápidamente acuden en manada todas las concursantes alrededor de la nueva alteza mientras alguien le clava la corona sobre su cabellera negra y cautiva. Las otras jóvenes la rodean en un abrazo común, triunfal, desesperado y, por unos instantes ínfimos, el rostro de la reina coronada desaparece de la pantalla en un fárrago de peinados y manos y besos y lágrimas destempladas.

Pero en el instante en que los apretones han cesado, el rostro de la nueva majestad reaparece en la pantalla segundos antes de caer muerta sobre la alfombra roja. Un hilillo de sangre decora sus labios rosa.

Lucía grita de horror y con ello Hipólito siente que su mujer ha rebasado la plenitud de su decoro, sin embargo sus fluidos se precipitan y corren hacia el interior de Lucía que tiene los ojos despejados y francos.

Cortan a comerciales pues hay una reina muerta y al regreso –la televisión nunca se estanca- es La Innombrable quien ostenta la corona de pedrería artera y fría y despliega la pantalla completa con su rostro impávido e inmaculado.

-“Pueblo de mi corazón”- dice, y exclama luego una oración sentida que Lucía no puede escuchar pero que se clava para siempre en la imaginación de sus vecinos, de sus amigos y desconocidos, que aviva la devoción de los incrédulos, de los habitantes de bares, de los niños de pecho y los desamparados, de los ricos y los pobres y los maleantes como Pulgarcito y Mierdamuerta y la esperanza toda cunde el país.

Lucía supo de inmediato que aquella no era una buena mujer y trató de impedir, sin éxito, que su marido viera las últimas estampas de la beata coronada. Planeó en su mente vengarse y buscar a los dos hombres y a la impostora, aunque sólo fuera para robarles a los tres la infausta corona. Meditaba cada noche los detalles de su pequeña revancha hasta que los pormenores estuvieron a punto.

Hipólito, en cambio, al contemplar la historia en la pantalla, se resignó a un estado de ínfima cordura, de lunático indefenso, que le persiguió por años y desde entonces le dio por hacerse llamar como el personaje de un relato fantástico, Coronel Aureliano, a sus gratas órdenes…

 

La señora Hyde

Una se mira en el espejo y sabe que algo está cambiando. Genéticamente. Por ejemplo un rasgo en el rostro, el color del cabello. Los pechos. Todos los detalles revelan el fin de mi vida anterior. Excepto por un único recuerdo que me queda de mi primer escarceo amoroso: aquel libro de cuentos de un escritor español, Alvaro de La Iglesia, donde leí, por primera vez, la sátira al Doctor Jeckyll y los efectos de la transmutación. Quién me iba a decir que lo viviría en carne propia, o en cuerpo propio, para ser más exacta. El Doctor Jeckyll y Mister Hyde. Yo soy la Señora Hyde. Lentamente me estoy convirtiendo en animal. Trato de identificarme, no soy de la casta de los lobos. Soy de otra raza, pero soy un animal. Lo primero que percibo es que mis ojos tienen un brillo que no reconozco, casi atroz. Es como si la transparencia del espejo se hubiera apoderado de mi mirada que ya no refleja, absorbe. Y quién duda de los efectos de la luna llena en mi cuerpo. Esa redondez absoluta y grosera que me tienta, que me muestra quizás, esa parte sensual de mí que hasta ahora no había descubierto. Me miro en el espejo y lo corroboro: Mi silueta se hace más vasta, centímetro a centímetro, va creciendo en volumen, en masa de carne robusta y fresca. Pero hay detalles aún más alucinantes que ver crecer un par de nalgas o dos senos descomunales rompiendo las fronteras de mi pecho, de mi cota, de mis miedos. Los detalles… ah, los detalles. El dato pequeño, mínimo a cualquier mirada dispersa. Las uñas de mis manos se estiran como si se tratara de esas flores que se abren ávidas una vez al año y cuyo tiempo los científicos estudian segundo a segundo. Este alargamiento, desde el espejo, luce como un acto de prestidigitación y no como el movimiento espontáneo de la naturaleza impaciente y sabia. Mis uñas, ahora largas, se tiñen de un rojo que me recuerda el espectro de un «cherrys in the snow», el labial que alguna vez tuve; se hacen amenazantes y provocadoras. Cualquier mujer, con una manicura así, podría convertirse en la asesina de las manos sangrantes. Pero mis manos no están hechas para quitar la vida. No. Mis manos están haciendo metamorfosis para dar placer. Eso creo. Lo mismo que mis labios, ahora carnosos como una planta del vasto desierto. Esta boca jugosa, conserva en su interior, en su cielo, la savia y el sabor del deseo. Así se ha colmado. Mis ojos destellan y succionan, eso ya lo mencioné. Qué más puedo decir. La transformación se opera ante mis ojos y ante la faz irrestricta del azogue. La luz y el tiempo del espejo saben de mí, de esta que soy ahora. Nadie más asiste a este espectáculo extraño. Sólo yo.

Pero el animal no sólo hospeda su sombra en el espejo de la verdad, también crece hacia adentro como un tubérculo porque mi pensamiento también se trasmuta. Comienzo a soñar con un pene enorme y afilado. En mi cabeza se mezclan aromas, fragmentos de piel, nalgas de hombre velludas y rebosantes. Pantorrillas fuertes, lenguas húmedas y brazos titánicos. En mi alma —si es que los animales podemos tenerla— se va desvaneciendo el sentimiento, se hacen ridículas algunas palabras como amor, cariño, lástima, remordimiento. Frases como «Qué pensará mi madre» pierden su sentido, adquieren una languidez que titila hasta desvanecerse y en definitiva, en mi interior, sólo queda espacio para el instinto, para el acecho, para el cálculo. Un pene enorme e infinito. Un capullo joven debe pertenecerme. Quiero probar todo lo que ha sido creado para mí. Me perfumo, es el único subterfugio que tengo para despistar. Soy un animal, pero no quiero tener el aroma de un animal. ¿A qué huelen las zorras?

Estoy lista, soy la Señora Hyde. Si el Doctor Jeckyll pudo crear al hombre lobo, mis células han transformado mi propia composición en la de una mujer zorra. Una zorra. El espejo me lo dice, la revelación se ha consumado vastamente, el milagro está hecho. No me pregunto quién soy ahora. Lo sé de sobra. No me pregunto tampoco cómo soy. También conozco la respuesta. Sólo hago caso a lo inmediato que es el ansia que siento.

Salgo a la calle, estoy hambrienta. Son las diez de la noche. Y las sombras me recubren solo un poco, porque de este cuerpo que ahora ostento, debo asomar aunque sea el borde, la silueta. Cintura pequeña, sesenta y siete centímetros de diámetro. Senos inflados, par de esponjas de hormonas soñadoras, noventa y ocho centímetros compungidos, comprimidos, canonizados. Mis caderas y mis nalgas. Ah, mis nalgas. Masa sólida y blanda, dúctil, rosada, fértil. Así salgo a la calle. Llevo puesto un vestido rojo frambuesa de seda que se adhiere a estas curvas nuevas como si desde siempre hubiera estado allí, rozando mis cueros. Una sandalias desnudas, desprovistas de todo adorno innecesario que pueda opacar las garras de mis dedos, tersos y encendidos con el mismo esmalte de las manos. Todo lo demás me sobra. No quiero excesos, no quiero ni joyas ni accesorios ajenos a esta transpiración casi salvaje . Lo que distrae, aquello que brilla a la atención, estorba a los sentidos y los neutraliza, los aleja de la verdadera avidez.

Para iniciarme deambulo por una calle céntrica de esas que a las diez de la noche han mudado también su estirpe, se han enrarecido, y sus pobladores incógnitos se debaten en la caza de la presa. Yo también estoy al acecho. Yo también soy una vengadora furtiva, un predador sediento que busca la purificación. El Boulevard de Sabana Grande está repleto de gente joven. Las calles empedradas apenas se iluminan con las miradas perdidas de los mancebos y la luna redonda como mi desvelo. Aquí estoy y la noche es joven y mis ojos vidriosos opacan cualquier claro de luna.

Él se llama Huber, no estudia, es vendedor ambulante de muestras de medicamentos allá en su país, su rostro es casi tan hermoso como el de un ángel. Todo él es traslúcido, blanco, glaseado. Me gusta. Detrás de esa apariencia inocua y desteñida tengo la certeza de que habita un animal de otra especie que no es la mía. Nos tomamos una cerveza en un café donde todos fuman. Es el contrasentido absoluto: tomar cerveza, en un café, donde lo que se hace es fumar. Tomamos otra. Después, nos camuflamos juntos en un baño público. Entramos juntos y nadie nos mira. Antes de levantarme la falda de mi vestido frambuesa, él me pregunta mi nombre. Sólo le respondo: Soy la Señora Hyde. Él repite mi nombre en francés, con su voz casi callada, y en sus labios, la hache de mi apellido de estreno no suena, es totalmente muda, como debe ser la identidad. Silenciosa para pasar inadvertida. Yo me apresuro y desabotono sus pantalones de moda: unos levis de botones. La angustia se enciende con cada botón. Se exasperan mis dedos, mis uñas rojas tropiezan con todo lo que se le acerca, el metal de cada botón, el ojal deshilachado, el promontorio crecido que guarda dentro. La cuenta apenas comienza.

Un pene craso y filoso. Pero no es el suyo. Es el de un hombre que entra borracho a orinar y nos sorprende enredados sobre la pared. Pero ha bebido demasiado. Huber no apaga mi furia, y el borracho tampoco.

Qué es lo que busco, no tengo dudas. Dónde, he ahí la incógnita. Mientras tanto engullo algo de comer para saciar al menos mi apetito secundario. Escojo un tarantín ambulante de comida mejicana. Delante de mí, una fiesta de perros, una orgía de perros, me recuerda mi naturaleza animal. El macho se me acerca con las mandíbulas abiertas. No tengo miedo pues sé que no padece de rabia, sufre de instinto, que es un padecer que subyuga, debilita, nos convierte en esclavos. Dejo de mirarlo pero él a mí no. El vendedor de tacos mejicanos lo espanta con la intención de hacerme fiesta. No lo pienso, lo huelo. Es su sudor. En el fondo, él no dista tanto del perro callejero. Un duelo de miradas se cruza entre los dos machos —hombre y perro— y el hombre resulta vencedor. Allí, en esa cama de hojalata improvisada que es el carromato de comida, me toma por lo que soy, la mujer zorra, o sea, La señora Hyde. Su falo no es una arista colosal, mucho menos un capullo de alelí, más bien parece un tamal, pas mal…Mi perfume, afortunadamente lo opaca todo, llega a sedar la orgía de perros que nos observa como quien asiste a una clase práctica de anatomía conyugal, suaviza el espesor del picante y del maíz en fritanga. Y todos los probables clientes de tacos llegan al kiosco como si cada taco o cada tostada pudiera salir premiado con mi persona —o con el animal que soy— . No exagero. Podría haber inventado una cabellera tersa y plateada como la que recubre a cualquier zorra, podría haber inventado una dentadura nueva e incisiva para mí. Pero no es cierto. Toda mi sensualidad se reduce a un aroma, a un deseo y, por supuesto, a la masa crecida de mi cuerpo. Después de todo, menos mal. No me habría gustado que la avaricia, la banalidad, y la opulencia del lujo humanos me transformaran en abrigo de piel.

No he terminado de exprimir aún el zumo de este hombre, del rey del taco, cuando diviso por la ventanilla del carro de latón un rostro único: él es. No está, no se asoma, no espera por mí sino por su cena mejicana. Pero es él. Lo reconozco de inmediato con mi olfato que desde hoy es mi sexto sentido, mi tercer ojo y mi intuición femenina al mismo tiempo. El es un pene magno e ilimitado. El es mi lobo. El desenlace está cerca.

Me compongo el cabello, desordenadamente defraudado del encuentro azteca que acabo de concluir. Salgo apacible, manejando diestramente y en la oscuridad, los tacones de mis sandalias que son como dos edificios altos, delgados y desnudos. Como las Torres del Silencio. Tres escalones, y estoy en tierra, junto a él.

—Podemos tener algo, si quieres— Le digo —porque yo tengo algo… mucho que darte, que te gustaría probar

—Ah, ¿si? .Y cómo lo sabes

—Se huele— afirmo con toda seguridad

El se ríe con una dentadura propia. Puedo ver que casi no tiene caries y que su lengua es enorme. No sabe cuán intensamente penetran los aromas y las imágenes en mi; seguramente a él, con esa lengua, le caben en la boca todos los sabores del mundo. El sabor a párpados, el sabor a ombligo, el sabor de los árboles de la mañana, el sabor del agua espesa, del trueno, el de un pájaro inquieto y atroz. —Ven para contarte, ven para decirte— le digo yo. El comienza a caminar y yo le sigo. La luna está llena y por tanto, la calle es menos inmunda con su luz higiénica y blanca. Caminamos juntos, lo cual es un avance si se toma en cuenta que caminamos juntos, solos, en la noche, y apenas quedan los perros, la manada de machos que me acecha, pero que se da por vencida y parte hacia la otra acera.

—Si quieres podemos hablar

—de qué— dice tan parco

—de cualquier cosa, mi vida

Y así caminamos sin nada o poco que decirnos. Qué más da. Quién dijo que un pene tiene el deber de ser buen conversador. Quién.

Llegamos a una esquina donde un hombre arremete contra una mujer. La azota con las manos, con los pies. Ella cae sobre la acera y grita herida, pero nosotros no podemos hacer nada. Y mientras la mujer gime yo miro al hombre que me acompaña y descubro que él podría ser el hombre de mis sueños, es decir, un hombre alto y robusto, de rostro anguloso y firme y seguramente de sentimientos convencionales; solitario de profesión —si no, qué hace conmigo a esta hora—; aventurero de oficio —si no, qué hace conmigo a esta hora; amante apasionado y dueño, en fin, de un pene afilado —si no, qué hago yo con él a esta hora—. No me importa que piense que soy una zorra, qué otra cosa podría ser yo. Todo lo contrario, la sola idea de que lo piense me da placer. El no imagina quién era yo hace dos horas, la perfección, la corrección y compostura, el ser más digno de todos, la estrella de un manual de urbanidad; siempre camuflando. Pero ahora soy la Señora Hyde, gracias a Dios. Y yo me pregunto a estas horas por qué no se ha hecho ninguna película sobre mí. Por qué tanto hablar del hombre lobo y tal, y de mí, nada. Eso es discriminación. Pero bueno, qué hago yo pensando en la discriminación a estas horas y con este hombre idílico junto a mí?.

Llegamos a las puertas de un hotel, quiero decir un hotel de paso, o sea un hotelito, un lugar más feo que bonito, sucio, oscuro como la boca del lobo —otra vez con lo del lobo, hasta yo me contamino de Hollywood— un lugar que me recuerda que esto no es Londres y me corrobora también a lo que he venido. A purificar mis apetitos, Señores. Él no me pregunta mi nombre pero sin embargo le digo que me llamo Eduarda Hyde a lo cual él permanece impertérrito porque claro, con estas tetas y este cuerpo qué más da el nombre que tenga. No agrega el suyo —a mí sí me habría gustado conocerlo— pero de todos modos entramos los dos al vestíbulo, él toma la batuta como lo hacen casi siempre los hombres y solicita la habitación. Paga y toma la llave, luego subimos escaleras arriba, laberinto arriba, supurando los dos, desde ya, ungüentos de amor; contrayendo los dos, desde ya, el olfato, para no aspirar el hedor a orín. Se escuchan algunos gritos, algunos jadeos que nos transportan al placer con antelación y alevosía y llegamos al cuarto. No hace falta describirlo, todo lo que es necesario saber es que tiene una cama o algo que se le parece. Todo lo demás, lo mismo que una joya, distrae, sobra.

Y allí estamos los dos, el y yo, solos, con una cama. Tengo miedo. El espejo nunca me dijo que tendría miedo. Trato de sobreponerme, pero el temor se resiste a mí misma. Él es, me repito. Es él. Yo lo desvisto primero. Su pecho es muy velludo, es como un hombre de peluche. Y sus brazos. Ay, sus brazos están hechos de metales dúctiles y sellados con un tatuaje de serpientes casi indescifrable. Los pantalones caen a tierra como un telón repentino y allí, escondido, puedo distinguir lo que busco. No quiero que el sienta que lo tomo como hombre—objeto, como objeto sexual; en realidad, lo que quiero es su objeto sexual. Ahora él va conmigo. Mi vestido frambuesa no rueda tan fácilmente como un pantalón cien por cien de algodón. La seda, por la electricidad del cuerpo, se adhiere a mi piel, así que el descubre lentamente mis hombros y los va besando con todo, sobre todo con aquella lengua enorme tan presta a cualquier sabor del mundo. Luego mis senos provocadores le causan un estupor de felicidad. Puedo verlo y olfatearlo porque los animales tenemos un olfato demasiado sensible y me doy cuenta que él ha comenzado a exudar un aroma un poco rancio y aterciopelado que lo desnuda ante mi nariz. Me río adentro de mi cuerpo con una sonrisa amplia y triunfante sin que él pueda notarlo, y sé a través de mi mirada ancha y penetrante que él ya está contento.

De pronto mi vestido cae inesperadamente y él se conmueve. Se estremece todo al verme desnuda. Presiento que en segundos saltará sobre mí, ávido.

Incomprensiblemente el hombre parco se convierte en un hombre iracundo, balbuceante. Luego vocifera, se hace hostil en sus gestos y en su voz. Qué es lo que dice, no entiendo. Estoy muy nerviosa. Parece otro, como si una metamorfosis extraña también acabara de eclosionar dentro de él. Las cejas se le juntan, los colmillos se le afilan como unas estacas. Dios mío, qué le ha pasado a este hombre, al parco, al solitario. Parece un caballo salvaje. O un lobo. Parece un lobo con mal de rabia. Se me abalanza a golpearme porque mi pene es más grande y afilado que el suyo. Y yo qué culpa tengo.

Intenta golpearme con sus puños peludos pero yo, que tengo la fuerza de una zorra y de una gata bocarriba también, me defiendo. El hombre huye de mí y de él y me deja entonces con este sabor amargo en la boca, con este olor a fracaso pegado como una estampilla sobre mis sentidos.

Regreso a mi casa con la certeza de que el mundo es injusto. Voy caminando por las calles vacías y entiendo que sólo mis sinsabores lo ocupan todo. No tengo ningún subterfugio para desvanecer mi desconsuelo. Estoy desamparada, en la vastedad de esta noche, y estoy presa también de la vastedad de mis instintos, de esta naturaleza extraña, de mi imagen frente al espejo, de lo auténtico de mí. Voy pensando. Y los perros ¿También ellos huirán de mi esta noche? Pienso y sigo pensando. Yo sufro mucho más que el Doctor Jeckyll y, sin embargo, de él, hacen películas. Yo padezco mucho más. Perdí tres de mis uñas carmesí y mi vestido frambuesa y mi esperanza larga y mi estreno ilusionado se han malogrado juntos.

Porque yo soy la Señora Hyde y no hay poción que me devuelva otra imagen, ni siquiera otra sombra, frente al espejo.

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