Alberto Quero
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Toda la vida yo he sido inmaculado
Nada me turbaba,
nada me espantaba
y en verdes praderas acostumbraba a descansar
Lejos de mí algo que esconder,
ajena a mí era la menor tacha.
Exhibía abiertamente mi transparencia:
era capaz de resistir hasta el más atroz escrutinio,
podía enfrentar, impasible,
cualquier vivisección y cualquier pesquisa.
Me era fácil exponer públicamente
mis entrañas y mis intenciones:
nada había en mí reprensible
nada censurable ni oscuro
Yo era inmaculado, yo serenísimo, yo imperturbe,
yo el último que buscó entre las nubes
un alma que se me pudiera incrustar
en el medio del pecho,
el último que tuvo por grande cosa
un silencio pequeñito y de segunda mano
y por eso ahora no tiene nada qué decir
ni qué callar.
Yo he sido inmaculado,
y acaso lo siga siendo,
limpio y puro como una noche fría;
ningún fuego,
ninguna iniquidad hasta mí había llegado,
ni la más leve siquiera:
la vida, constantemente,
me ha protegido de mí mismo.
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Seré experto en esperas y en prórrogas.
Ligero se me hace perdurar
entre cardos e insolación,
ser inmune al tiempo y a sus indicios.
Puedo salir ileso hasta del más persistente resquemor
puedo no sucumbir,
ni siquiera esperando una mujer:
la medida de mi memoria
se ajusta a cualquier desplazamiento
y todo incluye con facilidad sorprendente.
Ínfima podré llamar, lo presiento,
a esta separación antigua,
la apedrearé, la borraré
y hasta los berridos de la muerte
tendré por mansos.
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Extraño a mi hermano.
Probablemente esta noche le escribiré una nota,
una nota no muy larga ni lastimera,
y se la enviaré dentro de una botella de vino tinto.
Le diré que ahora
solo me dedico a observar bandadas de golondrinas
y a examinar el suelo
contando las hormigas que pasan.
Voy a relatarle que si a algo me entrego con fruición,
y a pesar de las amenazas,
es a contemplar las nubes
y a dibujar, luego,
un minucioso registro de sus formas;
a buen seguro le comentaré
cuánto bendigo estas olas
porque a diario rodean mi isla
y la separan de las costas terribles.
Le contaré que frecuentemente
duermo a la intemperie
y que no concilio el sueño
como no sea mirando las estrellas.
Sé que sonreirá indulgentemente
y no le desquiciará mi desgana:
seguramente celebrará conmigo
mi aversión por lo estridente
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PÓLUX
A la memoria de mi hermano.
Esta noche tomarás tu barca
y zarparás hacia la estrella más lejana,
llegarás presto
porque carecerás de todo espesor.
Esta noche someterás las olas,
te verás claro y enorme,
fresco y poderoso.
Esta noche fabricarás otra guitarra,
una nueva y luminosa como tu segundo rostro,
y la usarás como antorcha.
Ahora cuando anochece, Pólux,
recupero viejas palabras:
niño del océano de enfrente,
hombre de las nubes vecinas,
serás ahora pájaro ascendente,
y relámpago invicto.
Eso sí, no me esperes:
solo nuestros recuerdos volverán a encontrarse.
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Mi única súplica, Señor,
será, a partir de este momento, poco ambiciosa:
que mi última hora sea como ésta,
ligera y somnolienta como quizá al principio también fue.
Ahora, al cabo de mí mismo,
deseo solo que se deshagan los paréntesis;
lento y brumoso, poco importa,
pero que todo sea ocaso inmediato:
ya he adivinado
cuanto de leve hay en el destino,
en sus círculos y en sus espirales;
ahora solo deseo que ello no se suponga
convulsión ni menoscabo
sino luminiscencia y cercanía,
que nada contenga el más remoto dolor
sino una sonrisa indemne
Tengo, por eso una súplica, la última:
bloquéame el polvo porque ignoro de dónde viene
y la tierra, porque desconozco lo que trae.
Hazme, Señor, pensar en las nubes,
aunque tanto tarden.
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YHVH
Tu nombre está inscrito en la nieve y en el viento;
de ti dan fe el trueno y el fuego, el mar y los pájaros;
la lluvia y la noche se saben testimonio perfecto
de tu fulgor gigantesco;
el pez y el asno, el león y el cordero claramente demuestran
tu huella luminosa.
Se te puede hallar en el niño que nace y en el viejo que muere,
en el trotar del perro y en el cometa que regresa,
en los ríos y en los pájaros, en el cuarzo y en la amatista,
en el sol cuando se pone, en la abeja y en la centella,
en la mujer que saca agua de un pozo y en la que encuentra una moneda.
Todo te menciona y te señala porque todo te pertenece,
todo te saluda en una plegaria inagotable y sorprendente,
todo te aclama con mansedumbre, todo en una alabanza silenciosa:
tuyo es el reino.
Mi canto es leve y diminuto, no te servirá como corona.
Pero también él nace de un estremecimiento, el mío,
que es arrollador como tu incandescencia y es ella la que lo concibe.
Solo eso permanece en todas mis versiones.
