literatura venezolana

de hoy y de siempre

El llanero (selección)

Jun 7, 2026

Rafael Bolívar Coronado

Los amores del llanero

La amada, o la querida, o la esposa, el caballo y la guitarra: he aquí los dioses del llanero. He aquí los compañeros en la soledad de los palmares.

Para él no hay pesadumbres cuando están estos elementos en torno suyo. Es la trípode maravillosa sobre que des cansa la lámpara toda fervores de su espíritu.

En estas tres cosas, y con ellas otras no menos nobles que las aderezan, pone el habitador de las pampas de mi país una extremada delicadeza.

Cada uno de sus detalles es una ciencia, es un arte de consumado artífice, creador de elegancias, maestro de consumadas plásticas.

Cuando el llanero llega a los dieciocho años, ya adiestrado por su padre en la ruda faena de la llanura, piensa, ante todo, en emanciparse de la patria potestad de los que le dieron el ser. Es como el aguilucho después que ensaya el vuelo del nido al picacho inmediato. Siente la nostalgia de su hembra y del nido suyo, tejido a esfuerzo de alas y garras, con salvajes breñas.

Y entonces busca la novia, y al encontrarla, siente la necesidad del caballo propio y de la guitarra, para cantar al son de ella los fogosos octosílabos, cuyas estrechas estrofas son como la gris celdilla donde va la abeja de oro alada y fiera de la rebeldía.

La guitarra del llanero es pequeña y rústica, con cuatro cuerdas forjadas por su mano con tripas de recental. Los trastes, en número de dieciocho, van incrustados en el cuello del instrumento y fuertemente adheridos con gomas resinosas extraídas del árbol del paraguatán. Estos trastes son de piel de toro, que, sometidos a la acción del sol durante quince o veinte días, llegan a adquirir tal solidez, que lastiman los dedos no habituados a oprimirlos.

La soga o rejo de enlazar es también una obra de arte. Mide dieciséis o dieciocho brazas de largo. El llanero escoge la piel que le ha de servir para confeccionarla; ha de ser piel de res vieja, vaca o toro, pero de pelo cárdeno, que, según su experiencia, es la que ofrece mayor solidez y elasticidad.

Desollada la res, extiende la piel y la prensa por medio de unas estacas; luego, con una afilada cuchilla saca un círculo del tamaño de una moneda grande en todo el centro de la piel, y de ahí en adelante va cortando de modo de sacar una correa de una pulgada de ancho. Cuando el corte llega a las extremidades de la piel, ya tie ne la cantidad de trozos apetecidos.

Esta larga correa es retorcida cuidadosamente y tendida tensamente al sol hasta que se seque. Como después de esta operación la soga queda en extremo tiesa y áspera, el llanero la suaviza untándola de grasa. Ata la punta a la cola del caballo y da a correr con ella, arrastrándola por los medanales durante dos o tres horas, y así la pone en las mejores condiciones de elasticidad.

Los arneses del llanero son sumamente sencillos y muy sólidos: todos son de piel cruda como la soga. A la grupa dos pequeños lazos de rejo, que llama tientos, para atar el chinchorro o hamaca, que lleva embolsada en una alforja de lienzo. En esos tientos van también asegurados el rollo de soga, un cuerno de toro que le sirve de copa para tomar agua o aguardiente.

Este cuerno va decorado con artificios y primores ejecutados por él en horas de siesta o de descanso, valiendo de cincel o buril la punta del cuchillo de cintura o la lanza.

Estos primores consisten en arabesco imitando palmeras, flores o retratos de seres queridos. En los tientos va también la guitarra y una bolsa de piel de becerro, con el bastimento.

En la parte delantera de la silla van las cañoneras, o sean dos pequeñas y angostas alforjas, donde guarda el llanero sus hilazas, sera, lezna, aguja y demás enseres de hacer guarnición; sobre estas alforjas va arrollada la cobija o poncho, con que se protege de las lluvias o de las agresiones de los insectos, cuando duerme a campo raso.

En las cañoneras de la silla pone la novia macizos de rosas sabaneras, u hojas de plantas perfumadas “para que él se acuerde de ella cuando ande por allá lejos”. Y en esas alforjas se colocan muchas veces también mensajes de amor en garrapateada letra cuando los novios son de cierta clase, amos o mayordomos, o circunstancias especiales han contribuido a que el tercio de la pampa y la amada hayan sido criados en casa de “gente grande” de la ciudad o del pueblo.

A veces el llanero llega a un hato donde vive la que él está “ojeando”: desciende del potro, lo ata a las bardas de la corralada y entra a hablar con los dueños o patrones, o bien a decirles alguna “recomienda”. Puede que se esté adentro bastante rato, media hora, una hora.

Cuando sale, al ir a tomar las bridas, siente un estremecimiento de alegría: la dicha ilumina sus pupilas. ¿Qué pasa? Es que ha encontrado que las crines de su potro han sido trenzadas y adornadas con redes coloridas y con flores perfumadas. Durante su ausencia, manos invisibles de hada traviesa, han llegado a acariciar las crines y el cuello soberbio del moro o el alazán.

El llanero vuela la pierna al corcel y se aleja, sintiendo que su alma va como las crines de aquél: adornada con cintas y rosas de amor. Arrima el enmohecido acicate a los ijares para que la bestia se dé prisa, y se aleja, se aleja, perseguido por unos ojos negros y tristes.

Valiente, impetuoso, despótico y noble, es el llanero, más que nada, poeta. Su poesía tiene la recia fiereza de los elementos que se agitan en torno suyo. Extremosísima como sus arrestos, llega a las más exaltadas vibraciones épicas y los más delicados ensueños.

Esa poesía que vive en el alma del llanero es la misma melancólica poesía de los palmares agitados por las brisas, o la ronca de la tormenta, cuando aletea ensoberbecida en las crines del turbión. De sus amores, de sus guerras, de sus lances de caza o vaquería, extrae el llanero los más hermosos poemas.

***

El Santo Cristo de las Misiones

En el Guárico corre una versión desde el siglo pasado que, si bien puede tomarse por una leyenda producida por la fantasía popular, también es asequible a una realidad consoladora.

Según parece, cuando se hizo el primer intento de colonización en la Misión de Abajo, apareciósele al Padre Gualberto de Echeandía el propio Jesús Crucificado y le dijo:

—En adelante, procura encaminar tus pláticas y amonestaciones a que se trate de mejor modo a los esclavos. Estos también son hijos de la Providencia.

El Padre Echeandía se arrodilló y oró fervorosamente. Desde el día siguiente comenzó su plática encargando que tratasen bondadosa, piadosamente a los esclavos.

Predicó mucho tiempo en este sentido el religioso, y al cabo consiguió muchísimo: en los hatos eran exclusivamente los peones libres o manumisos los que jineteaban, pasaban ríos a nado, hacían los fatigantes trabajos del corte de madera para las casas.

Y he aquí que desde aquel cambio en las costumbres de los amos, tornó a desaparecer también cierta infernal invención que hacía muchos estragos.

Consistía ésta en falsear los tirantes de los chinchorros para que éstos, al moverse la persona que dormía en ellos, se desata sen y el cuerpo diese contra el suelo.

Pero no es esto lo terrible: muchas veces se enterraba hasta la mitad una afilada lanza con la punta para arriba, y el cuerpo del durmiente era traspasado.

Nunca se pudo saber quién fue el autor de los muchos casos en que hubo víctimas; pero es lo cierto que con la influencia de los consejos y el ascendiente del Padre Echeandía desapareció la funesta costumbre.

De suerte que apurando un poco la lógica y la no muy velada malicia que se desprende de la leyenda, eran los esclavos, que, enojados por los malos tratos de sus amos, causaban la muerte a aquéllos, haciéndolos caer sobre una lanza de punta enterrada en el suelo.

De todos modos, partiendo las diferencias, aparecía el Cristo de la Misión haciendo el milagro. Puso fin a aquel paso forzado de los amos desde el sueño de la vida al sueño de la muerte. Desde entonces se le venera en nuestra santa catedral.

La imagen fue esculpida en madera de palo santo por el ebanista Juan Encinosa, de acuerdo con las instrucciones dadas por el Padre Echeandía, dándole la forma de cuerpo y de cara que el Padre había visto con sus ojos.

En esto de los esclavos, por otra parte, es también el llanero sumamente original y ostentoso. El esclavo del llanero lleva inevitable mente la cadenita de plata al cuello con una medalla de oro. Esta medalla lleva grabada por una cara la imagen del Santo Cristo de la Misión, y por la otra las iniciales del amo.

Hubo un tal Miguel López, español de Antequera, pero criado y crecido en los llanos de Portuguesa, gran jinete y buen tercio soguero, que se excedió en esto de las marcas de los esclavos; el Cabildo tuvo que llamarle la atención sobre el particular.

Además de la cadena al cuello y la medallita cifrada, les pegaba su hierro en la mejilla derecha. No era precisamente un hierro de herrar ganado, pero sí algo que daba el mismo efecto. Consistía esta marca en un arandel de cobre que, después de aplicarlo al fuego, se lo imprimía en la piel al esclavo.

De ahí que cuando Miguel comenzase a comprar tierras circunvecinas y rebaños, y a hacer negocios, ya boyante en el su yo, dijeron sus vecinos, menos prósperos:

—De aquí vamos a salir muchos pobres trabajadores con el hierro miguelero pegao en el cachete.

Este hierro del agio, si no pudo evitar lo el Cabildo, Miguel en quince o veinte años adquirió más de cien leguas castellanas de tierra.

Ni el Cristo, con ser tan milagroso, pudo evitar que el ogro engullese tierras, rebaños, caneyes y cuanto alcanzaba a abarcar con su vista que excitase su codicia.

—Dentro de cinco años más —decía—, todo el Guárico es mío.

Era su aspiración; pero el refrán llanero dice también con no poca filosofía:

—Una cosa piensa el macho, y otra el que lo va a ensillar.

Andando los tiempos, y mucho antes que Miguel lograse satisfacer sus propósitos, se le presentó un problema algo más que algebraico, puesto que andaban en él los números y otras cosas de grande interés.

Dueño de todo, quería también que todas las buenas mozas de la comarca fuesen de un su hijo bastardo, y, para mayor calamidad, mestizo, que tenía.

Era este hijo su idolatría, el espejo de sus ojos. Él no sabía negarle nada, y he aquí que el renuevo le dio por el lado del Burlador de Sevilla, tal como lo pintó el Padre Gabriel Téllez en los tiempos noblotes de la farsa castellana.

El buen negociante y mejor padre, por el filial amor, se hizo zurcidor de voluntades.

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