literatura venezolana

de hoy y de siempre

Élegos

May 13, 2026

Eugenio Montejo

En los bosques de mi antigua casa
oigo el jazz de los muertos.
Arde en las pailas ese momento de café
donde todo se muda. Oréanse ropas
en las cuerdas de los góticos árboles.
Cae luz entre las piedras y se dobla
la sombra de mi vida en un reposo táctil.
Atisbo a la mudez del establo
la brida que me salve de un decurso falible
palpo la montura de ser y prosigo
cuando recorra todo llamaré ya sin nadie
los muertos andan bajo tierra a caballo.

***

Oscura madre de mis élegos
tú que gravitas tú que antecedes
calma central en el vado de la casa
giras a medio arco del sillón
donde columpias las espaldas hinchadas
al jadeo de tus lámparas. Giras
por ese aire de fatal levitación
con las biblias agónicas del pecho
hasta que caes a copos de la aguja
y en dedales y ojeras nos coses hasta el fin
los vivos a Ios muertos
tan honda que en ti desapareces.

***

Piafa y me ausculta a cada hora
aquel caballo en que mi padre
llegó hasta mí. Piafa y no lo veo.
En laberinto de establo
su flanco palmoteado por la raza de abismo.
La herradura combada a un límite de obsesiva eternidad
donde todo venir es volver.
Piafa y orejea su capa de murciélago
modula un relincha de dádivas oscuras
y aletea magro de toda fatalidad
siempre con esa víspera en los ojos
listo para llevarme en su trote sin fin.

***

Mi perro ateo mi perro de talento obsesivo
girando en mi año séptimo ,
con vibraciones laicas móviles
Mi perro con su colmillo de células de jade
siempre la boca tras las siete muertes
de la cola siempre los ladridos
cerrando aquel anillo de absoluto
latía en el sur guardián de los abismos
y echábase con sus zapatos de vacío
tan personal tan abrigado de misterio
fiel a mis ojos y noble en lo más hondo
enrazado de infancia y tiovivo.

***

Gira todo vivir por mi reloj ya calvo
el expósito ayer entre las hojas amarillas
los árboles que vuelven a caballo
porque sabe a café la última luz,
y gravitan los tactos del desastre.
Gira por mi reloj ese espacio abolido
donde se doblan las setenta costillas,
de la casa y cae sol a las piedras ausentes
cuando alguien ya lejos trae su alma
y barre a la piedad de los zócalos
fatales huellas de zapatos muertos.

***

No soy familia de esos árboles
que avanzan de muletas en su verdad
al .patio de internado. Me toman
sin conocerme. Posan en mis cabellos
el flavescente silencio de sus ramas
y aguardan. Mi preceptor espía el fondo
de mis pasos como hurgando una sal
de placenta que me recoja. Ya nadie viene.
Ni madre que me conduzca por el río
azul de sus várices. Ni la buena pestaña
que se lleve mi ojo. Reposo y mi cabeza
se hunde en el plumón de las costillas.

Ya no se irán de mí los filos espoleantes
con que muerde esta acera. Los clavos
de esas raíces me dejarán aquí
.para siempre. Aunque abra la ventana
de casa y crezca lejos aunque expíe
con oro de infancia una culpa imberbe
ya no podré zafarme. Y si corro
hacia mi vida hacia mi muerte
el preceptor saca la lengua precisa
y su paciencia de sapo me captura.

***

De quién es esta casi que está caída
de quién eran sus alas atormentadas
esa puerta con ojos de caballo
y flancos secos en la brida muerta
de su aldaba. El relojeante polvo
donde se palpa la usura del vacío
con sus patas de araña. Y el jinete de sombras
que transpuso en la ojiva su ser
de graves estandartes. Y desmontó
y erró por años confinado a un espacio
de geométrico frío hasta hacerse fantasma.

***

Tan ululante vuelve y no verídica
la fabla de mis loros nonagenarios
reyes en la ceniza de un vano parloteo
a expensas del vaivén opresivo
en el aro de plumas ajadas
tan ululante grito de mis nombres perdidos
ecos en la memoria sin edad
vuelven al balanceo donde sus picos
limpian en otro espacio las sobras del ayer
hablan a solas de mi vida los grifa el porvenir
y obsérvanme al anillo de sus ojos
en aquel punto de retina en que me abren
o me cierran con un tacto febril de eternidad.

***

Tose viejos los árboles de invierno
sobre los blancos pavorreales de la muerte
donde la lluvia habla latín
tosen a la ululante ceniza trágica
atan valijas de partir se anochecen
y erizan los pulmones de frío
a la escarcha del rayo
ocultando ataúdes en sus capas de reyes.

***

Mi casa clueca en el invierno
mi casa corva en su potencia animal
tía de unos huevos ya sin nacer’
gravita su, mudez empolla aquel tacto doméstico
con que escarba en la tierra para nosotros
feéricos sueños insepultos
y se llueve hasta el fondo del paisaje
con sus alas escobas
a una distancia palpable del portal
donde crecimos por un sordo cacareo de organillo
antes de que volase a las alturas
hecha astillas en explosión de mi orfandad.

***

Mi padre regresa y duerme
se halla en ese límite de blanco
y de negro que me levanta
y me hunde. Me palpa
con su mano en el sueño; Se quita
su ser y su no ser se cae
sobre sus restos hacinados
que respiran. Sabe lo que fui
lo que seré (lo olvida al despertar)
sus ojos hundidos yacen
en el pozo profundo
donde he sido procreado.
Mi padre regresará para nombrarme
ahora duerme lejano sus pies
me abrazan «hijo mío hijo mío»
y miran con lágrimas mis pies.

***

Mi ayer es una bizca tía
y una casa emplumada donde los muertos
hacen café. Olvido es lo demás.
Adela zurce un medio hilo de ser
desde aquella distancia en que sus ojos
miden no paralelos lo que soy.
Yerro en sus dos miradas por antípodas
vías, por diversos sentidos de morir.
Si camino hacia el centro de mi vida
si parto de mi casa al porvenir
Adela bizca otea en los dos planos de su ver
y evidencia mi punto de caída
tan tía como siempre y llorando
entre sus dos fatales direcciones.

***

Octubre en el lamento de mis árboles
vuelve al oboe que eriza las cortinas;
cuando sopla mi vida aniversarios
ya llueve lo que soy en lo que fui
luces que me rescatan en sus cóncavas naves
metamorfosis de la infancia
Claudia mi pavor en tus sedas finales
¿concluiremos aquel juego de cartas?
otra luna de sangre sepulta
en su coro mis muertos
otro golpe baldío y se cierra la tapa
No soy lo que he nacido y Libra me lleva.

***

Llueve en el fondo del caballo.
a nivel de la silla interior, del otro viaje,
donde ya no podríamos volver.
Llueve en el espinazo de la vuelta
al fatal espoleo de los ijares
sobre la crin de negros estandartes
a mitad de aquel trote que rehace la vida
allí donde regresan a galope los muertos
donde no queda nada de caballo.

***

Fatales sapos de mis élegos
tan tarde crean en mi vida
que más bien doblan a muerto.
La infancia duerme como sierpe
en su fasto de anillos mal atados
se comba por el ocio de ser
gravita en ese punto inocente que me dobla
nimbado a la piedad de lo que fui
y anúdase en elipsis cuando sopla
aquel fagot en el pantano íngrimo
muda como quien teme una revelación
y no despierta.

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