Ramón González Paredes
1
Con un lazo en las manos de nieve amanecida,
estrangulo recuerdos, como por no morir.
Toda una caravana de imágenes me asedia,
y la bruma en puntillas deshace mi jardín.
Este jardín “que todos los humanos guardamos
y escondemos del otro con palomas de afán;
momentos inconclusos, hachazos en el alma
y promesas, goletas que se quedan sin mar.
Desde mi pueblo en brumas, con un septiembre a cuestas,
quiero cantar las cúpulas que miraban sin ver,
y enhebrar estas cuentas de imágenes caídas,
yo que me palpo a veces las venas y la sien.
2
España, la primera por voces de la sangre,
por un Generalife y una Alhambra de sal.
Alcázares soleados desflecaban el viento,
y una mujer me daba su amor en un pinar.
Castilla, con Antonio Machado entre las ramas
de un olmo viejo y seco, lumbre de tempestad,
me enseñó las figuras del Greco, lanceoladas.
Un Saturno de Goya devoraba un parral.
Las lunas andaluzas trepaban los olivos.
García Lorca pasaba sobre escobas de luz.
La Mancha me miraba desde un libro estrellado
y los chopos golpeaban un cielo siempre azul.
3
Para cantar a Francia, si es que cantar pudiera,
deshojo la campiña, desnudo de ilusión,
y me voy sobre el Sena, con mi barcaza de uvas,
a ver la Torre Eiffel, cuando destripa un sol.
“La Madeleine” me monda con blanca paz las peras
de esos grises crepúsculos que mastica París.
Los cabarets ensartan la noche en su sonrisa
de mujer fatigada que quisiera dormir.
La existencia clamaba con yeguas en las “caves”,
la existencia de potros a la vista del mar,
mientras Sartre jugaba dominó con el diablo
y el hielo desnudaba su vientre en “Notre Dame”.
4
Una ciudad flotaba con mirra en el Adriático,
con palacios de duxes y una iglesia oriental;
la góndola del tiempo se hizo friso en Venecia,
mientras “Il Duomo” daba bostezos en Milán.
Miguel Angel moldeaba las líneas de la tarde,
y Dante continuaba teologando en Beatriz.
Tintoreto cortaba paraísos. Ticiano
sobre Roma lanzaba crepúsculos de zinc.
Bolonia con sus torres de brazos levantados
desuniformemente… Pisa daba un traspiés…
Asís, con sus encajes de piedras a Florencia,
antiguo campanario, le envió un panal sin miel.
5
Alemania en la arena y en el viento marino.
Fuí al puerto, y de él me traje un celaje hamburgués.
Goethe, desde las ruinas de Munich, me mostraba
un Waimer de corales para un amanecer.
Padre Husserl, te siento palpitar en la noche;
y en medio de la nada me encierro con mi Ser,
este Ser sin salida que Heidegger desnuda
y que Jaspers lo torna saltarín y burgués.
Fausto se te ha escapado de entre los dedos, Kant.
Tus redes lo apresaban en Leipzig y Berlín.
Pero en las ruinas habla la nieve de infinito,
y su harina de muertos es ansia de vivir.
6
Stefan Zweig, estuve visitando tu Viena.
El Danubio tocaba con trigo su acordeón;
vestía la tristeza ropaje de montañas
con “squies” de ensueño para raptar al sol.
El día desflecaba pañuelos en las torres;
(las cariátides blancas sostienen al Dolor).
Schubert tenía ceño de escollos en la sombra,
y en Salzsburg un castillo cantaba una canción.
Beethoven en las plazas del aire y en la tierra,
como un golpe de hacha, martillo sordo, azul…
Una vena se abría sobre la iglesia abierta,
y las ciudades eran un limonero en Cruz.
7
La montaña me alarga sus ojos blanquecinos;
es blancura el recuerdo y el presente es blancor.
Suiza tiene caminos de lagos en el tiempo,
y es Suiza una manzana congelada en el sol,
Zurich, estoy mirando tus espejos de nieve,
sintiendo este badajo de fruta, esta pasión
de bruma que se encuentra perdida entre las casas
y busca por los puentes a un niño girasol.
Los pájaros enlazan los músculos del pino,
que siéntese en invierno solo sobrevivir,
con su verdor de anhelo que fustiga la estrella
y es ironía en ese carnaval de lo gris.

8
Me despiden los Alpes hacia el iris de Bélgica,
en donde están las playas escondidas del mar.
En Bruselas las cúpulas de monte me encaminan
hacia el puerto de Amberes con luna medieval.
Brujas con sus encajes estrena carrillones,
y sonata es el lirio que sacrifica Mengs.
Rubens golpea senos con matices de arcilla,
y abdómenes y piernas tiemblan en su pincel.
Jordans tiene una ubre de delirio en las manos
y ordeña los espasmos de cabra del color.
Lieja muestra su risa de largas avenidas
para que piafe súplicas el potro de Van Gogh.
9
Las noches en Holanda cuelgan de los molinos
sus blusas, que estremecen los vientos de Ámsterdam.
Flores de primavera muestran sus dedos vivos,
claros, pichones presos en dientes de zarzal.
En la Haya un castillo fumaba de su historia
y bostezaba cisnes. Su pipa era de boj.
El infierno amarillo de Rembrandt me encarcela,
y clamo tras barrotes de alba y de carbón.
Los puentes eran locos: partíanse y mostraban
sus muelas a los barcos, borrachos de huracán.
Una luna de queso caía sobre Erasmo,
y me sentía triste, velero, en Rotterdam.
10
En Dinamarca el Báltico cabecea suspiros.
Copenhague rezaba su plegaria viril,
con cúpulas heladas de aceitunas partidas.
El paisaje del Norte cuenta un cuento infantil.
En las manos tendidas y angustiadas de nieve,
la sangre se asombraba, gritaba: ¡Kierkegaard!
El hombre estaba en vilo sobre su nada umbrosa.
Una hermosa sirena pescó el verde del mar.
Me dio bruma en sus senos la “Madre de las Aguas”.
Sobre la Kliptoteca flotaba “El Seductor”.
De un paraíso de Andersen fugábanse los duendes.
Me escrutaban las tierras de Selma Lagerlof.
11
Estoy, Lawrence, buscando tus caballos hambreados,
tus yeguas enlunadas que dilatan la sien.
Los pulsos se han parado sintiendo el Parlamento.
Con Turner se endominga siempre el paisaje inglés…
Lawrence tira manzanas que regusta James Joyce,
A lo lejos se rasca la testa San Paul,
y Santa Margarita sigue cazando otoños
para que les dé el Puente de Waterloo una cruz.
La Abadía bosteza y el Támesis la mira
con sonrisa de lores en abanico gris.
¿Quién me brinda una copa de luz en esta niebla?
Si buscas a Oscar Wilde lo hallarás en París…
12
Luxemburgo arañaba, como un gato, la noche,
Tengo recuerdos tristes de su cetrina faz.
Bancos helados eran mi perspectiva entonces
y puentes que medían mis huesos al pasar.
Mónaco, en cambio, es uva para labios carnosos.
El Casino tenía cencerro vesperal.
Sus salas de cabellos erizados temblaban
con un perro angustiado y agónico al jugar,
Un castillo romano custodiaba la tarde.
Atrapaban al tiempo “les Corniches”. Un gris,
hecho presentimiento de nubes, abrigaba
las olas, cuya lámina entreabriera el delfín.
13
Los olivares eran la bufanda del viaje.
En los álamos puse mi ilusión a secar.
Lisboa, estremecida, con labios de castañas,
tenía ante el océano pasos de alcaraván.
Cintra estaba empinada cogiendo mandarinas
de un cielo que caía de picada en el mar.
Las “Plages”, con su risa de flores, anudaban
un palacio y un cabro de incendio, montaraz.
Las goletas se acercan en puntillas, con calma.
Una avioneta-luna planea en el Gueluz,
Las gaviotas despeinan el paisaje del puerto
y alguna ola suicida se abre un costado azul.
Otra Europa no vista, presentida en los lagos,
en el aire, que tiene radio y prensa en los pies;
otra Europa me aguarda para cantarle un día,
y mirarle los ojos, y tocarle la piel.
He visto pueblos rudos con un delirio bravo;
sus fuegos derritieron las letras de la paz.
Cortan con hacha sueños, con picas los celajes,
y son siempre agonía de volver a empezar.
Europa renacida, tu nieve resurrecta
blanquea mi morada y endurece mi pan.
