literatura venezolana

de hoy y de siempre

Tras la saga del conde Henao (1)

Sep 10, 2025

Arnaldo Erazo

Cada vez que el viejo Jota Ernesto R. Henao tenía ubicado el campamento y las coordenadas precisas de los puntos que pensaba explorar, invitaba a algún amigo para que fuera con él. Eso ya se había hecho una costumbre. Cada fin de semana su jeep repleto de libros, mapas, libretas de anotaciones, hamacas, galletas de soda, latas de sardinas, abundante licor e implementos para excavar, subía perezosamente los caminos polvorientos de Curbatí donde vivía el dueño de una finca, apodado Gavilán. Aquel sitio era un conjunto de cerritos semejantes a las fases de la luna, con uno grande en el centro, el cual mostraba una explanada perfecta para el aterrizaje. Al viejo le gustaba mucho ir por allí, no tanto por deleitarse con el paisaje sino porque el entorno lo llenaba de bríos y su instinto podía cabalgar libremente en busca de nuevas hipótesis sobre los habitantes originarios de ese lugar. Pero cosa extraña, sin saber por qué aquella mañana había amanecido dudando si debía quedarse en casa o no. Sin embargo, el recuerdo de la promesa hecha a su comadre, más el olor a pan de horno recién sacado, añadido a los acordes de los villancicos envueltos en los aires lo obligaron a mantenerse firme ante el compromiso adquirido.

«¿A quién me llevo?», se preguntó. Y arqueó las cejas apuntando los ojos a la montaña.

Sin lugar a dudas este era un hombre singular, racionalista empedernido, curtido en el respeto a la palabra, culto, acucioso, pero sobre todo leal; y con todo eso, respetuoso de las ideas ajenas, por más disímiles que fueran sus diferencias políticas con alguien, jamás se atrevió a burlarse de ellas, mucho menos tratar de imponerle criterios. Claro, exceptuando que tuviera documentos irrebatibles en sus manos, ahí sí que por cualquier vía los hacía valer. Debido a esas y mil razones más, debía asistir al encuentro con su comadre. ¿Pero comadre de qué? ¿De quién? Que él recordara nunca había bautizado a nadie. Será de un litro, dijo pícaramente para sí, imaginándose los racimos de gente en el rancho, listos para dar inicio a la paradura de niño más famosa del sector. Así pues que no se trataba de una simple ceremonia, era la palabra empeñada.

Entonces se registró la memoria e inmediatamente la imagen del poeta Ariel vino en su auxilio para dibujarle una sonrisa en los labios que poco le faltó para aflojarle la prótesis dental. Ahí decidió llamarlo para convidarlo al asunto y a los pocos minutos los dos estaban montados en el jeep. Jota Ernesto o Víctor Esteban, como también lo llamaban los compañeros de infancia, se afilaba la barba mientras saboreaba entre el paladar y la lengua los últimos vestigios de una pella de chimó.

—¿Cuál es la ruta? —Sondeó el poeta.

—Bum Bum adentro, rumbo la Sierra Nevada.

Al oír esto al invitado se le espelucó el pellejo, y no era para menos, pues dentro de su morral había metido cualquier cosa menos una chaqueta para protegerse del frío.

—No te preocupes, yo llevo cobijas y hamacas —prosiguió el viejo al advertir en el rostro del acompañante cierto grado de ofuscamiento—, además tú sabes que para calentarse el cuerpo no hay nada mejor que una muchacha bonita o tomarse un buen trago. Allá en casa de la comadre Camila hay una parranda esta noche y te puedo asegurar que las mujeres y sus hallacas son de lo mejor.

—¿Y quién más va?

—No sé, dime tú.

—Vamos a buscar a Yoleida y al catire Cafrutti para que nos ayuden a cargar. Tú ya estás demasiado viejo, si nos ponemos esa caja de miche en las costillas, el equipo fotográfico, más la maleta de libros que nunca abandonas y las demás bolsas nos vamos a reventar.

—¿Será?

—Ah, vaina.

Así se hizo. Como a las cinco de la tarde dejaron el jeep en casa del comisario de un caserío bien apartado del pueblo e iniciaron los preparativos para el ascenso a pie. El viento fresco bajaba de la montaña. Cafrutti, joven liceísta, de ojos azules, estatura mediana, aficionado a la arqueología y aspirante a miembro principal del recordado y reconocido grupo Kuayú, estaba empeñado en llevarse todo el equipo porque tenía el presentimiento que la suerte en cualquier momento los iba a sorprender. De pronto, Jota Ernesto, que lo miraba de arriba a abajo masajeándose la barba, esputó un salivazo de chimó y le dijo:

—Chico, ¿por qué mejor no dejas esos peretos quietos y destapas una botella de miche, que se nos va saltar la hiel?

Enseguida todos comenzaron a reír. El canto de los pájaros alegraba el camino escarpado. A lo lejos se veía azulísima la montaña sagrada. El mugido de un toro madrinero atrajo la vista del poeta Ariel hacia los matorrales y un dejo de tristeza le invadió el rostro al recordar las inmensas sabanas del fundo de su papá. Impetuosos iban los cuatro caminantes. Jota Ernesto identificaba cada montículo, cada huella animal o humana que encontraba, al extremo de llegar a describir con su imaginación febril el tamaño del hombre, el color, el peso, la hora exacta y la marca del hacha que el supuesto leñador había utilizado para derribar un árbol de araguaney que obstruía la trocha. Yoleida, Cafrutti y por supuesto Ariel se maravillaban escuchando las referencias de Jota Ernesto sobre los primeros pobladores de aquel lugar. Aseguraba que los grupos que habitaron los llanos penetraron a punta de canoa y canalete por la cuenca amazónica del Orinoco y que la ocupación del piedemonte llanero estaba ligada a los flujos migratorios provenientes de la Sierra Nevada del Cocuy, con desplazamientos por el río Sarare, Pedraza y la Sierra Nevada de Mérida. De tal manera que el que quisiera indagar sobre el origen de estos grupos debía mirar hacia el sur porque existía una red de calzadas, montículos y camellones dispersos por los llanos de Barinas, Portuguesa, Cojedes y Apure. Esto obviamente los ponía a volar. El viejo se esmeraba explicándoles las diversas funciones que pudieron haber cumplido estos lomos de perro, como también los llamaba, no solo en el control de las aguas de esas explanadas surcadas por los caudalosos ríos que bajaban de la cordillera, sino en los usos funerarios, sitios de vigilancia e incluso refugios en caso de extrema necesidad.

En un momento de esos, sin pensarlo demasiado el poeta Ariel aprovechó un minuto de silencio para brindar una vez más por los ausentes y se retrasó un poco para desaguarse el cuerpo. Las sombras empezaron a caer. El peso de los morrales dificultaba el ascenso. Yoleida iba feliz tomada de la mano del catire Cafrutti, quien no desperdiciaba una espabilada para recordarle lo linda que se veía con esos jeans apretados, el sombrero de cogollo y la flor de cayena en la oreja que Jota Ernesto en un descuido suyo le acababa de regalar.

—¿Falta mucho? —preguntó Ariel.

—Falta.

—Entonces vamos a sacar las linternas porque dentro de un rato la oscurana nos va a arropar.

Dicho y hecho. Cuando llevaban casi seis horas andando oyeron ladrar unos perros e inmediatamente las notas alegres de un merengue campesino rodaron por la ladera para anidárseles en las orejas y aliviarles el cansancio y el hambre, porque al poeta se le había olvidado el morral con las latas de sardinas y se dieron cuenta cuando venían a mitad de subida.

—Está prendío el bochinche —dijo el viejo sonriendo al tiempo que metía el dedo en el cacho para introducirse en la boca otra bola de chimó.

—¡Eso merece otro palo, Arielito! —dijo Cafrutti.

—¡Cómo no!

Y se lavaron nuevamente las gargantas. Al cuarto de hora con las canillas temblándoles del cansancio estaban llegando al rancho. La comadre Camila ensordecida por la bullaranga de los perros mandó a callarlos y salió a recibirlos al zaguán.

La paradura ya había concluido; sin embargo, aún quedaban los músicos que estaban rascados junto a cuatro o cinco parranderos que vivían en las inmediaciones del lugar. Ahí mismo los llamaron a comer.

—Lo único que queda es hallaca, compadre, lo demás ya se acabó —dijo la doña.

—No se preocupe, comadre, que para mí el mejor plato que puede haber en el planeta es el plato lleno.

Como era de esperarse la ocurrencia tuvo su efecto y las risas y comentarios no se hicieron esperar. El poeta Ariel en un alarde de picardía le pidió al viejo que le zafara el morral y aprovechó la ocasión para estirar la mano y que le sirvieran de primero. Tenía tanta hambre que no le importó lo caliente, ni el sabor a onoto, que de paso él detestaba, ni que lo servido fuera una masa insípida mantecosa envuelta en hojas de plátano, con dos patas de gallina atravesada en la mitad, nada, se lo engulló todo a velocidad estrepitosa mientras evadía las miradas y el resplandor de la lámpara de kerosén porque la reacción del cuerpo fue instantánea y enseguida le dieron ganas de vomitar. Jota Ernesto se mordía la punta de la lengua para no soltar una estruendosa carcajada. Eso te pasa por pingo, dijo entre sí e inmediatamente pidió a toda voz que le sirvieran otra porque ese muchacho era uno de los mejores poetas del bajo Apure y a él se le aguaban los ojos de la alegría cuando veía una hallaca puesto que le venía a la mente el recuerdo de la mamá. La doña ni corta ni perezosa le volvió a servir. El poeta Ariel no encontraba cómo hacer. Estaba decidido a decir que no pero sintió las miradas punzantes de Cafrutti y Yoleida, quienes sentados en un banco de madera le exigían no despreciar a la dueña, pues la intención era noble, además todo eso era culpa de él. La cara de Ariel parecía un nudo cada vez que tragaba. La doña cariñosamente le masajeó el pelo y le pidió a Jota Ernesto que no fuera muérgano, que respetara los sentimientos del muchacho porque a ella le habían dicho que los poetas eran seres muy sensibles y ella no quería ver gente llorando en la casa y mucho menos después de haber levantado al niño del pesebre, porque eso era pavoso, y que nadie debía sentir vergüenza de nada, y que bueno, si eso le alegraba el alma al poeta zagaletón, con estirar la mano nuevamente le bastaba, total allí en la perola había más.

Cuando Ariel se apartó del rústico mesón salió fuera del rancho empujado por el malestar. La oscuridad agregada al bramido del agua del río descendiendo de la sierra le servía de cortina perfecta para vaciarse el estómago. El violinista dormía tirado en el suelo mientras el guitarrista y el cuatrista trataban de afinar los instrumentos recostados a un horcón. Más arriba, envueltos en la neblina se alejaba tambaleando el último grupito de lugareños que habían sido invitados a la fiesta popular, iban disputándose el derecho a robarse el niño Dios el año entrante porque eso era un honor y un deber sagrado, por lo tanto, quien tuviera tal honra debía garantizar aguardiente como para bañar una manada de caballos y suficiente dulcería criolla, ya que todo lo dado se le multiplicaría más tarde en bienestar.

Ariel, herido por la fatiga y el disgusto a causa de la ocurrencia de Jota Ernesto, decidió colgar su chinchorro e irse a dormir. Pero cuál sería la sorpresa, cuando apenas terminó de arroparse y estirar las piernas, el moriche se abrió en dos para dejar oír un matracazo en el suelo que hizo temblar toda la casa, obligando a los ocupantes a pegar un brinco e instintivamente correr para ver qué había sucedido. Al percatarse de lo ocurrido las risotadas surcaron los cuatro puntos cardinales, los perros aullaron y las gallinas asustadas empezaron a cacarear. Ariel, mudo del enojo, agarró la cobija y salió a tomar aire tratando de disimular el dolor.

—¡Chito! —expresó la doña callando nuevamente a los animales—. ¡Pobre muchacho, denle agua!
—No, respondió Jota Ernesto, mejor es darle miche. A ese tarajallo lo conozco yo.

Afuera, el croar de las ranas disfrazaba el ayayay del poeta, que le dolía desde la mollera hasta las uñas de los pies.

El viejo se le acercó y entregándole una botella le dijo:

—Mirá, dejá la malcriadez y ponme cuidado, más alantico, bordeando la orilla del río vas a conseguir una piedra gigantesca, subí allá arriba, ahí vas a conseguir la mejor cama del mundo.

Ariel tomó la botella sin responder y avanzó solitario en la dirección señalada. Al llegar al sitio escaló como pudo la protuberancia y quedó deslumbrado por el hallazgo. Aquello era un observatorio indígena, con una incisión de forma humana magníficamente labrada en la piedra, desde donde acostado boca arriba se podía contemplar la galaxia en todo su esplendor. De allí en adelante se le desaparecieron los dolores. Acoplado a la roca dio gracias al viejo y lo imaginó corriendo por los puentes de madera del puerto. Lo vio venir en época de invierno, acompañando a su madre, quien lo llevaba a La Resaca y El Picacho, donde los barcos provenientes de Angostura venían a abastecer los establecimientos comerciales y las casas importadoras con mercancía europea, para más tarde regresar a sus lugares de orígenes, preñados de plumas de garza, pieles preciosas, añil, frutos exóticos, que eran sumamente cotizados al otro lado del mar. También lo vio jugando trompo con Rafaelito Martínez y enlazando litros vacíos en los solares vecinos para llevarlos arrastrados en caballitos de palos de escoba hasta el fundo La Quemadera, el cual no era otra cosa que el botadero de basura de su hogar. Pero también lo observó curioseando por el barrio El Jobo, donde estaban concentrados los bares y las mujeres de la vida alegre esperando los clientes que venían en canoas dispuestos a echar una canita al aire.

—¡Ah bicho pa vagabundo ha debido ser este diablo! —Pensó de súbito el poeta engullendo otro trago.

Y así se mantuvo hasta que el frío lo obligó a arroparse el último milímetro de la piel. Al cabo de breves minutos se durmió. Esa noche soñó que tenía alas en los pies y que impecablemente erguido sobre los lomos de una nube iba recorriendo los montes de su terruño natal.

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