Arturo Briceño
IV LA REMOTA ESPERANZA
Quebrantado, sin fuerzas, estaba mi entusiasmo para intentar otras cosas después de lo ocurrido a Críspulo en la hacienda del coronel Polanco. Otra vez fue el viejo cedro el compañero solitario de mis pensamientos. No me agradaba la idea de volver a trabajar como peón. Pero tampoco me atraía aquello de quedarme en casa pastoreando con Castorila los escasos animalitos que aún quedaban por ahí.
Un deseo ávido de conocimientos me llevó a la lectura. Quería ilustrarme, emplear lo poco aprendido, parapetear la media letra.
El viejo Prisco Antica, uno de los pocos lectores de Tamara, cuya casa visitaba atraído por el brillo de su palabra distinta, alentó mi inquietud arrimándola a sus libros. En ellos estaban esperándome las razones que, por mi falta de luces, apenas me dejaban ver limitados contornos. La idea escrita alucinó la esperanza que loqueaba en mi mente, y entonces fue el leer todo aquello que interesaba a mi conocimiento del hombre. Los héroes de la Independencia me obsesionaron. Páez cobró a mi sentir todo el relieve máximo del hombre natural. Luego, con un libro cerrado entre las manos, me pregunté una vez:
—¿Dónde estará el hombre que emule en la actualidad a aquellos héroes? ¿Sería mentira tanta audacia? ¿No vendría mermando el miedo y ganando el valor en aquel largo viaje del suceso al pasaje?
En tales meditaciones estaba cuando don Prisco Antica entró a la pieza. Traía apuñada, a la altura del pecho, la vieja barba blanca. Bajo las cejas peludas la mirada reflexiva, portadora de una tremenda emoción.
—¿ Qué le pasa, don Prisco?
—¡Ay!, hijo, —me contestó—. Lo que pasa es horrible.
—Las fuerzas del Gobierno asaltaron la hacienda del general Diomedes Peralta. Lo arrasaron todo, hacienda, casa y familia…
Mientras paseaba, nervioso, por la pieza, me habló del general.
—Era una esperanza. Con él se pierde un conductor de hombres libres. Una gran fuerza civilista.
Diomedes Peralta, gran guerrillero que, bajo las órdenes del doctor y general Rafael González Pacheco, temible caudillo por su intrepidez y su talento, escaló a pasos valientes, peldaño a peldaño, las charreteras de General. Ufano de ellas, orgulloso de haber puesto el valor y el esfuerzo a la altura del ideal, trajinó, vuelta la paz. la vida pública respaldado por el clima que da al respeto la consideración popular. Breve fue el tiempo con su satisfacción.
La transición de un gobierno a otro, la traición comprobada de un déspota a la causa que él sirvió; la muerte del doctor González Pacheco y la observación inmediata de cómo se retorcía la Ley para el bajo servicio de encanalladas ambiciones, le pusieron la mano arisca y bajo las cejas hirsutas se le heló la mirada.
—Una gran esperanza. Así es, hijo; ha desaparecido una gran esperanza…
Y de la boca de don Prisco fluye el bien narrado episodio de aquella vida austera. Diomedes Peralta. En la ocasión que se le propuso para Diputado por su Estado, salvado el voto popular con la comedia electoral, opuso entre él y ésta sus palabras severas:
—Una sola cosa traje del campo a la ciudad, y es la que tengo: mi honradez!
Y con ella, limpia de máculas, dio la espalda al pueblo y regresó al viejo fundo de cañamelar heredado de sus padres. Regresó al campo y a fuerza de energías levantó la hacienda “Las Mercedes”, entre los límites de los Estados Lara y Yaracuy. Metida muchas leguas adentro de todo camino real…
—Tenía dos hijos. La señora murió al nacer el último. El mayor, Valentín, era el retrato de su padre. Audaz, domaba potros salvajes en los cerros de “Las Mercedes”. Era una fuerza hercúlea aquella joven bestia de veinte años macizos, cuajados en la audacia loca que da la plena libertad del propio fuero…
Deja caer las palabras evocativas el viejo Antica. Hace un alto en su nervioso paseo. Baja una mano que
coloca a la espalda y, mientras con la otra se soba la barba, se mece un poco sobre la punta de los pies para decir, mirando hacia la luz del postigo:
—Por cierto que el otro, Valentín, nació defectuoso. Manco de un brazo y la pierna izquierda casi paralítica… ¡Qué habrá sido de estos pobres muchachos!…
Se acerca a mi y toma de mis manos el libro cerrado. Lo abre, luego dice:
—“Venezuela Heroica”… Esta es aquella, Juan, la de los hombres enteros…
Me emocionan las palabras del viejo. Adivino detrás de ellas cierta represión, algo que no termina de decir. Pero bien se que él adivina en mi inquietud la búsqueda sin formas definidas aún, de aquello que trata de refrenar. El comentario para el libro de la epopeya venezolana y el dolor en que está sumido su pecho por el atropello al general Peralta, hácenme decir, dándole estribo para el arranque emocional:
—Sí, don Prisco, en eso estaba pensando, precisamente, cuando usted entró en este aposento. Los hombres de aquel tamaño se acabaron…
Pero en sus ojos brilla, contradictoria, una chispa loca, un súbito fulgor, reflejo, tal vez, de aquella fe no muerta aún, y en sus frases alarmadas se debate, febril, la remota esperanza.
—No. No digas eso, Juan. La revolución es un hecho. Ella está viva todavía.
Y poniéndome una mano sobre el hombro:
—No conviene pensar de otro modo… Eso mismo que te mortifica, que no es sino el deseo de hallar al hombre en quien depositar la fe que tienes, viene diciéndote, sin palabras, porque no son necesarias, ya que el país lo que quiere son hechos cumplidos, que la idea libertadora no ha muerto…
Prisco Antica me acompaña hasta la puerta. El sol de la tarde pone a jugar sus oros entre la plata de la barba vieja.
Tomo el camino de mi casa preocupado por tantos sucesos y al mismo tiempo raramente contento de todo lo sabido.
Diomedes Peralta… “Sólo una cosa traje: mi honradez…»
Y los días pasan muertos, sin sucesos, sin nada…
– o –
Pero ya se comienza a hablar de cierto cuatrero que azotaba las sabanas larenses. Y al pelo vino el hombre de cara dura y corazón valiente: Natalio Roque, el famoso bandolero de los playones bobareños enredando en la leyenda de sus fieras hazañas a los hombres del campo.
Natalio Roque. Toda una historia de hechos netamente encajados para servicio del relato. El nombre de Natalio Roque redorábase en el calor de las charlas campesinas, y cobraba, día a día, mayor caudal de cuentos y pasajes. En todas las palabras lo encontraba: de la boca de las mozas —que ya se habían quitado aquellas sobre las cuales pasaba el príncipe azul desbaratando monstruos— salía un hombre nuevo abriendo brechas cruentas contra la violencia de la ley secuestrada. En las mesas de juego Natalio Roque estaba presente entre una carta y un cobro; en los bailes arrebataba en la copla y ya el bandolín se lo sabía de memoria cuando, dejando la compañía del cuatro, porque con Natalio se bastaba:
— Indio retaco y moreno,
Malas pulgas, mal en peor,
si con un puñal es bueno
con un machete es mejor.
Y en los cerros, y en las lomas, y en los valles, y en los playones, y en la rueda de familia haciendo anillo al fogón y en la troja y en el patio, y en todas partes estaban las palabras ocupadas con Natalio Roque, indio retaco y moreno, y frío y calmoso en un asalto al machete. Díganlo, si no, los soldaditos de la Nacional; que lo diga Angel Cuivas, alias “La Pipa”, cuatrero zamarro al servicio del Gobierno, y a quien macheteó una noche Natalio, él solo, cuando “La Pipa”, al frente de quince hombres lo acosó en el rancho de Baragúita haciéndole huir, abriendo el monte con el pecho, porque la premura no lo dejó utitizar el machete. Pero, después, cuando “La Pipa” y los suyos celebraban el triunfo, se miraron un momento las caras empavonadas de miedo frente al hombre a quien la luna le prestaba su luz fría para quebrarla en la hoja reluciente del machete estalonado de filo:
—Juapi, juapi, juapi!…
—¡Ay, mi madre!
—Juapi, juapi, juapi!…
—¡Divina Pastora!…
Y ese indio retaco detallando la muerte a gritos y los gritos a precio de ofensa en el tremendo ajuste de las cuentas pendientes:
—Juapi!!
Cómo vibraban mis nervios frente a los relatos heroicos de Natalio Roque. Ya no es Natalio solo. Ya viene la fama trayendo en el rebiate a Rosa, la muchacha hermana que al lado de Natalio es par en astucia y en valor y ardor rencoroso para los ultrajes, y Pancho Roque, y Trino y todos los que hoy forman el pelotón de machos que recibieron de aquellos hombres que se murieron de un golpe, despegados del chinchorro, con una imprecación viril en la primera buchada sanguinolenta del borbotón de la herida, adornándose el rostro con la sonrisa final, agradecida de morir sobre varones, los instrumentos limpios de máculas cobardes.
Los Roque! Hasta don Prisco Antica salíase alguna vez de su casa para ira la pulpería de Tereso Amaro a contar, sobándose la barba, mientras clavaba en mis pupilas aquella chispa loca que sorprendí en las suyas, la última noticia habida por él de sus misteriosos informantes. Dándole rienda a la emoción que se sacaba del pecho, decíanos jubiloso:
—Ahora los andan persiguiendo con la Nacional. Ya les están haciendo los honores de la tropa de línea…
Y como atropellando con sus palabras algo que en su vida se frustrara:
—El espaldarazo…, sí, hijos míos, el espaldarazo! Así es como se forman las verdaderas revoluciones. Los
hombres peleando por lo que sienten en la propia carne… Nada de mochismos ni castrismos.
Y Tereso Amaro, tras los negros mostachos retorcidos, alargaba la noticia hazañosa:
—En “El Cogollal” se tirotearon con el Gobierno…
Tres contra la Nacional. Natalio se atrincheró detrás de un pelo de cucharo escupiendo candela por la boca del máuser. A Pancho le bandearon una pierna; pero ahí mismo estaba Rosa vendándole con una tira del fustán para que no se sangrara, con las mismas le quito el máuser y al lado de Natalio y Trino le mandaba plomo a los gobierneros…
Tereso se atusó los bigotes para decir, evocativo:
—¡Ah negra linda, carás! Cada vez que se echa el máuser a la cara voltea a un hombre con las patas para
arriba…
Y los Roque servían a las mentes descontentas la ración de reyerta y mano armada contra los desmanes del gobierno.
Eran cuatro los Roque. Mucho menor que todos, Rosa. Guapa en el momento de silbar los plomos, brava y morena Rosa Roque. Hija del azar, su infancia transcurrió por las calles de Bobare vendiendo majaretes, y dándose de trompadas con los muchachos grandulones que salían de la escuela y trataban de quitarle, a las malas, las chucherías que vendía en el azafate. De la lujuria de los hombres se defendía con gritos y mordiscos o insolencias tamañas. Rosa creció a la defensiva: estropeando su infancia con las contrariedades cotidianas. Defendiendo su doncellez como defendía los majaretes. Luego, abandonó la madre el pueblo, se iría a vivir con alguien, y con ellos se fue Rosa a los cerros de Baragüita a pastorear las cabras del padrastro. Sus hermanos, entre tanto, se quedaron en el pueblo trabajando en diversos menesteres.
Pancho Roque, el hermano mayor, alto y seco, horro de sonrisas el rostro, reposada la vez, calma la pupila escondida entre los párpados, tenía voz cavernosa y el ademán pausado. Sin ser esta reserva continente de desconfianzas o malicias, era sí este retraimiento más expresión de fatal conformidad que dobleces recónditas. Trino Roque, en cambio, comunicaba a todos su sonrisa pegajosa y rochelera. De los varones era el hermano menor.
A Natalio lo recuerdo idéntico: moreno, retaco, el rostro tostado y lampiño, el pecho y la espalda poderosos, tarda la mirada de los ojos rayados, la nariz parecía un bofetón. Tales eran los Roque. Con ellos todos los que se incorporaran.
En la pulpería de Tereso Amaro, como en todas las casas, los relatos cundían. Rosa Roque. La Nacional. Plomo y candela en los montes larenses. Pasajes alucinantes. Natalio Roque. Por todas partes, emocionando leyendas, los terribles hermanos…
