literatura venezolana

de hoy y de siempre

Motivos e imágenes en Luis Enrique Mármol

Mar 10, 2025

José Fabbiani Ruiz

Luis Enrique Mármol nació en la Parroquia de Santa Rosalía de Caracas, el 21 de agosto de 1897. Fueron sus padres Luis Mármol, también poeta, y Rosa Amelia Infante de Mármol. Hizo la Instrucción Primaria en el Colegio de los Padres Franceses, de Caracas, y cursó el Bachillerato en la Universidad Central de Venezuela, titulándose de Bachiller en Filosofia el 27 de setiembre de 1912. El año de 1913 publicó su primer poema en El Nuevo Diario, un soneto titulado Misantro pía. Se graduó de Doctor en Ciencias Políticas el 14 de febrero de 1925, y presentó como tesis reglamentaria un trabajo titulado: El Aparte 3° del Artículo 6° del Código Penal, editada en la Tipografía Americana de Caracas el mismo año de su grado. Murió en Valencia, capital del Estado Carabobo, el 17 de setiembre de 1926.

Corta fue su vida. Como se ha visto, sólo vivió veintinueve años. Huérfano de padre a temprana edad, de
humilde posición económica, hombre bueno, corazón puro, según el decir de sus contemporáneos, la vida no le escatimó dolores ni desengaños.

Obras

Mármol no fue —no pudo ser— autor de obra extensa. Publicó Pastiches, edición con avisos, impresa en
la Tipografía Venezuela. Trae una carta de Pedro Emilio Coll, fechada el 5 de setiembre de 1924. En esta obra, su autor, burla burlando, y con el seudónimo de Lem, realiza algo así como una critica muy sutil de los estilos y pensamiento de los escritores contemporáneos suyos. Estos Pastiches se publicaron en El Universal, de Caracas, y en ellos se alude a muchos notables de las letras patrias: L. M. Urbaneja Achelpohl, José Antonio Ramos Sucre, Ángel Miguel Queremel, Pedro Sotillo, Udón Pérez, Fernando Paz Castillo, Jacinto Fombona Pachano, Manuel Diaz Rodríguez, J. T. Arreaza Calatrava, Alfredo Arvelo Larriva, Andrés Eloy Blanco, Gabriel Espinoza, Joaquín González Eiris, Sergio Medina y otros.

Dejó dispersos en periódicos y revistas numerosos artículos de indole diversa, no compilados aún. Después de la muerte del poeta, sus admiradores, compañeros y amigos publicaron —afectuoso recuerdo— el libro titulado: La Locura del Otro. Dedicado al padre de Mármol, está dividido en tres partes: Mis Emociones, Pausas y Mis Motivos.

Crítica

Quien nos ocupa es un intelectual cuyo nombre ha resonado siempre con simpatía honda en el ánimo de
nuestros escritores, desde sus contemporáneos hasta representantes de las últimas promociones.

“En su obra de poeta —dice Augusto Mijares— destácase como nota fundamental el mismo anhelo que ennobleció sus días mortales: la rebeldía contra la taciturna mediocridad de la vida, la necesidad de encontrar a toda costa un ideal para mantenerlo vigilante en el combate, una fe para aureolar su dolor”.

Y Pedro Sotillo: “Caso típico de precocidad y de reflexión, Mármol muestra, desde su aparición en nuestras letras, un sello de intensa gravedad”.

Y Enrique Bernardo Núñez: “Su muerte ha sido digna de él, como la de un Soldado en el combate. Y él lo era a su manera. Soldado del Derecho, no de ese derecho curialesco y rutinario, sino del que quiere luchar por la Humanidad y se inspira en la Justicia. Serenidad, Elevación, Belleza fuéronle musas propicias”.

Fernando Paz Castillo dedica a su memoria uno de los hermosos poemas de La Voz de los Cuatro Vientos: “Y el verso siempre puro le salvó la vida, —de lo material y lo grosero,— de la vulgar sonrisa cortesana. —Por eso alguien lo dijo: Se nos murió por bueno”.

El crítico Rafael Angarita Arvelo: “Renovación. Esta es la primera impresión que se desprende de la obra de Luis Enrique Mármol. Segunda: Reminiscencia romántica. De tarde en tarde, como entre joyas cobre dorado, falsos retornos a los tópicos socorridos. Tercera: imprecisión. Los dos elementos esenciales de su vida en lucha mortal. Cuarta: Ciencia y arte. El fondo filosófico y la forma impecable de la mayor parte de sus poemas. Quinto: Pesimismo. Un pesimismo actual, intuitivo, causa de la poca o ninguna frescura existente en sus versos. Sexta: Porvenirismo. Finalidad de su arte y su espíritu. Creer en el porvenir con la honrada creencia real de las cosas”.

Antonio Arráiz: “Amó como alucinado las cosas espléndidas: el triunfo, el heroísmo, la belleza. Fue puro
y melancólico, como una idea que no cuajó”.

Julián Padrón, epígono del 28, hace referencia a la inconformidad del poeta, a su angustia, a su condición
de romántico atrincherado detrás del concepto flaubertiano sobre el burgués, de buscador profundo del enigma de la vida.

Y José Ramón Medina, de los más jóvenes intelectuales venezolanos: “Pasan las escuelas, se suceden los
movimientos artísticos, transcurren fugazmente las modas literarias, pero aquel trabajo que responde a un impulso y a una esencia de exacta validez estética perdura en el tiempo con el sello de las cosas imperecederas. Ese signo rige la poesía de Luis Enrique Mármol”.

Los Temas

Los motivos, la concepción lírica del autor que estudiamos, convergen hacia un centro de evidencia meridiana: el pesimismo. Nunca habíamos visto en poeta venezolano alguno mayor desesperanza. Quizá el medio, o tal vez la época, o también alguna precaria situación personal, fueron elementos de influencia decisiva en su actitud; pero lo cierto es que, salvo rarísimos momentos, aquel espíritu se retorció siempre en una fosca negación de la vida.

La ordenación de algunos de los motivos fundamentales de La Locura del Otro nos ayudará a comprender la trayectoria de este bardo, uno de los más personales que ha tenido la literatura patria. Veamos:

Oposición entre la ruina espiritual, el desaliento y el dolor, por una parte, y el ensueño por la otra:

La arquitectura, enantes de luz y de basalto,
de mi alma, se arruina lirremisiblemente;
caricatura de algo que bien pudo ser alto
como un ensueño, prodigioso como un poniente!

No obstante, Ensueño, vienes, y aún mi vida pueblas;
mas, soy inexpresivo como un lienzo en tinieblas:
soy la fruta sin sol, por la sombra podrida…

(L., 11-12, 1-4, 9-11)

En esta lucha obstinada, como vemos, vencen el desaliento y el dolor. Frente al egoísmo y a las glorias pequeñas, a lo trivial e insignificante, el orgullo constituye una defensa, un soporte ético:

Hoy está alerta, firme, seguro de sí mismo
y sin embargo tiembla al más ligero roce.
Vive siempre a mi lado y le llamo mi orgullo!

(L., 16, 12-14)

La soledad suele ser refugio; en ella el alma sosiega un sueño resplandeciente y hondo. Pero, como siempre, ese refugio no tardará en convertirse en soledad tediosa. No queda nada del espíritu de antes, ni la armónica tristeza antigua, ni la armonía aureolada de quimera, de amor, de melancolía:

¿Qué nos queda de la Belleza,
de la Fuerza, de la Verdad, qué nos queda, Dios mío?
Vida ¡Milton certero! que incubas en tus sombras
el dolor del Paraíso Perdido!

(L., 25, 9-12)

Quien busca la belleza, serena, desolada, y apenas la vislumbra en una noche inquietante, no puede recordarla luego, pues sus formas se han borrado. Del fondo de la espantosa angustia del aeda, surgen apenas los ojos yermos de la belleza:

Conocía su nombre… la buscaba anhelante!…
Fue en el minuto enorme de una noche inquietante
cuando mi vista ávida violó su soledad:
la tragedia angustiaba sus ojos tenebrosos,
mas su rostro, sus líneas, sus gestos armoniosos,
vertían el milagro de la serenidad!

Ah! no la viera nunca mi anhelo deslumbrado
que hoy cuando ansioso trato de evocar la radiosa
visión que en lo más hondo del alma reverencio,
no puedo recordarla, sus formas se han borrado…
pero surgen del fondo de mi angustia espantosa
sus ojos desolados, terribles de silencio!

(L.; 34, 13-24)

Los paisajes, en Mármol, son característicos, propios del estado de ánimo apuntado, sin color, sin luz:

En la opulencia frágil de tus luces bermejas,
oh crepúsculo! avivas no sé qué ensueños tristes
que pasas como un velo sobre las cosas viejas
y lo que aún es joven de viejo lo revistes.

(L., 37, 1-4)

O bien:

Viejos parques anémicos, mohosos, carcomidos,
donde tuércese el viento, silbando entre los robles,
tus viejos robles, dolorosos como gemidos,
retorcidos cual fósiles esqueletos inmobles!

(L., 39, 1-4)

Hay un dolorido sentimiento de la nada. Se va y vuelve, intermitentemente. El destino es cruel: rompe
todos los sueños; y cuando el poeta desea el infinito, su emoción se diluye en grito angustiado:

Como a Ícaro me llena un afán de infinito,
y como Ícaro muero, víctima de mis ansias,
y mi emoción tradúcese en un supremo grito
que alarga sus angustias, desgarrando distancias…

(L., 43, 7-10)

A veces acuden las imágenes ingenuas de la primera novia, de la niñez, de la adolescencia, de los viajes imaginarios, mientras la madre, en las horas difíciles, es sembradora de belleza, de amor y de fe:

¿Recuerdas, madre mía?
Tú mirabas crecer poco a poco mi alma,
y, cómo te asombrabas
de encontrar en mi alma lo que en ella ponías,
lo que en ella ponías de verdad y belleza,
lo que en ella ponías de belleza y de fe!

Tú me lo diste todo para que fuera fuerte,
tú me lo diste todo para que fuera puro,
porque lo fuera todo tú me lo diste todo,
¿te acuerdas, madre mía?

(L., 76, 16-21, 30-33)

Pero después brota la desesperanza, la auto-acusación:

Pero tú, madre mía, tú no has sabido verlo;
yo he matado lo noble que pusiste en mi alma:
yo he sido, madre mía, madre mía,
yo, nadie sino yo es el solo culpable!…

(L., 77, 43-46)

El silencio; pero no el silencio turbio de las noches de la ciudad, ni el de los campos, sino el perfecto y absoluto silencio:

Buscaba el silencio, el silencio.
El perfecto silencio, sordo, supremo y vasto.
No ese silencio de las noches urbanas…
No ese silencio de la noche de los campos…
Su alma necesitaba del silencio absoluto…

(L., 159-160, 1-2, 3-7-8)

Lo galante está presente, asimismo, en La Locura del Otro. Es una nota sin filtraciones eróticas. El poeta
ama las rubias y las morenas, los ojos negros y las crenchas de oro. Evoca la novia quinceañera, las amadas que rompieron la vida gris y el mundo pequeño, la niña pobre asomada al balcón por las tardes:

En el pobre balcón de la morada
sórdida, aparecía por la tarde.
Nadie volvió hacia ella su mirada:
daba una extraña sensación cobarde
su sincera belleza resignada.

(L., 107, 1-5)

Busca chispas de oro en los ojos desencantados de una prostituta; ofrece a una dama un ramo de flores. Pero, como siempre, los hermosos rostros de las mujeres admiradas se desvanecen para dar paso a la persistente sensación de dolor, cruelmente pesimista: a la evocación de la gracia y de la primavera sucede lo irrevocable, la quimera, el llanto y el olvido. Han muerto la emoción juvenil, las ansias de fortuna:

La gracia esbelta de tus primaveras:
—realización de un ansia irrealizable—
fue fulgor de una aurora inolvidable
en la noche tenaz de mis ásperas.

Luego, la zarpa de lo irrevocable…
Lo Ineludible para mi alma fueras,
mas nunca mi silencio irremediable
fecundara otra cosa que quimeras!

(L., 95, 1-8)

Nuestro autor gusta de contrastar los valores, positivos y negativos. Es en esta circunstancia donde señalamos la raíz más honda del dramatismo de su obra. Contrastan, los héroes del poeta y el practicismo; la belleza de unas muchachas y el alma insustancial del aeda; el idealismo de ayer y la derrota de hoy; el ensanchamiento de un ideal y el desmayo de una voluntad de gloria; la divina inutilidad de la vida y el divino tormento de la misma:

Pero quiero vivir, gozarlo todo,
lograrlo todo y que lo pierda todo!
Los besos, y las ansias y los sueños
y la vida, divinamente inútil,
pero divinamente atormentada!
(L., 32, 71-75)

La vejez del rosal y lo que él fuera antes: fragancia de citas de amor; el encanto de ayer y la estupidez del
presente. No obstante, salta a veces la vibración optimista, como en estos versos de Canto de Exaltación:

Ah! y otras veces siento un júbilo radiante,
y es surtidor sonoro mi alma burbujeante,
y es un deslumbramiento de mis cinco sentidos!
Oh sueño! Oh dicha! Oh luz! Oh anhelos encendidos!
Esperanza suprema que en mi vida apareces
y en silencio trasportes inefables me ofreces!
Absurda, intensa, inmensa emoción de sentir
este alborozo que no puedo traducir!
Ah! cuántas emociones distintas, todas mías,
vida que me vas dando todo cuanto tenías!
La perfecta armonía de la carne fragante!
retorcida delicia en el ávido instante!
…/.
Mientras vivimos somos inmortales!

(L., 51, 15-26; 53, 21)

O en el poema final del libro:

Juventud, desengaños, vanidad, pesimismo;
complejo y simple, como el agua multiforme…
Mas, siempre dentro del alma un ideal enorme
que es mío y sin embargo más grande que yo mismo!
../.
Toda mi psiquis vibra con emoción de lira:
hoy que tengo más vida siento más grande el alma!

(L., 189, 5-8; 190, 4-5)

Sistema Figurativo

El sistema figurativo de Mármol responde cabalmente al mundo de ideas y sensaciones que contiene. Los
elementos calificativos y modificativos, las imágenes y las metáforas, contribuyen como en pocas oportunidades, a que el lector —o espectador del fenómeno lírico— adquiera una consciencia plena del juego que a corta o larga distancia de nosotros realiza el poeta.

Este elemento figurativo se acopla —insistimos— al más descollante estado de ánimo de Mármol: el pesimismo. Pesimismo es desesperanza, y las palabras aquí tienden a buscar una expresión diluida, vaga, nostálgica y melancólica. Si recorremos con cuidado La Locura del Otro hallaremos la ratificación más evidente de lo que sobre él hemos dicho.

Elementos calificativos y modificativos

Veamos los adjetivos usados por el poeta, y dividámoslos en cuatro grupos: 1) referentes a estados de ánimo; 2) a condición, hechos, valores o circunstancias referentes al hombre; 3) a elementos naturales; y 4) de color.

En el primer grupo figuran: turbio (el desaliento); impreciso (el cansancio); trivial, hondo (el dolor) ; inútil
(la inquietud); densa (la congoja); espantosa, inexorable (la angustia); sosegada (la tristeza).

En el segundo: vaga, triste (la sonrisa); hondo, dorado (el sueño); doliente (el corazón); estéril (el vigor); imperfecto, baldío, frustrado (el esfuerzo); desorientada, pequeña, desnuda, simple, sola, estéril, incapaz, egoísta (el alma); tenebrosos, añorantes, inútiles, borrados, abolidos, sombríos (los ojos); triste (la palidez); silencioso (el paso); absurda, turbia (la vida); sombría, errante, distraída (la mirada); vulgar (el contratiempo); pigmeo (el obstáculo); mezquino (el deseo); inútil (el ideal); impuro, vacilante (el corazón); pequeño (el amor); dulce, simple, desprevenida (la madre); vacía (la vida); blonda (la novia); resignada (la belleza de una niña); graves, dolorosas, enfermizas, desoladas (las pupilas); perdidos (los ideales); lejano (el amor, el recuerdo); tristes (ensueños); extenuadas (las manos); grave, hondo (el mirar).

En el tercero: beatífica (la luz); anónimo, doliente (el ocaso); cansadas (las ramas); honda, negra (la sima); inútil (el vuelo); angustioso (el aletear); lejano, útil, pasivo, imbécil, opaco, macilento (el fuego); lejana (la
fronda); tenue (el paisaje) ; curvada, irreal, desnuda (la sombra); pálida (la música de los nidos); desolada (la llanura); desesperada (la sed de los cardos); honda, muda, lejana (la noche); efímera (la pompa del ocaso); marchitas (las hojas); solitarios (los senderos); resecos los (rosales) ; velados (los montes); pálido, anémico, tísico (el sol); inválido (el pino); yermas (las praderas); nostálgicos (los gonzalitos); enfermas (las estrellas); penumbrosos (los bosques); mustias (las rosas).

En el cuarto: azul (reminiscencias de la novia); gris (la vida); blanca (una mujer); blonda (la luz); azul (la
lejanía); dorada (la tarde, la niebla).

Algunos de esos elementos calificativos están empleados en más de una oportunidad: triste, lejano, inútil, pequeño, grave, doliente, estéril, desolado. Todos convergen hacia el mismo sentido negativo de la vida. Pero no es sólo eso. Mármol suele aplicar a un mismo sustantivo varios adjetivos con idéntico o parecido significado. Y un calificativo es usado en formas diversas: doliente, dolorido, doloroso. De esa manera, hay parques anémicos, mohosos, carcomidos; sol pálido y anémico; sima honda, negra; fuego útil, pasivo, imbécil, opaco, macilento; mirar grave, hondo; pupilas enfermizas, desoladas; caricias pálidas, extenuadas; miradas errantes, distraídas; alma desnuda, simple, sola; sombra curvada, irreal, desvaída; patio pobre, triste; noche honda, muda; ojos errantes, vagos.

Asimismo, nuestro poeta emplea el adverbio como refuerzo evidente para ampliar el sentido amargo, doloroso, de la frase:

mi alma, se arruina irremisiblemente (LIA)
y paulatina e incansablemente (L., 19, 5)
irremediablemente hacia el hastío vayamos! (L., 25, 7-8)
y la vida, divinamente inútil,
pero divinamente atormentada! (L., 32, 10-11)
mi alma es como una casa hoscamente cerrada (L., 44, 3)
A ratos estoy triste, siniestramente triste! (E 50,13)
en mi caída, inmensamente lenta (L., 63, 14)
fatal descenso, inmensamente tardo (L., 64, II)
que lentamente os extinguís en brasas (L., 69, 2)
y la dimos, útil o inútilmente, sin miedo (1, 73,12)
y un dolor tu silueta, lánguidamente esbelta (L., 87, 12)
Así, remota, eres más hondamente mía (L., 88, 15)
Y aquel mirar tan hondo… y aquel mirar tan grave! (L., 89, 5)
Y tú, inmortal silueta, triste armoniosamente (L., 90, 1)

Imágenes y Metáforas

Responden, como los adjetivos y adverbios, al estado anímico antes señalado: el pesimismo. Pero habría que insistir en la variedad de elementos que emplea Mármol para la elaboración de este aspecto de su sistema figurativo.

Unas veces utiliza elementos de creación plástica:
La arquitectura, enantes de luz y de basalto,
de mi alma, se arruina irremisiblemente;
caricatura de algo que bien pudo ser alto
como un ensueño, prodigioso como un poniente!

(L., 11, 1-4)

Otras, elementos naturales:

soy la fruta sin sol, por la sombra podrida (L., 11, 1-4)
Ideal, inútil como una estrella (L..21 15)
Toda una loca vibración inmóvil el colibrí. (L., 29, 1-2)
La tristeza se enrosca como una yedra en torno
de sus ramas cansadas y sus hojas marchitas. (L., 35, 1-2)
tus viejos robles, dolorosos como gemidos (L., 39, 3)
Las manos de la amada-suavidad de palomas! (L., 52, 5)
y así tu cuerpo, igual a todos, ¡idealismo
era sólo: una estrella que orientaba mi suerte! (L., 85, 2-3)
tu nombre es una lengua de llamas que me besa (L., 87, 7)

A veces, ciertos estados de ánimo, o conceptos o representaciones:

su alma era ingenua como una ilusión,
inmensa como una esperanza! (L., 18, 9-10)
Yo soy el condenado de las evocaciones (L., 57, 1)
y era una cosa blanda el dolor de conjunto (L., 172, 3)

O cualidades y calidades, buenas o malas:

Pero vinieron unos monjes negros
—desaliento, dolor de quimera frustrada,
pequeñez, vicios, practicismo… (L., 19, 1-3)
Quiere reír, pero ha sonado a hueco
su risa… (L., 30, 23-24)
mi vida fue un perenne
errar, un incansable desorientado errar L (L., 33, 5-6)
pasas como un velo sobre las cosas viejas (L., 37, 3)
mi alma es como una casa hoscamente cerrada (L., 44, 3)
vida, ayer engaño, hoy penoso deber (L, 47, 2)

Colofón

Nuestra recorrida a través de las motivaciones y del sistema figurativo de Luis Enrique Mármol, ratifica lo
de su obstinada desesperanza, justificable, en grande o pequeña parte, por el tiempo y las estrecheces económicas en los que vivió. La muerte prematura no le permitió disfrutar días más benignos, respirar otros aires, hollar caminos distintos, que enriquecieran y renovaran su poética.

Entre los poetas de su generación es el “raro”, el más torturado, el que se encuentra más cerca de la palabra “filosofia”, entendida ésta en el sentido de actitud interrogativa frente al hombre y a los fenómenos que le rodean.

Como se ha visto, el paisaje, el mundo exterior en él se acoplan de una manera precisa, a las resonancias interiores. Contrastes hay que sorprenden por la veracidad de los términos opuestos. Es asi como hallamos, “vigor estéril”, “ideal inútil”, “sol pálido, anémico, tisico”, “gonzalitos nostálgicos” y “estrellas enfermas”. Vigor estéril es casi una contradicción. Vigor significa, fuerza, actividad, eficacia, lozania, poder, y el calificativo “estéril” aplicado a uno cualquiera de esos valores nos resulta de contornos verdaderamente dramáticos.

¿Y qué decir de lo de “gonzalitos nostálgicos”? El gonzalito es un pájaro de colores brillantes, de movimientos rápidos, nerviosos. Es, pues, agudo el contraste entre esos colores y esos movimientos, por una parte, y el vocablo “nostalgia”, por la otra. En igual forma concebimos el “sol pálido, anémico, tísico”, ya que por lo general el “astro rey” en tierras del trópico es enérgico y brillante, fuerte aun en medio de sus opacidades. Se trata, entonces, de un desaliento exacerbado, de un pesimismo que llega hasta los límites de la crueldad.

Vivo está y estará el mensaje lírico de Luis Enrique Mármol. Poeta de hondo sentir, de profundas vibraciones humanas, supo manejar con maestría airosa sus elementos expresivos. La adjetivación es exacta, rápida, ceñida. Rica la metaforización. Lo inmóvil podría así expresarse en un silencio que tiene inmovilidad de fotografía; y la movilidad, en un pasado que llora, en un presente que late y en un futuro que aspira.

En medio de las intermitencias de su pesimismo —lo asomamos antes—, no es dificil hallar el gesto esperanzado y la fe en días mejores para el hombre.

BIBLIOGRAFIA

De Luis Enrique Mármol:

La Locura del Otro. Caracas, Litografía y Tipografía Vargas, 1927, 196 páginas. Con portada de Tito Salas y retrato del poeta.

Pastiches Criollos. Caracas, Tipografía Venezuela. Edición con anuncios. (Mármol usó en esta obra el seudónimo de Lem.)

Sobre Luis Enrique Mármol:

Augusto Mijares: La poesía de Luis Enrique Mármol. Revista Nacional de Cultura. N. 74. Mayo-Junio. Caracas, Venezuela, 1949. Páginas 9 a 16.

Pedro Sotillo: Algunos apuntes sobre Luis Enrique Mármol. El Universal, Caracas, 27 de julio de 1927.

Julián Padrón: Trayectoria de Luis Enrique Mármol. Revista Nacional de Cultura. N* 3. Enero, Caracas, Venezuela, páginas 27 a 46.

José Ramón Medina: Luis Enrique Mármol. El Nacional, Caracas, Venezuela, sábado 17 de setiembre de 1949. Cuarta página.

Sobre el autor

Las referencias se verifican de la manera siguiente: letra L, que significa el título de la obra analizada: La locura del otro número de la página; y número del verso, a partir de la página y número del comienzo de cada poema (n. del a.).

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