literatura venezolana

de hoy y de siempre

Ysabel. El silencio del agua

Oct 22, 2024

Arnaldo Jiménez

La casa del maestro Manuel. Volcanes y calles

Muchas veces el maestro invitaba a los alumnos a subir cerros, pasear por el Malecón o ir al mar; otras veces, él, junto a sus alumnos, visitaban todas las casas de los barrios cercanos pidiendo medicinas para llenar los estantes de la Cruz Roja; también los invitaba para su casa: “Yo les escribo el permiso en la pizarra y ustedes lo traen firmado por sus representantes”; pero nunca se había dado esta ocasión. Un día, las muchas veces se redujeron a una vez y la visita ocurrió como suceden los cantos cuando se está alegre. Por una carretera no muy lejana; subiendo una loma, no muy alta; trajinando un camino, no muy profundo ni ancho; allí donde impera una sombra de mango y una casa se devela, vivía el maestro Manuel rodeado de cosas extrañas. Después de la casa, no muy distante, un río transcurre nombrando su caída; allí todo deriva en lámparas. Un sábado cualquiera se efectuó la reunión; asistieron tres varones y cinco hembras, entre estas, Ysabel.

–Yo se los traigo con bien. –Le dijo el maestro a las madres que se reunieron en la plaza cercana a la escuela a esperar que él llegase a buscar a los estudiantes en un destartalado carro que le prestó un amigo.

–¡Que santa Bárbara bendita, que el alma de Ramón Granados, que Rafael el Tamborilero y el sschanto Niño de las Distancias los lleven con bien y los traigan por el misschmo camino! –respondió Engracia, ya casi montada en su camioneta para ir a distribuir los productos, mientras que en las demás bocas solo había sonrisitas de fácil apagado. Apenas las madres se retiraron, dentro del carro se escucharon gritos y silbidos, y apareció un marco de espejo donde todos se veían la alegría.

La casa del maestro Manuel no tenía un jardín en el frente; cuando le preguntaron, él respondió que para que los niños de los vecinos no vinieran a romperle las rosas y las matas, él había colocado el jardín en el patio y el patio en el jardín. Los alumnos entraron como viendo un museo. Después de la puerta de calle se extendía un amplio pasillo con cuadros en las paredes; en uno de ellos había una niña sentada en una silla de madera dentro de un jardín; una mano dejaba descansar contra la tierra un machete oxidado y, en la otra, tenía la semejanza de una flor; es decir, esta mano se continuaba hacia el aire y se convertía en cayena palidecida por la insistencia del sol.

–Y ¿quién es esa niña, maestro? –preguntó Yoswar.

–Nadie en particular.

–Se parece un poco a Sabrina.

–¿Tú crees? Yo la llamo La Niña Cayena. –Yoswar sonrió y prosiguió viendo, sin salir de su asombro, todas las cosas que había en la distribución de la casa. Los otros invitados también iban hablando y las voces se
confundían: “¡Ahh! ¿Y quién hizo esto? ¿Y dónde consiguió aquello?” En la sala se extendía una larga mesa sin sillas para sentarse a comer. Era una mesa destinada a mostrar una exposición de volcanes; los había con las formas más extrañas que se pueda imaginar. Al pie de cada uno de ellos se podía leer una descripción.

–¿Los podemos tocar? –preguntó Ysabel.

–¡Claroqueporsupuesto! –respondió el maestro y la niña lo vio con su mágica picardía, y sonrió.

–¡Qué volcanes tan raros, maestro, usted si inventa! –señaló Yisbel, quien se detenía a leer lo que decían los escritos mientras que los demás solo miraban de reojo atraídos por otras cosas que les llamaban más la atención. Josué, por ejemplo, miraba una serie de cuadritos colocados unos debajo de otros y dispuestos en seis hileras, cada cuadro mostraba una calle extraña.

–¡Acérquense! Vamos a observar con atención –exclamó el maestro–, empecemos primero por los volcanes y luego vamos viendo otras cosas, ¿les parece?

–¡Síí! –respondieron al mismo tiempo.

(Nota: presten mucha atención ustedes, pequeños magos de la infancia, veremos varios de los volcanes que estallaron en la emoción de Yisbel y Melany; luego, algunas calles que atraparon a Josué y a Yoswar en sus longitudes inverosímiles; pero es necesario que ustedes se concentren para que los puedan imaginar, ya que no tienen la presencia física de esos objetos como los tuvieron los alumnos del maestro Manuel).

El primer volcán que vieron tenía un cuerpo muy pequeño, pero abría una enorme boca, dentro de esta se podía ver un manantial de aguas cristalinas.

–¡Este es fantástico! –exclamó Yoswar– ¿Para qué tiene esas aguas por dentro, maestro Manuel?

–Esas aguas sirven para que los dioses vean en ellas sus rostros y adivinen el futuro que les espera. Es un volcán muy antiguo, de cuando había muchas divinidades en el mundo.

–¡Bah, maestro, eso es mentira! –respondió el alumno.

–Sí, hace mucho tiempo, los dioses veían en unas grandes piscinas de agua pura el destino de los seres humanos, y adivinaban las guerras, los ciclones… Y entonces intervenían en ocasiones muy especiales, ¿no lo han visto en películas?

–¿Y por qué ahora son ellos los que se ven en las aguas? –preguntó Ysabel, y al maestro Manuel respondió: –Porque los tiempos han cambiado y ellos están muy solos en el mundo de los volcanes, mientras el nuevo Dios anda con nosotros aquí en la Tierra.

Todos reían como si el maestro estuviese inventando historias descabelladas. Luego pasaron al segundo volcán llamado: Volcán Retorno de las Sandalias de oro. Luis lo quiso despegar de la mesa y Oswuald le dio un golpecito en la mano:

–¡Quédate tranquilo vale! ¿No ves que eso está pegado?

–No lo sabía, ¿por eso me vas a pegar?

–¿Y qué te hice, niñita? Un golpecito ahí, te vas a poner a llorar.

–¡Ya pues, vamos a quedarnos tranquilos! –replicó el maestro.

Inmediatamente Ysabel se dirigió hacia los niños para calmarlos, pero no fue necesario. “¡Léalo maestro, léalo, por favor!” –Propusieron todos, entonces el maestro bajó el torso y se acercó al volcán… Ysabel exclamó:

–¡No se acerque mucho, maestro, porque se puede quemar! –Y hubo risas y más risas. A los segundos, el maestro inició la lectura–:

–Este volcán queda al norte de Italia. Cada veinte años se estremece y desde su interior emerge un canto parecido al de las sirenas; pero solo los tristes y los deprimidos lo pueden oír. Dejándose llevar por el
hermoso canto, estos seres suben la montaña y encuentran, a la mitad del camino, unas sandalias de oro con las cuales recobran la alegría y la confianza en la vida.

–¡Qué hermoso, maestro, este volcán es el mío, me gusta mucho! –dijo Ysabel–, pero yo no sabía que las sirenas cantaban.

–Bueno, sí cantan, hasta gritan; sobre todo aquellas que llevan a los heridos a los hospitales, esas que dicen vaaamoooos, cuidaooo, cuidaoo (hubo risas), y las que nacen en los mares de Grecia. Muchos marineros han enloquecido al escuchar la belleza de esos cantos.

–¡No lo puedo creer! –repuso Ysabel, el maestro le guiñó un ojo y ambos sonrieron. Enseguida, Yoswar preguntó:

–¿Y siempre son las mismas sandalias, maestro? –Después de la risa, el maestro respondió:

–¡Claroquenosupesto! –Y entonces la risa se apoderó de todos y muchos se tiraron al suelo para pedalear la alegría. El maestro aprovechó para ofrecerles jugos, y se fueron calmando y caminando hacia el
comedor.

–¿Y no tiene refresco? –preguntó Melany.

–No, no tengo; y no tengo porque no bebo refresco, es muy malo para la salud.

–Pero es muy sabroso.

–Sí lo es; aunque yo prefiero un jugo, que también es sabroso y no me daña el cuerpo.

–Bueno –intervino Ysabel–, quizás Melany, cuando tenga su edad, tampoco beberá más refresco.

–¡Está bien, está bien, me estás llamado viejo! –respondió el maestro.

–¡Ay no, claro que no! Lo que quise decir es que ella no le va a hacer caso a esas bebidas.

–¿Y cómo sabes tú eso, sabelotodo? –preguntó Melany y, nuevamente, el maestro tuvo que intervenir para apaciguar los ánimos. Los varones tomaron jugo de naranja, y las hembras, de mandarina; entonces se fijaron en unas sillas de colores vivaces que tampoco servían para sentarse: algunas lucían palmeras esculpidas sobre ellas; otras, pescadores echando sus barcas al mar y, unas pocas, unas mujeres negras, sin rostros, cargando algunas bolsas sobre sus cabezas; eran unas joyas artísticas.

–¿Estas sillas también las hizo usted? –preguntó Josué.

–¡No, ojalá las supiera esculpir! Esas las elabora un amigo llamado Walter, que es artista y escultor, él las vende muy caras; pero a mí, por la amistad, me las deja más económicas. –Los niños abrieron los ojos admirando aquellas esculturas que jamás habían visto, las tocaban, querían sentarse… En la sala solo había algunos cojines muy esponjosos colocados en sitios estratégicos; los libros estaban en varios estantes, ordenados y limpios; frente a los estantes, estaba un letrero que decía en letras rojas: LIBROS QUE JAMÁS LEERÉ, y volvieron a reírse. “Usted es bien loco”, por fin habló Carlos Espinoza, quien hasta ese momento había permanecido en silencio, admirando la casa del maestro Manuel. Todos gritaron: “¡Por fin habló Carlos! ¡Carlos habló, Carlos habló!” Y en ese instante, Carlos gruñó que quería irse porque a él no le gustan esos juegos; los demás alumnos callaron. Ysabel llegó despacito y le sonrió a Carlos, este la vio de reojo y permaneció serio, gacho y con las manos cubriéndole el rostro. Ysabel le acarició el cabello y le susurró algo en el oído, nadie supo jamás qué fue, pero, al ratito, el niño sonrió con una nueva luz en su rostro y se le pasó la rabia. Se alegraron y volvieron a ver los volcanes:

–¿Por dónde habíamos quedado? – inquirió el maestro. Yisbel le indicó:

–Por el Volcán de las Sandalias de oro –luego rectificó–: no, maestro, quedamos cuando ya casi iba a hacer explosión Carlos y luego se apagó –todos rieron, hasta el mismo alumno aludido.

–Cierto, ahora quiero enseñarles este otro, lo llamo: Volcán Seco.

–Y eso ¿por qué, maestro? –preguntó Carlos, y ya los gestos de los niños se estaban preparando para jugarle otras burlas, entonces Ysabel se puso un dedo en la boca, ¡shhh!, emitió como un soplido y los demás entendieron; quizás querían evitar que Carlos se fuera y se echara a perder la visita.

–Bueno, porque… –En ese instante, el mismo Carlos preguntó:

–Maestro, ¿usted sabe cómo surgieron los volcanes?

–¡Claroqueporsupuesto! Ellos surgieron por castigo de su mamá, la diosa Tierra, eran demasiado hambrientos… –Con voz de fastidio, Yisbel expresó:

–Maestro, ¡diga algo en serio, algo que no sea mentira, ande! –El maestro Manuel no aguantó la risa:

–Caramba, amiguita, lo que pasa es que a mí me gustan más los cuentos que la ciencia; la ciencia miente mucho –y continuó la risa que había interrumpido–. Está bien, entonces no les digo cómo nacieron los volcanes; está bien, vamos a tener eso como tarea pendiente para el lunes, ¿les parece?

–¡Sííí! –dijeron al unísono.

–Maestro, ¿en serio usted no lo sabe?

–En serio; pero si quieren les cuento cómo nacieron, ¿quieren o no?

–¡Sííí! –No respondieron todos a la vez, porque Yisbel se quedó callada y Carlos también; por dentro, pensaban que el maestro no era tan sabio como ellos creían.

–Como hay mayoría, lo voy a contar, es muy breve, escuchen: hace mucho tiempo, en el principio de los tiempos; no, así no, disculpen, así: en el principio de los tiempos, los volcanes estaban debajo de la corteza terrestre porque le tenían miedo al cielo, mantenían las bocas cerradas y cada treinta mil años las abrían para comer los materiales incandescentes del fondo terrestre…

–Maestro, ¿qué es incandescente?

–Caliente, Carlos, caliente.

–¡Aaah!

–Pero un día, Tierra decidió descansar y se mantuvo quieta durante cincuenta millones de años…

–Maestro, ¿por qué dice tierra y no la tierra?

–Porque es un nombre propio Josué, por eso, tú te llamas Josué, no el Josué.

–¡Aaah!

–Tierra les dejó suficientes provisiones para que ellos las administraran y no la despertaran; pero los volcanes devoraron todo en mucho menos tiempo y el hambre comenzó a crecer y a crecer, y ellos empezaron a agitarse sin permiso de Tierra, y bramaban y rugían para que ella despertara y siguiera dándoles de comer…

–Maestro, ¿qué es bramaban?

–Chillaban, gritaban, Melany, gritaban. –¡Aaaaah!, dijeron varias bocas; risas y más risas.

–Tierra no quiso hacerles caso y siguió durmiendo, pues se estaba preparando para que nacieran la hierba y los seres humanos; entonces todos los volcanes acumularon la mayor de las iras, movieron sus grandes brazos y comenzaron a comer de los materiales que aún hervían sobre el manto con que Tierra se arropaba… –Melany volvió a preguntar:

–Maestro, ¿la tierra tiene un manto?

–Claro que lo tiene, es una parte que queda por dentro de la tierra y se mueve; en cambio, lo que llamamos corteza, es lo que nosotros estamos pisando ahorita.

–¡Aaah!

–El planeta se enojó y, como castigo, los volteó con la cara al cielo y en un gesto indescriptible de horror, los volcanes abrieron sus fauces y gritaron y vomitaron tratando de calmar sus dolores…

–Maestro, ¿fauces es igual a boca?

–Igualito, Luisito, igualito. Desde ese instante, Tierra los condenó a mantener sus bocas abiertas y a esperar a que ella les diera sus comidas. Cada cierto tiempo, los volcanes hacen el intento de voltearse otra vez; entonces Tierra les provoca las erupciones para recordarles el castigo por sus atrevimientos. ¿Qué les pareció?

–¡Calidad, maestro, así se aprende mejor!, creo yo –dijo Luisito. Los demás alumnos admitieron lo mismo y aplaudieron porque les había gustado el cuento.

–¡Aaah! Yo pensé que ninguno se iba a dar cuenta de eso. Vamos a ver los volcanes que faltan, solo dos más, y luego vamos hasta los cuadros de las calles; ya van a ver que son bien bonitas esas calles.

El volcán que señaló el maestro Manuel estaba casi en el medio de la mesa, los niños se aproximaron y vieron que por fuera del mismo había un montón de matas secas y animales de corral.

–Y a ese volcán ¿qué le ocurrió, maestro? –preguntó Josué con cierto desdén.

–Es un volcán que se quedó tranquilo, no quiso bramar ni rugir más, y se empezó a vaciar hasta que se secó todo; por eso se llama así: Volcán Seco; poco a poco, como pueden ver, los animales lo fueron poblando, le crecieron maticas y, al cabo de unos años, el volcán se convirtió en una montaña común y corriente. El cráter se reduce y se reduce… pero antes de ponerse del tamaño de un ojo de toro, los niños se pueden meter lanzando un mecate muy largo como el cabello de un ángel; además, muchos espíritus lo confunden con tumbas arruinadas; quizás por ello se escucha un silbido leve que viaja con el viento.

Las niñas estaban embelesadas oyendo al maestro, mientras que los varones meneaban la cabeza pensando: Este maestro sí inventa cosas. Caminaron un poquito y llegaron a una de las esquinas de la mesa donde se encontraba otro volcán que no quiso seguir siendo volcán, su nombre era: Volcán Resurrección. El maestro dijo que lo leería y que lo podían interrumpir todas las veces que quisieran para preguntar o aportar algo a la historia. Los miró un rato y constató que estaban poniéndole atención; chasqueó un poco y luego empezó a leer: “El Volcán Resurrección es cualquier volcán cuyo proceso de vida lo lleve a la extinción y consumación de sus fuegos; antes de secarse se convierte en una carpa de circo…” Risas y más risas.

–Maestro, ¿qué significa extinción? –Esta vez, Ysabel tomó la palabra y le respondió a Josué:

–¿Recuerdas la clase sobre los animales que se han desaparecido para siempre?

–Sí, la recuerdo.

–Bueno, es algo parecido, el fuego se extingue, desaparece, ¿no es así, maestro?

–¡Eso es supercorrectísimo! Y extinguir y consumación son sinónimos.

–¡Aaah! ¿Y entonces por qué los escribió así seguido?

–Tienes razón, Josué, no debí hacerlo; te prometo que lo voy a borrar.

–Josué extendió una sonrisa al ver que un maestro estaba siendo corregido por un alumno.

–¿Se acuerdan de lo que estaba diciendo? –Todos dijeron que sí; entonces el maestro continuó–: allí van a parar todos los seres circenses que han muerto –se interrumpió y completó–, es decir, los domadores, malabaristas, payasos… Alrededor de los diques desecados y el magma… Para los que no saben, lava es el líquido que los volcanes vomitan, que después el aire petrifica o convierte en piedra; y el dique, es una parte interna del volcán. Continúo: esos seres que antes les nombré, comienzan a habitar el volcán y a realizar sus actos de maromas silentes o silenciosas, equilibrios en la cuerda de la muerte y a manifestar la magia en actos inverosímiles, o sea, increíbles. Al escuchar la actividad de estos seres, aparecen los niños que murieron sin haber asistido nunca a un circo, se sientan sobre las rocas de calor extinto y desde allí expelen o sueltan grandes carcajadas. Como la carpa tiene paredes gruesas, las risas de los niños y los rugidos de los leones y demás animales se mezclan e imitan el sonido de un temblor de tierra, este temblor hace que el manto se mueva y el volcán comience a reaccionar y a emitir cortos chispazos de luz eléctrica.

–¡Uf, maestro, qué montón de palabras tan raras! –exclamó Josué.

–Pero yo las he ido explicando, a ver ¿quién se acuerda…?

–¡No maestro, no vaya a empezar como en el salón! –manifestaron Josué y Luisito moviendo sus cabezas de este a oeste.

–Es verdad –manifestó Yisbel–, eso es muy aburrido un día domingo; mejor vamos a seguir conociendo la casa.

Caminaron lento hasta la pared donde estaban colgados los cuadros con las calles: los dibujos eran impresionantes, todos a carboncillo y con un vidrio protector que los hacía lucir aún más hermosos. El que más resaltaba era el que tenía una calle sin principio ni fin: un caminante de opacas ropas revisando el aire, viendo algo en el vacío; otro, más allá, abriendo una puerta que estaba como perdida en un costado de la calle, justo al iniciar una curva.

–Esta es la Calle de las Puertas –informó el maestro–, fíjense que este hombre que está acá parece mirar algo en el aire, anda en busca de su puerta; pero no es hacia afuera que debe buscar. Aquella mujer que está abriendo una puerta, casi en la curva de la calle, supo que era su deseo lo que la abriría; puede ser que quiera volver a ver un pedazo de felicidad que le regaló alguna entrada en el pasado…

–¿Están muertos, maestro? –preguntó Yoswar, casi absorto.

–Lo puedes ver de esa manera, si quieres, es tu interpretación, nadie te puede decir que no; también los puedes ver como seres vivos; uno, que no sabe cómo buscar su camino; y otra, que sí lo encontró. Una de las funciones de los maestros es señalar el camino; pero casi ninguno la cumple. El maestro indicó con la mano derecha otro cuadro: el dibujo mostraba unos bordes casi transparentes y, cayendo sobre la calle, el cansancio de unos matojos quemados. Parecía que la brisa había dispersado algunas ramas chamuscadas; al principio, un viajero empieza su sendero, y se le ve alegre; pero, para poder entrar, debe pisar un hueco que le roba las huellas. El viajero continúa caminando y se da cuenta de que no va dejando rastros, se preocupa y, justo en la mitad de la calle, encuentra otro hueco donde puede buscar sus huellas y ponérselas. Entonces se percata de que millones de seres iguales a él están buscando sus pasos anteriores, y se hunden en ese hueco sin saber que nadie puede usar las huellas de otro, pero ellos pueden no encontrarlas jamás. Quizás mueran sin poder continuar sus caminos. Todos los viajeros en este cuadro son el mismo. Nosotros también somos ese viajero.

–Yo no entendí, maestro –dijo Carlos.

–Y yo tampoco –replicó Luis. Las hembras se vieron la cara y Melany dijo:

–Yo entendí que, en la infancia o, en la juventud, no estamos pendientes de dejar huellas.

–O de ver si las dejamos –completó el maestro.

–Sí, así como dice el maestro.

–¡Aaah, verdad!, el viajero tiene dos edades: es un niño y luego un adulto –acotó Yisbel.

–Eso es falso –intervino Oswuald–, al principio está un hombre y en el medio también está un hombre, no sé qué significa, pero no hay ningún niño. En ese momento, Ysabel intervino:

–Yo creo que si estuviese Barrada ya habría dicho lo que ese cuadro significa, seguro que sí. –Todos se echaron a reír, incluso el maestro.

–¡Ajá! Pero ¿tú qué crees, Ysabel? –interrogó el maestro.

–Yo creo que las edades son el principio y el medio, ¡ja, ja, ja…!

–Yo sé que estás bromeando; sin embargo, hay algo de cierto en eso que dijiste. La vejez es tan débil como la infancia, con ellas casi no podemos dejar huellas; tenemos la edad adulta, la más larga de todas, para tratar de dejarlas; aunque muchos de nosotros no lo logramos y nos devolvemos a ver dónde las dejamos.

–¡Qué cosas tan hermosas enseña usted, maestro! –dijo Ysabel.

Entonces todos miraron hacia el patio, es decir, hacia el jardín, y quisieron conocerlo. Sin decir mucho, el maestro los complació y casi todos salieron corriendo, apretujándose unos con otros hasta que pasaron por una puerta, y allí estaba el jardín más grande que ninguno de ellos había visto antes.

Sobre el autor

Deja una respuesta