literatura venezolana

de hoy y de siempre

El caso Boeuf (I)

Oct 18, 2024

Jesús Miguel Soto

 Con el mecánico temblor que se apropiaba de sus músculos menores cuando estaba en un espacio abierto y rodeado de personas, Matías Parra arrancó la página del periódico y se dedicó, más que a doblarla, a reducir su perímetro al contorno de una flor marchita. Cada vez que arrugaba un papel para volverlo más portátil lo hacía con la convicción de que no solo estaba protegiendo su contenido, sino que estaba comprimiendo la contingente sabiduría allí escrita para ser descifrada tiempo después, sin importarle si ese papel contuviese el resultado de una competición hípica, la apresurada reseña dominical de una película, la hoja de calificaciones de un estudiante desconocido, o la convocatoria a una concentración en la plaza de conciertos de la Universidad.

Lo hizo con apremio pero con cuidado, no porque temiera romper el papel sino para evitar que sus dedos quedaran manchados con la espesa tinta con que lo imprimían –y que le confería a las fotografías o ilustraciones la apariencia de un grabado rústico. Sin levantarse del todo, apenas elevando el anca izquierda de la húmeda grama, se embutió ese cuarto de pliego en el bolsillo de atrás de su pantalón que estaba engordado de otros tantos papeles inútiles que luego, en la calma de su habitación, desecharía o archivaría.

Esa hoja en particular había capturado su atención por dos anuncios. Uno de ellos, impreso en la esquina inferior derecha, y precedido por tres asteriscos, rogaba: “Se solicita estudiante atlética y con anteojos”. El otro, un poco más arriba, y en tipografía más pequeña, decía: “Se buscan secretarios para club de lectura. Últimas vacantes”. Y aunque estos dos le habían estimulado la curiosidad más que los del resto de la página, no eran absolutas rarezas, ya que más o menos del mismo tenor eran los avisos clasificados del periódico universitario en esos tiempos.

En ese entonces Matías solía recorrer el polígono de la Universidad en busca de fragmentos que iba aglutinando en un catálogo personal: recortes de prensa, folletos publicitarios, textos de grafitis, mosaicos desprendidos del suelo, retazos de entradas de conciertos, tickets rasgados del comedor, fichas de la biblioteca, programas de exposiciones de arte, libretas abandonadas… Cada una de estas piezas eran para él células moribundas pero no muertas del todo, cabellos maduros que –desarraigados, dispersos y prestos a caducar en el anonimato– él se había propuesto reunir, no como mera antología del aparente paso del tiempo sino para apertrecharse de insumos que más tarde serían el punto de partida para componer una pieza de arte escrita cuya forma aún desconocía. Al menos así lo había reiterado varias veces en un blog que llevaba, el cual –a pesar suyo– era un auténtico diario íntimo, privado y secreto debido a que no recibía visita alguna.

Sin embargo insistía, aconsejado desde la Macedonia austral, en continuar prometiendo su obra, aun cuando no la hubiese empezado, como si esa promesa fuera también parte integrante del futuro monumento. Pero por más relaciones electrónicas que buscó establecer, el joven estudiante no logró esos primeros lectores que pudieran atestiguar cómo él iba erigiendo las bases fundacionales en medio del desierto. Ansioso de ser oído, interrogado y alabado se hizo imprimir en papel bond un centenar de tarjetas de presentación para promocionar su blog; la mitad las repartió en la entrada del Metro Ciudad Universitaria y las restantes las fue dejando abandonadas en lugares que él consideraba estratégicos, como lavamanos, mesas del comedor, barras de cafetines y en páginas selectas de una docena de libros de la biblioteca de la Escuela de Letras. Pero el tráfico en Internet no se vio alterado en lo más mínimo por sus intrigantes convocatorias.

La promesa de su obra por venir no se amilanó ante la carencia de auditorio y continuó engrosando archivos digitales con sus melosos arcanos: decía que planeaba contar historias a partir de potenciales epígrafes (“líneas inaugurales”) que iba recogiendo de aquí y de allá. O para citarlo textualmente y que no se diga que nuestra paráfrasis devino en parodia: “Todo dato es susceptible de contener una historia, así como cada vientre de mujer es la promesa de una nueva civilización. Una entrada de cine o un boleto del Metro son partículas irradiantes de un sinfín de historias posibles, una página de una agenda ajena es la posibilidad de completar esa vida, de arrearla por otro sendero. Un aviso clasificado es una oportunidad de resolver, al tiempo que se enuncia, un enigma. Cada fragmento de piedra, o de idea, es el centro de un Universo que me propongo amasar y expandir”. Y cuando esto último tecleó en su computadora lo asaltó una imagen que le produjo rechazo: veía que lo veían como un tosco panadero que luego de hundir sus nudillos en un minúsculo trozo de masa lo estira como una dúctil lámina de seda, la sazona, la hornea, la embala y la reparte a domicilio en una moto ruidosa. No, así no quería sentirse mirado. Pese a esa desazón no borró, ni modificó el texto que había escrito, aunque para conjurar la inoportuna visión pidió por teléfono que le llevaran una prosciutto e funghi a la puerta de su edificio.


Consciente de que se había demorado ya bastante en esa fase germinal de recolección, Matías se daba ánimos repitiéndose una frase con el fervor con que se recita una letanía: “Mejor tener una poética sin obra que una obra sin poética”. Se consideraba a sí mismo un espíritu sensible, presto a captar con sus aguzados sentidos unas puntuales manifestaciones del Universo, pero hasta ahora no había experimentado la epifanía que había vaticinado para sí. Reconocía que el material acumulado en poco más de un año de labores arqueológicas se le había vuelto penosamente excesivo, y que no lograba desarrollar una idea, ni siquiera una frase a partir de nada de lo que había recogido. Aún no se había desalentado del todo, pues pensaba que la revelación vendría y le indicaría cuándo y cómo empezar a llenar el papel. Estaba inocentemente convencido de que a todo artista y a todo hombre de guerra siempre le llega una señal diáfana, inequívoca, y que lanzarse al ruedo sin esperarla es una insensatez. Por el momento no se había planteado la otra posibilidad: la de buscar la señal después, mirando hacia atrás, una vez que ya estuviese metido en la aventura y acaso necesitara justificarla para no desfallecer o para colorearla con un manto de divinidad, de destino ineludible.

Creía que esa señal le revelaría la forma y el lugar del sendero a transitar, pero su impaciencia era acaso más fuerte que su fe, y se decantó por poner en práctica una suerte de rústica alquimia para invocar milagros. Llegó a pasearse desnudo en la azotea de su edificio de la avenida Victoria durante una tormenta nocturna, ignorante de la posibilidad de una descarga mística de una miríada de voltios; solo se había dejado puestas unas sandalias plásticas antideslizantes como cauta medida de protección, lo que lo hacía lucir más pintoresco pues resaltaba su palidez en degradé, la rala pelambre de sus muslos y el ensortijado amasijo de su entrepierna. Así, expuesto del talón para arriba, con su adarga constituida por una bolsa de plástico contentiva de su vestimenta, caminó de un lado a otro, chapoteando, sin conocer ningún mantra, ni sin tampoco saber qué palabras debería usar para hablarle a la divinidad que se le ocurriera aparecer en esa longitud del trópico; pero recapacitó, casi dándose una palmadita en la sien: es el mensajero divino quien le debería hablar a él y no al revés. Casi le dio gracia ese desliz, tanto ese de la azotea, como el de sus casi veinte años de existencia; no obstante siguió tercamente representando su papel, con la piel herida suavemente por las puntadas de agua, dispuesto a interrumpir su improvisado ritual (el tipo de oxímoron que describía su vida) sólo cuando el diluvio cesara; pero en vez de un trueno revelador le hablaron las descargas de un tiroteo, por lo que Matías, temeroso tanto de ser blanco de una bala perdida como de caer muerto en combate sin uniforme, se retiró lo más rápido que pudo no sin resbalarse y magullarse las rodillas un par de veces.

 En otras ocasiones, puertas adentro, a espaldas de la naturaleza, intentó otros tantos ejercicios de invocación numinosa: primero un ayuno de treinta y seis horas encerrado en su habitación y luego un insomnio forzado durante igual cantidad de tiempo, estimulado por termos de café y emulsiones proveedoras de efervescente energía. En ambos casos, más allá de calambres en el cuello y en la baja espalda, y de la aparición de intermitentes punticos de colores en el iris, no se le reveló noticia alguna de cómo empezar a crear. ¿Cuál biografía de santo o de escultor habrá leído Matías en su más tierna infancia que lo haya convencido medularmente de creer en lo que decía creer? Intentar responderlo sería intentar mentir.

Meses después, ya convertido en un hombre maduro, sentiría una vergüenza más bien cercana a la nostalgia, no tanto por esas acciones emprendidas sino por su candorosa credulidad. Dejó entonces de esperar la epifanía, o por lo menos dejó de provocarla, que es casi lo mismo. A pesar de eso, se mantuvo terco en su inercia de recolectar detonantes, como él llamaba a las ofrendas que le regalaban sus metódicas excursiones por el campus.

Como buen hombre de fe, es decir, lleno de oscuras vacilaciones, Matías comenzó a dudar sobre si en realidad su contextura intelectual se había quedado pasmada en la mera recolección, sin pasar siquiera a la caza y mucho menos a la agricultura o a la domesticación. Su punto de honor estaba entonces en su consistente esfuerzo para desafiar esa triste posibilidad. Si en su genética cultural estaba prefigurada esa tesitura, sería un resquicio de su voluntad rebelde la que podría torcerla. Cuando eso se decía, se envalentonaba, no como quien descubre el punto débil de un contendiente poderoso, sino como quien en un instante de peligro halla dentro de su bolsillo una navaja inesperada que le confiere una seguridad perecedera, durable quizá hasta el momento de saberse incapaz de blandirla con énfasis frente a un rostro ajeno.

Al margen de todas esas elucubraciones que solo alteraban la consistencia de su ánimo de forma pasajera, estaba la realidad material, es decir, la ausencia de una muestra física, de al menos una cuartilla producida por sus manos, que le permitiera evaluarse, meditar sobre su alcance, sobre sus carencias, sobre el verdadero conocimiento que poseía de sí mismo. Más allá de sus escarceos en busca de una epifanía que le había sido esquiva, no se había sentado o arrodillado a crear nada; así que no podía decir con propiedad que la ejecución de ese verbo sagrado que infunde vida a las ideas le resultase intrincada; de algún modo era una especie de invicto solo por el hecho de no haberse aventurado a combatir.

Entretanto, a veces con hambriento fervor, a veces con delicada contención, a veces con torpe modorra, seguía acumulando dentro de cajitas de zapatos esos preciosos desperdicios que algún día aspiraba a pulimentar con su pluma y verbo.

Ese vano y redondo periplo uniformaba sus días y así se reconfortaba con la sensación de que el tiempo no pasaba, o de que al menos no pasaba frente a él, y por lo tanto no había apuro. Deambular por la Universidad como un vagabundo, asistir a sus clases como un sonámbulo y rotular cajas en su habitación como un esclavo de fábrica: a eso se reducía su horario, a esos eventos que despojados de cualquier contexto épico, trágico o cómico eran el más absoluto aburrimiento, síntoma aparente de un espíritu estancado sumido en la inercia de un largo preámbulo, como un avión que durante días rueda pesado sobre una pista, regodeándose en la textura del asfalto, aguardando el viento propicio antes de la aceleración final que precede al despegue.

  
 
¿Cuántas cajas tenía Matías? No las había contado, pero eran tantas como para hacer que su habitación pareciera una modesta zapatería del viejo centro de la ciudad (antes de que la ciudad fuera casi toda ella centro), de esas tiendas que tienen únicos modelos, únicas tallas y únicos colores; casi piezas más para la colección que para ser sometidas al maltrato del asfalto.

Aunque Matías no había desarrollado el rigor de conservar en un escrupuloso archivo todo lo que iba recogiendo, tampoco había llegado al extremo de convertir su cuarto en un pequeño basurero ingobernable. Sus cajitas estaban ordenadas una sobre otra. Al principio había comenzado a agrupar las piezas recolectadas por categorías más o menos caprichosas que iba alterando cada tanto: cine, teatro, comedor, biblioteca, vigilancia; o salud, deportes, riesgo, enamoramientos; o grama, concreto armado, agua, madera. Pero luego, cuando se dio cuenta de que ninguna categoría era suficiente para ordenar su mundo conocido, y mucho menos el por conocer, y que ya era impráctico reordenar según nuevos criterios lo ya acumulado y lo que iba descubriendo, se decantó por agrupar todo por fecha, dentro de cajas de zapatos que rotulaba con el nombre del mes y del año correspondiente. En esa logística hubo de incorporar la recolección de esa cajas vacías, labor que (si Matías Parra hubiese llegado a tener algún renombre) merecería un estudio aparte.

A su tarea de coleccionista le dedicaba mucho más tiempo y energía que a los deberes académicos de estudiante, que si bien no los descuidó del todo, los redujo a la mínima expresión necesaria para aprobar los cursos con un esfuerzo moderado. La Universidad se le había convertido en mera excusa para realizar lo que él llamaba su presentación artística, que consideraba parte vital de ese preámbulo de la obra por venir. Consideraba que el campus era el escenario propicio para inventarse una personalidad que el quería que fuera entre misteriosa y vagamente déspota. Estudió varios modelos, llegó a esbozarlos cual historieta, mezcló algunos, descartó otros. Cosió una burda capa de paño que no se atrevió a utilizar salvo en una fiesta de carnaval donde su atuendo de conde de los Cárpatos pasó desapercibido ante la infame ocurrencia de un profesor de Latín que asistió disfrazado de mariscal Göring; también alquiló en una farmacia un bastón ortopédico, que por su impericia al blandirlo y al presionarlo sobre el granito le ocasionó una lesión menor en el hueso ilíaco. En vano buscó un sombrero de copa similar al de Charlot, o un frac azul con chaleco amarillo, en vano intentó dejarse un bigote proustiano, uno daliniano, uno edgarallanpoeiano; pues se dio cuenta de que el cuidado que requiere un mostacho respetable es acaso más arduo que el que demanda un bonsái. Quizá su peor imprudencia, que aún debe recordar aunque no quiera, fue haberse hecho tatuar en el antebrazo, con letra pequeña aunque igual herética, el poderoso verso de Valéry donde le trocaron la palabra mer por merde, vergüenza que hubo de ocultar toda su vida con muñequeras o camisas manga larga.

A pesar de sus intentonas por subrayarse continuaba siendo invisible, no era más que una nota invernal de silencio entre el adolescente bullicio primaveral que inundaba los pasillos, salones y jardines del claustro.

Lo inquietaba tener que inventarse a sí mismo a conciencia, sin seguir un guión preexistente como consideraba que hacían los demás. Su proeza, blogueó, “es más ardua, pues debo escribir mi propio guión, adaptarlo, corregirlo, ponerlo a prueba, como un actor confinado a los sótanos de una sala de teatro, mientras a lo lejos, arriba sobre el tablado, se oyen los aplausos de vulgares entremeses, todos tan parecidos entre sí. Acaso mi guión no tendría más remedio que ser una larga acotación sobre la ansiedad de tener que escribirlo… Padezco, sin duda, de esa angustia de no tener destino”.

   
  
 
A pesar de cierto desdén por lo que él llamaba las estrictas normas de la vida académica, nunca descuidó la legendaria puntualidad de la que los Parra se jactaban. Tanto así, que su bisabuelo llegó a crear una especie de blasón heráldico donde la figura principal era una larga torre con un reloj campanario (que a Matías le recordaba, quizá forzadamente y solo por el capricho de establecer esos artificiosos pero deliciosos vínculos literarios, al de la iglesia de Combray), y cuyo sobrio diseño había sido bordado en toallas, manteles y servilletas de uso familiar.

Parra, siguiendo esa tradición, no perdía clases ni llegaba nunca tarde a un curso, y le gustaba subrayar su puntualidad –y en consecuencia el retraso de los demás– lanzando furtivas y victoriosas miradas a su reloj de aguja.

Pero si alguien se hubiese tomado en ese entonces la tarea de reunir a varios de sus compañeros de clases para interrogarlos sobre el rasgo más sobresaliente de Matías Parra, es probable que nadie mencionase nada referente a relojes, engranajes, tiempo o deber; en cambio, es bastante probable que la mayoría, si acaso no todos, lo recuerden con una lapidaria frase que el joven Parra tuvo que llevar a cuestas durante casi toda su vida estudiantil: “Matías Parra, el que se queda dormido con Tarkovski”. Una frase que lo sentenciaba, lo limitaba, pero que no lo avergonzaba del todo y que siempre trató de justificar con tanto ahínco que hasta en una ocasión expresó que no le molestaba si esa ristra de palabras acabase tallada sobre piedra en ocasión de su epitafio.

En momentos como ese, cuando le tocaba defenderse o denunciar alguna supuesta conspiración en su contra, Matías cambiaba su talante fúnebre, apocado y silencioso por una súbita elocuencia que buscaba acrecentar un ego volátil, antes de retraerse de nuevo al interior de su cáscara de nerviosismos e inseguridades. Y en lo que toca al tema de sus inoportunas siestas él nunca negó los hechos, pensando en que de esa manera no le sería escamoteado el derecho a comentarlos y así poder hacer énfasis en las aristas que más le convenían.

La primera vez que se quedó dormido durante un cine-foro del director ruso fue durante su tercer semestre de la carrera de Letras. Algunos declarantes lo acusaron de haber conservado la espalda recta en el asiento del pupitre mientras dormía, otros lamentaron el descaro con que cruzó los brazos y empotró su cabeza en el rescoldo de su propio aliento tibio. En lo que sí coinciden todos es en que su ronquido, a pesar de lo suave, resultaba molesto por lo irregular de su ritmo. La verdad nadie le dio tanta importancia a ese primer incidente, salvo los poetas Danieri y Santos (los ahora olvidados poetas Mario Danieri y Darío Santos), quienes pasaron de mirarlo con indiferencia a mirarlo con una inquina cuántica que pretendía agitar las moléculas que hubiese entre ellos y su persona.

La segunda ocasión en la que Matías perturbó a sus compañeros al quedarse dormido durante otra proyección de Tarkovski sí fue considerada una afrenta mayor, no solo por la reiteración del acto sino porque ni siquiera estaba inscrito en ese curso. Uno de los argumentos que Parra barajó para dispensarse por su desliz fue que la levedad de los diálogos, los plenos silencios, la suave cadencia con que la cámara se acoplaba a los movimientos de los personajes y el tenue resplandor con que bañaban el aula ciertas escenas creaban la atmósfera propicia para que pudiera conciliar un sueño reparador tras tres días de riguroso insomnio.

Tiempo más tarde, Matías le comentaría al profesor Baltazar Boeuf, su futuro mentor, que estaba seguro de que si algunos de esos argumentos los hubiese ensamblado en un ensayo de cinco cuartillas y se hubiese referido a sueño e insomnio como alegorías, hubiese obtenido una calificación de dieciséis o diecisiete puntos sobre veinte, pero como apuntaban a padecimientos físicos reales y, según el profesor Loreto, los profirió en un tono sutilmente irónico, eran una afrenta intolerable en contra de la institución.

Los poetas Danieri y Santos (que siempre actuaban en dupla como dos entes malévolos formados por el mismo semen y provenientes del mismo embrión, y de quienes antes de verlos juntos por primera vez era factible dudar entre si eran dos personas o una sola con un apellido pomposo), además de mirar a Matías con un odio enconado y al mismo tiempo purificado por sus cuatro ojos azules, intentaron recolectar firmas en su contra pero apenas captaron diez suscriptores, siete de los cuales ni siquiera estudiaban en la Universidad sino que militaban en la Sociedad de Artes Naturales (SAN), organización de la que los poetas Danieri y Santos formaban parte en calidad de miembros honorarios.

Matías le comentaría más tarde a Boeuf que los poetas Danieri y Santos recogían firmas para todo, y se dice que tenían más cuadernos de firmas que de sus propios poemas, que se resumían en sus series a cuatro manos de protosonetos yámbicos y ditirámbicos, algunos de los cuales circulaban mecanografiados por los pasillos de la Facultad de Humanidades y en los sótanos de la sala de teatro de la Universidad, y que según disposiciones de los propios poetas solo debían ser leídos cuando ya no hubiese luz solar. Matías nunca quiso asistir a una de esas legendarias lecturas (pues no era amigo de tertulias, bautizos, confirmaciones ni extremaunciones literarias); no obstante, y con fines estrictamente archivísticos, conservó sendas fotocopias de los manuscritos Atardecer en Odessa y Casa cerrada.

Ese segundo desplante para con uno de los cineastas predilectos de la Escuela, y que por cierto Matías no despreciaba, le granjeó no solo la ojeriza de los poetas Danieri y Santos sino también la de casi todos los profesores o de al menos aquellos que tenían mayor ascendiente en la Escuela.

Matías denunció ante su inexistente auditorio de internautas que tales y cuales profesores se triangularon para intentar desmoralizarlo, y que a pesar de esas veladas agresiones él seguiría, con su dignidad incólume, asistiendo con la misma puntualidad milimétrica a sus clases.

En nada lo amilanaban los sutiles ataques de sus maestros, que imperceptibles para espíritus menos observadores, eran descaradamente evidentes para Matías, quien en sus primeros meses de universidad había pasado de ser un adolescente paranoico, a ser un adulto moderadamente desconfiado, como dicta el más elemental sentido común. Según Matías, algunos profesores como la Krauz, De Fernández y Loreto el inglés, al pasar la asistencia pronunciaban su nombre en un decibel distinto, y por tanto discriminatorio; también ignoraban sus intervenciones en clase o lo miraban con una intensidad diferente con la que miraban al resto de sus compañeros; para colmo, apenas colocaban comentarios en sus exámenes, o, en el otro extremo del maltrato, los atiborraban de críticas en pluma rojo. Pero Matías resistió sin pretender vencer, le contaría más tarde a Boeuf, citando a su modo a una de las escritoras que más lo deleitaban.

  
 
La entrada de Matías a la Universidad fue desde el principio más que una afición por la academia, una vocación por el escape, una auténtica estrategia de evasión de compromisos.

Después de la infeliz escolarización del  colegio (tan solo aliviada por obsesivos períodos de onanismo, de maratones de televisión por cable y de dispersas lecturas de libros usados que poco a poco fueron colonizando las esquinas de su habitación en forma de precarias torres que cada tanto se derrumbaban y tenía que volver a erigir siempre en un orden diferente) el apellido Parra comenzaba a reclamar su presencia dentro del negocio familiar.

Desde que tuvo conciencia –es decir, temor– de que ese escenario era cada vez más ineludible, hizo esfuerzos por demostrar su incapacidad total en el ámbito de la comercialización de bienes, sobre todo en un negocio tan exigente y tan poco valorado, como lo era el de retretes, lavamanos y accesorios para baños. Contrario a lo que pudiera creer el común de las gentes, este era un negocio limpio donde predominaba el olor puro a porcelana virgen. Era el lado inmaculado de la plomería y las cloacas, su reverso pero también su careta, su límpida puerta de entrada. Al menos eso era lo que ocasionalmente le decía su padre en las sobremesas para hacerlo sentir cómodo ante el futuro que Matías veía irrevocable en ese entonces. “El negocio de los retretes es el más limpio que hay, más que el de la papelería incluso. No hay nada más limpio que una poceta sin estrenar”. Y era cierto, aunque ello no le sirvió para infundirle los ánimos suficientes que le permitieran agarrarle gusto a convertirse en el sucesor del señor Parra (apelativo con el que debía llamar a su propio padre puertas adentro de la fábrica).

El único medio que tenía para librarse durante al menos un lustro de aquel tedioso trabajo era realizar estudios universitarios y obtener una licenciatura, tal como lo habían sugerido reiteradas veces el señor Parra y la señora Parra de Parra.

Pero Matías la verdad no quería ni lo uno ni lo otro. Se había encariñado con la placidez de su rutina de bachiller en régimen completo de manutención, alterada solo cuando salía de su hogar para ir a comprar libros usados y películas en la plazoleta de la cinemateca, o cuando daba un paseo para ver alguna exposición en los museos de la zona de Bellas Artes. Allí descubrió que los urinarios podían ser, en algunos momentos de la Historia, una pieza de arte, y poco después empezó a creer que la empresa bacinillesca de su familia era el preludio de una vida que él mismo podría consagrar a la creación.

Fue en esa época cuando abrió su memorable blog cuya primera entrada fue: “No nací rodeado de cuadros de pintura flamenca o entre lomos dorados de versos latinos, sino inmerso en esta variante endeble del mármol, aposento de pensadores reposados”. Empezó entonces a imaginarse la fábrica de los Parra como el reverso del viejo chiste del urinario: la factoría familiar que producía en serie piezas artísticas de porcelana era el museo; y por tanto allí, en medio de esas series de fríos cremas y marfiles, un óleo (pongamos por caso el de la vista de Delf o el de la blonda altivez de Carlota Corday) sería la nota discordante y escandalosa. Pero su sueño se le escapó mientras bajaba la palanca y un remolino en dirección horaria se llevó consigo sus ideas aunque sin arrebatarle ese germen que empezó a convulsionarle el espíritu.

Si bien no insistió en esa idea específica, pues a los días empezó a parecerle primero inviable, y luego ridícula, sí inició una evaluación consciente de su espíritu, lo puso en perspectiva; le hizo preguntas a través del verso libre y del verso encadenado, territorios donde se vio vapuleado una y otra vez.

Yermo, fetal (todo yema y todo clara aún), la única certeza que intuyó es que debía romper el hilo genealógico pese al riesgo (o deseando precisamente eso) de quedar dando tumbos ciegos en el laberinto de una orfandad deliberada.

Aprovechando entonces la tregua concedida (en la que los años de estudio en la Universidad lo mantendrían alejado de la empresa de los Parra), la empleó para liberarse de una esclavitud heredada y bien remunerada. Y creyendo eludir el destino que le tocaba, se entregó a cumplirlo cabalmente.

No le confesó a sus padres que la prueba de admisión que presentó fue para matricularse en la carrera de Letras, sino que les hizo creer que estudiaba Ingeniería Civil. Para hacer más verosímil su papel aprendió ciertos tecnicismos básicos del área como barreno, anclaje, plafón, bitácora de la obra, zapatas, bruña, polines y largueros, los cuales empleaba sin ningún tipo de rigor, ni mesura en las conversaciones más anodinas. También llegó a sacar de la biblioteca de la Universidad algunos gordos manuales de Cálculo y Metalurgia, los cuales iba rotando por distintos puntos de la casa para magnificar su visibilidad. A veces la tenacidad de su descaro llegaba a sorprenderlo; hubo momentos en los que hizo enrojecer de orgullo a sus padres en presencia de un invitado al prometer que reinventaría el negocio de las pocetas y urinarios en toda América Latina con sus conocimientos ingenieriles, y dicho esto –sobre el primer papel a la vista, como un caricaturista poseído en sodomía por el espíritu de Picasso– improvisaba bocetos que no se entendían, pero que auguraban gloria.

Ese fingimiento no tuvo que durar más de un semestre, ya que cuando la empresa de tres generaciones de los Parra (que su difunto abuelo resumía con una frase ambigua que aún sigue intrigando a la familia: “Al venezolano le gusta cagar bien”) fue confiscada por el Estado para convertirla en un depósito abandonado o para atiborrar de blandos mojoncitos los urinarios que aún quedaban en inventario, Matías le dijo a sus papás que cambiaría la ingeniería por las letras para evitar traumas colaterales; pero a los señores Parra les dio igual el camino que tomase su hijo, como si sus genes se hubiesen extinguido con la empresa.

   
  
 
Justo al comienzo de la debacle del patrimonio material y espiritual de su familia y de su país fue que Matías empezó a recoger conchas marinas urbanas sin aún tener conciencia de qué proyectaría hacer con ellas. Comenzó primero con una libreta donde copiaba los grafitis de los baños de la Universidad. Recopiló en esas sudadas páginas buena parte del refranero popular que pontificaba sobre la igualdad de los seres humanos en los menesteres ineludibles del cagar, apuntaciones sobre el hecho mismo de cagar y las implicaciones sociales que este redentor acto tiene, señalamientos todos que Matías bautizó como “destellos prolongados de la fase anal”. Luego decidió incluir en su libreta los textos de los baños que trataban otros tópicos: resistencia civil, citas literarias, frases apocalípticas parodiadas de los evangelios, denuestos y amenazas hacia profesores y figuras gubernamentales. Después incorporó las referencias sexuales en las que se invitaba a discretas felaciones gratuitas o a muy bajo precio, así como ofertas de beso negro a quien llamara al apócrifo número telefónico anexo. Para él, esa libreta valía más que todos los apuntes de clases que había hecho hasta entonces.

Si hubiese acudido a un psicólogo, este le hubiese dicho que su obsesión por la fraseología de urinarios era un trauma profundo causado por la ruina del negocio mingitorio de sus ancestros, caída de la que él se sentía culpable porque en el fondo siempre deseó que la empresa de retretes que le dio de comer se fuera, en un colmo mayor, al caño.

Cuando su libreta se llenó, pasó a recopilar textos impresos de avisos, de folletos y luego lo demás: “todos aquellos discursos desechables, microcosmos laterales que ya nada decían al menos que se les rescatara del olvido, se les limpiara, se les cuidara del sol y de los elementos y luego, con calma, se les interrogara. De ese diálogo que aún no soy capaz de imaginar nacerá una obra que tampoco soy capaz de vislumbrar en su integridad, pues si pudiera hacerlo desde ya, no sería necesario dar aquel paso inicial”.

Su estadía en la Universidad no se reducía nada más que a recolectar insumos para su obra, o para fingir (mal tatuado y peor afeitado) que era un artista a punto de consumarse. Había unos cuantos detalles que lo seducían tenuemente. De las clases siempre lo embriagó el roce metálico de los pupitres al ser arrastrados por el suelo, sonido invariable como el de una orquesta que afina antes de que el director haga su entrada, el sonido de la tiza al deslizarse y al tiempo deshacerse sobre el pizarrón, el olor mezclado de varias marcas de cigarrillos durante las clases dedicadas a poetas polacos, las lentas divagaciones de la profesora Mila sobre Dante, el borrador de tela que desempolvaba la descolorida pizarra en la que horas antes, como un palimpsesto, se habían escrito los nombres de Kafka, de Camus, de James, de Onetti y más abajo aún, en otra capa de polvo ya diluida, se podía leer quizá la palabra Albatros.

Sin duda lo que más colapsaba sus sentidos era la presencia siempre esquiva de Eva Lozada. ¡Cómo quiso acercársele para hablarle de sus reflexiones bloguísticas, de sus experimentos artísticos, de sus vaivenes en la pérdida y la recuperación de la fe, de sus dilemas irresolutos entre ascender por la cumbre de Pascal o despeñarse por el acantilado de Khayyam, de la inquietud de no haber entendido a ninguno de los dos y de la inquietud de que eso no lo inquietara, de cómo le gustaba posicionar sus tres almohadas para poder conciliar el sueño, de los viajes por el mundo que siempre había querido hacer, de su regusto por los libros usados de duras páginas amarillas, de lo económicos que son si se les sabe buscar; hablarle también de los olores, de los aromas que imaginaba de ella, de sus dudas sobre el olor aún ignorado de la humedad de una mujer! No tendría reparos, se decía (esta vez sin escribirlo en su blog por razones de lesa dignidad) en confesarle su pureza casi newtoniana, pero sin revelarle, claro estaba, su frenético onanismo y su ya sosegada adicción por el hentai.

Más que saber de ella, más que interrogarla o descubrirla, sentía la compulsión de derramar sobre ella en agitadas arias todas las historias que él había construido sobre sí mismo. Claro que quería oír también su voz, pero no para saber de Eva, sino para que ella asintiera, comentara, extrapolara e hiciera notas a sus pies. Pero nunca llegaron a hablar, de hecho Matías nunca llegó a escuchar su voz y se le empezó a volver un misterio, un deseo de saber cuál era su tesitura. Sabía que no era muda, porque a lo lejos la miraba reírse y departir con otros compañeros; pero como él no se atrevía a hablarle, rezaba para que un profesor la interrogase en clase y así ver expuestas (más allá de la ignorancia o sabiduría de sus palabras) las notas de sus cuerdas vocales.

Pero eso tampoco ocurrió; así que Matías se dedicó a admirarla como a una escultura. “Me he dedicado a explorar sus bien cinceladas partes, sus calcáreos astrágalos, sus desenredados nudillos, sus gélidas tibias, el terso pellejo de sus codos, sus dentadas clavículas, sus inquebrantables rótulas, las cinco constelaciones de pecas que le he contabilizado en su cutis, las lacias molduras de sus axilas cerradas, los hilillos de infantil pelo que en la parte alta de su nuca preceden a su turbulenta cabellera…”, se desahogaba Matías en su blog.

Quería aprendérsela de memoria, estudiarla como si la fuese a pintar. Nunca se atrevió a pensarla en el secreto de sus manos sudorosas, aconsejado por el viejo adagio escolar que vaticinaba que las mujeres que son evocadas durante faenas solitarias quedan excluidas (por algún augurio perverso) de la realización del placer carnal mutuo. Advertencia que se prometió no desobedecer esta vez, ya que se le había demostrado como cierta, en vista de que en tiempos pasados llegó a agotar en esos apresurados menesteres a todas las féminas de su urbanización y colegio, a las que por supuesto no llegó a palparles la piel.

Invirtió tiempo y paciencia en tratar de hacerse con un asiento que le permitiera contemplar a Eva de cerca para recapitularla o continuar descubriendo promontorios, planicies u honduras en los cuales deleitarse. Una efervescencia que le subía desde el ano hasta el corazón, demorándose en breves remolinos estomacales, lo embargaba cada vez que ella inundaba el salón con la emanación de su blanca piel salpicada de sol. En las clases que tenían en común intentó poco a poco irse acercando de puesto en puesto al asiento (siempre impredecible) que precedía a su cuello o la parte baja de su coxis donde se iniciaba la profunda bifurcación de su nalgas y se podía vislumbrar parte de un tatuaje que parecía ser una secuencia de números, o quizá de números y palabras, como versículos bíblicos. (¡Ay!, si el vergonzoso tatuaje de él no fuese tal que tuviera que mantenerlo en silencio bajo tela, tendría allí un fructífero tema en común para arrebatarle a Eva una mirada y un comentario).

Pero no logró ese sitial y lo más cerca que pudo estar de su muda Eva fue siempre dos asientos delante de ella. De algún modo, esos movimientos para acercársele de pupitre en pupitre, respondían a una táctica de ajedrez en cuyo tablero se enfrentaba un peón de movimientos tímidos y limitados frente a una reina desdeñosa que jugaba a confundir y cansar. A pesar de las limitaciones que le confería el escenario, era ese el modo como quería acercarse a Eva, cumpliendo su propio protocolo de reglas establecidas; y así, luego de posicionarse detrás de ella –no encima– le susurraría a su oído el trazado de la cuadrícula y todos los complicados movimientos que durante meses habría estado ejecutando: un auténtico luchador peso Werther.

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