Alberto Jiménez Ure
Llegué a Ciudad Kentucfield a las 9 a.m. del Domingo 22 de diciembre de 1991. Hacía frío. Mientras transitábamos por las modernas calles forjadas con una aleación de plata, oro y cobre, yo me preguntaba dónde me hospedaría la noche de aquel día. De súbito, le dije al conductor del autobús que me dejase en la Calle Arturo Uslar Pietri. Mi equipaje era escaso y liviano. Un viento helado acarició mi rostro. Abrí los ojos en pleno, estiré mis brazos y caminé. Repentinamente, cuando pasaba bajo uno de los edificios, una voz femenina gritó:
-¡Oye, oye, ven aquí!
Detuve mi andar, levanté la cabeza y vi a cuatro mujeres asomadas en uno de los balcones. Sonrieron. Yo las imité. Una de ellas, muy blanca y de cabellos cortos, me disparó una mirada extremadamente dulce. Experimenté alegría. Aún el viento soplaba frío. Me lanzaron una llave y me gritaron que subiera. Oí con claridad: «el piso 4 apartamento 16». Aprehendí mi equipaje y penetré al Edificio Paracelso. El ascensor no funcionaba. Busqué las escaleras y pronto alcancé el apartamento 16. La puerta se abrió:
-¿Cómo es tu nombre? -me interrogó una rubia, de ojos verdes, que luego dijo responder al nombre de Casandra.
-¿Cómo o cuál es mi nombre? – repliqué, sonreído.
-Tienes razón: debo emplear el cual no el cómo.
-Mi nombre es Nomus Macedonios de la Fortuna.
Casandra tenía los cabellos largos y una gracia envidiable. Sus movimientos eran delicados, muy femeninos, y sus caderas algo prominentes. Señaló a Annabella, Laurie y Dalia. Annabella fue quien, la víspera, me miró con dulzura desde el balcón. Hermosa, alta e incisiva, se acercó y, en silencio, me besó los labios. Laurie y Dalia ostentaban rasgos masculinos: expresión facial dura, hombros musculosos y un poco de bigotes.
Quédate a dormir conmigo -pronunció Annabella-. ¿Te atreves?
-Lo haré -dije, sin pensarlo.
Empezaba a gustarme Ciudad Kentucfield. Nunca hubiese imaginado semejante recibimiento. Annabella me llevó a su habitación. Contemplé su cuerpo y movimientos, con admiración y profundo deseo. Nuevamente, se acercó a mí con un cepillo en la mano y jugó con mis largos cabellos.
-Eres dueño de un lindo pelo -sentenció.
Dejé, mansamente, que me cepillara los cabellos. Yo acariciaba sus caderas y piernas. A través de la bata de dormir que la ocultaba pude ver sus rosados pezones y, de modo más nítido, su vellosidad vaginal. Sentí calor entre mis piernas: era mi pene que se erguía, soberbio, con la pretensión de atravesar mi pantalón. Después de peinarme, Annabella me quitó la chaqueta de lana negra y la camisa. Cerró la puerta del habitáculo y yo me despojé del pantalón. Desnudo, con el miembro aún rígido, la esperé. También desnuda, se colocó sobre mí y sus carnosos labios me besaron. La cama, de madera y matrimonial, no emitió ruido ninguno. Yo mordí sus senos, con cuidado, y mi paladar se empalagó como si se tratase de un caramelo. Mis manos se aferraron a sus bien formadas nalgas. Hondo, muy hondo, mi pene se introdujo. Nuestra respiración, al unisono, se agitó. Un líquido caliente, esponjoso, brotaba de su vagina y me rociaba las piernas. Ardía y se movía al igual que una serpiente lo hace alrededor de su
víctima.
No supe en qué momento me dormí. En plena madrugada desperté y oriné. Antes de volver a dormir, escruté los senos y caderas de Annabella.
Amaneció y mis ojos se explayaron. Me di la tarea de observar la habitación. Medía tres metros cuadrados y del techo colgaba una lámpara de rubí. En una esquina yacía un escritorio con una máquina de escribir, varios libros y papeles. Una cómoda silla parecía protegerse bajo el escritorio. El closet estaba cerrado. Cristo, pintado con óleo en lienzo, se destacaba en las grises paredes.
Las manos de Annabella sobaron mi espalda. Sin duda, despertó feliz. Yo miré fijamente sus ojos que, hasta entonces no me di cuenta, eran grandes. Sus cortos y castaños cabellos le escondían, sin embargo, las orejas. Sonrió insinuante:
-No puedo hacerte el amor porque estás dormida -declaré.
-Te equivocas -se apresuró en refutarme: te palpo y me gustas muchísimo… – Tengo suerte.
-Sabes hacer feliz a cualquier mujer. Nos conoces. ¿En qué lugar aprendiste tanto de nosotras?
Me agrada tu excesiva feminidad. Yerras, Nomus. Soy lesbiana.
-¿Hablas en serio?
-Jamás miento…
Su confesión, sin dejar de sorprenderme, me interesó. Juzgué increíble que una mujer como ella, tan femenina, atractiva y tierna, fuese lesbiana. Pero: los finales de siglo han sido siempre desconcertantes. Annabella se arrodilló encima de la cama, buscó mis ojos y me obligó a mirarle los suyos.
-¿Te aterra? -inquirió.
-No lo apruebo. Eres demasiado mujer… – Por ello soy lesbiana. Soy tan femenina, tan mujer, que sólo amo a un hombre cuando es lindísimo o a una chica encantadora como yo. – Pretendes confundirme y justificar tu conducta sexual irregular…
-Un escritor, y tú lo eres, no debe expresarse de esa forma: con parquedad, radicalmente. Sabes que la moral es mera invención.
-Quizá yo no sea más inteligente que tú.
– Vanidoso, eres vanidoso…
La conversación fue interrumpida por varios golpes secos que una de las muchachas dio a la puerta. Annabella gritó que, en breve, saldríamos y se puso la transparente bata de dormir. Perseguí con los ojos sus elegantes y eróticos movimientos. Me ordenó que me vistiese. Me coloqué el pantalón y colgué una toalla en mi cuello. Salimos. Casandra me abrazó efusivamente. Annabella la miró con cariño y se acomodó en una de las sillas junto a la mesa. Dalia y Laurie tomaban café.
-¿No sientes frío? -me preguntó Casandra.
-Si lo sintiese, querida mía, no estuviese semidesnudo.
-No seas antipático, Nomus -se interpuso Dalia.
La amabilidad que Casandra me prodigaba era inexplicable. Apenas conocíamos nuestros nombres. Ella y Annabella me reservaban, a juzgar por los hechos, cosas maravillosas. Ciudad Kentucfield me divertía, sí. Fría y llena de gente joven. Muchos escritores fueron ahí a procrear sus mejores obras. Era un refugio para artistas y estudiantes. Y su vida comercial se desarrollaba en torno a las dos universidades: Lucifer y Paraíso. Annabella expuso:
-Chicas: Nomus es un escritor.
-¿Qué has publicado? indagó Dalia, desafiándome.
No hablé durante unos segundos. Despreciaba el aspecto masculino, recio y de injustificada arrogancia, de Dalia. Ni siquiera un hombre endurecía sus rasgos con el fervor de ella. Hice un esfuerzo por aceptar que mi fragilidad no era una atribución o precepto, infalible, para que condenase la rigidez tanto de Dalia como la de Laurie.
-Relatos, novelas y ensayos -respondi, al fin.
-¿Podrías conseguirme los libros? -irrumpió Casandra admirada, obviamente contenta.
Me senté entre Casandra y Annabella. Las otras quedaron exactamente en la parte frontal. Annabella me sirvió café con leche y me concedió la mitad de su pan azucarado. Mojé el trozo de pan con el estimulante y comí. Dalia me miró con odio.
-¿Trabajas en una compañía editorial? -curioseó Laurie.
-Trabajé en la Universidad del Logos, en Ciudad Parnaso. Mi cargo era burocrático. Más tarde, heredé un billón de tortugas de plata y, de inmediato, renuncié. Ahora aquí me tienen. Vine en busca de aventuras y a escribir. Igual estudiaré…
-¿En cuál de nuestras universidades? – investigó Annabella.
-Estudiaré Filosofia -proseguí-; pero: lo haré solitariamente, según mi costumbre.
– Bendito sea tu autodidactismo -rogó Casandra.
Noté que las manos de Annabella sudaban. Las toqué con cuidado, examinándolas, como si fuesen las flores más sutiles del mundo. Casandra sonrió al verme preocupado por la sudoración de su amiga. Leyó mi mente. Contestó a la interrogante que deambulaba en mi cerebro:
-Es de origen nervioso, Nomus.
-¿Por qué? ¿Por qué estás nerviosa, Annabella? -insistí.
-No sé, no sé, no sé…
Así culminó aquella reunión en la cocina. Me vestí con una camisa blanca, depurada, al salir de la ducha. Annabella se puso un Bluejeans claro. Iríamos a caminar por el largo Parque Gaviota, al sur de Ciudad Kentucfield.
A través de la ventanilla del autobús contemplábamos, Annabella y yo, la abundante vegetación que bordeaba las espaciosas avenidas La Cumbre y Marfil. Callada, con las manos sudorosas, Annabella disfrutaba del panorama. Yo tomé sus manos y las sequé con las mangas de mi blanca camisa. Me miró con perplejidad, beso mis labios y sonrió. El conductor paró el autobús un minuto después que activé el timbre. Al bajar, vi una chica idéntica a Tetraela de la Tinta: la compañera que dejé en Ciudad Parnaso.
Annabella caminaba en dirección al Parque Gaviota y yo, ensimismado, observaba a la chica. Mi amiga me gritó:
-¿Qué ves? ¿Por qué te has quedado ahí? Disculpame -imploré en voz alta-. Te alcanzaré…
Cómodamente sentados en un banquillo, dos niños jugaban con un revólver. Annabella se sobresaltó. Yo sentí frío. Los pequeños peleaban por el arma, en tanto que los pájaros revoloteaban. Mi cuerpo flotó. Las aves perdieron el control y se estrellaban unas a otras. La atmósfera obscureció, varias hojas cayeron y se oyó una detonación. Vi sangre emanar de una de las cabezas..
Absorto, su acompañante trataba de sostenerlo. Annabella y yo corrimos hacia el banquillo. En sus brazos el niño, ya moribundo, ya en el umbral de otro mundo, respiraba con dificultad.
En la oficina del Inspector de Homicidios, Joseva Dobleu, Annabella fumaba. En silencio, ambos mirábamos puntos imprecisos. Frente a nosotros, un individuo tecleaba la máquina: tac, tac, tac… Sus ojos eran tristes, grandes y azules. En ningún momento alzó la cabeza. Se limitó a escribir cosas que ignoro. Supongo, no obstante, que redactaba el preludio del interrogatorio. Abruptamente, la puerta de la oficina se abrió. Entró un hombre alto, de enormes bigotes, cabellos canosos y tez inexpresiva. Por instantes, su mirada se mostraba dulce. El desasosiego nos invadió. Annabella se mantenía inmersa en el mutismo. Tuve la sospecha de que ese sujeto era el Inspector. Incluso, recordé que una vez vi su fotografia en el Diario del Pórtico.
-¿Ustedes hallaron el niño muerto? -interrogó El Inspector, acomodándose en el sillón detrás del escritorio, mientras el secretario le encendía su cigarrillo.
-Acierta, Señor -dije.
-¿Qué le ocurre a ella?
– Está afligida, Señor.
– ¿Por qué?
-¿Le parece poca cosa que un niño haya fallecido en sus brazos?
-¿En sus brazos?
-¿No lo sabía? ¿No se lo comunicaron los gendarmes?
-Entienda que no estoy obligado a creerles…
-¿No les cree?
-Soy El Inspector.
Su insidioso circunloquio me precipitó algunas reflexiones. Lo miré fijamente y él, con facilidad, conservó su inamovible quietud. Annabella volvió en sí misma, me agarró una mano y vio a El Inspector que añadió:
-Ustedes no han advertido, jóvenes, que había otro testigo y que los acusa: el hermano del infortunado.
Annabella, ofuscada, se levantó de la butaca azul y replicó al intimidador:
-¡Se han vuelto locos, locos, locos!
Un frio imprevisto, sepulcral, supranormal, se propagó en el recinto. Levantándome también, puse mis manos en los hombros de Annabella y la forcé a sentarse. Acaricié sus cortos y castaños cabellos, con infinito amor, sucesivas veces. Repetí el acto de secarle las manos con las mangas de mi camisa. Opté por acogerme a nuestros derechos y usé el audifonovocal para hablar con las amigas de Annabella.
– No declararé sin consultar a mi abogado-había yo amenazado a El Inspector-. Le exijo me permita usar el audifonovocal.
-Puede hacerlo-se apresuró a replicarme.
Otro funcionario surgió en la oficina esposado a un desconocido. Todos nos volteamos a mirarlos. El Inspector cambió su actitud agresiva hacia mí. El funcionario que irrumpió vociferó, emocionado, que el tipo que traía era el asesino del niño.
-¿Confesó? -articuló El Inspector.
-Firmó la confesión, Jefe -sostuvo el subalterno-. Los remordimientos lo atormentaban y, por ello, se entregó.
Presa de la confusión, me abracé con Annabella. Sentí el calor de su cuerpo más vehementemente, sus suspiros y su aliento. Me murmuró que nada comprendía. Le sugerí que callase. Dejaríamos que El Inspector decidiera. El frío nos acosaba. El presunto homicida se sentó, cabizbajo, en la butaca donde estuvo mi compañera. El Inspector ordenó nuestra libertad y su secretario nos custodió hasta la salida del Edificio de la Justicia. El secretario nos abandonó, nos dio la espalda y fue cuando vimos entrar (apurado) al pequeño que en el Parque Gaviota murió.
En las escaleras del Edificio Paracelso nos encontramos con Casandra que, extasiada, nos preguntó dónde pernoctamos. Sus largos y fluidos cabellos me cautivaron: caían sobre sus diminutos hombros. Sus verdes y vivaces ojitos me miraron con amor. Tomó mi mano izquierda y la apretó apasionadamente. Annabella le sonrió.
