literatura venezolana

de hoy y de siempre

Simón Rodríguez: pinceladas para un retrato

Juan Medina Figueredo

En uno de los patios interiores del Instituto Universitario de Tecnología de Valencia existe un busto de un personaje con calva, larga cabellera y bigotes curvados en sus puntas. En el pedestal desapareció la placa identificatoria. En ese lugar yo impartía unas horas de clases correspondientes a la asignatura “Educación Ciudadana”. A José Pérez, uno de mis alumnos, se le ocurrió realizar una encuesta para identificar la imagen de la citada escultura.

Nadie, ni profesores, ni estudiantes, ni trabajadores, sabían de quién se trataba. Siempre he pensado que el ilustre desconocido no es otro que Don Simón Rodríguez. Por conversaciones informales con egresados de la Escuela Normal “Simón Rodríguez”, he sabido que allí funcionó tal centro educativo. Ello coincide con mi aseveración. Pero surgen algunas preguntas: ¿por qué tanta dificultad para identificar el rostro de alguien tan nombrado en nuestras escuelas y gremios educativos? ¿por qué no percibir con certeza uno de los iconos, junto a Bolívar y Ezequiel Zamora, de un régimen que impulsó una Asamblea Constituyente en 1999 y la promulgación de la nueva Constitución de la República Bolivariana de Venezuela?

¿Cuándo comenzó todo? parece ser la pregunta que guía toda La Isla de Róbinson, novela de Arturo Uslar Pietri (1983), con tanta referencia histórica alrededor de Samuel Róbinson, identificación apócrifa utilizada por Simón Rodríguez a su arribo a Francia, que  muchos profesionales universitarios confunden dicha narración con una biografía. Simón Rodríguez es una isla, para nuestro narrador, en la aldea caraqueña, en el destierro y en la puna andina. Isla por su presunta participación en la conspiración de Gual y España, en una sociedad colonial que aún no despertaba con ideas y sentimientos de independencia y libertad. Insular en su proscripción perpetua por antimonárquico, anticlerical, antiesclavista y anticolonialista. Islote su vida como expósito en la casa del sacerdote Alejandro Carreño, su escuela, su discurso, su   pedagogía,  su   insobornable conducta, su rebeldía irreductible, la fidelidad a su oficio docente, su Defensa de Bolívar, sus Sociedades Americanas, su utopía con geografía de rigurosa cartografía, su arcón de manuscritos, su escritura de pizarrón.

Por su parte, el nombre de Samuel tiene genealogía bíblica. En nuestro libro sagrado es un vidente (así se designaba antiguamente a los profetas y como tal lo busca Saúl, primer rey de los israelitas). Fue cedido a Dios tras su destete y bajo guarda y custodia del sacerdote Elí. Samuel oye detrás de sí el salmo cantado por su madre Anna (¿o América?):

Levanta del polvo al humilde, Alza del muladar al indigente

Para hacerle sentar junto a los  nobles

(Biblia de Jerusalem, “Samuel”, 1976, p. 162)

Samuel, hijo de mujer estéril que lo cede a Yahvé, bajo custodia del sacerdote Elí, renace con madre desconocida que lo abandona como expósito en el umbral de la casa del cura Carreño (¿su padre?), tendrá  la cabellera larga (por promesa  a Yahvé, no usará navaja para cortarse el pelo). Esa pelambre será también la de Róbinson, náufrago, pero capaz de atender a sus necesidades (“no me den, ocúpenme”, repetirá muchas veces el viejo Simón). Ese naufragio lo aventará en una balsa hasta un refugio de indios (con los de abajo me entiendo,  escribirá tras una de sus inútiles solicitudes de ayuda) y desde allí a una casucha en las afueras de Amotape, un pequeño poblado del Perú, donde el cura no le permitió entrar, por hereje. Esa covacha, de cama de poyo y apenas una silla, será su barca de Caronte. Allí sostendrá su última entrevista y discusión con el cura de Amotape. Los restos del naufragio –dos cajones de libros y de cartas, su retrato– serán aventados hasta Paita, un pequeño puerto del Perú, y las manos temblorosas de Manuela Sáenz, de la cual se había despedido lapidariamente: “dos soledades no pueden permanecer juntas”.

Quedó un par de retratos suyos. Las sombras de los calificativos, peyorativos la mayoría de las veces, acompañan su nombre por toda la América española. “Sócrates de Caracas” “filósofo cosmopolita”, “el hombre más extraordinario del mundo”, “genio, portento  de gracia y talento”, lo llamó El Libertador. Para confirmarlo, Juan  David García Bacca (1990) establece un paralelo con Sócrates  y Diógenes Laercio. Muestra un sentenciario antológico de Don Simón y traza tres   direcciones de su carácter cosmopolita (geográfico, polígloto y social). Ratifica s u condición humana extraordinaria con citas ejemplarizantes por su dignidad  escultórica. García Bacca culmina su discurso llamando a Don Simón “mi maestro” y excitando al lector a invocarlo como “nuestro maestro”.

El Mariscal Sucre, en carta a Bolívar, califica al maestro como “muy  instruido,  benéfico cual nadie, desinteresado hasta lo sumo y bueno por carácter y por sistema; pero lo considero también con una cabeza alborotada, con ideas extravagantes y con incapacidad para desempeñar el puesto que tiene” (Fabio Lozano y Lozano, 1933, p. 98-107). Otros epítetos de quienes lo conocieron, lo trataron y lo maltrataron fueron los de loco, judío, hereje, derrochador de los dineros públicos y protector de ladrones y prostitutas. Siguiendo las huellas de Francisco Herrera Luque (1979), un  psiquiatra, Arturo Guevara (1977) ha realiza- do un estudio para demostrar la dromomanía  de Don Simón, por quítame estas pajas. Quienes han tratado de descifrar e identificar la personalidad y la escritura de este último han girado alrededor de calificativos como  extravagante, excéntrico, santón, rebelde, pensador criollo, andariego, invencionero, reiterativo, profeta, rebelde, original y sabio. El mismo prefirió calificarse como educador y amigo de la causa social.

Se ha tratado de fijar su cuerpo y su indumentaria, observando el par de retratos que se salvó del extravío y del olvido y leyendo algunas crónicas. De “corpachón áspero” y “manazas de alfarero”, vestido a la diabla, con un viejo y raído chaquetón, sombrero pringoso con zapatones de eternidad, con lentes o sin lentes, con lentes turbios sobre la frente, con un bastón (de alguna madera tallada por el viejo, seguramente) lo describe Uslar Pietri en su novela. “Era un viejo enjuto, transparente, de cara angulosa  y venerable, mirada  osada e inteligente, cabeza calva y de ancha  frente”: así lo pinta José Victorino Lastarria (1885. p. 48).

En El cuaderno de Blas Coll, Eugenio Montejo (1983), acentuará los rasgos de tipógrafo, maestro de escuela, tertuliante, humorista (más bien sarcástico) e inquisidor verbal (hasta los extremos del delirio y la mudez) para recrear a nuestro personaje, cruzando la alambrada de la ficción con el nombre de Blas Coll (¿oculta sugerencia de un refrán popular – “como Blas, ya comiste, ya te vas”- para aludir a la condición de andariego  y hasta dromómano de este maestro?). Su descripción física, producto de averiguaciones entre vecinos de Puerto Malo y de testimonios de un pulpero, un barbero y una posadera, es la siguiente: “menudo, de mediana  estatura y rostro ovalado. Llevaba siempre unas gafas doradas y un sombrero de fieltro, al parecer su prenda más definitoria, junto con un lápiz achatado sobre la oreja derecha. Solía vestir un delantal de dril oscuro, manchado por la tinta de imprenta” (Montejo, 1983, p. 12). Como se habrá notado las “gafas doradas” no se asemejan a los “lentes turbios” que refiere Uslar Pietri. Quizá son doradas  por la luz, una imagen constante  en las sentencias de nuestro maestro, metaforizada a través de su aspiración a fabricante de velas para iluminar América. El lápiz sobre la oreja se distancia de la pluma, la tinta y el papel que algún cronista observa sobre el bufete del maestro, útiles escolares por los que  Don Simón clamará, en medio de sus penurias, en las cartas de sus últimos años.

Blas Coll, “Según la suposición más aceptable, era originario de las Islas Canarias, pero debió de haber viajado mucho antes de asentarse en esta bahía calurosa” (Ib. p. 12). A Puerto Malo, esta bahía y pueblo de pescadores donde se radicó este personaje, desde hace algún tiempo se nos ha ocurrido identificarlo con Puerto Cabello, por relaciones intratextuales del propio Montejo y por crónicas de Enrique Bernardo Núñez (1969) publicadas en el diario El Universal, y compiladas por Luis Felipe Herrera Vial. Este arribo a Puerto Malo será el retorno nunca cumplido por Don Simón, el cual hizo caso omiso de una invitación del Presidente Soublette para que volviese a Venezuela (en carta posterior Simón Rodríguez afirmó que no era “vaca para tener comedero”). El origen canario está asociado con la nacionalidad del padre de la presunta madre de nuestro maestro, Rosalía Rodríguez. Y viajero es una condición irredimible del destino de este pensador criollo.

¿Dónde comenzó todo con este retrato esfuminado? Quizás con un niño abandonado en una cesta, a la puerta de la casa del cura Alejandro Carreño (¿padre de Don Simón?). “Expósito”, dice su presunta partida de nacimiento (que ni apellido tiene) y “expósito” repite la partida de su matrimonio con María de los Santos Ronco. Carece de padre reconocido. Cualquiera puede ser su padre en esa ciudad aldeana que es Caracas, dice Uslar Pietri en su novela. Su primer nombre, Simón, lo asociará para siempre al Libertador, huérfano aunque no expósito. Su segundo nombre, Narciso encierra el estigma de quién persigue su propia imagen y muere ahogado entre las ondas expansivas de su rostro reflejado en el agua. Su tercer nombre, Jesús, lo signa con la cruz de la redención de los pobres y el sacrificio de sí mismo. El cambio de apellido aumenta la confusión: primero usó Carreño y luego Rodríguez.

“(…) no tiene patria ni hogares ni familia ni nada” escribe Bolívar en carta del 27 de junio de 1825 a Cayetano Carreño. “Mi patria es el mundo” escribió el maestro en una carta. Como Bolívar, derrotado, quiso retirarse a Europa, sin lograrlo, en búsqueda de la felicidad que decía haber  disfrutado allá. En su infancia carece de hogar, propiamente: en un censo aparece en casa del cura Alejandro Carreño y en otro, en casa de Rosalía Rodríguez. Su hogar también es el mundo que recorre hasta morir. De su familia dice bastante su temprano abandono de Caracas, sin la compañía de su esposa y también su muerte, acompañado sólo de uno de los jóvenes que adopta (Camilo Gómez). Semejante hombre (sin árbol genealógico establecido), por grandeza,  desamparo  y errancia, nos deja con el escozor de la incertidumbre sobre su rostro, que se nos acerca en lo hondo de nosotros, se nos pierde en la inmensidad de sí mismo y del naufragio que le impide todo retorno.

Una historia cruzada con la gloria y la frustración

En 1769 ó en 1771, afirman, puede haber nacido Simón Rodríguez. Se anticipa por una generación a quien será su más famoso discípulo: Simón Bolívar. En el censo de 1790 figura, junto  a su   hermano  Cayetano Carreño (quién hará historia en la música venezolana), como residente en la casa del clérigo Alejandro Carreño, contigua a la del pintor Juan Pedro López, abuelo de Andrés Bello. En 1791 es designado maestro de primeras letras en la escuela dirigida por Guillermo Pelgrón. En 1794 presenta al Cabildo de Caracas sus Reflexiones sobre los defectos que vician la escuela de primeras letras de Caracas, y medio de lograr su reforma por un nuevo establecimiento , inspiradas, según la opinión tradicional, en la lectura clandestina de Rousseau y para Antonio Pérez Esclarín (1994), producto  del movimiento español de reforma   de la escuela (liderizado, entre otros, por Juan Bautista Picornell, Sebastián Andrés y Manuel Cortés Campomanes, los mismos que influirán en la conspiración de Gual y España), por ironía de la historia, apoyada por la monarquía. En 1797, después de ser debelada  la conspiración de Gual y España, sale por el puerto de La Guaira, hacia Jamaica y posteriormente hacia Baltimore y Filadelfia, trayecto en el cual aprenderá un nuevo idioma, el inglés, y sobre todo el oficio de tipógrafo, que será fundamental para su labor escritural y pedagógica. En Baltimore y Filadelfia vivirá la experiencia de la república y la libertad.

En 1804 desembarca en Francia y se identifica como Samuel Róbinson. En París acompañará a Bolívar y ambos serán allí testigos reticentes de la coronación de Bonaparte como emperador. En 1805, el paso de Bolívar y Rodríguez por Milán coincide con la coronación de Napoleón como Rey de Italia. Y ese mismo año Bolívar pronuncia frente a su maestro su célebre juramento del Monte Sacro, en Roma, por la independencia y la libertad de su patria.

Tras la separación de maestro y discípulo, en 1806, arranca este último hacia el camino de la gloria y continúa el primero su errancia por Europa y su aprendizaje de otros idiomas. En 1823 regresa Don Simón Rodríguez a América. Bolívar está en Perú. En 1825 ambos se encuentran en Lima. El Libertador vibra en la cima y plenitud de su misión y siendo el Mariscal Sucre Presidente de la República de Bolívar (así se llamaba inicialmente Bolivia), inicia Simón Rodríguez su más importante ensayo educativo en Chuquisaca, en 1826. Bolívar desde Bolivia se dirige a Lima. Rodríguez y Bolívar no volverán a encontrarse. Derrotado el maestro, se inicia su retirada y peregrinaje, buscando ocupación como  educador.  Hacia 1839 se entrevista varias veces con Andrés  Bello. Su peregrinaje por América meridional, con el frustrado deseo de regresar a Europa, cesa con su muerte en 1854, en Amotape, un pequeño pueblo de Perú.

Desde Guayaquil, Rodríguez escribe al Libertador: “(…) Tengo muchas cosas escritas para nuestro país, y sería lástima que se perdiesen”. Esas cosas serán parte de los libros que irá reescribiendo e intentando publicar hasta su muerte.

En Arequipa, Perú, 1828, publica su “Pródromo” de SO- CIEDADES AMERICANAS EN 1828, CÓMO SERÁN Y CÓMO PODRÍAN SER EN LOS SIGLOS VENIDEROS. La segunda parte de esta obra la publica en Valparaíso Chile, en 1829. En 1830, publica la obra EL LIBERTADOR DEL MEDIODIA DE AMERICA Y SUS COMPAÑEROS DE ARMAS, DEFENDIDOS POR UN AMIGO DE LA CAUSA SOCIAL.

En Concepción, Chile, 1834, publica LUCES Y VIRTUDES SOCIALES, que contiene un prólogo denominado “Galeato” (réplica contra las impugnaciones de su anterior “Pródromo”), el plan general de SOCIEDADES AMERICANAS, anteriormente publicado en Lima, 1831, y la introducción a la cuarta parte de esta obra, que versa sobre “medios y métodos de la reforma” educacional. En 1851 escribe CONSEJOS DE AMIGO DADOS AL COLEGIO DE LATACUNGA. Este esfuerzo editorial condenado a la falta de recursos y de suscritores lo llevaron a una  odisea bibliográfica de publicaciones parciales sin ninguna  rentabilidad económica.

El logos desde distintas perspectivas (gnoseología, método, axiología y estética)

Para Simón Rodríguez, el origen del conocimiento está en la curiosidad, no se trata por ende, de la reminiscencia platónica. Esta curiosidad es la fuerza impulsora del saber, que se enhebra dialécticamente en un juego de oposiciones entre el conocimiento y la ignorancia, el acierto y el error, el parecer o la opinión y la verdad, en movimiento o desarrollo continuo, para adelantar o atrasarse. En Luces y Virtudes Sociales (1840) dice:

“La CURIOSIDAD es una fuerza mental que se opone a la ignorancia (…) La curiosidad es el motor del saber, y cada conocimiento un móvil para llevar a otro conocimiento. De unos errores pueden  nacer otros errores, y conducir en direcciones opuestas… al sublime saber o a la crasa ignorancia. Adelanta el que yerra buscando la verdad… se atrasa el que gusta de añadir errores a errores (…) OPONERSE , fundado en razones erróneas es laudable por la intención: FUNDAR OPOSICIONES en pareceres, es impertinencia, si los pareceres son propios, y ridiculez, si son ajenos (…) los pareceres convertidos en OPINIONES, han consagrado las mayores absurdos” (RODRÍGUEZ, Simón. 1982. pp. 84 -85).

Para este maestro el supremo instrumento de la curiosidad es la razón. Quién juzga es la razón, de allí la importancia de la lógica y de las matemáticas, pero también de la experiencia. Por ello, él es racionalista pero también, en cierta forma, fenomenológico.

La luz de la EXPERIENCIA disipa las Tinieblas del régimen feudal- y la

RAZÓN establece su imperio  sobre

los restos de la ignorancia (Ob. Cit. p. 107)

Podemos pensar que su MÉTODO es lógico-deductivo, pero también no menos inductivo (no podía ser de otra manera en quien enseña física y química) y dialéctico (como arriba vimos) y no menos fenomenológico. Aún ello sería muy  parcial sino consideramos los aspectos filológicos, sociológicos y antropológicos empleados en la búsqueda del conocimiento. No otra cosa podemos pensar de su manera  de sentenciar e ironizar a través del juego de palabras, de su ubicación social e ideo- lógica al lado de los de abajo, de los pobres y de su ataque a las costumbres coloniales.

En su programa de estudios la jerarquía suprema corresponde a la lógica, la lengua y las matemáticas, con mayúsculas:

La Lógica, el Idioma y las Matemáticas son los Estudios de obligación en el día

como lo fueron en otro tiempo

la Metafísica, la Historia y la Poesía.

Pensando

Hablando y              se adquieren TODOS los conocimientos

Calculando

(RODRÍGUEZ, Simón. Ob. Cit. p. 95)

Entre lógica, lengua y sociedad existe una relación insoslayable y la situación de la sociedad, arrastra el uso de la lengua. Por eso no bastan los calificativos de “filósofo naturalista y filósofo idealista” que le endilga Dardo Cúneo (en RODRÍGUEZ, Simón. 1982. p. 11) a nuestro pensador.

El sentido recto de las palabras está bajo la protección de la

LÓJICA- porque las palabras son sus instrumentos (…) Sucede con el valor de los términos lo que con los derechos del hombre en sociedad y lo que con los miramientos

debidos al labrador.

(…)

hay pocos que no se crean autorizados para hacer   sinonimias

para poner         coartaciones y para atropellar                                  respetos

(RODRÍGUEZ, Simón. Ob. Cit. p. 94)

Muy radical es al afirmar, sin dejar lugar a dudas, acerca de las relaciones lógica, lengua y sociedad:

todo ha de ser LOGOS {demolojía y lexicología)

(RODRÍGUEZ, Simón. Ob. Cit. p. 110)

Por eso, resulta inevitable fundar la política en la relación con el estado de la sociedad, la lengua y la experiencia concreta:

Verdadera POLÍTICA y verdadera GRAMÁTICA (Idem) El que no aprende Política en la COCINA

No la sabe en el……………… GABINETE (Ob. Cit. p. 113)

Don Simón es un precursor de la EPISTEMOLOGÍA. Para él existe una  asociación entre las facultades del hombre, entre las cosas y entre éstas y el hombre. En él hallamos huellas de empirismo, de materialismo y de un adelantado de la economía política:

NO  HAI facultades INDEPENDIENTES

siendo así

no hai facultad propia que pueda ejercerse sin el concurso

de facultades ajenas

(…)                                          dígase

cosas –en lugar de– facultades (Ob. Cit. p. 82)

TRATAR CON LAS COSAS

es la primera parte de la Educación

i TRATAR CON QUIEN LAS TIENE

es la segunda

Esta asociación se expresa AXIOLOGICAMENTE en una integración (que recuerda a Platón) entre verdad (supremo objetivo de la curiosidad humana), bien y belleza, que supere la distancia entre la libertad y la igualdad y permita una democracia con justicia. Ello conforma lo que él llama “arte de vivir”.

Simón Rodríguez se propone una filosofía práctica. La especulación filosófica se inscribe dentro del empeño de formar hombres libres y virtuosos, capaces de conocer, superando la ignorancia, para actuar con conocimiento de causa en el presente y en el porvenir. Su TELEOLOGÍA es parte de su ensayo pedagógico, social, económico y político dirigido a educar al CIUDADANO para fundar las repúblicas nacientes, realizar la segunda revolución, la ECONÓMICA Y SOCIAL (puesto que se había cumplido la primera revolución, política, de independencia) que permita un estado  de BIENESTAR SOCIAL (satisfacción de deseos y necesidades populares). Ello significaría alcanzar el “arte de vivir” (entenderse, cooperar, lograr la  paz).

Estas perspectivas (gnoseológica, metódica, axiológica y teleológica, en fin, epistemológica) permiten conformar un PARADIGMA que se conjuga alrededor de la REPÚBLICA. El filósofo, en forma análoga a Platón, es quien puede alcanzar la cima de la virtud ciudadana.

Lo peculiar de Don Simón es su empeño de convertir en modelos de ciudadanos a los indios, a los huérfanos, a los labriegos y artesanos e indigentes. El estado debe ser padre de todos ellos, a través de la educación popular. Su plan de República “real” se opone a la República aristocrática y colonial que subsiste después de alcanzada la independencia política en Hispanoamérica. Persigue una utopía  americana  que expresamente se distingue de la utopía de Tomás Moro, porque está definida geográfica y temporalmente. Su sello debe ser la originalidad (lo nuevo), la invención (la creación) para superar los vicios de la vieja Europa (cundida de saber especulativo e injusticia social), en todo caso, más  que  adoptar, “adaptar”, si fuere necesario.

Conforme a su episteme y   paradigma  (palabras ajenas a su momento y léxico) Don Simón Rodríguez  publica su PLAN DE EDUCACIÓN POPULAR, general y pública. Como   bien lo ha esclarecido Pérez Esclarín (1994) esta   “educación   popular” no se propone simplemente la expansión  del aparato escolar o de formas desescolarizadas de educación, o la   preparación   para el trabajo de los sectores populares, sino un  método y una forma de organización que  permita  a los sectores populares una real posibilidad de liberación política, verdaderamente democrática. En efecto, del plan de educación popular propuesto por nuestro maestro y su fundamentación, se desprende  una  visión de las limitaciones de la revolución de independencia liderizada por Bolívar y sus compañeros de armas y la necesidad de una nueva revolución, la cual exige una “economía social”.

En esa dirección requiere del Estado  que se asuma como  “padre”  de los necesitados de alimento, de vestido,  de trabajo y recreación, de justicia y libertad, destinando planes y recursos para la “es- cuela social”. Y diseña un método que coloca énfasis en las ideas primero que en las letras y, aunque paradójico, en la experiencia concreta más que en la abstracción. Deriva de las luces la sensibilidad y la virtud. Suma los oficios mecánicos a las letras y los números (con su diseño de escuela taller y de escuela granja) y establece un régimen de seguridad social con una caja de préstamos para inversiones de alumnos y sus  padres  desempleados. Y conceptualmente traza para la educación  una  METÓDICA, que distingue entre “instruir”, “enseñar” y “educar”. Según su concepción, instruir es dar a conocer y comprende tres aspectos: social, corporal, técnica y científica, necesarios para construir una nación prudente, fuerte, experta y pensadora. Enseñar es ayudar a entender, a comprender el porqué de las cosas, no a inculcar sin explicaciones ni a memorizar sino a juzgar críticamente, con criterio de razón y experiencia .Educar es crear voluntades para actuar en el tiempo, para que el “pueblo soberano” defienda sus derechos, su libertad y su dignidad, contrarios a la explotación del amo que dejaría de existir al carecer de esclavos) y del tirano (que no encontraría ciegos seguidores ni víctimas pasivas). Educar implica el aprendizaje  del trato con las cosas y con quien las tiene o posee. La educación es mental, moral, física y social y exige filosofía y conocimiento.

Lenguaje y Estética

La originalidad del plan educativo, económico, social y político de nuestro maestro no sólo se plasma en sus ideas, también en su lenguaje y en su ortografía. Es común la observación sobre su peculiarísimo uso de los tipos de imprenta que aprendiera con su oficio de tipógrafo: llaves, corchetes, versalitas, negritas, cursivas, mayúsculas, suspensivos, etc.

Persigue una logografía, “pintar ideas”. Como un  maestro frente a su pizarrón va enuncian do frases cortas, con sentido silogístico, clasificatorio, de máxima o sentencia. El humor recorre los giros de la ironía, también de la mordacidad y el sarcasmo. Dardo Cúneo (1982) caracteriza su lenguaje en términos militares, de ataque y contraataque, de querella y réplica, con un peculiar ritmo nervioso.

Eugenio Montejo (1996) define el uso, por nuestro utopista, de los caracteres tipográficos en contrapunto con los blancos de la página, como la  arquitectura de un moderno espacio literario. Arista de su escritura que lo convierte en un  precursor de la vanguardia, pues su grafía precede a los caligramas del poeta Guillaume Apollinaire. Pero Montejo no le atribuye a Simón Rodríguez pretensiones literarias, guiado como estaba, fundamentalmente, por propósitos de renovación pedagógica y política.

Creo que, más allá de las intenciones de nuestro maestro, es posible observar en muchos de sus textos un peculiar estilo ensayístico, literario, no sólo por el particular uso del lenguaje y su grafía, que venimos comentando, sino también por el empleo de recursos escriturales como la narración, el soliloquio y el monólogo. Logografía y recursos literarios proyectan una ESTÉTICA de vanguardia que, a mi entender, resulta muy visible en varios pasajes de su DEFENSA DE BOLIVAR.

Su ortografía presenta los signos de la época. Aun cuando su tendencia de ajustar la escritura a la fonética, en lo cual coincidía con su contemporáneo y compatriota Andrés Bello, no ha terminado por imponerse, no deja de seguir provocando polémicas y escándalos. Bello y Rodríguez son el precedente y fundamento de la célebre expresión del novelista Gabriel García Márquez pidiendo la jubilación de la gramática, en el Congreso Internacional de la Lengua, celebrado en Cuernavaca, Méjico.

En sus días finales Simón Rodríguez reclamaba que se le juzgara por su obra y no por su controvertida vida personal y se lamentaba de que sus libros no eran leídos ni eran objeto de consideración actual, a pesar de su modernidad.  Quién  hoy se topa con su obra no deja de advertir la vigencia de su pensamiento y su inconfundible y original estilo escritural.

¿Serán los maestros sus curiosos y críticos lectores del fu- turo? ¿Será algún día su obra objeto de lectura cotidiana en nuestras aulas?

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*Publicado en: Mañongo, Nº 17, 2001, pp. 357 – 372. Fuente de la imagen:

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