literatura venezolana

de hoy y de siempre

Rafael Ángel Insausti: varón de soledad

Mar 15, 2026

Alexi Gómez B.

Infinita ingrimitud

Con hidalguía, sin artificios, Rafael Ángel Insausti (Barinas 1914-Caracas 1978), es, con mucha probabilidad, el intelectual barinés más polifacético que hayamos conocido. No solo destaca su brillante y profunda obra poética, su juicio de crítico literario funda visiones, criterios y aportes significativos. Como políglota, se aventuró con noble juicio y destacada labor, a la traducción de los poetas románticos franceses e italianos. Demostrando extraordinario dominio de ambas lenguas. Hizo carrera diplomática. Su vasta cultura y su juiciosa esencia le llevaron a ejercer dignamente la representación de Venezuela en Paris, durante varios años. Todo ello lo ejerció Insausti con singular modestia y auténtica postura ética. Con gran esfuerzo, en el labrado de sus propios juicios, fue y sigue siendo referencia ejemplar del estudio metódico, del intelectual que busca de manera autodidacta su ser y su sustancia. Su propia soledad.

Si alguien le vio venir por la calle más alta registró su garbo el estandarte de sueños solitarios y sus vestiduras de nostálgicos. Ello, e cualquier ciudad: Barinas, Caracas o París ha de ser lo mismo para quien discurre y quien y se propone en el trasiego de la dolorosa costumbre de estar vivo. En cualquier lugar la nostalgia trae anotaciones, hace la atmósfera. Los promontorios de silencio, los recuerdos, espacios infinitos, hacen insumos al poema: Ese lugar de exilio, esa instancia habitable. Primero viene el llano, con sus radiaciones de infinitas ausencias:

“Tan ancha la sabana que ni con mil
gritos se llena”

Cosmos de la ingrimitud prevista en la estampa de la última garza. Insausti nociona la naturaleza , y en particular el llano, que hace presencia en sus poemas iniciales, como un ámbito de infinitud donde es propicio proyectar, en analógicas formas, los parajes inconocibles e íngrimos del espíritu. El espacio externo y lo interno en sustantiva correspondencia. Huelga recordar aquí, aquella expresión de Shelling:

¡La naturaleza es el espíritu visible y el espíritu
es la naturaleza invisible!

La caverna del relámpago

Los signos del poema hacen abertura a la luz como camino posible desde la sombras. El poema hace giros entre uno y otro extremo para crear esa intermediación de claroscuro que es la vida. La dualidad que demarca el juicio del ir y venir. Constante amorío entre la vida y la muerte, noche y día. Solo un magnifico instante es el poema, deslumbrante y fugaz. Así hace de relámpago, iluminante evento, eterno y diminuto.

Una necesidad de luz, permanente ansia de visión, palpita en el poema. Un nídico ditirambo que pugna con sapiencia, auspicia el acontecimiento poético promueve la germinaciones de las voces ondas que Insausti irá cultivando sabiamente, en el itinerario prolífico de su existencia. Bien se puede transitar la vida del poeta a través de su obra. Con el afán de siempre ira labrando a solas su propia sustancia, acotando su soledad entre las luces intimas para encender la infinita herencia del tiempo y de la vida. Así perdura el verbo en el minúsculo destello que ilumina todos los parajes de hondura. Los territorios de la intimidad.

Fuego, lámparas, sol, hogueras, destellos, llamas, faros, luceros, luciérnagas, resplandores pululan el poema, iluminan ese desasosiego de los horizontes. La búsqueda constante del brillo sin deslumbre, la clarividencia de lo que, tal vez, somos. Ese afán de luz energetiza la palabra, la cubre de sonoro brillo, de audacia y permanencia, de anuncio y laberinto. Un asomo con detenido juicio, es suficiente para recibir del poema ese impacto luminoso del estar frente a una labor, a un hecho estético de magnifica hechura. La nobleza metálica, el impulso telúrico, el hálito mágico se amalgaman y acusan presencia de lo artístico en la obra poética de este barinés tan universal y cósmico que poco asomo a registrado. Así perdura en la paz de su sabia esencia, regio e intacto como haz de luz inaprensible en su instante. Ante la luz: la sombra. Ese contrapunto en predominio. Mucha sombra, poca luz, tanta tiniebla, abundosa oscuranía.

“De oscuridad profunda los aires del recuerdo”

Sea de esa noche eterna que habita, el poeta construye su aprendizaje sustantivo. En su errancia entre tinieblas hallará su secreto: la visión y las voces inaudibles del silencio. Entonces luz y voz venidas de la noche serán el hallazgo mayor para el poema. Y saber apagar el ser íntimo cuando conviene la existencia. Esa forja de sapiencia que da lugar eterno al verbo fundador, hace presencia en las texturas poéticas de Rafael Ángel Insausti.

Ese dominio de las sombras, ese cohabitar con la oscuranía para la soledad, figura una singular sapiencia, una labrada manera de hacer cordial y airoso el encuentro con la muerte.

Acaso estás subiendo
de tu escondrijo, vienes a mi encuentro,
vas a aparecer de súbito, y no regresarás
a tu rincón, a tu secreta obra ni a tu nocturno oficio

Instancia del exilio

En un lugar indecible, sin precisión, se habita y se procura la inexistencia de la muerte. El poeta, extraño personaje, hace refugio e los parajes ocultos del lenguaje. Su actividad de cetrena procura imágenes, metáforas, formas otras, esencias no prescritas en la palabra. Es la prosecución de otras instancias de lo real para la existencia. Seguro de esta probabilidad el poeta se fuga de inmediato y riñe con lo decible y lo pragmático. El ostracismo deviene y el asilo se propone en el lenguaje y el acto escritural.

Esta noción de exilio, se percibe y se habita por quien transita luego el constructo, la ruta marcada en el poema.

“Adentro el orden
quieto se amuralla
y un hombre solitario profundiza
su oficio melancólico”

La indagación constante, la inmersión con hondura en las zonas abisales, en las intimidades, en presencia cierta y sustantiva de esa búsqueda. Suerte de errancia en los otros territorios, lugares posibles de la ausencia.

Enterremos aquí nuestro temblor de gozo
Y olvídate y olvídame si preguntan
Tú ya no estás, ya yo no estoy”

Todo sea tránsito, itinerario en pos de las imágenes, retando, conquistando lo inaprensible, haciendo desafíos, construyendo lecturas secretas de los astros, interpretando a solas el aullido nocturno, con la urgencia de íntimos impulsos. Con labriega manera construir los peldaños que conducen a lugares otros, muy cerca del abismo, fronteras probables de otredad.

Todo guía la ruta escritural hacia la isla superpoblada de la soledad, donde el buscador de sombras y de brillos, indaga minucioso. Fumando desde hace siglos las antiguas cenizas. Horadando la tierra banal para el provecho del espíritu y sus germinaciones. Queda la herencia ancestral de ese oficio de la melancolía para fugarse callado, como el más audaz de los recuerdos. La ausencia no es olvido, solo remoto exilio del poblador de soledades. Y la palabra allí, en continua demanda de melancólica existencia, convocando a eternidades.

Hacia la levedad

Pareciera que un destino mayor del poema y del poeta (una misma esencia), sea lograr vencer la resistencia y, con el sortilegio de la palabra, hacer las rozaduras necesarias para transfigurarlo todo. Convertir al mundo y las cosas en sustancias transportables, tan livianas que los segmentos de rocas y durezas se viertan ligeras, probables para el vuelo o sopor, fragancia, bruma, herencia leve, luz, canto, ala.

“Él no confiaba-era evidente en la eficacia del
recurso, y injustificable y extremo. No obstante,
insistió en el liviano conjuro.
Racimo de silenciadas palabras-rojo, amarillo,
azul tierno-, yo lo veía medrosamente. Pero
arriesgaba mis manos imaginarias y sacaba el tesoro”.

Con esencia de mago el poeta trasmuta, provoca la metamorfosis, el cuerpo se vuelve voz, bajo el dominio de la imagen. Todo se hace posible en la escritura, como racimo de luceros bajitos entre el azul que inventaron las flautas. Se aromatiza un cosmos cuando el poema levanta su estructura. O todo se ausenta si no viene la palabra que asome el otro lado del espejo. Es desnudo el ascenso con pasos inhábiles marchando entre las brumas.

De viento suave, por fugas huestes de llamas, caricias o silencios a de nutrirse la lectura del poema. Queda un hábito, una perfumancia, carencia de astros y murmullos. En todo esto, tesitura, sueños, dolencias.

“Y lo otro (carne, huesos) es mentira del aire,
con qué colmar tus líneas no sabría.
Yo me conformaría con mirarte,
Con nutrirte de sueños y colores.
Y ponerme a vibrar en el alambre”

Y en el revés de todo (sin poner final, al breve trasunto), queda abierto el laberinto de las figuraciones. Muchas especies transitan en la obra poética de Insausti. Noble convocatorio reflexivo, admirable espacio de escritura, donde converge ausencia, soledad, en el nostálgico oficio del poeta que propone su heredad de palabras, de imágenes. Fuente mayor para abrevar con ansias esa sed de trasmundo, de otredad, luz y sombra, vida y muerte, prevista en el poema.

Publicado en: Revista haciendo memoria, número 10, julio-agosto 2013. Pp. 63-68.

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