Juventud
Subo bajando porque
al contrario es trampa.
Arrastro los ojos cuando
el mundo es color.
Yo,
que sé de ausencias
y vanas visitaciones.
Solo de mí
con imagen de espejo roto
mirando el reverso de mi piel,
mirada dura en mi cara
creciendo más allá de lo evidente.
Soy mi madre y lloro con ella;
soy mi padre y su breve presencia;
soy mi angustia y toco el borde de la noche
para entender su forma cuando cierro los ojos.
Me atavío de preguntas
y me tomo fotos disfrazado de respuestas.
Ya no soy ayer;
soy hoy bifurcado y con espinas.
Rápida alcurnia de un cuerpo que cambia
gritando horrores a su infancia,
un poco más allá de mis sombras.
Salgo de casa
y súbito vuelvo hecho otro
¿Me pertenece esta voz?
¿Es mío este rostro feroz que me ausculta?
Fui viento dulce en las tardes de calor,
un algoritmo descifrado en la duda de la tierra,
un movimiento pequeño que apenas
agitaba sus brazos
tras una cortina de llanto y hambres,
camino limpio hasta el regazo de mi madre.
Fui la cancioncilla de cuna que olvidé.
Vuelo perdido en la melodía del ensueño.
¡Ahora futuro y nada!
Solo conmigo descifrándome a mansalva.
La inocencia hecha polvo en el bolsillo
trasero de un pantalón que me asfixia,
y miles de sueños que comienzan a arder
cual oscuras pesadillas.
Soy la camisa que amé,
esa ingrata que me descuadra
en el cuerpo otro.
Recuerdo, entonces, el amor pequeño
que respira ahora los antiguos aires de Italia,
la foto aquella en la que mínimos,
juntos,
no sabíamos cómo se escribía el porvenir,
grafía perversa que desconocen los espíritus.
Perdí el asombro por el cuadro
desconchado y opaco que colgaba en
la quietud de mi primera pared;
repugné su presencia de hecho consumado,
acción suspendida, masacre congelada
de perros acosando a un caballo
con la mirada llena de terror.
Ahora mi propia mirada
es de caballo asustado,
sueno como un dolor
oculto tras mis pasos,
y cada huella hiere.
¿Qué tormenta es esta que crece tras
mi plexo solar?
¿Qué camino de este desierto
empujará mi cuerpo hacia la alegría del agua?
¿Qué pájaro de fuego señalará en el aire
el refugio donde he de descansar?
Soy tormenta y digo cosas,
que por no saber diciendo las digo;
como por ejemplo:
Amo las tardes de fútbol
en las canchas roídas de este pueblo,
la gritería “tragapolvo” de mis
compañeros de juegos y despertares.
Aunque a veces amo en mutis la
forma irresoluta de todo cuanto ignoro,
porque descubrir debería ser un arte.
Pero de un sorbo se revela la vida
y todo pasa,
cuando cambiar es la rutina
antigua de los hombres,
seres tristes que no saben volar,
ni callar, ni transformar la tragedia
de todos los cuentos hechos de débiles palabras.
Soy música de cadencia rápida, inusitada,
ventana invertida con horizonte por llamarada,
caballo rucio, desbocado y ciego,
que atraviesa las horas como gotas
solitarias que pronto ahogarán
la resequedad de la tierra,
y luego serán río y turbulencia,
para terminar como charcos sucios y molestos
cada vez más pequeños,
hasta que ya no.
En las primeras horas del día,
cuando el sol lama los bordes de la tierra,
seré cansancio ancestral,
peso que yace y se deleita
en la quietud ponzoñosa del descanso.
También seré movimiento,
camino,
senda que se construye allende mis pasos.
Sudaré mis dudas,
intuiré más allá de lo invisible,
cantaré al borde de los aires del ocaso,
con mi hambre vieja, mi cara ajada,
destruida, preguntando: ¿quién marcó mi piel?
Y seré vasija recién horneada,
barro renovado por fuego y agua,
que quizás mis hijos llenen de cantos y recuerdos.
Para Daniela Hanobi
A ella le gusta mi voz
Daniela me escucha
voltea y me busca la boca
con sus deditos nuevos
ausculta entonces mis labios
para tocarme las palabras
La copa y yo
Alzo la copa que jamás quise beber
Vacío de un trago su horrible añejo
y la aviento contra un muro
Este la condena al juego de ser pedazos
También quise jugar deslumbrado
por aquellos reflejos de cristales fugaces
y fragmentos volando a colores por los aires
Pero
¡ay de mí!
quedé entero brotando oscuridades
por las hendijas de la ira
con una inmensa cicatriz en la alegría
y una lastimadura en los paladares
de todos mis sueños
Mérida
Los astros se gritan estallidos
de luz
en un cielo iluminado y enfermo
Árboles desnudos juegan a
tocarse apenas excusados por
la brisa helada de la noche
Seres de luna cambian de
forma a su paso por barras
de tenue transparencia
reflejo de suelo irregular
que fue montaña
Dentro
mis ojos escrutan formas de sonidos
diminutos como extraños
diamantes parlanchines
Espero alguna presencia
que me delire la piel
un susurro tibio que de
sentido y movimiento
a esto que soy y yace
cual pared limpia y vacía
casa sola donde tristes dioses
escupen su furor de falsa luz
Así la noche sobria me procura
celosa de que sea desplazamiento
sobre el vientre incandescente
de esta ciudad
que recela y me niega
Cadáver
He allí el cuerpo
rostro que no es nada
sino vacíos relieves
He allí lo habitado
Despojo a madera luego
purulencia hasta el blancor
He allí una fuente sellada
seco manantial
lluvia agotada
He allí las sobras
habitación de tormentas fue
hombre de Troya por caballo
y soldados de recuerdos
desvaneciéndose
He allí un productor de silencios
reloj de arena en la boca
campanada y fin de combate
He allí un pie
ya no camino
una mano
ya no caricia
sin recuerdo en el endoso
He allí lo inmóvil
ni hombre ni mujer
solo un nunca más
tragado de horizonte
hasta el para siempre
del próximo cadáver
Desvelo
Canta un gallo a las 2:12 de la madrugada
Anuncia en su concierto otra angustia
que no es el alba
Canta sus dolores
su realidad de desecho triste de gallinero
lleno de mierda envejecida
de amante desplazado
cosa rota en su pecho inservible
que se dispara como un grito
Pero a esa hora
con ese dolor tan doloroso
no queda más que cantar
Estoy bien
un poco virado
sobre mí mismo
exhausto
deportado del puerto que fue seguro
Yo tan de hielo en el mar del trópico
Mis manos
–¿más sabias?–
duelen cuando espanto oscuridades
y me asalta la madrugada
contando sombras y palabras rotas
Estoy bien
enjuto
con una libertad aguda y desquiciada
Tengo ojos de indio
pequeños de mal mirar
extraviados de lo allá
Anunciada está la tempestad
es de polvo seco y rasgará
mis desnudas canciones
aunque las resguarde en una botella
de licor barato
reventón
Estoy bien
poco menos que solo
olvidando discursos, nombres, fechas, lugares y rostros
y súbito de recuerdos agitados como un vapor
¡Claro que estoy bien!
precisado por una sed desértica
que me angustia la quietud
más ducho en derrotas
más lúcido en la manzana que me niego
Es de día y hace oscuro
sol y una brisa fría me condena a las sábanas
Cuando cae lluvia
mi esperanza rueda calle abajo
como un venado que huye
¡Por supuesto que estoy bien!
Esta saudade se evapora como licor
de tapa abierta
Luego
un sueño magro
espera mis huesos
y miente la calma de mi cuerpo
porque todo adentro
es tormenta y movimiento
