literatura venezolana

de hoy y de siempre

Ño Pernalete y otras calamidades

Sep 23, 2021

Rómulo Gallegos

Motivos, que no razones, tenía Mujiquita para querer esconderse bajo el mostrador de su pulpería cuando vio aparecer a Santos Luzardo. Primero, porque aquella amistosa injerencia suya en la querella que contra doña Bárbara llevara aquél por causa de los trabajos pedidos y negados, le había costado que Ño Pernalete le quitara la secretaría de la Jefatura Civil, y luego, porque no se le escapaba lo que ahora pudiera llevar entre manos su antiguo condiscípulo, y ya veía en peligro el sueldito con que por fin había vuelto a favorecerlo Ño Pernalete, después de muchos ruegos suyos y de su mujer, y de muchas promesas de no volver a incurrir en quijotadas.

Pero Santos no le había dado tiempo a ocultarse y tuvo que fingir contento de verlo:

–¡Dichosos los ojos que te ven! ¡Qué caro te vendes, chico! ¿En qué puedo servirte?

–Si no me han informado mal, ya sabrás a lo que vengo. Me han dicho que eres el Juez del Distrito.

–¡Sí, chico! –dijo Mujiquita, al cabo de una pausa–. Ya sé lo que traes entre manos. El asunto de la muerte del peón, ¿no es eso?

–De los peones –rectificó Luzardo–. Porque fueron dos los asesinados.

–¡Asesinados! ¡No me digas, Santos! Mira, vente conmigo al juzgado para que me cuentes cómo fue eso.

–¿Para que te lo cuente yo?

–No. Dispénsame. Para que me des unas luces. Para que me indiques lo que debo hacer.

–Pero, Mujiquita, ¿a estas horas todavía no lo sabes?

–¡Pero, chico!

Y el gesto de Mujiquita, al replicar así, suplicó con una elocuencia aplastante estas palabras inútiles:

–¿No sabes dónde estamos?

Llegaron al juzgado. Mujica abrió de un empellón la puerta, simplemente cerrada, y defendida por su propio desnivel, y entraron en una sala de techumbre pajiza y paredes encaladas, donde había un escritorio, un armario, tres sillas y una clueca echada en un rincón. Para brindarle asiento a Santos, Mujiquita llenó de polvo el recinto al sacudir el que estaba depositado sobre una de las sillas. Se comprendía que allí nadie tenía costumbre de acudir a aquel tribunal.

Santos se sentó rendido, más que de cansancio de desaliento, por la impresión que producían aquel pueblo, aquel juzgado y aquel juez.

Sin embargo, reaccionó, y procurando sacar todo el partido posible de Mujiquita, le explicó cómo venía Carmelito, acompañado de su hermano Rafael, y qué cantidad de plumas llevaba para San Fernando.

Mujiquita se rascó la cabeza, y luego, tomando su sombrero, disponiéndose a salir, dijo:

–Espérame aquí un momento. Déjame ir a contarle eso al general. Él debe de estar en la Jefatura Civil. No te haré aguardar mucho.

–Pero ¿qué tiene que ver el jefe civil en este asunto? –objetó Santos–. ¿No han transcurrido ya los días que la ley establece para que el sumario pase al juez competente?

–¡Ah, caramba, chico! –exclamó Mujiquita, y en seguida–: Mira: el general no es malo; pero, aquí entre nos, en todo quiere llevar la batuta. Tanto en lo civil como en lo judicial, aquí no se hace sino lo que él dispone. Al general se le atravesó entre ceja y ceja que el hombre había muerto de un mal, como dice él. Es decir, de un síncope cardíaco. Y, a propósito, porque todo puede suceder, ¿tú habías observado si el peón era cardíaco?

–¡Qué cardíaco de los demonios! –exclamó Santos, poniéndose de pie violentamente–. Quien va a resultarlo muy pronto, si ya no lo estás, a fuerza de tener miedo, eres tú.

Y Mujiquita, sonriente:

–No te calientes, chico. Ponte en mi caso. Y en el del general, porque en la vida hay que tenerlo todo en cuenta. Días antes se había recibido aquí una circular del presidente del Estado a los jefes civiles de su jurisdicción, dándoles una enjabonada con motivo de varios crímenes que se habían cometido en despoblado, sin que se hubiese podido capturar a los autores, y exhortándolos a cumplir mejor con sus deberes, y el general contestó que eso no era con él, porque en el Distrito de su mando no existía la criminalidad. Yo mismo le redacté el oficio, y quedó tan satisfecho, que lo mandó a publicar en una hoja suelta, que ya habrás visto por ahí. Todo esto lo converso contigo en grado 33, por supuesto. Como comprenderás, en el caso de tu peón, o tus peones, mejor dicho, yo no he dejado de pasearme por la presunción del asesinato; pero en estos momentos acabada de salir la hoja, es impolítico decir que se trata de un crimen, y…

–Y como tú, estás aquí para complacer a Ño Pernalete y no para administrar justicia… –atajó Santos.

Y Mujiquita, encogiéndose de hombros:

–Yo estoy aquí para completarles la arepa a mis hijos, que la pulpería no me la da completa –y tomando la salida–: Aguárdame un momento. Todavía no se ha perdido todo. Déjame ir a torear mi toro.

Minutos después regresaba con cajas destempladas.

–¿No te lo dije? Yo conozco muy bien mi tercio. Al general no le ha gustado que te hayas dirigido a mí y no a él. De modo que te aconsejo que vayas allá y te le metas bajo el ala. Así es como se consiguen las cosas con él.

Pero antes de que Luzardo pudiera protestar contra el consejo, apareció el jefe civil.

Como dijo Mujiquita, no le había agradado que Santos hubiese acudido al juez y no a él, con la agravante de venir a suministrar datos que desvirtuaran la cómoda presunción de muerte natural a que él se había acogido, cosas que, si a nadie solía tolerárselas, quien no podía concebir la autoridad sino a la manera despótica como la entiende el bárbaro, mucho menos se las toleraría a quien ya se había atrevido a invocar contra sus desmanes el imperio de la ley.

Entró en el juzgado con el sombrero puesto y ambas manos ocupadas: en la izquierda, el tabaco, que se le había apagado; en la derecha, la caja de fósforos. Además, portaba bajo el brazo izquierdo aquella espada con vaina de cuero que siempre llevaba consigo sin necesidad ni razón.

No se dignó saludar a Luzardo y se acercó a la mesa, puso sobre ella su machete, y mientras raspaba el fósforo y lo aplicaba al tabaco, dijo:

–Ya le he dicho, Mujiquita, que a mí no me gusta que se me atraviesen en mis asuntos. En ese que trae entre manos el señor, estoy trabajando yo y sé lo que debo hacer.

–Permítame que le observe que este asunto ya es de la jurisdicción del Poder Judicial –manifestó Santos Luzardo, haciendo todo lo contrario de lo que le aconsejara Mujiquita, pues nombrarle a Ño Pernalete jurisdicción que no fuera suya equivalía a declararle la guerra.

–Sin embargo, Santos –intervino el juez, tartamudeando casi–, tú sabes que…

Pero Ño Pernalete no necesitaba ayudas.

–Sí. Algo de eso como que he oído mentar por ahí –replicó socarronamente entre una y otra chupetada al tabaco–. Pero lo que yo he visto siempre es que donde se meten un juez y un abogado, si uno los deja de su cuenta, lo que antes estaba claro se pone turbio, y lo que iba a durar un día no se acaba en un año. Por eso yo, cuando se presenta por aquí un litigio, como dicen ustedes, porque yo los llamo tejemanejes, me informo por la calle quién es el que tiene razón, y me vengo aquí y le digo al señor: «Bachiller Mujica, quien tiene la razón es fulano. Sentencie ahora mismo en favor suyo.»

Y al decir así, descargó el peso de su dictatorial machete sobre el escritorio del juez, de donde lo había tomado previamente para reproducir con todos sus detalles la escena que refería.

Perdiendo por momentos el dominio de sí mismo, Santos repuso:

–Aunque yo no he venido a litigar, sino a pedir que se cumpla la justicia, me interesaría saber cómo la llama usted cuando de ese modo la trata.

–A eso llamo yo poner los puntos sobre las haches –respondió Ño Pernalete, que en el fondo era un guasón–. ¿Usted no conoce el cuento? Se lo voy a echar, porque es cortito. Era uno de esos hombres a quienes llaman brutos, pero que tenía el tonto muy lejos. No conocía la ortografía y no decía halar, sino jalar, ni hediondo, sino jediondo, y cuando su secretario –porque era jefe el hombre y tenía su secretario– le ponía con hache una de esas palabras que a él no le sonaban sino con jota, le decía: «Está bueno, pero, ¡póngale un punto a esa hache!»

A lo cual replicó Santos, mientras Mujiquita le reía la ocurrencia al general.

–Si esa es la ortografía que se usa por aquí, he perdido mi tiempo al venir a impetrar justicia.

Se enriscó más Ño Pernalete.

–Se le hará –díjole en un tono que más bien parecía de amenazas.

Déspota por naturaleza, pero taimado al mismo tiempo, si Ño Pernalete no aceptaba que se rebatiesen sus opiniones o procedimientos, también era cierto que si encontraba convincentes las razones contrarias, en seguida buscaba la manera de adoptarlas, cuando algún interés tuviera en ello, pero siempre dejando entender que ya se le habían ocurrido, y presentándolas bajo la originalísima forma que tenían las suyas. En el caso en cuestión, y por aquello de la circular del presidente, su interés le aconsejaba desistir de la presunción de muerte natural, que hasta allí había hecho prevalecer, y de aquí que en seguida agregara, pero con el mismo tono insolente:

Y Mujiquita salió de la Jefatura convencido de que, por muchos «tiros» que le hubiera cogido el general para estar bien con Dios y con el diablo, a él lo iban a enterrar con urna blanca.

–¡El pobre Santos Luzardo! De esos veinte mil pesos que iba a coger por sus plumas, como que no va a ver ni un real. ¡Y tener yo que decirle que se vaya tranquilo!

Pero cuando llegó a la posada, ya Santos estaba con el pie en el estribo.

–¿Esa prisa chico? Deja ese viaje para mañana. Tengo muchas cosas que decirte.

–Me las dirás cuando volvamos a vernos –le respondió Santos ya a caballo–. Que será cuando pueda venir con un machete en la mano, y poniéndolo sobre tu escritorio decirte: «Bachiller Mujica, quien tiene la razón es fulano. Sentencie ahora mismo en favor suyo.»

Como si por primera vez oyera cosa semejante, Mujiquita preguntó:

–¿Qué quieres decirme con eso, Santos Luzardo?

–Que el atropello me lanza a la violencia y que acepto el camino. Hasta la vista, Mujiquita. Puede que pronto volvamos a vernos.

Y partió, levantando una polvareda bajo las patas de su caballo.

Sobre el autor

*Doña Bárbara (capítulo III, tercera parte)

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