literatura venezolana

de hoy y de siempre

Mi regreso al liceo

Mar 20, 2026

Amir Barrios

Regresé a mi colegio donde estudié bachillerato, el Liceo Enrique Bernardo Núñez, casi dos décadas después de haber estudiado en ese hermoso refugio estudiantil. El Núñez, como coloquialmente le llamamos, está ubicado entre el sector 1 y el bloque 11 de La Isabelica, Valencia y había sido fundado en 1965 pero mudado a aquel lugar en el año 1969. Tiempo después, en 1980, fue cuando las autoridades municipales le colocaron cerca el convulsionado mercado periférico.

Era un septiembre del año 1995 y ahora yo volvía en calidad de representante. Ingresé por el portón que está en la cara este de aquel enorme rectángulo geográfico que ocupaba el Liceo. Apenas pisé suelo liceísta, miles de recuerdos surcaron mi mente, no pude evitar la tentación de acercarme a la cancha deportiva, allí aún permanecía a la derecha, un busto del insigne escritor valenciano Enrique Bernardo Núñez, muy cerca las viejas gradas desde donde aplaudíamos a nuestros equipos de baloncesto y voleibol, crucé toda la cara norte avanzando rápido por las aceras desiertas y detrás de las canchas estaban los frondosos árboles que impedían ver para la avenida Este-Oeste, la brisa agitaba sus vastos ramajes sombríos.

Minutos después cruzo a mi izquierda y estaba, justo detrás de la cantina, el sitio donde pasé tantas horas de mi vida jugando felizmente pelotica de goma, al fondo continuaban exhibiéndose orgullosos los sombreados ficus, pinos y acacias. Lucían bellos a pesar de contrastar con sus irregulares formas y tamaños. Allí observé los asientos de concreto, en cada uno de ellos estaban las huellas acumuladas del tiempo, algunos de ellos pintados de verde ecológico, pero, era como si el color se hubiera roto y asomara una sustancia gris al fondo.

Al llegar a la cara sur me fui presuroso al jardín que tanto cuidaba el director en mi época y estaba incólume, ileso, intacto, sano y salvo. Había algo que lo hacía parecer que su aspecto cambió, pese a estar intacto, ahora lucía que se había vuelto distante y ajeno. Era como si el viejo director de mi época se las arregló para que no lo olvidaran. Ni en la vida ni después de muerto. Lo malo fue que tuvo que morirse algún día y hoy lo recordaba con nostalgia. Eran unos recuerdos confusos y reiterados en que volvía más de una vez sobre los mismos puntos.

Este jardín no es muy grande, yo lo recordaba de mayor tamaño. Tenía diversos tipos de flores como margaritas, claveles y tulipanes y mis preferidas, las rosas, en la esquina, al lado de una pequeña fuente, unas rosas matizadas que debía ser la reina de aquel jardín ya que la vi protegida por unas espinas muy largas. También había muchos pinos caribes y destacaba uno de copa enorme y tronco de color marrón oscuro, ubicado frente al estacionamiento como si quisiera dar la bienvenida al que llega. Las fragancias que de allí fluían con el correr de la brisa me mantuvieron absorto en mis recuerdos. Me deleitaba imaginando lo que aquel jardín había producido en la comunidad estudiantil al ser visto como un verdadero paraíso, al disfrutar de aquel deseable ambiente de forma abundante y delicioso.

Abruptamente recuerdo que me entretuve mucho merodeando los alrededores e ingresé por la puerta sur donde se podía leer claramente “Inscripciones en el tercer piso”, a paso ligero alcanzo el segundo piso con una breve parada para observar aquellas vetustas aulas que se divisaban a un lado del amplio pasillo, continúo al tercer piso y me introduzco al aula en la cual debo sentarme a esperar mi turno para la inscripción… pasen adelante los representantes que vienen por la inscripción, le escucho decir a una profesora ubicada en la puerta del aula… y allí estaba yo, como si mis pensamientos se sacudieran en una inquieta brisa y se extendieran abiertamente hasta el horizonte, mi corazón se aceleraba emocionado y con la mirada rememorando con nostalgia aquellos infinitos momentos de mi alegre juventud: mi primer día de clases cuando mi padre me acompañó para tratar de disipar mis miedos, los partidos de baloncesto, las bombas lacrimógenas que constantemente lanzaban durante las manifestaciones estudiantiles, cuando miembros de unas organizaciones estudiantiles nos lanzaron cientos de piedras tras el triunfo del catire Jacobo en las elecciones del centro de estudiantes, cuando la profesora subdirectora me increpó fuertemente por tratar de detener las clases para irnos a una caminata deportiva…. imágenes y más imágenes como película acelerada iban y venían y allí vi al director, a su hermano y sus impecables trajes, a los profesores de Educación Física, mi amigo personal el de Química, a los de Matemática y Física (mi favorita), a los de Formación Social Moral y Cívica, a los de Inglés, también vi a uno quien me odiaba y nunca supe la razón. Vi al negro Antonio en la puerta, a las señoras de mantenimiento, a las secretarias y a una señora que atendía la cantina que nos decía que estudiáramos para que nos vayan a partir… y a la más linda de todas las profesoras, una de Biología y en ese instante al recordarla, también llega a mi mente aquel fatídico examen de Biología, sería oral, la docente al azar seleccionaría a “la víctima” y yo no había estudiado…

Mis ojos se cerraban con fuerza como tratando de ocultarme de lo inevitable, imploraba al creador no ser el elegido para responder, la sudoración corporal hace su aparición, escucho a lo lejos un incesante taconeo, siento como un desvanecimiento. Un latido frío que me llega hasta los ojos, siento desazón en la barriga y sequedad en la boca y en el pecho. Por el sonido del taconeo, ya la profesora cambió de fila, no me atrevía a respirar fuerte. Me parecía que si tomaba una gran bocanada de aire llamaría mucha la atención. Me quedo un rato como aletargado y perplejo pensando que ya no había como escapar del “verdugo” cada vez más próximo. Oía los pasos acelerados de ella que se acercaba. Ya estaba llegando, pisaba apresurada y firme. Rápido y resuelto me hundo hasta los hombros, había que dejarla pasar y esperar un rato para relajarse… tac, tac, tac, se acera, ya la siento muy próxima, ya está a mi lado. De pronto se detuvo. Siento el frío del pavor recorrerme todo el cuerpo. Se había parado. Se había detenido. Se detuvo un rato. Aguanto nuevamente la respiración y de repente… noooooooo… una mano se posa suavemente sobre mi hombro, siento la boca sin saliva y abro mis ojos relampagueantes y aterrorizado observo a una profesora quien amablemente me dice: -Señor, su turno para la inscripción.

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