literatura venezolana

de hoy y de siempre

Mariano Picón-Salas: elogio de la Merideñidad

Luis Ricardo Dávila

Tierra y alma de Mérida

«Mérida fue mucho más que el lugar de origen; el primero y dramático impulso del destino y la vocación. Sacamos también del alma en nuestro recuento de aconteceres, la niñez florida de frutos […] y la adolescencia dispuesta como una flecha en las manos del arquero para rebotar contra los conflictos del mundo». Mariano Picón-Salas (1958)

¡Qué camino tan largo ha recorrido la vida intelectual merideña desde aquellos días en que comenzaron los primeros balbuceos de su fundación! Pero, como para no ceder ante la historia y desdeñar la fundación mítica de la ciudad, advertimos de inmediato la eternidad de Mérida, su interminable distancia hecha, más que por el tiempo pasado, por su luz, por sus paisajes y formas escabrosas, por sus frescas brisas y, por supuesto, por las modalidades que han ido creando sus hombres, siempre en tiempo presente. En este punto, parafraseamos a aquel Jorge Luis Borges veinteañero, quien puso su palabra al servicio de una cierta fundación imaginaria de su amada ciudad natal, al regresar luego de una larga ausencia, ansioso de reencontrarse con cuantas imágenes habían fermentado en su imaginación, escribe: «Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron por un mar que tenía cinco lunas de anchura y aún estaba poblado de sirenas y endriagos y de piedras imanes que enloquecen la brújula […] A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires. La juzgo tan eterna como el agua y el aire»1.

La ciudad existe, entonces, eternamente, como existen los arquetipos. Resisten al tiempo, pero la condición de ser y vivir en la ciudad es una creación temporal humana, demasiado humana. La ciudad se proyecta fuera del tiempo, ni hacia el futuro ni hacia el pasado, sino hasta cierta eternidad ideal y mítica. Mérida es eterna. De acuerdo. Pero la merideñidad es histórica, se desarrolla en el tiempo y la componen las representaciones que de ella se hacen sus habitantes a través de la historia, la literatura, la cultura. La merideñidad explora respuestas a la cuestión de cuál es el mundo deseado, cuál es la ciudad deseada; pertenece de suyo al ámbito de la geografía, la religión, la sociedad; significa tres cosas entrañablemente compenetradas: la tierra, el medio social, el alma de montaña. Esta tierra es fruto de los afanes de sus hombres, obra de sus manos, espejo del ingenio intelectual y artístico. En ellas se retrata el alma merideña, a su vez que está empapada de su espíritu. Cada calle, cada plaza, cada iglesia, cada caserío, camino, rincón o lugar recuerda algún acontecimiento. Mérida es no sólo la tierra y su gente, sino mucho más: lo que llamamos alma de montaña. ¿Qué es el alma de montaña? Sin querer hemos estado viéndola obrar al ver obrar al merideño. Las tres cosas que acabo de nombrar -geografía, religión, sociedad- se compenetran, se funden y confunden y son de hecho una sola. Esta alma no se ve pero se reconoce por su pensar, querer y obrar. Por supuesto, se me dirá todos los hombres quieren, piensan y obran; pero cada sociedad a su manera. Ese pensar, querer y obrar es el alma de cada nación, como lo es de cada individuo, a su vez hacen un todo. Los merideños han cultivado la tierra de sus altas laderas, han cruzado de caminos y llenado de alerosas casas su geografía, han desparramado en ella hermosos parajes, han levantado iglesias, plazas, puentes, a fuerza de trabajo, de sudor, ingenio y arte. Pero también han dejado una obra espiritual y educativa, han llenado sus parajes íntimos con una vida intelectual y literaria que se distingue del resto del país. Tierra y hombres, los libros y tratados que los merideños escribieron, los monumentos artísticos que esculpieron, la arquitectura, la música, la literatura, todas las obras de arte que compusieron, los pueblos que levantaron, las instituciones por las que se gobernaron, las costumbres, los mitos, las leyendas de toda dase, su historia entera, nos dirán cuál fue el pensar, el querer y el obrar del alma merideña. Indagar sobre todo esto no es nuestro propósito; que quede claro desde el comienzo. Lo que sí habrá de hacerse en estas páginas es mostrar claramente cómo el alma merideña se manifiesta y se expresa a través de la pluma y la inteligencia de uno de sus pensadores fundamentales.

 

Mérida, expresión vertical de un deseo

«Y otra invitación a la fantasía era […] ese empinamiento de cumbres que se apelotonan en el horizonte, las gargantas profundas que cortaron los ríos, las ‘morenas terminales’ de milenarios ventisqueros; los árboles que trepan sobre las grietas de las montañas y los torrentes que brincan regocijadamente contra las peñas, como colas de caballos blancos. Sí; el paisaje de Mérida fue creado en un día de sumo alborozo por un Dios demasiado inventor». Mariano Picón-Salas (1958)

Construir mundos y deseos -a la par de los paisajes- es la forma que tiene el intelecto para responder a la realidad, de inventar opciones dentro del repertorio ofrecido por los distintos escenarios eternos, descritos en el epígrafe anterior. Mérida vendría a ser, en este recto sentido, la expresión vertical de un deseo; deseo con forma montañosa, aquilatado de verdor, rociado por espumosos torrentes y cantado por sus hermosas aves oriundas de un cielo con el blanco telón de fondo de las nieves eternas de Los Andes venezolanos. Precisamente, fue a través de estos escenarios que aquellos mil hombres y los otros mil vinieron con su espada y su cruz para marcar el sitio, ayunando durante esplendorosas y largas lunas mientras sus habitantes originarios les enseñaban el arte de comer los frutos de aquellas tierras2.

Representaciones de este talante van de la mano del pensamiento y la sensibilidad de uno de los más conspicuos exponentes de la vida intelectual merideña; acaso el más grande de quienes creían en la eternidad de la meseta andina: Mariano Picón-Salas. La ciudad tuvo muchos poetas que cantaron sus calles, sus gentes, sus deliciosas bellezas naturales; así como escritores que recrearon sus mitos y tradiciones, que registraron y engrandecieron su cultura, pero sin duda fue Picón-Salas el único que lo hizo obteniendo una audiencia universal. El prestigio obtenido por su obra, particularmente por su Viaje al amanecer (1943)3, logró que la ciudad alcanzara en la literatura americana el carácter legendario del Buenos Aires de Borges, el Madrid de Ortega y Gasset, la Lisboa de Pessoa, la Praga de Kafka o el Dublín de Joyce. La Mérida de Picón-Salas no fue simplemente el telón de fondo de gran parte de su obra, sino la materia con que ésta se alimentó en enorme medida.

En el Mensaje a los merideños con ocasión de su IV centenario (1958), se interroga: «Me pregunto qué es lo que debo a mi ciudad, y yo diría que primordialmente un aprendizaje estético». Aprendizaje que se reflejó en su literatura. Esta nadó -sobre todo en la obra de juventud que despuntó el precoz intelectual- de la emoción que le produjo el descubrimiento y la contemplación de sus paisajes naturales y sociales. Posteriormente, en el Viaje al amanecer -obra ya de madurez- dejará testimonio de esta merideñidad: «Por más que anduve por muchas tierras no perdí la costumbre de ser merideño entrañable». El testimonio, sin embargo, fue más allá de lo emocional, de lo nostálgico para proyectarse en el mito de la expulsión del Paraíso -hasta qué punto es la expulsión la que le da existencia al Paraíso- cuando se refiere a la «Tentación de la literatura», en su Regreso de tres mundos(1959), escribe: «Si la inteligencia aspiraba a ser libérrima, el corazón permanecía atado a esa como añoranza de una paraíso perdido» (p. 126). Anteriormente, en su «Pequeña confesión a la sordina» (1953) había escrito:«La nostalgia de esa naturaleza perdida es uno de los leit motiv de mi obra literaria». Pero había más, la significación de esa primera y única etapa de la vida, alimentó la nostalgia por el resto de sus días4.

Examinarla obra de juventud -o debería escribir de adolescencia- del intelectual merideño, hasta 1920, es el propósito de estas páginas. Precisamente, nos interesan aquellos escritos con los que el adolescente se asoma al mundo de la literatura y del pensamiento; aquellos textos proscritos por el propio autor. Digo proscritos porque en el mediodía de su madurez intelectual, en ocasión de seleccionar unos textos para su publicación en 1953, decidió mejor excluirlos de aquella selección. Las razones para tal decisión no se liarían esperar: «De mi obra literaria he suprimido para esta compilación las páginas anteriores a 1933. Aun las de esta fecha resultan para mi gusto de hoy exageradamente verbosas y no desprovistas de pedantería juvenil». Y por si esta razón no fuese suficiente, el autor en una suerte de acto de contrición, añade: «Parece que en ellas me encrespaba un poco como para lucirme en un examen sabihondo […] O ese moceril intelectualismo era un proceso compensatorio por tantas cosas que me arrebató bruscamente la vida»5.

De examinar aquella prosa plagada de verbosa pedantería pero elaborada antes del amanecer de su tesitura intelectual, se trata. Son los primeros pero también son los postreros: sus ideas iniciales, con el YO presente en formación y en ebullición, aparecen -incluso mucho mejor elaboradas en pensamiento, palabra y obra- en sus últimos escritos. Habría que llamarlos textos originales, en lugar de «exageradamente verbosos», pues en ellos el espíritu codicioso le exige a la vida o al arte un lugar y un papel que desempeñar. Digo originales porque, en cierto sentido, todo origen no es otra cosa que un constante regreso -los mitos de origen no tienen fecha, viven en un tiempo distinto al nuestro, son eternos- a diferencia de la noción de inicio o de comienzo que sí tiene una fecha exacta y sin punto de retomo. «A ratos cambié de alma y cambiaré cuantas veces mi curiosidad intelectual o mi errancia imaginativa, me lo exijan. Me gusta Venezuela, me gusta Chile y me gusta sobre todo abrir y tocar con sus Amazonas y sus Andes, toda la vasta carta de América»6.

Picón-Salas es un escritor original, ¡qué duda cabe!, sus reflexiones se conducen fuera de los márgenes de lo comúnmente establecido y aceptado. Su obra gira en tomo de un puñado de asuntos. Acaso variaciones de temas universales que aparecen ya desde muy joven: la libertad intelectual, el americanismo, la valoración de la educación de la sociedad, la preocupación por su cultura, la promoción de los principios democráticos del hombre, el cultivo del arte y de la creación, su preocupación desde muy temprano por los ideales de la justicia y la belleza7.

No podemos decir -parafraseando al propio don Mariano- que sea este trabajo que hoy ofrecemos, una historia completa de su vida intelectual de juventud, sino más bien una invitación a estudiar estos años trascendentes, cuando desde su pluma afloraron los «primeros fuegos de la vocación», indetenibles y evocadores a lo largo de su periplo vital: «Y en mi obra literaria quise reflejar algunos de los mitos, visiones y temas que debo a mi oriundez merideña. En esta tierra aprendí a amar la Poesía, y acaso un poco de sentimiento poético arraigado desde mis años mozos, me acompañó consoladamente en los peores trances de la vida»8. Años y trances que cierra, al final de su «Pequeña confesión a la sordina» (1953), con sinceras y significativas palabras, cargadas de hondo contenido ético: «No nos basta el arte tan sólo, porque aspiramos a compartir con otros la múltiple responsabilidad de haber vivido» (ibid., p. XV).

NOTAS

1 «Fundación mítica de Buenos Aires», Cuaderno San Martín, Buenos Aires, 1929, p. 4.

2 La montaña siempre ha sido cantada por la poesía como un espacio inmerso en algo divino, amoroso: «La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro hinchado hasta tocar los pies de la amada», nos escribía por la misma época otro andino de las antípodas merideñas, Vicente Huidobro, en su genial Altazor (Chile, 1919).

3 Picón-Salas, Mariano, Viaje al amanecer (prólogo Emilio Abreu Gómez), Universidad Nacional Autónoma de México, Divulgación literaria de la Facultad de Filosofía y Letras, México, 1943.

4 Acaso me duele todavía haber dejado de ser aquel adolescente, vestido de provinciano dril, sobre un caballo blanco, por esos campos de los Andes de Venezuela», esto escribiría en el ocaso de su vida, Regreso de tres mundos. Un hombre en su generación, Fondo de Cultura Económica, México, 1959, p. 19.

5 Picón-Salas, Mariano, «Pequeña confesión a la sordina», en: Obras Selectas, EDIME, Madrid-Caracas, 1953, p. IX.

6 Picón-Salas, Mariano, Mundo imaginario. (Los recuerdos impresionantes. La vida de un hombre. Historia de un amigo. Tema de amor), Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1927, p. 7.

7 «Nos pone Dios una pluma en las manos para que con la pluma hagamos obras de belleza y de justicia […]», Buscando el camino, p. 146. De ambos temas se ha ocupado con gran atino Cristian Álvarez en su excelente prólogo a Delia Picón-Salas de Morles (compiladora), Prosas sin finalidad (1923-1944), Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, 2010, pp. 5 ss.

8 Picón-Salas, Mariano, «Mensaje a los merideños (En el IV centenario de la ciudad)», 1958, Hora y deshora, Publicaciones del Ateneo de Caracas, Caracas, 1963, p. 173.

*Fragmento del texto publicado en: www.cervantesvirtual.com. Imagen: Gianluca Cocconcelli Cavalli: Pueblo Temático de los Aleros.

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