Adrián Chaurán
Personajes:
Rey Tuerto.
Sirviente 1 y 2.
Súbdito.
Misericordia.
Maldad.
Acto I.
Escena I.
(Rey Tuerto, Sirviente 1 y 2)
Palacio. El Rey Tuerto está sentado en su trono, tiene un parche en su ojo derecho, un cetro en su mano izquierda y una corona de cartón. Detrás del trono hay dos puertas, una cubierta de telarañas y otro muy limpia. En el suelo están sentados dos sirvientes, uno vestido de negro y otro vestido de blanco.
Rey Tuerto: ¡Silencio! ¡Silencio!
Nadie habla.
Rey Tuerto: ¡Silencio! ¡Silencio!
Nadie habla.
Rey Tuerto: ¡Silencio! ¡Silencio!
Nadie habla.
Rey Tuerto: ¡Silencio! ¡Silencio!
Nadie habla.
Rey Tuerto: (Respira hondo) He dicho: ¡SI-LEN-CI-O! Nunca se cansan de hacer ruido, no me dejan gobernar mi reino en paz (se levanta, pasea con majestuosidad). Yo el gran rey, sólo les pido silencio (se acerca al público, junta las manos en señal de súplica y grita) ¡SILENCIO! Ya, hasta aquí fui misericordioso, no se dejan gobernar por mi gran misericordia ¿Misericordia? (dudando) ¿Qué es la misericordia? Hace mucho que no la veo. Pero sé que es la justicia, es lo que impone mi mano (mira su mano derecha), con fuego y con sangre. Así, quiero saber quién (levanta la mano con energía), quiero saber quién me impide pensar con su ruido espantoso. (Se da la vuelta, mira a los dos sirvientes) Ustedes dos, sirvientes, díganme quién es el responsable.
Los sirvientes exclaman atónitos, se desesperan y hablan con dificultades.
Sirviente 1: Mi rey (con temor), pero nadie ha habla….
Sirviente 2: (Le tapa la boca al Sirviente 1) Lo que quiere decir, Lupi, es que… es que… es un ruido terrible, sí, qué espanto tan grande. Nos despertó de nuestro cálido sueño. Y debemos buscar al responsable (el Rey gruñe), y lo haremos inmediatamente, ¿verdad, Lupi?
Sirviente 1: (Quita la mano del Sirviente 2 de su boca y con recobrado entusiasmo) Sí, sí, eso haremos, mi querido Lubu, vamos a buscar al responsable. Sí, y qué ruido tan estruendoso, imposible pensar así, imposible dormir así. Creo que me estoy quedan sordo de tanto ruido.
Sirviente 2: Ya vamos por el responsable, ¿verdad, Lupi?
Sirviente 1: ¿Qué dijiste?
Sirviente 2: (Pellizca al Sirviente 1) Vamos por el responsable del ruido.
Sirviente: ¿Por qué me pellizcas? ¿Y de cuál ruido hablas?
Rey Tuerto: ¡Basta! ¡Basta! ¿Y qué esperan? Busquen al responsable, porque merece ser castigado (levanta su brazo otra vez). Nadie debe molestar a su rey. Y menos en un momento tan importante para mí, nadie me considera. ¿Y ya lo harán, holgazanes?
Sirviente 1 y 2: Sí, sí ya vamos a buscar al culpable.
No se mueven los sirvientes.
Rey Tuerto: (Se impacienta) Los estoy viendo, hagan algo, malditos holgazanes. Busquen al culpable. Nadie piensa en mí, en mi dolor, en mi gran dolor. Mi dolor es el dolor más dolido de todos. Yo y sólo yo sufro (se dirige al público). Nadie puede sufrir tanto como yo, como un rey con mi dolor de rey, de soberano, porque en mis manos hay tantas cosas, tantas cosas dependen de mí. Ustedes no se preocupan por mí, por todo lo que hago por ustedes, y viven de dormir, de comer, de dormir y yo, como el rey, debo ser misericordioso ¿Qué era la misericordia? Cuántas palabras por recordar…. (pausa) ¡SILENCIO! Vayan rápido o las pagarán ustedes.
Los sirvientes se levantan, se tropiezan, caen, se arrastran, se levantan, vuelven a caer, se levantan otra vez. Se dirigen a la parte izquierda del escenario, dundo. Luego van a la parte derecha y regresan a la izquierda.
Rey Tuerto: Ay Dios, debo hacer todo yo. Inútiles, por ahí no es (los conduce por la parte derecha del escenario), ahora busquen al culpable y rápido.
Sirviente 1 y 2 salen por la parte derecha del escenario.
Escena II.
(Rey Tuerto, su Misericordia)
En el palacio. El Rey Tuerto se impacienta por la espera, camina en círculos.
Rey Tuerto: (Se dirige al público) Qué inmenso dolor anega mi alma. Soy el rey de este inmenso reino, tengo miles de súbditos, miles de miles, no puedo contarlos y yo soy su rey, su rey misericordioso. Debería ser rey por siempre, por siempre. ¿Pero qué castigo merecen? ¿Qué debo hacer? ¿Debo apelar a mi Consciencia? ¿Será lo mejor? ¿Tener Misericordia? Sí, debo hablar con ella. (Se acerca a la puerta con telarañas) Aquí adentro está mi Misericordia, poco la he utilizado, por eso está tan sucia la puerta, años y años sin abrirla, pero puede ser buen momento para darle uso. (Abre la puerta) ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien vive?
Sale de la puerta la Misericordia, vestida con toga romana y descalza.
Misericordia: Muy señor mío, al fin se digna de requerir mis servicios.
Rey Tuerto: Sí, lamentablemente sí.
Misericordia: ¿En qué puedo servirle, mi rey?
Rey Tuerto: He tenido dudas y creo que también un poco de malestar en la Consciencia.
Misericordia: Jamás imaginé que usted tendría algo similar a la Consciencia.
Rey Tuerto: Y créame que yo tampoco. Nunca pensé en esos disparates, pero parece que sí existe. Yo mismo me sorprendo. Aunque, debo admitirlo, si consigo a la Consciencia, le aseguro que la ahorcaría con mis propias manos. Pero no es por eso que la convoco a usted.
Misericordia: ¿Y por qué me convoca?
Rey Tuerto: Necesito su innecesario consejo, por supuesto. Nadie como la Misericordia para darle un consejo al rey, y nadie como un rey para no oírlo. Mis súbditos hacen mucho ruido, no me dejan pensar y merecen un castigo apropiado.
Misericordia: ¡Vaya! Es impresionante, tampoco creí que usted fuera capaz de pensar.
Rey Tuerto: Y créame que yo tampoco. Y aun así la mente me atormenta, por eso siempre recomiendo no pensar nada, es mejor no pensar. Entonces, ¿qué castigo es el apropiado?
Misericordia: Tomando en cuenta la realidad. (Camina pensativa) Es verdad que no está acostumbrado a pensar y eso implica un enorme esfuerzo para usted, mi rey. Un rey que piensa, increíble, jamás en la historia había pasado. También es increíble un rey con consciencia. Inmensa sorpresa. Yo como su Misericordia -que poco ha utilizado-, recomiendo no castigar a nadie.
Rey Tuerto: ¿Segura? ¿A nadie? ¿Ni a uno? Pero si todos son responsables de mi sufrimiento.
Misericordia: Aunque sí, podría castigar uno, por un breve tiempo; así demuestra que no tolera la insolencia, pero siempre y cuando no ponga en peligro su vida. Tal vez un día sin salir de su casa, puede ser un buen castigo.
Rey Tuerto: ¡Magnifico! Sí, sí, sí. (Pensativo) Eso haremos, ¿cómo no lo había pensado antes? Es así de fácil, sí: voy a degollar a todos, tiene toda la razón. Muchas gracias por sus servicios, Misericordia mía. Sus esplendidos consejos han sido de una gran inutilidad. Lo seguiré al pie de la letra.
Misericordia: ¿Cómo dijo? ¿Qué hará qué? Pero…Considero…Debería…
Rey Tuero: Muchos peros, muchas consideraciones y basta de tantos debería. (Se acerca a la puerta y la abre) Creo que acudiré a usted cuando necesite más consejos, ya puede retirarse.
Sale la Misericordia por la puerta y el Rey Tuerto la cierra.
Escena III
(Rey Tuero, Sirviente 2).
En el palacio. El Rey Tuerto se acerca al centro del escenario.
Rey Tuerto: ¡Silencio! ¡Silencio!
Nadie habla.
Rey Tuerto: ¡Silencio! ¡Silencio!
Nadie habla. Se asoma el Sirviente 2, espera y luego entra al escenario con cuidado.
Sirviente 2: Mi rey, mi rey. Hemos capturado al malhechor.
Rey Tuerto: ¡Qué pase!
Sirviente 2: Pero hay sólo un pequeño problema…
Rey Tuerto: ¿Cuál?
Sirviente 2: Es el único súbdito.
Rey Tuerto: ¿Qué! ¿Mi único súbdito? Imposible, yo soy el rey de miles y de miles de súbditos.
Sirviente 2: (Con prudencia) Pero… se acuerda que se molestó una vez cuando no comió patatas.
Rey Tuerto: (Alza pecho con galantería) Sí, lo recuerdo y los mandé a castigar. Fue un día muy triste, porque no comí mis patatas, ay mis patatas. (Pensativo) ¿A cuántos mande a castigar?
Sirviente 2: A miles de miles, mi gran rey. Impartió una inmensa justicia ese maravilloso día.
Rey Tuerto: Sí, porque soy el rey de la justicia. Yo castigo a los súbditos para poder protegerlos de ellos mismos. E incluso, suelo castigar a los inocentes, sobre todo a los inocentes, así saben que no deben ni pensar en el mal. Jamás deben pensar, está prohibido.
Sirviente 2: Es verdad, mi excelencia, tiene toda la razón.¿Y se acuerda cuando se molestó porque no anocheció a las dos de la tarde?
Rey Tuerto: Sí, también lo recuerdo y perfectamente. Ese día impartí mucha justicia. ¿Cómo se atreve el cielo a no hacerme caso? Es un desconsiderado, un cielo que no obedece a su rey, es un cielo que no debe existir, la obediencia a mí lo es todo, sin dudar deben obedecerme. Y esa vez: ¿a cuántos cielos mande a castigar?
Sirviente 2: También a miles de miles de cielos, mi gran rey. ¿Y también se acuerda cuando se molestó porque las nubes no siguieron sus órdenes? Muy odiosas esas nubes, sí, eran muy odiosas.
Rey Tuerto: Sí, desgraciadas nubes. (Alza la mirada al cielo y a las nubes) Nubes del demonio, todavía recuerdo su mal comportamiento, mi palabra es la ley de sus átomos. Ese día también castigue a muchas nubes. ¿A cuántas nubes mande a castigar?
Sirviente 2: A miles de miles, mi magnifico rey. Usted es muy justo. Es tan justo que castigamos a todos por igual, culpables y no culpables. Sólo falta usted, pero como es el rey, usted está excepto de culpa.
El Rey Tuerto se pasea con vanidad.
Rey Tuerto: Como sabrás, mi palabra se debe cumplir, sea el cielo, sea el mar, sea el tiempo. (Se mueve con galantería) Y debo castigar, y sobre todo a mis súbditos: que son ciegos, no pueden ver nada, no saben que hasta la insolencia de la lluvia es su culpa. Por eso yo, que puedo ver, aunque muy poco. Yo puedo guiarlos y debo castigarlos. Todos ellos merecían ese castigo, debo castigarlos para poder cuidarlos, así. El castigo es para corregir, incluso, el mal comportamiento que todavía no tienen ¿Cómo no servirme mis patatas? ¿Puedes creerlo? Jamás. (Con furia se dirige al Sirviente 2) Tráeme a los culpables, a todos ellos.
Sirviente 2: (Con temor) Quería comentarle algo sobre eso, mi majestad. Es que…no hay nadie en las viñas… sólo un súbdito, es el único, los otros no sobrevivieron a los castigos… Le aseguro que registramos la inmensidad del reino… que sólo se limita a unos metros de este escenario… a un baño y creo que a una puerta que dice “salida de emergencia”. Sí, vimos en todos lados, y sólo queda uno…
La cara del Rey Tuerto se deforma de rabia, se pone roja como un tómate.
Rey Tuerto: ¡Te-Te-Teeeeee! Basta. Tráelo aquí, que las viñas serán cuidadas por sus muertos, que los muertos entierren a sus muertos. Aunque sea uno, aunque sea el último, aunque sólo quede un fragmento de su aliento aún escondido debajo de las rocas: lo quiero ver aquí, para que responda por sus actos.
El Sirviente 2 sale del escenario por la parte derecha. El Rey Tuerto se queda solo y camina de un lado al otro, pensando.
Escena IV
(Sirviente 1, Sirviente 2, Súbdito).
Afuera del palacio, el Sirviente 2 sostiene al Súbdito. El Súbdito tiene los ojos vendados, no puede ver.
Sirviente 1: ¡Por fin! ¿Qué te dijo el loco?
Súbdito: ¿Dónde estoy? ¿Quién está ahí?
Sirviente 2: Que quiere castigarlo.
Súbdito: ¿Dónde estoy?
Sirviente 1: ¿Qué le hará? Porque sabes, cuando acabe con este pobre infeliz luego seremos nosotros los siguientes.
Súbdito: ¿Hola? ¿Dónde estoy?
Sirviente 2 recoge un palo del suelo y golpea al Súbdito, éste se rasca la cabeza y cae desmayado.
Sirviente 1: ¡Lupi, lo mataste!
Sirviente 2: Ojalá, así le ahorramos el dolor a él. Deberíamos morir, así sería más fácil. (Le entrega el palo al Sirviente 1) Ahora golpéame tú, a ver sí así me voy de este mundo.
Sirviente 1: No. No haré eso, ¿y quién me golpeará a mí? Seré el único vivo.
Sirviente 2: Pero alguien debe sacrificarse, pensé que querías.
Sirviente 1: ¿Qué? No. No. Hay que hacer algo, otra cosa, piensa en algo Lupi, piensa.
Sirviente 2: Sí, vamos a pensar (pensando). ¿En qué vamos a pensar? Van a degollar al infeliz y luego a nosotros. Es un excelente momento para perder la cordura y arrancarse la cabeza.
Sirviente 1: Todavía no tengo ganas de arrancarme la cabeza, quizás en mayo cuando el sufrimiento sea menos áspero.
Sirviente 2: ¡Qué esperanza tienes de vivir hasta mayo!
Sirviente 1: ¡Ya! Tengo una magnifica idea.
Súbdito: Ayuda. ¿Dónde estoy?
Acto II.
Escena I
El Rey Tuerto está sentado en su trono, con su corona de cortón y cetro. Está solo.
Rey Tuerto: (Vocifera) ¡Silencio! ¡Silencio!
Nadia habla.
Rey Tuerto: ¡Silencio! ¡Silencio!
Nadie habla.
Entra el Sirviente 1 y el Sirviente 2, sostiene a un súbdito con los ojos vendados. El Rey Tuerto los mira.
Rey Tuerto: Adelante. (Se mueven) Alto. (Se detienen. El Rey se acomoda su corona, saca el pecho). Adelante. (Se mueven). Más lento, más lento. (Caminan lento). Ahora más rápido. (Caminan rápido). Alto, un momento. (El Rey se quita la corona, se peina con sus manos, se coloca la corona de nuevo, aclara la voz, luego frota sus manos de manera lenta y luego rápida, respira hondo). Adelante. (Se mueven) ¿Es él?
Sirviente 1 y 2: Sí, es él.
Rey Tuerto: Suéltenlo. (Lo sueltan). No, mejor no, agárrenlo. (Lo agarran). No, no, cambie de opinión, suéltenlo. (Lo sueltan, el Rey Tuerto se levanta de su trono).
Súbdito: ¿Quién está ahí?
Rey Tuerto: (Con extrañeza) ¿No me reconoces?
Súbdito: ¿A quién?
Rey Tuerto: A mí.
Súbdito: ¿Y quién es usted? ¿Y dónde estoy?
Rey Tuerto: Yo soy el rey (Muestra con vanidad su traje hecho con tela remendada). Y este es mi hermoso palacio: estás en mi palacio (extiende sus brazos en ademán de señalar sus cosas, y en el suelo hay papel arrugado, basura y vasos de plástico).
El súbdito no se mueve y luego se rasca la cabeza con una mano.
Súbdito: ¿Quién dijo que era? ¿Un buey?
Rey Tuerto: ¡Un rey! ¡Soy un rey! ¡Insolente! Yo gobierno todos los cielos, a las noches, a las hormigas, al silencio. Yo gobierno a todos. Bajo el cuidado de mis manos está todo ser vivo.
Súbdito: ¿Y yo qué soy?
Rey Tuerto: ¿Usted?
Súbdito: Claro, si usted es el rey, ¿yo qué soy?
Rey Tuerto: Usted es un súbdito, eso es usted.
Súbdito: ¿Y por qué usted el rey y yo soy el súbdito?
Rey Tuerto: Porque sí, así se ha querido. Es un decreto, muy antiguo.
Súbdito: ¿Y quién lo decretó? ¿Usted?
Rey Tuerto: (Se desespera) ¡Qué sé yo! Sería el dramaturgo, no sé. Pero usted es el responsable y debe ser castigado.
Súbdito: ¿Responsable? ¿Qué hice? Yo estaba durmiendo cuando… (El Sirviente 2 recoge un palo del suelo y golpea al Súbdito, éste se rasca la cabeza y cae desmayado). Ay.
Sirviente 1: ¡Lupi, lo mataste!
Rey Tuerto: Pensé que jamás se callaría, ya por eso habría que castigarlo. No soporto a las personas que hablan demasiado, por eso procuro hablar lo menor posible.
Sirviente 2: (Con ironía) Sí, sobre todo usted.
Rey Tuerto: Llévenselo a las mazmorras.
Sirviente 1 y 2 agarran por los brazos al Súbdito y lo la sacan el escenario por la izquierda.
Escena II
(Rey Tuerto, Maldad)
El Rey Tuerto camina en círculos pensativo.
Rey Tuerto: (Para sí mismo) ¿Cuál será el mejor castigo? ¿Cómo saberlo? Debo preguntarle a un experto, a mi Maldad. Sí, eso haré.
Se acerca a la puerta más limpia y la abre. Espera un momento. Nadie sale.
Rey Tuerto: Qué extraño, pensé que estaría aquí. ¿Hola?
Sale la Maldad, vestido de rojo y con una máscara de diablo.
Maldad: ¿Qué quieres? ¿Por qué me despiertas tan rápido? Si ayer nos vimos. ¿Qué quieres ahora?
Rey Tuerto: Necesito de tu ayuda.
Maldad: ¿En qué debo ayudarte?
Rey Tuerto: Hay un súbdito…
Maldad: ¿Todavía quedan?
Rey Tuerto: Sí, queda uno.
Maldad: Yo pensé que habíamos acabados con todos. Hay que ver si son duros para morirse.
Rey Tuerto: Sí, eso pensé.
Maldad: Más asombroso es que usted diga que lo ha pensado, no sabía que el cerebro le funcionaba.
Rey Tuerto: Y créame que yo tampoco. Y estos días he tenido, no sé algún malestar en la Consciencia (la Maldad se ríe). Sí, un leve malestar, y no sabía, es que hizo demasiado ruido y no podía pensar.
Maldad: Ahora siento que lo he visto. No sabía que ahora tenía Consciencia. Un rey con consciencia. Y no sabía que pensará.
Rey Tuerto: Y créame que yo tampoco. Pero necesito tu ayuda.
Maldad: Para el castigo.
Rey Tuerto: Sí, para el castigo. No sé qué hacer, si lo empalo, si le disparo, si lo ahorco. Hay tantas maneras. Tú eres mi Maldad, dime qué hacer.
Maldad: Lo puedes ahorcar, sí, sería lo más idóneo. La última vez empalamos a todos, ya eso cansa, hay que buscar nuevas maneras, algo más sencillo.
Rey Tuerto: Es verdad, un placer escuchar tus tan necesarios consejos.
Maldad: Sí, como usted diga. ¿Ya puedo irme?
Rey Tuerto: Naturalmente (abre la puerta, entra por ella la Maldad). Hasta luego.
Maldad: O hasta nunca, por favor.
Escena III
(Sirviente 1, Sirviente 2, Súbdito).
En las mazmorras del palacio, el Sirviente 2 sostiene al Súbdito. El Súbdito tiene los ojos vendados, no puede ver.
Sirviente 2: ¿Ya lo haremos? Porque no queda mucho tiempo a este infeliz.
Súbdito: ¿Dónde estoy?
Sirviente 1: Sí y como lo planificamos, es un buen plan.
Súbdito: ¿Dónde estoy?
Sirviente 2: Sí, antes que lo ahorquen, o lo empalen.
Súbdito: ¿Hola? ¿Dónde estoy?
Sirviente 2 recoge un palo del suelo y golpea al Súbdito, este se rasca la cabeza y cae desmayado.
Sirviente 1: ¡Lupi, lo mataste!
Sirviente 2: Ojalá, así le ahorraríamos un problema al rey, pero está vivo. Y es que habla demasiado.
Sirviente 1: Sí, por lo menos ahora se calló, así sea a palos.
Sirviente 2: Te disfrazas de la Muerte, le damos un susto, ¿y qué?
Sirviente 1: Tal vez así deje de oír el maldito ruido.
Sirviente 2: Hablando sobre eso, ¿a qué ruido se refiere? Nadie habló, nadie dijo nada…
Sirviente 1: Está loco y ya.
Súbdito: ¿Ayuda?
Sirviente 2: Sí, es eso. Desde hace mucho está loco. (Se acerca al súbdito y lo patea) Cállate, por favor, que te queremos salvar.
Súbdito: ¿Salvarme de qué? Sí estaba en casa sin hacer nada y ustedes dos me han raptado.
Sirviente 1: (Se acerca al Súbdito y lo patea) ¡Ay, me dolió! ¡Mi pierna! Creo que me tendrán que cortar la pierna.
Sirviente 2: La cabeza también, es una buena solución para cualquier problema.
Escena IV
(Rey Tuerto, Súbdito, Sirviente 1 y 2)
Están en el patíbulo: una horca en el centro del escenario. El Rey Tuerto está el lado izquierdo. Entran por la derecha el Sirviente 2 sosteniendo al Súbdito vendado.
Rey Tuerto: ¡Por fin vendrá el silencio! Con este castigo ejemplar, para siempre habrá silencio y pondré pensar con tranquilidad. Yo un rey, que sabe pensar, es sorprendente. Dicen que debería tener Misericordia. Deben saber que hablé con ella, sí, con mi Misericordia, a pesar de ser impresionante ver a un rey con Misericordia, casi nunca la usaba y nunca está de más, aunque, de todas formas, no sirvió. Luego medite, y mi Maldad, tan piadosa, tan magnifica, ha resuelto el castigo ejemplar: por ahorcamiento.
El Sirviente 2 conduce al Súbdito al patíbulo, le coloca la cuerda alrededor del cuello. Se baja.
Súbdito: ¿Dónde estoy? ¿Me puedo ir?
Rey Tuerto: Ni ante el temor de la muerte se espanta, y sigue hablando, ¿puedes creerlo?
Sirviente 2: No se calla con nada, ojalá con la muerte sí.
Se escucha un ruido muy fuerte.
Sirviente 2: Mi rey, creo que alguien viene.
Rey Tuerto: Pero no tenemos ni un invitado. No invite a nadie.
Sirviente 2: Creo que será un invitado inoportuno.
Entra el Sirviente 1 disfrazado de la Muerte con una máscara de huesos.
Rey Tuerte: ¡No puede ser! ¡No lo creo!
Sirviente 1: (Con voz macabra) Sí, sí, puede ser. Créelo.
Rey Tuerto: ¡No puede ser tú! ¡Por qué!
Sirviente 1: (Alza la voz) Sí, sí soy yo. Porque sí.
Rey Tuerto: ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Mi gran amiga!
Sirviente 1: (Con desconcierto) ¿Qué dijiste?
Rey Tuerto: No sabes lo mucho que te extrañe.
El Sirviente 2 recoge un palo del suelo y golpea al Rey Tuerto en la cabeza, éste cae en el suelo.
Sirviente 1: ¡Lupi, lo mataste!
Sirviente 2: Ojalá, así nos ahorraríamos un problema.
Súbdito: ¿Dónde estoy? ¿Quién está ahí?
Baja el telón.
Fin.
