literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos notas sobre Francisco Suniaga

Dic 25, 2021

Golcar Rojas

Margarita infanta, un boleto para viajar en el tiempo

Hay en la vida de uno como lector algunos libros que parecen buscarlo para ser leídos. Obras que se posan allí, en nuestro camino como diciedo «aquí estoy, esperando por tus ojos para sentirme vivo y hacerte sentir vivo». Libros que bien pudieron haber sido escritos por uno mismo porque lo que cuentan es tu historia. En sus páginas está tu vida, o parte de tu vida.

Algo así me sucedió hace poco cuando fui a la librería Nacho buscando los «Siete pecados capitales del venezolano» de Juancé Gómez y «Kilómetro cero» de Leonardo Padrón.

Mientras curucuteaba en las estanterías esperando que la dependienta me localizara los libros requeridos en el sistema, un pequeño libro, con la vieja fotografía de dos niños con caras tristes y de desconcierto, pareció hacerme señas. Era una imagen de dos infantes tímidamente tomados de la mano y vestidos como provincianos niños un día de domingo para ir a misa. Tomé entre mis manos el ejemplar y leí la portada: Margarita Infanta. Francisco Suniaga. Literatura Mondadori.

Una obra de formato pequeño. La pasta mate y dura (ya casi no se consiguen libros con ese tipo de pasta). En el envés daba una resumida descripción sobre el tema tratado y ponía, como una profecía de lo que conseguiría en las páginas interiores, el precio: 55,00 bolívares. Hacía mucho no veía un libro que costara menos de 100 bolívares y menos aún con la calidad del que tenía en mis manos.

Tomé el libro y, lentamente, lo acerqué a mi nariz. Inspiré profunda y suavemente el olor del papel. El aroma, inmediatamente me hizo viajar en el tiempo, a mis 10 años en La Parroquia, en Mérida.

El olor me ubicó en la librería Coquito, frente a la plaza Bolívar, en el local que mi madre le alquiló a Mercedes Pinto para que montara la primera -y por muchos años, única- librería y papelería con la que contó el pueblo. Allí pasaba mis tardes infantiles entre revistas y libros impregnados con ese mismo olor que brotaba de la obra de Suniaga. En ese momento, sentí que Margarita Infanta se convertía en una promesa de amena lectura, en un económico boleto para echar un paseíto por la infancia. 55,00 bolívares por un pasaje para viajar en el tiempo, ¡Eso es un regalo!

Con mi pequeño tesoro, me fui a casa y, una tarde de largo y caluroso apagón eléctrico a nivel nacional que nos dejó no solo sin electricidad sino también sin televisión, sin Twitter y sin Facebook, cogí Margarita Infanta de Francisco Suniaga, y me lo devoré.

Cada una de las diecisiete historias narradas por Suniaga sobre su infancia en Margarita, parecía una crónica que contase parte de mi propia niñez en La Parroquia. Las diferencias geográficas y topográficas entre la isla y el pequeño pueblo enclavado en las montañas andinas parecieron diluirse. Los recuerdos de la niñez, de la inocencia, de la infancia no distingue de terrenos. Las emociones son las mismas para un niño que nació a la orilla del oceáno que para uno que conoció el mar a los 14 años. La memoria termina siendo pura emoción cuando algo nos traslada en el tiempo a los días de juegos infantiles.

«Cuando pienso en mi ciudad, no evoco a La Asunción sino a mi infancia», dice Suniaga con toda razón. En sus líneas está dibujada la niñez de quien las lee, haya nacido en La Asunción, en Barinas o en Mérida.

La historia de la tristeza manifiesta en los acuosos ojos de su hermano en la portada del libro, me recordó mi propia historia cuando tío Expedito emocionado me regaló unos zapatos de cuero marrón que tenían una lengua espantosa y con los que se suponía debía ir a una fiesta. ¡Qué decepción cuando abrí la caja y encontré ese adefecio! ¡Qué ganas de llorar! Los zapatos, en mi mente infantil, parecían gritar «¡campesino, montuno!».

A partir de esa historia llamada «Retrato», en cada línea de «Margarita Infanta» encontré rastros de «La Parroquia Infanta», mi pueblo merideño.

El maestro Fiel fue Doña Clori, mi maestra de primer grado, el Tirano Aguirre se convirtió en el temido hombre sin cabeza o el jinete de medianoche que arrastraba cadenas en su galope aterrorizando inocentes que no se atrevían ni a asomar la nariz a la calle en las solitarias noches pueblerinas. El cine de Felix Silva fue la pared de la iglesia en la que proyectaban películas religiosas, o el Cinelandia de la calle Lora donde trabajaba mi prima Aurora en la taquilla o el Glorias Patrias a donde fui por primera vez solo a ver La Pantera Rosa.

El amigo «cineasta» Leonét bien podría ser tío Chuy, Alberto Collazo o el señor Zambrano que nos asombraban con sus exageradas historias de aventuras en selvas rodeados de peligros que solo ellos podrían salvar. Y el miedo a que un vampiro le atacara la yugular que obligó a Suniaga a dormir con una cobija enrollada al cuello, fue mi propio temor luego de ver la película y que me hacía aferrar mis pequeñas manos alrededor del cuello hasta dormirme, para evitar la mordida. Y el cruel y sangriento asesinato de «Chamero» en su bodega para robarlo se me apareció al leer la historia de Brígido, sorprendido también por un ladrón en su tiendita de La Asunción, en unos tiempos cuando esas cosas no sucedían en los pequeños pueblos del interior del país.

Al cerrar Margarita Infanta con el corazón hecho melcocha y las pupilas inundadas de niñez, no tuve más remedio que cerrar los ojos y volver a aspirar el olor a tinta y papel que me lleva irremediablemente a mi infancia y desde mis más tiernas y atesoradas querencias, darle las gracias a Francisco Suniaga por tan divertido y conmovedor viaje en el tiempo.

 

A la otra isla llegué tarde

A «La otra isla» de Francisco Suniaga, llegué tarde. Acabo de leerla en su undécima edición por Oscar Todtmann Editores de 2014. Su primera edición fue en 2005.

Llegué tarde pero no quiero dejar de decir que es una gran novela. Más allá de la historia policial característica de una novela negra, es grande por la manera de mostrarnos a Margarita, esa isla que como se descubre en el libro es mucho más que playas paradisíacas y una avenida 4 de Mayo para comprar. Tras esa isla turística que todos visitamos, hay una vida que retrata Suniaga con maestría y elocuencia. Una cotidianidad signada por la violencia y por submundos como el de las peleas de gallos.

La estructura de la novela me llamó la atención porque es menos convencional de lo esperado para el género. Arranca la historia con unos personajes y un ambiente que son abandonados en el segundo capítulo para dar paso a los verdaderos personajes protagónicos de la historia: Un abogado en decadencia económica, una madre alemana que llega a la isla para indagar la verdad sobre la muerte de su hijo Wolfgang supuestamente ahogado en una borrachera en Playa El Agua, un joven alemán que llegaría a Margarita a establecerse con su pareja, Renata, para regentar un kiosco en la playa. Richard, un negro ayudante de la pareja y amante de Renata y una serie de personajes más que se desenvuelven en torno a estos.

El primer capítulo, le permite al autor presentarnos el ambiente en el que tendrán vida personajes y hechos. Nos muestra a Margarita, pero no a la del turista. Nos enseña esa otra isla donde cobran vida pasiones y obsesiones. Donde todos mandan y nadie obedece y en donde inexplicablemente algunas empresas, en medio del caos, llegan a feliz término. Esa isla de Margarita que es un elemento tan protagónico en la novela como los personajes.

La voz del narrador va tomando ciertos matices diferentes a medida que la historia avanza. Arranca Suniaga con un narrador en tercera persona que pareciera ir descubriendo junto con el lector tanto la isla como los hechos y los personajes. Luego, en un punto casi intermedio de la historia, durante el capítulo XVIII, el narrador cambia abruptamente a la primera persona, cuando Richard, el ayudante de la pareja alemana, desarrolla un monólogo en el que cuenta como llega a hacerse amante de Renata. Es un monólogo escrito en clave de conversa entre panas. Como quien cuenta sus travesuras amorosas a un grupo de amigos mientras juegan una partida de truco o dominó. Un texto que entra sin presentaciones ni justificaciones aparentes y sale de igual manera de la historia.

Este monólogo que a primera vista luce un poco forzado, da paso a un cambio sutil en la narración cuando el narrador, aunque se guarda algunos datos, ya no parece descubrir con el lector las situaciones, sino que parece conocer a profundidad detalles tan íntimos de los personajes como las notas que Wolfgang apunta en una libreta cuando empieza a dejarse arrastrar por la pasión que le generan las peleas de gallos.

Y es en este punto cuando Suniaga hace muestra de una gran maestría para dibujar personajes y situaciones. Nos pinta con una pluma apasionante y sobrecogedora el mundo de las peleas de gallos con unas descripciones vividas de las peleas, de la violencia embriagadora de esa práctica que le permite hacer una especie de tratado acerca de lo que es la violencia animal como característica de una especie, una violencia innata carente de crueldad o premeditación, una violencia reptil. Y esa otra violencia, la humana, la que hace que nuestras morgues se sobrecarguen los fines de semanas con las víctimas. Una violencia que parte de un cerebro reptil no domesticado y que puede llegar a hacer que un jugador reviente contra una viga la cabeza se su gallo perdedor. La violencia humana que Wolfgang pareciera haber llegado a dominar civilizadamente, pero que puede estar agazapada bajo la apariencia de civilidad. Al alemán también le llega su turno con uno de sus gallos y Suniaga deslumbra a describirnos el mundo interior de este hombre arrastrado por una pasión.

Hay pasajes en la novela como cuando Wolgang tiene el primer contacto con los gallos que es realmente magistral. Es una especie de ritual de iniciación cuando Fucho, el criador de gallos le tiende un ejemplar al alemán para que lo sostenga y que marca el punto de no retorno en la pasión gallera que se desata en este hombre que nunca había tenido contacto alguno con gallos de pelea.

La investigación sobre las circunstancias de la muerte del alemán se desarrolla de manera paralela con una investigación literaria del abogado y un amigo para tratar de descifrar un sueño en el que al abogado le dictan un párrafo en inglés y ambos personajes se empeñan en descubrir de dónde proviene. Es una especie de licencia literaria para enmarcar la historia en un contexto de literatura latinoamericana.

Al final, se descubre el origen del texto mientras que la muerte del alemán queda entre interrogaciones, pero nos queda cincelada en la mente, esa otra isla que nos seduce y nos asusta. Esa isla que le permitió a Suniaga mostrarnos alma y esencia de sus personajes.

«La otra isla, la que comparte el sol, la brisa y el mar azules, la isla invisible pero espesa donde todo se posterga, la isla sin tiempo del mañana, mañana, la de todas las miserias, la isla donde anida la tristeza, escondida tras una sonrisa, la que obliga a vivir sin hipótesis y a morir de la misma manera».

Sobre el autor

*Tomado del blog del autor: https://golcarrm.wordpress.com/

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