literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Raúl Valera

Oct 24, 2025

Mañana sí será

Las casas del camino pasaban por las ventanillas y quedaban atrás con sus corredores entejados. El pavimento tenía alfombra de árboles dormidos bajo el sol. Por el otro lado deslizaba la cicatriz rojiza de la carretera. Brillaban los valles de caña en láminas recortadas y los cerros estaban lavados y vestidos de verde botella. El autobús había venido escotero por las livianas planicies, bajo los trechos frondosos. Pero ahora iba cuesta arriba, fatigado y acezante. El piloto sudaba bajo su cachucha azul. Era melenudo y flaco. Los pasajeros aupaban junto con él, inclinándose sin quererlo hacia adelante para hacer más liviana la carga.

En el último asiento venía una pareja. Era un par desigual: un hombre muy grande y una mujer muy chiquita. El hombre era tranquilo y pesado, como si fuera consciente de su tamaño. Ella era vivaracha y con los ojitos brillantes. En todo el camino se habían venido cambiando palabras. Él decía dos o tres y ella le susurraba un chorrito largo al oído. Luego sonreía y miraba por la ventanilla, mientras balanceaba las piernas sin tocar el entarimado. Ahora en la cuesta no ayudaban al conductor. Se habían tomado de las manos. La pequeña de ella se había acunado en la de él. Parecían dormidos, echados hacia atrás e indiferentes, como si formasen parte de la arrastrada carrocería. Su cabeza se inclinaba hacia el hombre. Éste, de vez en cuando apretaba un poco su manecita y la miraba de soslayo con ternura.

Habían venido allí algo separados de los demás. En las paradas de ruta, ella se había quedado con los ojos entornados mientras él iba y volvía con un paquete cualquiera en la mano. En silencio masticaban unas galletas, papelón y un pedazo de queso.

¿Y ustedes, no van a bajar? Los dos movían la cabeza. Porque el papelón era más dulce allí, en su rincón. Comían y bebían mirándose y sonriendo a cada bocado. A veces ella dejaba sobre la falda la galletica para apretarle la mano. Otras veces, después de asegurarse de que nadie la veía, extraía de su boca un pedacito de papelón y lo introducía en la de él. Ella sabía que a él le gustaba. Con salivita y todo. Él la había acostumbrado. Ella sabía que a él le encantaba su salivita. Ella sabía que a él le agradaba olería. Él le metía la nariz por debajo de las orejas La hundía en el pelo castaño. A él le gustaba su pelo castaño barba de jojoto. Con las dos yemas de los dedos le oprimía la nuquita y con giro rotatorio recorría el conuquito de sus vellos. Ella tenía un pocito tibio en la boca. Las playas del pocito eran rosadas. Las piedras del pocito eran blancas.

Ella tenía su pocito tibio con playas rosadas.

No habían visto nunca la ciudad. Los dejaron a la orilla de un puente. Debajo del puente descansaba un montón de autobuses viejos, de un azul desteñido, inmóviles, en su última parada. El río pasaba vacilante, con un traje de playas demasiado holgadas. De las orillas rojas comenzaban a nacer los edificios blancos, altos e iguales. El río pasaba despectivamente junto a ellos.

Hombres con tiras de papel gritaban números al aire.

—Mira lo que dice. ¿Tú oíste?

Él sabía algo de eso. Él le iba a explicar ese negocio de la ciudad. Pero cuando le vió la cara tan iluminada, sintió lástima de arrancar su esperanza.

Hundió la mano y pagó al hombre con franela rayada. Éste torció con sus dedos sucios un pedazo de papel.

El hombre grande y la mujer chiquita se fueron andando. Ella iba dichosa y radiante, apresurando sus pasos menudos, mientras él reiteraba sus largas zancadas. De su diestra guindaba una vieja maleta de cartón. Ella oprimía un atadito de pañuelo rojo.

Ésta es la ciudad. Ésta es el sueño de ella. También en su esperanza. Ha pensado mucho en la ciudad. Una cosa maravillosa y rara. Mucha gente y muchos carros. Mucha bulla. Y ella, metida allí, entre todo eso. También mucho dinero. Su hombre era grande y poderoso; podía ganar mucha plata con sus manos anchas. Podía guardar bastantes monedas blancas en sus grandes bolsillos.

Su padre estaría con la cabeza agachada. Su madre estaría chorreada de lágrimas. Le daba lástima. Se le encogía el corazón pensando en eso. Era una maldad haberse venido así. Reconocía que era una bichita mala. Porque eso no se hace al viejo y la vieja. Ella sabía eso, como no. Pero no sabía cómo había sucedido. Le dijo a él que soñaba con la ciudad. Le dijo que ella era suya, suyita. Ya no podía aguantar la ojeriza de los dos viejos. Además, no podía resistir aquello otro. Tenía ansias de saltar la tapia. Todo estaba prohibido. Nada se podía hacer. Y allá adentro tenía un fogón prendido, una candelita dormida y caliente. Unas brasitas vestidas de ceniza. Los muslitos sentían alfileres. De abajo arriba y de arriba abajo le venía un bicho malo caminando. Así sería el daño o el maldeojo. Era desconocido y apremiante. Quería y no sabía.

Y ahora tenía miedo cuando pensaba en él. Porque eso se llama una tapara hueca. Francamente. Un hombre tan grande. Aquella cabeza tapada con sombrero alón. Aquellos brazos que llegaban casi a las rodillas. Aquellas piernas tan largas y fuertes. Un hombre tan grande. Era loca, eso no lo dudaba. Era una bichita loca. Un hombre tan grande para una bicha tan chiquita. Era para amarrarla y pelarla. Sí, señor. Ella merecía una cueriza en las nalgas. Y que después le echarán sal con aceite. Y que la mandaran a acostarse boca abajo, desnuda, para que la picaran las moscas. Y que después vinieran los gusanos sembrados por las moscas. Y que las nalguitas quedaran peladas como paticas de guacharaca. Y que se acabara todo. Y que el bicho malo se fuera, el daño malo que subía y bajaba por sus piernas. Que los gusanos se comieran también el bicho malo del tormento.

Pero ocurría que su cara de él era una cara dulce, de niño peludo. No era la cara de los hombres que siempre veía. La cara de él era limpia y llana y uno se podía asomar a ella como a una lata llena de agua. Devolvía la imagen de uno mismo. Se comprendía siempre lo que pensaba. Sus ojos grandes y mansos decían todo lo que él quería decir. No necesitaba abrir la boca. Su cara era tierna como la de un animal criado en casa. Cara de perro juguetón. Cara de becerro chiquito. Cara de santo con vela. Por eso ella no se había fijado en su tamaño, porque su cara estaba siempre bajita y humilde. Ella podía alcanzarla a través de las cayenas del cercado. Estiraba la mano y tocaba su barba. Ahora que caminaba junto a él se daba cuenta, pero antes no. Sería que el muy zángano se agachaba detrás de las cayenas. Pero eso no le hacía. Ella pensaba que en la almohada las cabezas serían de la misma altura. No importaba que le sobrara un pedazo de hombre. Eso no quería decir. No le gustaban los hombres chiquitos con ojos chiquitos, con paticas chiquitas. Esos hombrecitos la miraban de una manera descarada y extraña. Le daban grima y calofrío unos ojos chiquitos hincándole la carne.

Por eso a él le repuso que sí, con sólo dejar caer los párpados.

Situó la maleta junto al sofá y se arrellanó, estirando las piernas debajo de la mesa. Ella ocupó un pedacito al lado y apenas tocaba el cemento roto con las puntas de los pies.

Los dos italianos discutieron en su idioma por un buen rato. Al parecer el negocio era en sociedad y la tarifa revisada con cada nuevo cliente. Al fin uno dijo, terminante, pero con lengua resbalosa:

—Seis bolívares por los dos. La cama sola.

Iba a alegar que quería también la comida, pero sintió la mano de ella que le apretaba; volteó y sus ojos dijeron que no. Era más barato comer por su cuenta. Claro estaba. Sonrió al pensar que la mujercita sabía defenderse mejor.

—Pasen adelante.

No era aquello lo que había esperado y deseado. El cuarto era sólo media habitación dividida por un tabique vacilante. Francamente, aquello no era bueno. Él pensó en todo a un mismo tiempo. Qué calamidad de cama, pegada a un tabique tan delgado y zancón. Un bombillo sobre la mitad de la división alumbraba los dos cuartos. Cómo y quién apagaba esa luz. Dónde estaba el aparatico para accionar. Quién dormiría en el otro lado.

Los dos se miraron, sin saber qué decir. Él le pasó la mano por la cabeza y al llegar a la nuca la atrajo hacia sí. Ella se empinó y él la besó silenciosa y largamente, hasta que ella le quitó con fuerza las manos y miró con temor hacia el otro lado.

Recorriendo la coleta empapelada halló una rotura y por allí enfocó un ojo. En el ángulo opuesto estaba otra cama y echado boca arriba, con la cabeza tapada con un paño, dormía un hombre desnudo. La sangre le subió de un soplo cuello arriba.

—¡Déjame ver!

Él le puso la mano sobre el pecho. Ella no podía mirar. Aquel hombre estaría soñando, quizás. Una rabia agazapada le hizo temblar las manos. Pensó ir a buscar a los dos musiues y pedirles otro cuarto o que le devolvieran sus seis bolívares. Estaba en esto, pero al volverse descubrió que ella, sentada sobre la maleta, se quitaba un zapato con la pierna montada. Él se rascó la cabeza y vaciló. En su pecho el corazón se lanzó a tamborear.

Ella se sobaba el pie cansado. Tenía la mitad blanca y la mitad parda. Los dedos y parte del empeine estaban blancos. Lo demás tenía la huella del sol. Su pierna levantada abría el paso de los ojos hacia la sombra.

Él se asomó a la puerta a buscar el cierre de la luz. Luego volvió y se quedó mirando fijamente el bombillo, como si quisiera apagarlo arropándolo con sus ojos grandes y húmedos.

Mientras tanto, ella se quitaba el otro zapato y se sobaba la otra patica con huellas de sol y sombra.

De nuevo asomó al corredor. Todo estaba oscuro afuera. Los dos italianos se habían encerrado. Otra vez miró por el hueco del tabique. El vecino desnudo continuaba en su sueño.

Luego de tantear la fortaleza de las patas, subió a la cama y torció el bombillo. Bajó de prisa, sacudiendo la mano quemada. Maldijo entre dientes. Tenía el pecho esponjado de ira.

En la oscuridad sintió que ella se despojaba de las ropas. Él hizo lo mismo, pero antes ocultó el portamonedas bajo la almohada.

Al fin se subió a la cama, sacando los dos pies por entre los barrotes. Su respiración era agitada. Era igual que un susto. El sudor le corría por la frente. Aquella cama tan pequeña, para una sola persona. El tabique delgado y roto, con un vecino así al lado. Además una quemada en la mano.

Después de un silencioso lapso lleno de esos pensamientos comprendió que la pequeña mujer estaba inmóvil, sentada aún sobre la maleta. Estaba allí esperando.

—Vente.

Pero ella no se movió a su apagada invitación. De la puerta entreabierta entraba una mancha de luna que la iluminaba de los hombros hacia abajo. Semejaba una figura sin cabeza.

—Ven acá, mija.

No se movía. Estaba abandonada allí, sobre la maleta. Era el equipaje mudo en medio de la oscuridad. Quieta y sin cabeza, como un juguete roto y olvidado.

Él extrajo con dificultad las piernas por entre los barrotes y fué a cerrar la puerta. Luego la tanteó en la oscuridad. Pero sus carnes se endurecieron. No quería arrastrarla. Esto se sumó a lo otro y la rabia subió más arriba, hasta enredársele en la garganta.

La soltó y se quedó sin decir nada. Aquello era distinto de lo que había pensado. Muy distinto. Ahora ella también debía echar su lavativa, para acabarlo de componer.

Se agachó y le susurró al oído.

—Acuéstate tú —le insinuó ella con un soplo.

Él chasqueó la lengua. Muy bajo murmuró:

—Si tú no te acuestas, me quedo aquí.

Y se sentó en el suelo, junto a la maleta. Ella le pasó la mano por el pelo áspero y se lo apretó en una ruda caricia. Luego le buscó una oreja y se la haló. Él gozó de aquello fingiéndose indiferente y no retribuyó en nada. Entonces su manecita siguió por el cuello y la nariz, recorriéndolo todo. Después bajó la cabecita hasta rozarle suavemente la nuca. Al pasarle por la oreja le sopló su tibio aliento y lo mordió. Vaho de ardor. El hombre grande sintió una sacudida y la sangre espesa que se agolpaba. Sus labios la buscaron y el vaho ardiente estuvo ahora frente al suyo. La besó hundiéndole los labios entre los de ella, sus dientes blancos y su salivita.

Ella dió la señal con su boca semiabierta.

Incorporándose con lentitud la tomó por debajo de los brazos y la alzó. Cuidadoso la colocó en la cama y se acomodó junto a ella, sacando afuera los pies.

La arropó y le pasó el brazo bajo su cabecita. Ella pensaba que estaban iguales los dos, al nivel de la almohada. Él la apretó y ella crujió como una mazorca.

Él se había olvidado de todo. Ella también. Él no pensaba en nada sino que la sentía en sus brazos, tibiecita y fina, blandita y palpitante. Ella no pensaba en nada porque sentía un fuego que la rodeaba. Sus movimientos negativos, de instinto, eran inconscientes: su manecita apartaba mientras su boca buscaba ansiosa la de él. La cama comenzó a sacudirse y a chirriar, sin que lo advirtieran. El tabique se contagió del estremecimiento.

El vecino se sentó al borde del lecho. Había despertado con sobresalto. Sintió el sacudimiento y quizás pensó en un temblor de tierra. Es verdad que la tierra tiembla cuando dos se aman, pero el vecino no recordaba eso y resueltamente arrastró una silla y prendió la luz.

Acá se inmovilizó el grupo.

—¡Apague esa luz!

El otro sin responder destornilló enseguida y volvieron las tinieblas. Pero el hombre grande y la mujer chiquita también volvieron a la realidad. Se fueron desinflando los dos, mientras el fluido ardoroso se escapaba lastimosamente. La respiración ansiosa se iba aplacando y comenzaron a sentir el sudor que lubricaba sus cuerpos.

Después se quedaron allí, esperando. El hombre de al lado debía dormirse otra vez. Había que esperar. Ellos habían esperado mucho este momento. Y ahora, en este momento, tenían que seguir esperando. Esperar y esperar.

Él pensaba en lo incómodo que estaba. Con el entusiasmo había encogido las piernas y ahora las sentía acalambradas y temblorosas. No se querían mover, no quería meter los pies allá abajo, porque después no se podría voltear de medio lado. Ella estaba quietecita, pegadita a su pecho. No se querían mover. Pensaban que era como si estuviesen escondidos allí, con el viejo y la vieja espiándolos del otro lado. Era también como si se hubiesen introducido clandestinamente en la casa de los italianos, sin pagar por la cama. El maldito bombillo, el maldito tabique y el maldito vecino. Por qué no seguiría soñando. Mejor, por qué no iría a buscar la mujer de sus sueños. Por qué tenía miedo de un tabique estremecido. Los miraría a los dos cuando encendió la luz.

En la madrugada los gallos cantaron y el vecino comenzó a roncar. Él se inició furtivamente. Ella estaba dormida. Sus besos la despertaron y susurró somnolienta:

—Dejémoslo para mañana.

Él deseó oponerse. Pero ella acunó su cabecita bajo su cuello y se volvió a dormir. Era tan pequeña, tan buena y tan dulce. Era tan chiquita y tan fina y tan menudita. Y él era tan grande y tan fuerte. Cómo no concederle el reposo del sueño, si estaba tan cómoda ahuecada bajo su brazo.

Cuando se aseguró que el vecino se había largado, después de hacer mucho ruido con una palangana, fué a la calle por algo para comer. Se presentó con dos vasitos de papel llenos de café. Comieron y bebieron el café que sabía a hormigas. Luego él comenzó a rascarse la cabeza y a pensar. Tenía que rasparse el pellejo con las uñas para pensar, pues no estaba acostumbrado a eso de darle vueltas a una idea y encontrar soluciones.

Ella lo miraba con curiosidad. De pronto dijo:

—Tú eres zoquete, mijo.

—¿Quién, yo? ¿Por qué soy zoquete?

Pero no quiso explicar. Él se puso colorado y aquella calificación le turbó lo que estaba pensando. Ahora perdió el hilo. Qué buena broma, quizás tenía razón la mujercita. Si hubiera sido otro hombre se hubiera portado distinto. Claro que sí. Si hubiera sido el vecino de al lado. Pero él era un zoquete, estaba convencido. Qué importaba todo aquello. ¿Qué hubiera podido pasar? Él estaba pagando sus reales por la cama. Tenía derecho a estar allí y la mujercita lo quería. La muy zángana había dicho que lo dejaran para mañana, y ahora se burlaba de él. Quizás debió insistir, pero no lo hizo. Gran zoquetón que era. Él sí había oído decir que los hombres grandotes son muy tontos. No lo creía, pero ahora se estaba convenciendo. ¡Y qué grosería de mujercita! Cómo se lo decía en su misma cara. Y ahora estaban en mañana y no se podía. Por el corredor transitaban los dos italianos discutiendo con los pasajeros y fijando precios. La puerta no tenía sino una aldaba rota. Podía arrimar la cama de tranca, pero no podía estirar hasta arriba el tabique. Cualquiera se podía asomar por el maldito tabique.

La mujercita se le acercó y se adhirió a su cuerpo. Él le pasó la mano por la cintura y ella le recostó la cabeza cerca del ombligo. Así parados los dos ella parecía retoñarle de abajo, como un hijo de cambur. A su contacto apartó los rencores. Él le preguntó si lo quería de verdad verdad. Ella se quedó un rato mirándolo, con los ojitos sonreídos.

—De no quererte no estuviera aquí.

Eso era verdad. Bueno, ahora podía pensar otra vez en aquello del principio. Tenía que buscar qué hacer porque traía muy poco real. Tenía que encontrar dónde ganarse la comida y la cama, para los dos. Pero la cosa no era fácil. Encontrar trabajo sí, él podía hallarlo al voltear la esquina. Con esa fuerza que tenía podía descargar un camión sin que nadie lo ayudara. Él podía tumbar una mula de un puñetazo en la nuca. Él partía un ladrillo con la mano como quien parte una arepa. Pero la cuestión era la mujercita. Qué hacía él con ella mientras trabajaba. Dónde la dejaba guardada. Pensaba con horror que se quedara sola en el cuarto del tabique. Si fuera más chiquitica se la metía en un bolsillo y se la llevaba. ¡Por qué no se volvía más y más chiquitica! Pero en el cuarto sola no la podía dejar. Por nada del mundo. Mucho menos con el vecino ese. Con el sinvergüenza ése que estaba falto de mujer.

Anduvieron de la mano por la ciudad. La muchedumbre los tenía mareados. Esa carramentazón de largas hileras. La gente se empujaba. Todo el mundo parecía apurado y angustiado. Los conductores maldecían con las puertas entreabiertas. Hombres y niños gritaban vendiendo cosas y les metían en las narices los pedazos de lotería. Ella se acordó del trocito que había comprado. El hombre había dicho que estaba premiado. El hombre aquel de la franela rayada. Ella sacó el trocito y se lo puso en la mano. Se acercaron por allí y preguntaron. No había salido nada. Un negro muy vestido de limpio, con tabaco mordido, consultó un papel lleno de numeritos.

—Se te negó la suerte, mijita.

Ella no entendía eso. A ella le habían dicho que era el primer premio. Qué cuento era ese ahora. Él se la llevó. Luego le iba a explicar. No le había querido decir nada. Quién quita que hubiera salido. No la quiso poner triste al entrar en la ciudad. No le quiso cortar la esperanza. Además, ella podía ser sortaria. Dicen que la suerte es loca. Pero ella estaba anegada en lágrimas. Lloraba de la rabia y pensaba en el hombre de la franela a rayas que la había engañado. Comenzó a odiar la ciudad. Comenzó a temerla y a desear escapársele.

Ella veía aquel hombre grande que era suyo y la miraba con sus ojos mansos. Pero era un muchachote nada más. Tenía mucha fuerza. Pero un camión de ésos tenía más fuerza. Uno de esos autobuses podía llevarse su hombre grandote y pasarle por encima. Y ella se iba a quedar solita. Ella sin nadie que le diese sombra entre aquella gusanera de gente. Había visto rostros tan raros pasar a su lado. Había visto unas narices que no se había imaginado que existieran. Tanto musiú con ropas de mujer. Además la gente los miraba a los dos. Ella tan chiquita y él tan grande. Ella creía que los miraban. De puro embuste. Ella tenía sed. Frente a ellos, del otro lado de la calle, había un carrito con un hombre de batola blanca y campanita.

—Yo quiero un poquito de eso.

Él vaciló. —Espérate aquí—, le dijo y se lanzó a la calle. Un frenazo agudo chilló como un can apedreado. Ella miraba sin poderse mover. Su hombre había salido despedido contra el suelo. Allí tendido parecía un bagazo frente al camión enorme. Vino tanta gente que lo perdió de vista. Oía pitos y exclamaciones de mujeres. Ella se recobró y pudo mover las piernas. Había mucha gente, pero ella se metió por entre todos como una lagartijita entre el monte y llegó a su lado. El hombre se había sentado y un agente de policía trataba inútilmente de levantarlo por los brazos.

—¡Ayúdenme! —gritó el gendarme.

Ella le metió su manecita con valor. Tres hombres no podían.

El hombre sacudió ambos brazos y apartó todo el grupo. Estiró la mano buscando su sombrero. Alguien se lo alargó. Pesadamente se incorporó sacudiendo el sombrero con las manos.

—Pero quítenle esa mujercita de encima —insinuó alguien.

Ella estaba adherida a él, empinadita en la punta de los pies, escudriñándole de arriba a abajo.

—A mí no me ha pasado nada —refunfuñó.

—Pero si lo han batido contra el suelo. Vamos a llevarlo.

El agente se desplazó fuera del grupo.

—¿Dónde está el chofer?

Un hombrecito pálido se adelantó, barbotando disculpas.

La gente miraba con curiosidad al hombrezote con la mujercita guindando.

—Usted está aporreado, mano.

—Usted le pegó esa cabeza al suelo, vale. Déjese curar.

—Vaya al Puesto de Socorro. El policía lo va a llevar.

El hombre continuaba sacudiendo el sombrero, sin contestar las ansiosas preguntas de la mujercita. Todos le decían que se fuera a curar y la dejara sola. ¡Cómo no!

—No me pasa nada, mija, Vámonos.

La tomó de la manecita y salió del grupo, calle abajo. Allá quedó el agente de policía gesticulando frente al chofercito pálido de brazos cruzados.

—Aguántame la mano tú —dijo.

Ella lo agarró duro, con toda su fuerza.

La vista se le estaba poniendo terrosa, amarilla; las cosas parecían pasar debajo de un río crecido y sucio. Los oídos zumbaban como grillos impasibles. No estaban lejos de la casa de los italianos. Pronto iban a llegar. Ahora deseaba estar echado junto al maldito tabique y no le importaba el bombillo prendido ni el agujero del vecino, porque no estaba viendo nada.

Con su instinto de animalito ella encontró la casa y le condujo puertas adentro. Le apretaba muy duro la mano. En el zaguán los dos italianos cobraron sus seis bolívares adelantados. Él se tanteó el bolsillo y le puso la monedera en la mano. Ella sacó las monedas y los italianos se alejaron al fondo, siempre discutiendo. Se detenían un momento y se manoteaban la cara. Luego seguían otro pedacito para hacer lo mismo más adelante. Ella lo sentó junto a la cama y le quitó el sombrero. Con mucho trabajo le libró del enorme paltó. Observó que sus brazos estaban pesados y resbalosos. Después lo recostó y le colocó la almohada.

—Mete los reales aquí abajo.

Ella obedeció silenciosa. Se acercó al espejo y se vió. Aquélla era otra mujer o aquel espejo estaba malo. Luego volvió a su lado y le pasó las piernas por entre el enrejado del camastro.

Después subió a la cama para apagar la bombilla. No alcanzaba y apoyó un pie sobre la gruesa pierna inmóvil.

—¿Te maltrato?

Él movió la cabeza negativamente.

—Si tú no pesas nada, mijita. Tú eres una pluma de pájaro.

Ella le alzó el brazo y se metió debajo. Sintió que él la apretaba. Él la sintió a ella, pegadita y liviana, muy juntico de él. Un poquito más abajo estaba su cabello barba de jojoto. Un poquito más abajo estaba su boca con su salivita. Un poquito más abajo estaba toda ella en sombra. De puro zoquete no había llegado allí. Los hombres grandes son zoquetes. Eso no tiene vuelta.

Tenía mucho sueño. Era un sueño amarillo y pesado como un buey.

—Apaga esa luz, mijita.

—Ya la apagué, mi amor. Esto está oscurito. Descansa tranquilo.

Él comenzó a respirar con fatiga.

—Esta noche tampoco será.

—Puede que mañana.

—Sí, mañana sí será.

Qué sueño tan pesado. Pero ahora era sabroso; sentía que se iba lejos, como si le estuvieran estirando el pescuezo sin dolor. Sentía una cosquilla hacia la nuca. Le bajaba de lo alto de la cabeza. Qué sueño tan dulce y pesado. Ella estaba junto a él, muy pegadita. Todo se le iba haciendo irreal, pero siempre le sentía a ella, tan chiquitita, tan blandita y suave, tan livianita. Pluma de pájaro en su costado. Lirio de río en la orilla.

—Puede que mañana. Qué sueño dulce y largo.

***

La alcancía de barro negro

I

Sus alpargatas fueron hendiendo la tierra floja. Cuesta arriba, la calle se izaba de la pulpería hasta los pies del templo; atrás quedaban las dos fosas claras de las puertas, cavadas en la profunda tiniebla.

Avanzaba pesadamente, como si le fuesen atajando las manos suaves y blandas, las manos frías y supersticiosas de la noche.

Detuvo el paso, le halaba un deseo irresistible de ahuecarse en la grama, de aspirar profundamente olor a monte.

La noche estaba honda, apretaba el frío seco del verano, y por ratos venían del Oeste grandes ráfagas de aire que al penetrar bruscamente en la dormida calma del bosque, levantaban un revuelo airado de hojas, un quejumbroso crujir de añejos troncos y agudos silbidos que se alejaban elásticamente. Oía con vago regusto el amaine del viento; las voces dispersas y bajas se iban sumiendo una tras otras, hasta adormirse en la negra espesura claveteada de luciérnagas.

Quedó allí, tendido, con los ojos hacia lo inescrutable.

Sobre su vista palpitaba la inmensa ciudad de las estrellas. Su cabeza pesaba sobre la tierra; entrecerró los ojos y sintió su brazo hincharse, crecer desmesuradamente; luego sus piernas se iban agigantando y por ellas sentía fluir un rio caliente de interminable sangre.

-¡Buena noche! -sonó una voz, y el chas-chas de los pasos que se iban torciendo.

– ¡Allí va José el Isleño!

– ¡Buena noche! -rasgó otra voz.

– ¡Allí va Eduvigis Bueno!

Se iban viendo como manchas, hasta borrarse.

Se levantó para marcharse; deseaba correr y estar de un brinco metido en la cama, cubierto de cobijas y con una gran almohada sobre su rostro.

-¿Guá, chico, y qué horas son? -exclamó lentamente la mujer.

-Tarde, respondió comenzando a desnudarse.

Sobre la repisa, la luz del candil ondulaba redondeando la forma de las cosas.

-Y tú… ¿Por qué no estás dormía?…

Ella se revolvió entre los trapos, haciendo chirriar la madera del camastro.

– ¡Guá!…

Metido en la cama y rozando el tibio cuerpo de su mu-er, le embargó una sensación vaga y oprimente en la nuca y como si los músculos de los brazos y del tórax se le fuesen encogiendo: un dulce calambre le cosquilleaba las pantorrillas, haciéndole recoger las frías y nudosas piernas. Sopló ruidosamente la luz y quedaron en una oscuridad vaporosa. Su brazo izquierdo pasó bajo la cabeza de ella.

-¿Pablo?

El contenía el aliento; luego, con un esfuerzo casi doloroso:

-Está la noche bonita, m’hija… Hay una estrellamentazón!…

La oprimió contra si. Josefa, al comienzo extrañada, se fue contagiando de su estremecimiento.

-¿Pablo? -volvió a decir, para entonces soltar en las tinieblas una risa convulsa.

La madera crujió.

Afuera volvía a silbar el viento. El bosque se estremecía gozosamente.

II

Por la mañana entró con la voz de siempre:

-¿Quiés café?…

Se sacudió malhumorado, restregó su mano áspera por el rostro y tomó la humeante taza, sin mirarla. Le agitaba una rabia inexplicable y sorda al presentir la fatua sonrisa de ella en la débil claridad.

De pronto escupió rabiosamente, barbotando confusas palabras.

-¿Qué fue?… ¿Tienes hipo?…

Pero no respondió; continuó sorbiendo calmosamente el hirviente bebedizo y escupiendo a cada trago.
Ella estaba oprimida. Hubiese querido colarle de nuevo, pero no podía iniciarlo: un nudo esponjoso le hinchaba la garganta.

-¡Este piazo de hombre! -rezongaba después en la cocina, mientras soplaba a todo pulmón los rojos tizones, el humo inundaba el aire, y de sus ojos comenzaron a deslizarse largas lágrimas silenciosas.

-¡Este piazo de hombre! -repetía, mientras recordaba con rencor la escena de la noche. ¡Pablo estuvo tan distinto!… Y después, ahora… ¡el muy zángano!… parecía más bien asqueado… arrepentido…

-¡Piazo e bicho!…

III

Era una excepción en Altos de Pipe. Allí los hombres aceptaban calladamente la vida tal como ésta viniera. Nacían y crecían entre el mísero conuco mal cultivado, tal como nacen y crecen las setas inmóviles entre la montaña. Aceptaban la tiña de la enfermedad y el desgajamiento de la injusticia; el largo verano y el aguacharnado invierno: del cielo podían venir por meses enteros raudales de fuego o ríos de agua. De la capital del Estado podían lanzar un Jefe Civil pacifico o autoritario. La cosecha podía ser espléndida o perderse. Para ellos era lo mismo.

-Que si no se dio el mai… ¡Qué vamo hacé! -Que se perdió el frijó… ¡Qué vamo hacé!

-Que no quié llové… ¡Ya lloverá!

-Que no quié escampá… ¡Ya escampará!

Guarate era distinto, no parecía de allí. Se había levantado luchando a puños contra la naturaleza; fracasaba aquí y ensayaba allá, repetía su trabajo a golpes, obstinadamente.

-¡Maldita tierra! -exclamaba, mirando alrededor de las cosas con sus pequeños ojos rojizos.

No tenia bastante plata y la semilla estaba por las nubes. Necesitaba semillas y brazos, porque así como un solo árbol no hace montaña, Pablo Guarate solo no podría con la cosecha. La idea sencilla y subyugante de la fuerza por la unión le parecía ahora espléndida y verdadera.

Después de muchos rodeos, hurgando maliciosamente por las callejuelas y los ranchos, logró reunir varias pequeñas fortunas; para ello tuvo que vencer la mohína resistencia de sus paisanos.

-Medias? Ni en los pies!-decían por allá.

Pablo logró convencerlos; Macario Rivas vendió su vaca parida Eduvigis Bueno realizó dos de sus tres ociosos burros. Pantaleón Carrasquel y Francisco Hernández podían castrar algunas colmenas.

-¡Pero no necesito plata no más! ¡Ustedes deben fajarse conmigo!

A la hora de comprar la semilla el precio había subido; además era necesario cubrir el flete desde Caracas. Pablo regresó cabizbajo de la capital, con el sombrero metido hasta la nariz.

-¡Ah Josefa!
-¿Quiés café? -respondió asomándose a la puerta de la cocina.

-¡Umjú!

Y cuando tenía entre las maros la vicia taza, la miró por debajo del ala con sus ojillos rojos y escudriñadores.

-¿Quién me podrá emprestá unos riales, Josefa?

Pensativa, miró al suelo de tierra; la greda, bien barrida y apretada brillaba casi. Así quedó por un instante sin dejar caer una palabra. Lentamente la carne pálida y como transparente se le iba incendiando, le iba haciendo contraer la boca, torcer la nariz; por debajo de las negras crenchas de pelo resaltaban las orejas como la flor del bucare apunta en la garganta oscura de los cafetales.

-Ah! ¡Ah! La muy zángana! -pensaba.

Se complacía en notarla cada momento más confundida, más envuelta en su propia torpeza. Pero ella no resistió más y con la cabeza gacha se fue a la cocina. La siguió, despacio, con el sobrero caldo sobre la cara.

-¡No! gritó ahogadamente. -¡Ah! De modo que…
-Que no! ¡Que no! -repetía Josefa, con la mirada húmeda y secándose ambas manos en el delantal a cuadros, como si las tuviese llenas de agua.

Cruzó los brazos sobre el pecho. La vela con una extraña sonrisa de maldad. ¡Ah! ¡La infeliz! La pobre diabla! Tenía quince años tirando centavos en aquella vieja alcancía de barro negro, cuanta moneda cayera en su poder se la tragaba la boca angosta y torcida de la vasija. Eso era así desde que se casaran ¿Y para qué?… ¡Maldita estampa!… ¡Para cuando viniera un hijo! ¡Ah! ¡Ah! ¡La muy mula! Su vientre enteco se los negaba del mismo modo que a él se le negaba la estúpida tierra… Y ahora, ella creía que él procuraba quitarle sus míseras lochas ¡Él! Él, implorando dinero a las mujeres para su trabajo!…

Una rabia temblorosa le crispó las venas de los brazos; la sangre se le agolpaba en ellos como hierro fundido.

-¡Que no! ¡Que no! -seguía hipando la mujer ante su calma amenazante.

Estaba ciego; se lanzó contra su voz y sintió hundirse dos, tres veces sus puños de hierro. Algo así como un bojote de trapos se descolgó flácidamente en el rincón.

IV

No tenía bueyes. Los surcos salían de los golpes chiasqueantes de la escardiila para irse alineando curvadamente en la falda ampulosa. Los hombres se doblaban de sol a sol. El aire era límpido, pero acre, y el calor hacia crujir los árboles.

A horcajadas sobre su escardilla, encuclillado, Pablo vela desfilar los hombres en la rojiza puesta de sol. Pasando junto a él le decían algunas palabras sudorosas:

-Ya va a está el mandao, Pablo.

Concluidos los surcos y depositada la semilla ya no había más que hacer.

-Aura que llueva con juerza!

Pero el cielo estaba más limpio, ya las nubecillas regordetas parecían navegar hacia otra parte, evadirse. Hasta que ya no se vieron más. La altura lucia con una malvada y serena belleza.

De tarde en tarde, aparecía alguno de ellos. A veces era Eduvigis Bueno, a veces Macario Rivas. Venían del pueblo canturreandito, como si su presencia pudiese arrastrar la lluvia. Después, regresaban pesadamente, llevando a cuestas la desesperanza.

Desde el comienzo de los trabajos Pablo no había vuelto al pueblo, la imagen de Josefa lo torturaba desde que el día amanecía hasta muy entrada la noche, cuando, pese al cansancio brutal, sus ojos se entornaban pesadamente, después de largas horas llenas de arrepentimiento.

Menos mal que Luis Peña quiso también asociarse, si no con dinero, al menos con su trabajo. Y Luis -quien llamaba a todo el mundo Cámara, y asimismo le decían a él -era un pedazo de pan, un alma de Dios. Tenia un aire envejecido por su cabeza blanca en canas, pero apenas frisaba en los cuarenta, era robusto y ágil y su mujer paría anualmente hermosas criaturas.

El Cámara Luis, sin ninguna clase de ambages, decidió acompañarlo en el solitario caney de la siembra; vigilaba al amigo y escudriñaba hacia lo alto buscando alguna señal que anunciase el invierno.

No le podía nombrar a Josefa, no quería saber nada de ella, rechazó la comida que le enviara pensando que quizá tendría vidrio molido, y como aquélla insistía en despachársela, el Cámara le mandó a decir:

-A la comadre, que no se preocupe… que yo mando a busca pa los dos.

Y agregó:

-Digale que el hombre está encaprichao… que tenga pasensia…

Por lo demás, Guarate lucia cada día peor. Ya dormido, le asaltaban horribles pesadillas. A medianoche se tiraba de la hamaca, semidesnudo, viendo langostas gigantescas que devastaban los campos; a veces era el cielo que se abría por una gran herida de donde escapaba una redonda catarata que perforaba la tierra, hasta descubrir los dientes cariados de las rocas. Noches había en que la siembra negra y ardorosa se convertía a sus ojos en montañas de ceniza caliente.

-Cámara! Cámara! -le amonestaba reposadamente la voz de Luis Peña desde su camastro de troje.

Y él volvía inconsciente a envolverse en su hamaca, respirando fatigosamente, con un temblor en todo los miembros.

Las visitas de Eduvigis y Macario eran ahora más penosas; ya no podían disimular la ansiedad. Eduvigis escupía su mascada de tabaco, miraba como por ociosidad hacia arriba y se acomodaba en el suelo, con la cabeza sobre las rodillas dobladas.

-Y naita que llueve -murmuraba Macario.

-¡Puede que mañana, Cámara!-decía suavemente Luis.

Aquello exasperaba más a Pablo. Al recuerdo de Josefa golpeada se aunaba ahora la cara melancólica de los hombres temerosos; sentía por ellos lástima y odio. A cada palabra tristona le provocaba brincarles al cuello y hacerles saltar la lengua. Otras veces… quería pedirles perdón. O que le escupiesen la cara.

El Cámara le contemplaba desconfiadamente, mientras murmuraba, muy bajo, como si Pablo pudiese oírlo:

San Isidro labra labra…
quita el sol y pon el agua,
San Isidro labra-labra…

Rastreando escapaba al zanjón con algo entre los brazos; abrigado entre peñones ponía su plato de peltre, luego lo llenaba de agua- el espíritu bueno del agua – y en el centro prendía una vela. Cuando la esperma se acabase, flotaría el fuego sobre el espíritu del agua.

San Isidro labra-labra…

V

Al filo de doce se erguía en medio de los surcos, alzaba la cara hacia el torrente de fuego y sostenía abiertos los ojos hasta que cegaban. Por las noches iba al mismo sitio, echábase en el suelo y ponía el oído contra el vientre afiebrado de la tierra.

-Oigo una voz…

-¿Pero Cámara, qué «pájaro» es ése?…

La noche era seca e insufrible, ante la mirada inmóvil de las estrellas la materia orgánica parecía fugarse. Ya ni el viento se atrevía a hollar con sus blandas pisadas la ruta de los espacios. Ya ni el grito de las lechuzas ponía su calofrío agorero sobre el silencio. Ya ni los grillos. Ya ni el borocotó. Ya ni la culebra latigueaba su paso onduloso entre la hojarasca. Ni los cocuyos prendían su fosforito verde. Ni las ranas. su canto baboso. Ni el vuelo aplomado del aguaitacamino. Ni el pito seco de la araña mona. Ni el quejido sonámbulo de los araguatos.

-¡Ya ni Dios! ¡Ya ni Dios! -gritó de repente saltando de la hamaca. Tomó sus pantalones. Sus alpargatas. Se metió a empajones el saco de dril.

-Camara! Camara!

Y él repuso, entrecortadamente::

-No oíste, Cámara? Por la cañada se viene una voz! No la escuchaste, Cámara?

Lais sacó sus piernas velludas y tanteó el suelo. También te iba a poner sus pantalones, pero le vio salir y correr; sin pensarlo se echó detrás, dándole voces, con sus ropas bajo el brazo.

-Aguardese, Cámara!

Pero la sombra borrosa del otro se alejaba cada vez más. El Cámara afincaba con más coraje sus pies descalzos. Así treparon la cuesta de Guareguare hasta que el jadear de entrambos se fue acercando.

La noche estaba rígida. Las estrellas clavadas. Sólo aquellas pisadas cerro arriba retumbaban sobre el mundo.
-Tras, tras, tras, tras, tras, tras…

Ya sentían las piernas como trapos.

Al fin Luis percibió muy cerca la respiración fatigosa, no veía claro, el cansancio, quizá, le mermaba la vista. Penetraron en las calles del pueblo dormido; ya no era sino un remedo de carrera y ambos se veían desfallecidos, tropezando con las piedras y baches del camino.

Luis iba siguiéndole, y a medida que se acercaban a la casa, su pecho se oprimía más y más, como si fuera a desprendérsele. Contra la puerta carcomida dio Pablo tres puñetazos. Esperó unos segundos y volvió a repicar con angustia. De súbito chirrió la llave, se abrió una hoja y apareció la cara de Josefa.

El Cámara, detrás de Pablo, le situó de lado y lado sus nervudos brazos.

-¿Qué es lo que pasa? -murmuró la mujer.

Pablo estuvo un momento indeciso, como para decir alguna cosa que había olvidado, como para hacer algo pensado de antemano. Giró sobre sus pies buscando el banquito de tablas que había en el corredor y se sentó sin decir una palabra.

El Cámara esperaba en suspenso.

-Creí que te había pasado algo – agregó ella y salió afuera. Luis se dejó resbalar hasta el suelo.

Josefa se llevó las manos a la espalda, y se apoyó en ellas contra el parral de vera. Los ojos de Pablo y los de Luis recorrieron al mismo tiempo aquella curva blanca que había en la ropa de Josefa.

-Jo… sefa… Jo…

Ella se tocó instintivamente. Quedaron así mucho tiempo, sin que ninguno dijera nada. A lo lejos, se oyó el ladrido de un perro volcarse en la noche.

Aquella claridad inmóvil había desaparecido; en el patio un cocuyo encendió su fosforito verde.
Josefa volvió al cuarto y regresó. En las manos traía la alcancía de barro negro.

-Yo quisiera -musitó débilmente-que tú mesmo, Pablo, la rompieras…

Y agregó, ante la mirada atónita, con una gran vergüenza:

-Tengo que di a comprá unos coroticos!…

Pablo tomó la cosa entre sus manos y haciendo un esfuerzo la dejó caer. Un ruido de plata y níquel se derramo alegremente.

El Cámara, mientras cubría azorado sus piernas desnudas, exclamó muy despacio, meneando la cabeza:

-Ca… ram… ba Cá… ma ra…

Volvieron a quedar en silencio. Josefa estaba de pie, con su bata larga y blanca.

En eso se oyó como el caer de una fruta pesada. Luego otra. Y otra.

El viento silbó hondamente. Comenzó a llover furiosamente. Rabiosamente.

Era como si la alcancía del cielo se estrellase contra la tierra.

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Foto: https://camaradecaracas.com

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