Alberto Jiménez Ure
Decreto caníbal
El Presidente de la República, escogido por el pueblo ulterior a la celebración de elecciones libres y generales, formuló su primer decreto: la Legalización del Canibalismo. Pretendía -con ello- resolver dos problemas graves en el país: la hambruna y el desempleo.
Miles de ciudadanos y ciudadanas sin trabajo se dedicaron a cometer asesinatos para desollar a sus víctimas, congelarlas y ofertarlas. Desapareció la cría de ganado vacuno, aves, conejos, chivos, patos y otros animales comestibles. Parecía que el hombre de aquél lugar y tiempo, quizá no imaginario, tenía el irremediable destino de convertirse en principal nutriente e igual peligroso enemigo del hombre.
La acción de matar al semejante para permanecer vivo comenzó a ser filosóficamente fundamentada por los intelectuales adeptos al gobierno, también por los profesores universitarios que temían ser digeridos y que eran protegidos por la Fuerza Única Armada Nacional (FUAN).
Se establecieron oficiales y populares abastecimientos de partes humanas. Pero, paralelamente, prosperó un mercado ilícito en el cual se ofrecían [a elevadísimos precios] carnes tenidas por exquisitas: la de funcionarios gubernamentales de alto rango, niños de la Clase Alta, personas de la Clase Media y Culta, y la de recién nacidos.
Cubiertos por funcionarios de la FUAN, los asambleístas [del Congreso Supremo de la República] y ministros acudían a los mejores restaurantes para pedir los platos más exóticos: «Testículos de Hijos de Empresarios al Ajillo», de «Hijos de Diputados con Papas Hervidas», «Senos de Hijas de Ministras Rebosadas», «Filetes de Nalgas de Magistrado Joven al Horno», «Cerebro de Opositor al Vino» y de «Adepto Traicionado [por el Gobierno] a la Ginebra»
El tradicional proletariado, siempre adulador del Presidente de turno, recibía todos los viernes y sábados -gratis- ciertas cantidades de una mezcla de ron con excremento humano deshidratado [por su gran valor nutritivo, según aseguraba el Ministerio de Sanidad] La Clase Media que no objetaba al gobierno bebía cerveza clásicamente elaborada, exenta de los esputos de quienes ejercían funciones de comisarios castigadores (lo contrario le sucedía a la Clase Media Detractora del Jefe de Estado) Los miembros de la cúpula del mando político, judicial, legislativo y empresarial tomaban Pócima Pura [21 años de envejecimiento]
Luego de varios meses, el Presidente [gordo, alto y de cuarenta años de edad] fue plagiado y ejecutado por sus custodias personales, los cuales lo mantuvieron congelado hasta cuando el parlamento le nombró sustituto.
Fue puesto a la venta en el curso de la celebración del primer año de la promulgación del Decreto Caníbal. Primero completo, después en piezas. Pero, nadie quiso comprar su carne. Los frustrados y enfurecidos raptores optaron por tirarla en el Pozo para Desechos Orgánicos (PDE), situado a pocos kilómetros de la capital de la nación, donde los pajarracos y ratas come carroña pululaban. Sin embargo, los trozos se mantuvieron intactos porque hasta los gusanos evitaron consumirlos
Regresión
Inicialmente verbal, el altercado culminó en una mutilación: Pascual, dominado por la ira, agarró una daga que, colocada encima de una mesa antigua, servía de adorno junto a sillas de montar caballos y alforjas. Quiso asestar un golpe contra su mujer y, en el último instante, desvió el impacto hacia la cuna de Diana. Ella, de apenas un año, saltaba y jugaba sin percatarse de cuanto ocurría. El arma cortó su mano izquierda y se clavó en una de las barandillas de la camita. La niña gritó y se desplomó. Desesperados, sus padres la recogieron y se apresuraron a llevarla al hospital.
La pequeña estuvo recluída durante quince días. Una infección fulminante la acercó a la tumba. Mejoraron las cosas y Diana volvió a su hogar. Presas de los remordimientos, María y Pascual aumentaron sus cuidados. A partir de lo cual emprenderían sus discusiones en un parque próximo a su residencia.
Once meses después, su madre falleció víctima de un «infarto miocárdico». Pascual se vio obligado a criar solo a Diana quien, cada cierto tiempo, sollozaba la ausencia de María.
Los años transcurrieron apacibles. Pascual olvidó el accidente de su hija y la muerte de su esposa. Diana empezaba sus primeros estudios. En la escuela, insistentemente, sus amiguitas le preguntaban cómo había perdido la mano. Por esa razón, mediante el empleo de una severidad impropia de su edad, ella inquiría a su nuevamente atormentado progenitor:
—Papá, dime: ¿qué sucedió a mi mano?
Pascual se frotaba la cabeza con sus dedos: sudaba, tragaba saliva, caminaba de un sitio a otro y activaba el reproductor de música. Con su guitarra, Riera (Rubén) invadía todos los confines. Sin ambages, la jovencita formulaba la misma interrogante día tras día. Para postergar la confesión de culpabilidad, el hombre optó por jurar que «le narraría la historia cuado ella madurara»
Diana creció y se convirtió en una colegiala triste, automarginada, enemiga de las diversiones y nunca reía. Sus compañeras de estudios se esforzaban por integrarla a sus fiestas y habituales excursiones por las montañas. Impávida, ella las escrutaba y se aislaba.
Preocupada por el comportamiento de Diana, una de las profesoras la llevó ante un psiquiatra. No consultó el asunto con Pascual, su representante. Igual, procuró mantener en reserva su interés en ayudar a la desdichada alumna.
Las primeras sesiones fueron lamentables. Diana no hablaba con el médico: entraba al consultorio y, sin expresar sentimiento alguno, observaba las fisuras más recónditas de las paredes. Luego de numerosas visitas, bajo hipnosis, la pubescente comenzó a revelar su pasado. La paciencia de Josuá Carrión, admirador de Mésmer, Freud y Jung, por fin dio resultado. La chica describió el incidente: «Enfurecido, mi padre se dirige rumbo a una mesa antigua y toma la daga. Mamá lo insulta, lo acusa de reptil, lo escupe y la reyerta alcanza limites peligrosos.
!Miserable —exclamaba—: sé que frecuentas a una meretriz!. Pascual se lanzó contra ella y, en el último momento, cambió el curso de su golpe. Bruscamente, mi mano salió disparada por un ventanal hacia el traspatio»
El Doctor Carrión sacudió a la paciente. La abrazó y acarició su abundante cabellera. Al oir los alaridos de la muchacha, una enfermera entró rápidamente al consultorio. Empero, Josuá le ordenó que no interrumpiera.
—Cálmate, Diana —le susurró y besó la cabeza—. Superarás el conflicto. Te curaré…
Llamó por teléfono a la profesora que, de inmediato casi, se reunió con ambos. Diana dormía en el diván. Sin atenderlos, el especialista despachó a los demás enfermos. La docente indagó:
—¿Ya sabe que la martiriza?
Josuá le contó la historia y le explicó que debían buscar al padre de la paciente. Abandonaron el consultorio y, en el automóvil de la profesora, marcharon en dirección a la casa de Pascual.
Al llegar, estupefactos, vieron cómo varios gendarmes sacaban un cuerpo envuelto en una sábana blanca. Periodistas roñosos y pesquisas civiles formaban un tumulto frente a la hermosa y reconstruida mansión colonial. A los detectives, pidieron les permitieran ver el cadáver:
—Es el padre de Diana —absorta, pronunció la docente.
Según advirtió Josuá, el rostro del viudo solitario fue cruelmente deformado a puñetazos. Los vecinos, «testigos oculares» del hecho, afirmaban «que algo impalpable, alguien invisible, lo castigó sin piedad hasta asesinarlo». Indiferente a los acontecimientos, sin todavía salir del vehículo, Diana fumaba un cigarrillo. Múltiples ranas, iguanas, arañas y mariposas ocupaban la residencia.
El bisturí anestésico
El Congreso de Cirugía Postmodernista inició con un discurso del Presidente de las Federaciones Latinoamericanas de Medicina, en el Salón para Conferencias del Hotel Paracotos [Caracas].
Después de varias demostraciones de novedades en el Campo de la Medicina e intervenciones quirúgicas [no simuladas ni proyectadas en video, absolutamente «en vivo»], realizadas por representantes de distintos países, el Doctor Tales de Venezuela tuvo la oportunidad de presentar lo que calificó como Bisturí Anestésico [tenía un cilíndrico mango, similar al de una inyectadora]
Ya tenía un voluntario para someterlo a la extirpación del único de sus testículos afectados, diagnosticado con Atrofia Celular Severa Multipólipos.
Las cámaras de televisión enfocaron el instante cuando Tales mostraba el revolucionario instrumento:
—El paciente no requiere anestesia vía intravenosa, total o parcial —expresó el sorprendente cirujano—. Mi Bisturí Anestésico corta, insensibiliza y esteriliza, simultáneamente, la zona dañada.
Ejecutó la incisión, que fue difundida mediante enormes pantallas para el monitoreo de las operaciones. Cuando el paciente quiso desahogar su fortísimo dolor con un alarido, el médico le tapó la boca y aproximó su rostro al suyo. En tono amenazador, le murmuró al oído:
—Si gritas te corto también el otro testículo, imbécil.
La súplica del atropellado
—Socórrame, Señor, no me dije morir —suplicó el atropellado a su victimario, aprisionado bajo una de las llantas de la máquina de rodamiento—. La Vida sólo me ha deparado infortunios.
—Tranquilo, descansará en paz y será bienaventurado —le prometió el conductor, quien, luego de abordarlo de nuevo, retrocedió y adelantó sucesivamente el vehículo.
Pensión de alimentos
—Mi esposa, si quiere que yo firme la «Separación de Cuerpos», tendrá que hacer su oferta de Pensión de Alimentos para los perros con los cuales me quedaré —abatido, condicionó el hombre su inminente divorcio en el Tribunal de «Primera Instancia» en lo Civil, Mercantil y Tránsito.
Enfurecida y en compañía de su abogado, la mujer querellante se levantó y emplazó al magistrado a quitarse la capucha que tenía:
—No puedo verle la cara, Señor Juez —dijo—. Descubra su rostro para advertirle que ninguna ley, de nuestro país u otro, contempla que una persona deba ser obligada a pagar Pensión de Alimentos para mascotas.
El jurista restó importancia a las palabras de la dama. Quitándose su negro birrete, decidió que ella debía depositar la mitad de sus remuneraciones mensuales en una cuenta a favor de los caninos.
Al verla iracunda, ordenó a dos policías que la sacaran del Tribunal. Luego develó su faz para lamerse el hocico con su larga lengua.
Los azotes que liberan de sufrimientos
—Los hombres nacimos libres para serlo, pero fundamos sociedades que nos esclavizarían — murmuró el individuo que recibía el décimo de los cincuenta azotes que les daría un soldado de El Gobernante, por haber exigido que le respetaran sus Derechos Humanos.
—El castigo templa el espíritu de quien lo recibe —repetía el fustigador.
—Pásame tu látigo y, aparte de fuerte, te haré libre —prometió el adolorido y ensangrentado penitente—. Te golpearé con él hasta que nada de ti quede: será el fin de tus sufrimientos.
El ejecutor fue cautivado por las palabras de la víctima y detuvo los azotes. Poco tiempo después, en acto público, los restos de ambos fueron cremados en la Plaza del «Prócer Independentista».
La perversa
Luego de discutir fuertemente con su hermano Antonio por la herencia de su recién fallecido padre, Virginia buscó a un ex funcionario de la Policía Científica (experto en balimetría, destituido por «corrupto») para que la asesorara en el manejo de una pistola automática.
Ella le preguntó cómo podía lograr que una bala rebotase en una pared y se dirigiese, con exactitud, hacia determinado lugar. Al hombre le extrañó la interrogante y, por ello, le pidió dinero extra por informarle y adiestrarla.
Por un lapso de tres meses, fue entrenada para que utilizara, con destreza, el arma [marca Anderson, de fabricación norteamericana] que su extinto ascendiente guardaba en el escritorio de su despacho jurídico residencial.
Un sábado organizó una «parrillada» en la casa paterna, que ocupaba con Antonio. Invitó a todas sus tías, tíos, primas y primos. A su hermano lo convenció, con actitudes que reflejaban un falso cariño, para que estuviese presente.
Durante la realización de la fiesta, cuando todos sus familiares se hallaban un poco ebrios, extrajo la Anderson y juguetonamente anunció que asistía —por divertimento— a uno de los clubes de tiro de la ciudad.
—¡Que dispare la prima, que lo haga ya y derribe a un pájaro! —coreaban algunos de los invitados.
Virginia movió rápidamente su mano derecha, con la cual empuñaba la pistola, y se escuchó una fortísima detonación. La bala chocó contra uno de los macizos bloques de la pared del traspatio. Antonio, que bebía una cerveza junto a una de sus primas, de pie y bajo un árbol de aguacate, cayó abatido.
