literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Dinorah Ramos

Ago 16, 2022

Sala de espera

Silbando alegremente algo que no tenía pies ni cabeza, pero que traducía exactamente la euforia por que atravesaba, Eduardo me acompañó hasta la puerta de la Clínica. Me puso las dos manos sobre los hombros y, con una voz cuya alteración quiso en vano disimular, me dijo:

—Que te vaya bien, negrita…

Luego se echó el sombrero un poco hacia atrás, miró hacia los dos lados de la calle, y, con grandes aspavientos de dos viejas que pasaban por la otra acera, me dio un beso, uno de esos besos castos, en la frente o en las mejillas, que expresan las grandes emociones humanas.

Yo me quedé en la puerta mirándole alejarse alto, erguido, fuerte, por la calle. Lo miré confundirse con la marejada humana que a esa hora transitaba para iniciar las jornadas de trabajo. Con su paso elástico, fuerte, atlético, con su espíritu joven y limpio, silbando una tonadita sin pies ni cabeza, yo me sentí contenta de que ése fuera el padre del hijo que me iba a nacer.

Me sentía ligeramente mareada, y entré en la Clínica, sentándome en uno de los sillones amplios de la sala de espera. El mareo me hacía ver todo como a través de una niebla lejana e impalpable, dándole a todo lo que me rodeaba tonalidades suaves y líneas etéreas. Casi no me daba cuenta de que, en realidad, era yo la que estaba allí, sentada en la sala de espera de una clínica de maternidad. Yo. A mí me había reservado el destino esta hazaña gloriosa, esa extraordinaria proeza de traer un hijo al mundo. Toda mi vida sin relieve, mi existencia pareja y casi sin emociones, tomaba ahora contornos de un luminoso itinerario, ante el hecho increíble y maravilloso.

A través de la ligera niebla del mareo, me veía rodeada de estos seres de formas confusas que también esperan la llamada del médico, e iba hilvanando mis pensamientos, de una manera indecisa y tímida. En el consultorio había una placa grande y brillante, que proclamaba la excelencia del doctor, ginecólogo interno de varios hospitales de París, Bruselas y Hamburgo, y más abajo una pizarra negra con letras cromadas que indicaba que el doctor atendía gratis a consultas de pacientes de escasos medios.

Eduardo quiso que yo me hiciera ver con el médico más afamado y más costoso, y para ello sacrificó todos sus pequeños dispendios de muchacho correcto. En realidad, teníamos muy poco para sacrificar y mucho en qué pensar. En mi familia somos tres hembras y un varón, y yo desde que pude empecé a trabajar. Llegué a obtener un sueldo de Bs. 400, que para nosotros era elevadísimo. Ese sueldo nos permitió comprar un juego de sala pulido, de esos que hay a montones en las mueblerías; cortinas para la sala y un aparato de radio. Los sábados nos reuníamos varias muchachas y jóvenes, y poníamos fiestas sencillas, contribuyendo todos al alcance de los respectivos medios, y bailando con la música del radio. Las muchachas me prestaban novelas de Elinor Glyn, de Berta Ruck, de Concordia Merrel, de Pérez y Pérez, y a la influencia de esa literatura rosa mis ilusiones se cifraron sucesivamente en un actor de cine, un lord inglés a quien reveses de fortuna hacían trabajar de policía, un muchacho humilde pero hermoso como un dios griego. Pasábamos las vacaciones en Maiquetía, alquilando alguna casita barata de un callejón extraviado, dándonos ruidosos baños de mar y poniendo partidas de croquet todas las tardes en la Plaza del Tamarindo.

Eduardo jugaba fútbol. Cuando ingresó en nuestro grupo, inmediatamente nos hicimos «llave» y fuimos inseparables. Casi no se cruzaron entre nosotros esos juramentos y palabras que tanto hacen por el amor. Nuestro amor no necesitó nunca explicaciones. Estaba allí, era innegable y ninguna utilidad tenía el que habláramos de eso. Yo le ofrecí seguir trabajando después de casarnos, pero él no quiso ni oír hablar de ello. Nos casamos, y poco a poco fui saboreando las alegrías sencillas que traían consigo cada adquisición: el juego de ollas de aluminio; cuando pintamos las sillas que compramos para el comedor; cuando pusimos cortinitas de mariposas en el cuarto… Y, ahora, el hijo…

En el sillón que está a mi lado, una mujer hace esfuerzos por sostener a los dos niños inquietos que han venido con ella. Se comprende que la maternidad es para ella un nuevo sacrificio, algo doloroso e inútil. El varón y la hembra de dos y tres años más o menos, respectivamente, se movían constantemente. Sus cuerpecitos magros, de rodillas prominentes, se perseguían por alrededor del sillón donde la madre se esforzaba. «Pero niños, por Dios, quédense quietos». Ella lleva un abrigo pasado de moda, que ya no se puede abrochar. Su cuerpo deforme, su cara cansada, sus ropas humildes, ofrecen un aspecto deprimente. Dos hijos mal nutridos, sin tiempo para atenderlos, y ahora otro… El esfuerzo se ve superior a ella. Traerá al mundo un nuevo niño raquítico, de ojos brillantes y rodillas prominentes…

El mío no será así. En las tardes de fútbol, yo he seguido con ojos admirados el cuerpo fuerte y hermoso de Eduardo. Haré que mi hijo respire aire puro, que monte bicicleta, que aprenda a nadar, que juegue fútbol como el padre. Me parece verlo ya, con una camiseta de brillantes colores, con un pañuelo amarrado a la cabeza, la cara sudorosa y los ojos brillantes, un renuevo de juventud vigorosa en una cancha verde.

En frente, una mujer se mira las manos, de uñas pintadas de un rojo casi negro, en cuyos dedos un poco regordetes se ve un suntuoso anillo matrimonial y un enorme solitario, que ilumina con sus luces el salón un poco oscuro, cargado de dolor humano y de esperanzas trashumanas. Es una mujer de esas de tipo tropical, de brillantes ojos negros, de ojos llameantes, de cejas muy finas. De labios pulposos y rojos. A su lado, el marido se pasea con inquietud. Es un hombre gastado, con aire disipado. Sobre su piel muy blanca, finas arrugas ponen continuadas estrías. Sus escasos cabellos están cuidadosamente engominados. Tiene un ceño de preocupación. Parece llevar él el peso de la maternidad, mientras la espléndida hembra se contempla las uñas pintadas de rojo.

¡Seguramente que ellos preparan para el hijo un cuarto de muebles laqueados, una colección de muñecos de todos tamaños y de altos precios; cortinitas de punto con lazos de seda, una niñera con uniforme almidonado… Yo quiero para la mía algo más que eso: yo quiero para ella todo lo que yo no he tenido y todo lo que a mí me ha sobrado. Pero, por encima de todo, yo le daré a mi hija comprensión, ternura, soporte en la vida. Seré para ella algo más que la madre: me renovaré con ella. Seré primero niña, para compartir sus primeros patines, sus papagayos, sus muñecas. Gozaré con ella del enorme lazo rosado sobre sus bucles suaves. Luciré con ella sus galas infantiles, delicadas, ingenuas. Más tarde, compartiré con ella la emoción del primer galán, la dulzura de las primeras mieles de la vida. Y también, ¿por qué no? sus dolores, la obligada parte de miseria de la naturaleza humana. La haré fuerte contra el dolor. La haré sobreponerse al sufrimiento…

Hay otra muchacha que indudablemente ha venido a la consulta gratuita del galeno, que en ella basa gran parte de su propaganda. Es una morenita humilde. Esconde sus zapatos raídos, sus medias de algodón, doblando los pies bajo la silla, para que las otras no notemos el contraste. Su hijo, el hijo que dobla su cuerpo colmado, el hijo que la aparta de la máquina del taller, el hijo que será para ella una cruz que cargará gustosa y orgullosa, el hijo que será para ella una gloria, no tiene padre. El hombre que despertó sus sensaciones se apartó para siempre de su vida. Ella no le mendigará su retorno. Fieramente, orgullosamente, se apresta ella a defender al hijo de una sociedad que le negará todos sus dones. Fieramente, orgullosamente, lo llevará adelante, lo enfrentará a la vida…

En nuestra casita de San Agustín, mi hijo tendrá a cada lado de su cuna una sombra tutelar: el padre, la madre. Tendrá, luego, hermanitos con quienes compartir sus juegos, con quienes empezar a descubrir la vida. Tendrá siempre la seguridad de una vida arreglada, el soporte de un hogar en que el cariño será el principal haber. Tendrá su medio para dulces los domingos; tendrá sus zapaticos colmados de hermosos presentes en la Navidad; tendrá su piñata, y su torta de velitas cada vez que la vida agregue años a su existencia. Tendrá todo, todo lo que nosotros podamos darle de nosotros mismos…

En el sofá están sentados un hombre y una mujer. Ella tiene un color cetrino, pálido, y ojos claros que se abren con una expresión de susto. Delgada y chiquita, el vientre deforme se destaca en ella ‘monstruosamente. Él es apenas un poco más alto, y de la misma tonalidad pálida. Él tiene la mano entre las suyas, como queriendo prestarle amparo. En los dos se reconoce esa escasez de medios de los seres que no saben sacarle partido a la vida. Será el primer hijo, indudablemente, pues ambos son jóvenes. La mujer, con su cuerpo vacilante y medroso, tiembla cada vez que se abre la puerta del consultorio del doctor.

Comparo yo mentalmente nuestra asociación de cuerpos jóvenes y limpios, ese perfecto entendimiento que nos ha reunido a Eduardo y a mí hasta el punto de traer al mundo un hijo. Nuestro hijo. ¡Qué orgullosa me siento de darle un padre fuerte y puro, de darle una madre joven y animosa! Por sus venas correrán nuestras dos sangres limpias, nuestros dos caudales de energía, de entusiasmo, de vitalidad… Será la suya una existencia luminosa y sencilla. Se aprestará a la vida sin miedo, sin titubeos, sin taras físicas y mentales. Nos llamará por nuestros nombres, nos contará sus progresos y sus decepciones. Y nosotros le diremos en las noches, cuando se siente entre nosotros: «¡Hijo mío!»

La muchacha que atiende al teléfono y a los turnos está sentada detrás de un escritorio laqueado, en el cual luce un florero la policromía de dalias de varios tamaños. Una gorrita blanca se posa sobre sus bucles brunos. El uniforme almidonado traiciona las curvas rotundas de su cuerpo. Nos mira a todas nosotras desde la cumbre de un desdén reposado y superior. Pasea su cuerpo joven y elástico, por entre nuestras humanidades en trance de espigas. Sus zapatos de goma parecen elevarla como las alas de un mercurio. Masca chicle y se sienta a leer un periódico. Lo despliega para leer las páginas interiores, y los grandes titulares de la página principal se van aclarando para mis ojos que aún ven confuso. Son noticias de muerte y destrucción. Son noticias de odio y de amargura. Hablan de incesantes bombardeos en que una humanidad, recogida en refugios subterráneos, tiembla mientras sobre sus cabezas pasa la furia de un avión y mientras atruena el espacio el ruido de las sirenas y las explosiones de las bombas incendiarias. Hablan de una humanidad que tiembla ante las ruinas que va dejando a cada paso la ambición desatada de un grupo de hombres. Un niño ha nacido en un refugio, mientras la madre ve desplomarse sobre ella nubes de polvo y de horror. Viejos, mujeres y niños se miran asombrados sin comprender por qué se ceba en ellos esta locura de destrucción. La muchacha masca chicle…

Quiero hacer un nuevo mundo para mi niño. Quiero que él viva en un mundo en que se hayan eliminado esas diferencias que nos hacen desear la muerte de otros sólo porque no han nacido en el mismo lugar en que nacimos nosotros. Quiero que mi niño viva en un mundo luminoso, limpio de odios y de rencores, en un mundo en que la humanidad tienda hacia ideales más claros, más fraternos, más humanos… ¡No quiero que mi hijo tenga que leer los titulares de ese periódico!

La puerta se abre, y una enfermera se adelanta hacia mí:

—Es su turno, señora…

 

El puente

Salvador hizo un último viaje trayendo en su carretilla los trastos que habían quedado en el otro rancho, y cuando llegó estiré los brazos, me pasé las manos por los cabellos revueltos y me dispuse a arreglar mi alojamiento del momento. Este puente levanta su monumental arcada de cemento en una urbanización llena de quintas elegantes y de árboles, árboles…

Al nivel del suelo, pasan automóviles veloces, de los cuales se oyen salir risas que cantan. En una de las quintas cercanas, un grupo de muchachas, tendidas en divanes, fumando cigarrillos americanos, se cuentan cuentos picantes. Una cargadora pasa con una niñita que luce en su cabeza un enorme lazo rosado. La niña camina con sus pasitos cortos y poco seguros. Con esa curiosidad insaciable de los niños, se queda mirando, con sus ojos puros e ingenuos, hacia abajo.

Abajo estamos nosotros.

No sé qué viento nos ha juntado aquí, a los que acabamos de mudarnos bajo este puente. Somos un rezago de humanidad. Ninguno de nosotros tiene el más ligero nexo de parentesco con los otros, excepto, naturalmente, los hijos que han venido; nos ha reunido un mismo destino oscuro, una misma falta de los más elementales conceptos de vida y de humanidad.

Recuerdo cuando mi hermana, mi padre y yo vivíamos en el campo. La madre estaba siempre regañándonos y dándonos de comer. Las gallinas y el cochino entraban en la choza y compartían nuestro plato de frijoles. De noche, me gustaba contemplar las estrellas reflejadas en el pozo cercano, y muchas veces soñé con cogerme una estrella, aunque fuera pequeñita, para mí sola. A veces parecía que las estrellas se me acercaban: era cuando los cocuyos volaban cerca. Estiraba mis manos hambrientas para alcanzarlas, pero siempre se me iban volando o se diluían en el agua negra del pozo. A mi padre se lo trajo la recluta, y nunca más supimos de él. Mi hermana y yo quedamos solas en el rancho, después de que mamá se vino a buscarlo. Cuando se nos acabaron los frijoles, resolvimos irnos las dos. Yo era todavía una chiquilla, pero mi hermana era ya una mujer formada y hasta hermosa. A los primeros pasos que dimos dentro de la urbe, la vorágine se tragó a mi hermana, la hermosa y fuerte mujer, como una torre, en que yo me apoyaba. Yo dormí varias noches en peldaños, al aire frío de la noche. A veces he trabajado en alguna casa de familia, pero prefiero esta vida errante e irresponsable. De noche, tendida en el suelo, contemplando en silencio las estrellas, me parece estarlas viendo reflejadas en el pozo negro, cerca de mi rancho.

Esta tarde, cuando veníamos Rosalía, Salvador y yo, nos detuvimos en una fuente de soda que queda cerca. En las mesitas, grupos de muchachas y jóvenes tomaban espumosos líquidos, a través de pitillos. Afuera, alineados, los esperaban los automóviles brillantes. El viejo Acisclo me ha enseñado a pedir, casi sin palabras, y delante de las mesitas colmadas de alegre juventud pude ejercitar una vez más sus enseñanzas. Me dieron un mediecito y tres lochas. Aquí los tengo, amarrados en un pañuelo sucio, cerca de donde queda el corazón. Más tarde iré con ellos a comprar cigarros para fumármelos uno tras otro, tendida en el suelo, mirando las estrellas. Todavía quedan restos de lo que comimos esta mañana, y si de aquí a la noche me da hambre, o Acisclo me pide algo, ya buscaré donde conseguir… Pero lo más importante, por ahora, es tenderme en el suelo, debajo del árbol que dá sombra a nuestra vivienda, y echar humo. Tal como las muchachas en el salón pleno de cojines, en la quinta cercana.

Acisclo, Salvador y yo constituimos un núcleo. Acisclo a veces sale a pedir limosna, pero últimamente la enfermedad lo ha ido relegando a una silla rota que apoya contra cualquier sostén: un árbol, una piedra, una pared… Las manos le tiemblan. Cuando come, la comida le chorrea por la barbilla y sus mandíbulas sin dientes se marcan a través de la piel estirada. A veces, nos cuenta a Salvador y a mí historias de cuando él fue soldado, y pasaba de población en población, atrás de un hombre de charreteras y sombrero de jipijapa. Son historias que casi no recuerdo. Cuando nombra a alguno de los hombres que marchaban con él, su voz se hace estridente, retumbante, como los bronces en las retretas de los domingos.

Ahora es apenas un remedo de humanidad, y sólo en un grupo como el nuestro puede tener cabida. Salvador, él y yo, nos hemos pasado mañanas enteras a la puerta de hospitales y asilos, mientras el temblor de sus manos parecía que iba a desbaratarlo, pero la puerta no se ha abierto. No tiene más apoyo que nosotros dos, y él es para nosotros algo así como un tallo.

Salvador no debe tener más de ocho o nueve años, pues todavía las encías no se le han llenado de dientes fuertes, dobles. Tiene una voz ronquita, divertidísima, que se le ha engruesado de tanto vocear los periódicos que vende. La primera vez que salió con una carretilla que le hicimos con un cajón y unas ruedas, se veía diminuto en la calzada inmensa. Parecía mentira que los enormes automóviles, los autobuses de dimensiones respetables, pudieran tomar en cuenta a aquella cosa mínima que caminaba por la calzada, y se pararan para no atropellarlo, siguiendo su paso pequeñito. Yo iba caminando por la acera, admirándolo. Su voz íntegra se difundía por la calle, y me parecía que no era el mismo Salvador de nosotros, el que compartía nuestras escasas adquisiciones. Por las tardes, Salvador siempre viene cargado. Trae a veces carne, a veces lechugas, pan, cigarros. Otras veces trae un hombre que busca en mí solamente una mujer fácil y barata. Yo me dejo llevar, pasivamente, y el hombre se va al rato dejándome dos o tres reales, que compartimos por mitad entre Salvador y yo. A veces vamos juntos al cine, pero a él no le gustan sino esas películas en que hay muchos tiros y el muchacho, rubio y de sonrisa contagiosa, siempre termina por salvar a la muchacha. Yo prefiero esas otras en que el muchacho es un hombre alto, moreno y de bigoticos, y la muchacha fuma cigarrillos en boquilla y mira con los párpados entrecerrados. Me gustan esas películas en que las mujeres aparecen siempre con vestidos largos…

Cerca de este puente hay una quinta en construcción. Salvador se ha ido acercando y ha entablado amistad con los albañiles. Hay uno, de potente tórax, que le ha dado permiso para que lo ayude a subir latas por una escalera. A la hora del atardecer, los hombres se han lavado los torsos desnudos en una pila que tienen detrás de la construcción, y el del potente tórax se ha venido hasta el puente con Salvador. En el único lugar encerrado que hemos podido acomodar hasta ahora, Rosalía, tosiendo, le dá de mamar al último de sus sietemesinos. Al vernos entrar, sin decir palabra, nos deja el camastro y se va con su hijo, a la sombra del árbol cuyas ramas caen en el río. Salvador curiosea por entre las rendijas de los improvisados tabiques, y me hace morisquetas que me hacen reír. El hombre, de cerca, exhala un fuerte hedor a sudor. Sonríe, mostrando los dientes. Me invita a una fiesta que están organizando para el sábado en una de las viviendas cercanas, y me ofrece venir a buscarme. Yo me quedo recordando las fiestas que ponían las muchachas que vivían enfrente de nosotros, donde estábamos antes. Las muchachas se peinaban los largos cabellos y los adornaban con peineticas rojas. Tenían un espejo dorado, sobre el cual habían puesto un ramo de flores de papel. En el espejo se reflejaban las parejas que danzaban, brillantes de sudor, y de vez en cuando yo entreveía el paso de las peineticas rojas… ¡Peineticas rojas! Quién tuviera peineticas rojas para mi cabello rebelde que el sol, el sucio y la falta de peine ha puesto amarillento, áspero, como yerba de sabana resecada por el verano…

Rosalía y Horacio viven juntos en el otro lado del cobertizo. Horacio trabaja de vez en cuando, pero prefiere pasarse los días íntegros sentado en una piedra, rasgueando la guitarra, mientras Rosalía lava ropa de casas ricas y tiende arepas. Rosalía tiene todos los años un muchachito, de los cuales unos se mueren y otros crecen flacos, raquíticos, sin atreverse a separarse nunca de las faldas maternas. Ahora viven Graciela, que es mi consentida, Yolanda, Gladys y el menor, Gustavito. Ella le pone a sus hijos los nombres que les ha oído a las niñitas que pasan por encima del puente, a esas niñitas rubias, con inmensos lazos rosados sobre sus cabecitas, que se quedan mirándonos con ojos límpidos.

Yo también iba a tener una vez un hijo. Cuando miraba las estrellas, me complacía imaginarme que esa vida que empezaba a aletear en mí sería con el tiempo una de esas hermosas muchachas que pasan, manejando un automóvil rojo, con la melena suelta al viento que la acaricia. O tal vez sería mejor que fuera un doctor. Un doctor de cara seria, de esos que pasan leyendo dentro del automóvil, con lentes para ocultar su mirada inteligente. Vendría a visitarme aquí, bajo el puente, y yo diría complacida a Rosalía, a Acisclo, a todo el que quisiera oírme:

—Mi hijo es un doctor…

Él apenas sonreiría con su cara seria, de doctor, pero los ojos le brillarían bajo los lentes gruesos. Apretaría contra su pecho un libro.

Pero tal vez haya sido mejor lo que pasó. Ahora, la hermosa muchacha cuya risa cantarina hubiera llenado de armonía la tarde apacible; el serio doctor de lentes de oro, que vendría a visitarme apretando un libro sobre el corazón, es apenas un resto informe que los estudiantes han guardado en un frasco, en un líquido amarillento, y un dolor suave, dulce, un dolor casi alegre, dentro de mí.

Cuando se encienden las estrellas, tengo ahora un nuevo entretenimiento: me pongo a pensar en cuál de ellas estará la hermosa muchacha de cabellos sueltos. Danzará, trenzando los pies sobre la yerba verde, y un perro ladrará tras ella. Será traslúcida, como una de esas figuritas de cristal que adornan los escaparates de las tiendas. Yo quisiera ser enorme, para acunarla entre mis brazos; pasar mis manos rudas por sus cabellos sueltos; alcanzarla, una a una todas las estrellas que yo siempre anhelé…

Una tarde llegó hasta nosotros un grupo de muchachas bonitas, bien vestidas. Nos congregaron a todos los que vivíamos bajo el otro puente, nos regalaron medallitas, y se pusieron a hablarnos cosas que no entendíamos. Yo nunca había oído decir que fue necesario que alguien se sacrificara por los pecados que nosotros cometemos. Yo nunca había pensado que todo lo que nosotros hacemos a diario, la serie de hechos de que está compuesto cada día, son pecados. Es pecado comer, es pecado fumar, es pecado acostarse a ver las estrellas… ¿Y qué es pecado? Todavía no logré aprender lo que quiere decir esa palabra, que oí esa tarde por primera vez. Nosotros nos mirábamos unos a otros con nuestros ojos extrañados. Las muchachas fueron reuniéndose más apretadamente, como asustadas. Se diría que tuvieran miedo de nuestros rostros huraños, de nuestros lenguajes toscos. Se fueron, con sus luminosas enseñanzas. Se fueron, con su concepto de vida desconocido para nosotros. No volvieron más.

El crepúsculo ha venido cayendo sobre la ciudad, y a lo lejos se pueden ver nubecillas de todos colores. Es la hora en que yo me tiendo en el suelo, porque un mago viene expresamente para encender, allá arriba, muy lejos de mí, los luceros, para que yo los contemple. El mago, entre sus vestiduras oscuras, me pica los ojos, para que yo admire su poderío, y parece desafiarme a que adivine en qué remoto rincón va a encender el próximo lucero. Los va encendiendo, uno tras otro, y a cada luz que se enciende su carcajada parece burlarse de mi muda contemplación. De pronto, es un reguero de lucecitas que puebla ya el cielo oscuro. El mago los ha encendido para mí, y ahora, con un dedo sobre los labios, me desafía a que adivine en cuál de ellos danza la hermosa muchacha de pelo suelto; en cuál lucero está, con un libro apretado contra el corazón, un doctor serio, de lentes de oro.

Los automóviles que pasan por el puente hacen estremecer el macadam. De uno de ellos parte una risa cantarina, que ha dejado escapar una muchacha de melena suelta, que el viento acaricia. El sietemesino de Rosalía se despierta y rompe a chillar.

De la mano de su cargadora, pasa la niñita rubia del lazo rosado. Va para su casa, en que una madre tierna la espera acogedora. Más tarde, con un dedito entre los labios, dormirá abrazada con una muñeca casi tan grande como ella. Ahora, con las gordas piernecitas cansadas, arrastra los piececitos calzados con zapaticos rojos.

El lazo rosado sobre su cabecita rubia parece una mariposa. Con sus ojos puros, claros, sin mancha, la niñita mira hacia abajo.

Abajo estamos nosotros…

*Fuente: https://leamoscuentosycronicas.blogspot.com/

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