literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Alejandro Silva

Feb 26, 2022

Juventud

Subo bajando porque

al contrario es trampa.

 

Arrastro los ojos cuando

el mundo es color.

 

Yo,

que sé de ausencias

y vanas visitaciones.

 

Solo de mí

con imagen de espejo roto

mirando el reverso de mi piel,

 

mirada dura en mi cara

creciendo más allá de lo evidente.

 

Soy mi madre y lloro con ella;

soy mi padre y su breve presencia;

soy mi angustia y toco el borde de la noche

para entender su forma cuando cierro los ojos.

 

Me atavío de preguntas

y me tomo fotos disfrazado de respuestas.

 

Ya no soy ayer;

soy hoy bifurcado y con espinas.

 

Rápida alcurnia de un cuerpo que cambia

gritando horrores a su infancia,

un poco más allá de mis sombras.

 

Salgo de casa

y súbito vuelvo hecho otro

 

¿Me pertenece esta voz?

¿Es mío este rostro feroz que me ausculta?

 

Fui viento dulce en las tardes de calor,

un algoritmo descifrado en la duda de la tierra,

un movimiento pequeño que apenas

agitaba sus brazos

tras una cortina de llanto y hambres,

camino limpio hasta el regazo de mi madre.

 

Fui la cancioncilla de cuna que olvidé.

Vuelo perdido en la melodía del ensueño.

 

¡Ahora futuro y nada!

Solo conmigo descifrándome a mansalva.

 

La inocencia hecha polvo en el bolsillo

trasero de un pantalón que me asfixia,

y miles de sueños que comienzan a arder

cual oscuras pesadillas.

 

Soy la camisa que amé,

esa ingrata que me descuadra

en el cuerpo otro.

 

Recuerdo, entonces, el amor pequeño

que respira ahora los antiguos aires de Italia,

la foto aquella en la que mínimos,

juntos,

no sabíamos cómo se escribía el porvenir,

grafía perversa que desconocen los espíritus.

 

Perdí el asombro por el cuadro

desconchado y opaco que colgaba en

la quietud de mi primera pared;

repugné su presencia de hecho consumado,

acción suspendida, masacre congelada

de perros acosando a un caballo

con la mirada llena de terror.

 

Ahora mi propia mirada

es de caballo asustado,

sueno como un dolor

oculto tras mis pasos,

y cada huella hiere.

 

¿Qué tormenta es esta que crece tras

mi plexo solar?

¿Qué camino de este desierto

empujará mi cuerpo hacia la alegría del agua?

¿Qué pájaro de fuego señalará en el aire

el refugio donde he de descansar?

 

Soy tormenta y digo cosas,

que por no saber diciendo las digo;

como por ejemplo:

Amo las tardes de fútbol

en las canchas roídas de este pueblo,

la gritería “tragapolvo” de mis

compañeros de juegos y despertares.

 

Aunque a veces amo en mutis la

forma irresoluta de todo cuanto ignoro,

porque descubrir debería ser un arte.

 

Pero de un sorbo se revela la vida

y todo pasa,

cuando cambiar es la rutina

antigua de los hombres,

seres tristes que no saben volar,

ni callar, ni transformar la tragedia

de todos los cuentos hechos de débiles palabras.

 

Soy música de cadencia rápida, inusitada,

ventana invertida con horizonte por llamarada,

caballo rucio, desbocado y ciego,

que atraviesa las horas como gotas

solitarias que pronto ahogarán

la resequedad de la tierra,

y luego serán río y turbulencia,

para terminar como charcos sucios y molestos

cada vez más pequeños,

hasta que ya no.

 

En las primeras horas del día,

cuando el sol lama los bordes de la tierra,

seré cansancio ancestral,

peso que yace y se deleita

en la quietud ponzoñosa del descanso.

 

También seré movimiento,

camino,

senda que se construye allende mis pasos.

 

Sudaré mis dudas,

intuiré más allá de lo invisible,

cantaré al borde de los aires del ocaso,

con mi hambre vieja, mi cara ajada,

destruida, preguntando: ¿quién marcó mi piel?

 

Y seré vasija recién horneada,

barro renovado por fuego y agua,

que quizás mis hijos llenen de cantos y recuerdos.

 

 

Para Daniela Hanobi

A ella le gusta mi voz

Daniela me escucha

voltea y me busca la boca

con sus deditos nuevos

ausculta entonces mis labios

para tocarme las palabras

 

 

La copa y yo

Alzo la copa que jamás quise beber

Vacío de un trago su horrible añejo

y la aviento contra un muro

Este la condena al juego de ser pedazos

También quise jugar deslumbrado

por aquellos reflejos de cristales fugaces

y fragmentos volando a colores por los aires

Pero

¡ay de mí!

quedé entero brotando oscuridades

por las hendijas de la ira

con una inmensa cicatriz en la alegría

y una lastimadura en los paladares

de todos mis sueños

 

 

Mérida

Los astros se gritan estallidos

de luz

en un cielo iluminado y enfermo

Árboles desnudos juegan a

tocarse apenas excusados por

la brisa helada de la noche

Seres de luna cambian de

forma a su paso por barras

de tenue transparencia

reflejo de suelo irregular

que fue montaña

Dentro

mis ojos escrutan formas de sonidos

diminutos como extraños

diamantes parlanchines

Espero alguna presencia

que me delire la piel

un susurro tibio que de

sentido y movimiento

a esto que soy y yace

cual pared limpia y vacía

casa sola donde tristes dioses

escupen su furor de falsa luz

Así la noche sobria me procura

celosa de que sea desplazamiento

sobre el vientre incandescente

de esta ciudad

que recela y me niega

 

 

Cadáver

He allí el cuerpo

rostro que no es nada

sino vacíos relieves

He allí lo habitado

Despojo a madera luego

purulencia hasta el blancor

He allí una fuente sellada

seco manantial

lluvia agotada

He allí las sobras

habitación de tormentas fue

hombre de Troya por caballo

y soldados de recuerdos

desvaneciéndose

He allí un productor de silencios

reloj de arena en la boca

campanada y fin de combate

He allí un pie

ya no camino

una mano

ya no caricia

sin recuerdo en el endoso

He allí lo inmóvil

ni hombre ni mujer

solo un nunca más

tragado de horizonte

hasta el para siempre

del próximo cadáver

 

 

Desvelo

Canta un gallo a las 2:12 de la madrugada

Anuncia en su concierto otra angustia

que no es el alba

Canta sus dolores

su realidad de desecho triste de gallinero

lleno de mierda envejecida

de amante desplazado

cosa rota en su pecho inservible

que se dispara como un grito

 

Pero a esa hora

con ese dolor tan doloroso

no queda más que cantar

 

 

Estoy bien

un poco virado

sobre mí mismo

exhausto

deportado del puerto que fue seguro

Yo tan de hielo en el mar del trópico

Mis manos

–¿más sabias?–

duelen cuando espanto oscuridades

y me asalta la madrugada

contando sombras y palabras rotas

Estoy bien

enjuto

con una libertad aguda y desquiciada

Tengo ojos de indio

pequeños de mal mirar

extraviados de lo allá

Anunciada está la tempestad

es de polvo seco y rasgará

mis desnudas canciones

aunque las resguarde en una botella

de licor barato

reventón

Estoy bien

poco menos que solo

olvidando discursos, nombres, fechas, lugares y rostros

y súbito de recuerdos agitados como un vapor

¡Claro que estoy bien!

precisado por una sed desértica

que me angustia la quietud

más ducho en derrotas

más lúcido en la manzana que me niego

Es de día y hace oscuro

sol y una brisa fría me condena a las sábanas

Cuando cae lluvia

mi esperanza rueda calle abajo

como un venado que huye

¡Por supuesto que estoy bien!

Esta saudade se evapora como licor

de tapa abierta

Luego

un sueño magro

espera mis huesos

y miente la calma de mi cuerpo

porque todo adentro

es tormenta y movimiento

Sobre el autor

*Crédito de la foto: Yuri Valecillo (postales de Colombia)

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