Esdras Parra
Estas opiniones sobre tu vida
queman tus labios
arrastran en silencio
el pan rancio de tus ideas
no te detengas ante el umbral
de esa morada
que hace girar polvo y ceniza
sobre tus sienes
las nostalgias
los bosques
se enredan en tus piernas
mientras persigues
la fervorosa quimera.
La poesía no tiene edad
eso te dije muy entrada la mañana
cuando la hoja del plátano en el patio
se estremeció a instancias del viento
sé que tu mano abolió la espuma
y que escuchaste el crujido de la hierba
bajo la callada aprobación del cielo
tú mencionabas la caída de las hojas
como ejemplo de tu centro de gravedad
pensando que no había mejor forma
de reemplazar la escritura del poema
o tu devoción por las palabras
tenías mucho que decir
y disponías de muy buenas razones para hacerlo.
Debes escuchar el crujido de tus huesos
ellos te llevan hacia el alto mar
al zumbido de la higuera
forman el tiempo que aún permanece frío
o se adormecen despidiéndose de tu muerte única
está presente aquí el grano y la cosecha
sobre todo la inmensidad turbadora
de la piedra que nace de sí misma
hacia los años futuros
Aquí no espero nada y es como si dijera
todo
doy un paso sobre esta ceniza
para justificarme, para extender mi
oscuro rumor dentro de mi sangre
y llevar la tierra hacia ningún lugar
con el tiempo intacto y apretado
a mi alrededor
y esta clave, la claridad que encierra
mi caparazón
hecha del mismísimo hueso.
Soy la sobreviviente, mis costillas lo saben
por esos barrancos de sábila, a mediodía,
desaparecieron mis huesos
ahora camino en el alba, mi quietud esclarecida,
buscando donde hundir el colmillo
buscando la línea, la madera de mis dos piernas
que nace de las ramas, en aquel naranjo seco
y hambriento que trepaba al anochecer
por orden de mi ensueño de niño.
Cómo seré debajo de este trozo de tierra
desmenuzada
si mis pies me sujetan al suelo y la distancia
se enrojece
el horizonte inaccesible no nace de la
indecisión
un instante y ya no mentiré más
apenas me desvío de mi lugar
en la tierra sin ventanas, en el aire
que se mueve hacia mis tobillos
esta tarde los muros de mi casa aparecen
aireados, están separados por la tregua
que impone el calor
la oscuridad allí se ha secado.
Qué violencia la de estas humaredas
avanzan apretadas
apagadas
descalzas
hay que olvidar la perspectiva del deseo inflamado
la permanencia de la llama compacta
son las herramientas de un recuerdo destruido
empujado hacia el polvo áspero
empujado por el amor al incendio
para complacer las cenizas
si ese postigo no regresa
si ese calor nos expulsa de la madrugada
He atribuido a los pantanos
la soledad de los puentes
la soledad
el barro reseco y ardiente
el agua en suspenso
los juncos que se alzan sobre sus escombros
hay un instante en que mis movimientos
se ensombrecen
bajo el crepúsculo sin tregua
por eso invento la tranquilidad
invento el tacto
hago que la tierra acorte sus pasos.
No siempre he enfrentado esta dispersión
que crece en sentido inverso al de mis pasos
no siempre
aunque el sonido de cada peldaño difuso
con sus vínculos atados a la vieja mentira
y su carne
esa torpeza de la hierba que se cierra
sobre mi camino
con mi futuro candente y su gracia seca
no promete sino un simple destello.
La tierra no está en su lugar
ya no pende de un hilo
veo los días áridos
la aurora iracunda
esas nubes que incendian los bosques
miro el viento erizado a contraviento
furioso
ya no estará más en este sitio
donde el cielo busca a tientas
mis negras estrellas
me he tendido a deshojar las horas
bajo los árboles de la noche ciega.
Con los ojos cerrados bajo este cielo sin aire
con el horizonte entre mis rodillas
ante el camino que recorrí como si partiera
hacia las ruinas
¿alguna puerta oscura?
¿algún peldaño ciego?
a veces la sed se refugia al fondo del cuarto
o cuando despierta la cadera y pone en orden
otros huesos
mientras más frío es el incendio más lejos
permanece el abismo.
He pasado el invierno debajo de una piedra.
Yo
que sólo miro la noche
que miro esa frontera errante
esa luz ciega
ese pedazo de cerro que sepulta mi casa
