Milagros Mata Gil
1990. 17 de Abril
A veces me despierto a medianoche, sudorosa y sedienta y entonces no sé, no puedo ubicarme en el momento preciso que estoy viviendo, no reconozco el cuarto, ni las sábanas, ni las invariables cortinas, y en cambio siento la piel pegajosa, el olor penetrante del aserrín mojado, del sudor rancio, de las menstruaciones resecas, de los sexos que parecen estarse chorreando entre las piernas de las mujeres, de las cabezas sucias y llenas de piojos y de liendres, y del desinfectante conque rociaban las paredes, y me envuelven otra vez ese olor y esa atmósfera antes de emerger a la frescura de mi habitación: las sábanas meticulosamente limpias, el ventilador soplando silenciosamente aire fresco, las ventanas abiertas hacia el patio arbolado, y no es cierto que esté apretujada entre otros cuerpos de mujer, sintiendo las pieles, la picazón, el sucio, el hambre, el dolor en el estómago, el paso de las cucarachas. No es cierto. El corazón recobra dentro de mí el ritmo acompasado. Todo se reordena en la penumbra. Todo, todo se reordena.
Los primeros días de esas pesadillas, cuando sólo tenía diez u once años, tardaba en despertarme, y gritaba y gemía hasta que mamá o Isabel Rendón, mi niñera, me pasaban pañuelos mojados en agua de colonia por la cara. Me despertaba finalmente y era como estar en medio de un mar tormentoso: venían a mi mente escenas: aquélla de la noche de Navidad: los soldados que destrozaron el piano y abrieron con las bayonetas los cojines de los muebles y tiraron al suelo las alacenas repletas de hermosos platos de porcelana y copas de cristal y nos empujaron a mamá y a mí a los camiones: aquélla de la luz oscilante del bombillo: yo tirada en el piso de madera, sin fuerzas ya para resistirme, y a mi alrededor las botas altas de los soldados, las perneras de sus pantalones: todo cubierto de un fino polvo ocre y música pasos de baile risas olor a alcohol y a vómito ligeramente y empujones manoseos violencia dolor en el vientre: ese dolor.
Después, las imágenes fueron espaciándose, las pesadillas fueron alejándose. No es que hayan desaparecido del todo, sino que se han vuelto endebles, como si se hubieran borrado paulatinamente por el paso del tiempo o el uso y la costumbre: como si se hubieran vuelto cotidianas.
Algunos decían que yo había vivido en otro tiempo esas cosas, en otra vida. Pero el padre Fidel, el confesor del Colegio, me aconsejaba no leer tanto y olvidarme de patrañas. Y en eso coincidió con el doctor Grau, psicólogo del Colegio, quien recomendó a mis padres que no me dejaran estudiar mucho debido a mi temperamento neurasténico, que me enviaran a unas vacaciones en la playa, y de ser posible que me retiraran un tiempo del Colegio y me indujeran a hacer algo relajante. Entonces amenacé con suicidarme si me obligaban a dejar el Colegio y me ponían a tejer y a bordar y a dibujar, como había sugerido el doctor Grau, y mi madre se asustó de tanta vehemencia en una niña y entre todos, incluyendo las monjas, decidieron que era mejor dejarme, aunque bajo estricta observación y practicando algunos ejercicios al aire libre, algunas actividades que me alejaran de las lecturas y la música. Adquirí en esos días la costumbre de dar paseos solitarios: caminaba entonces por el patio arbolado de la casa de mis padres, daba vueltas mirando atentamente las flores y la vida de las hormigas y de los pájaros. A veces, con mayor audacia, le pedía a Isabel que me acompañara y llegábamos hasta el malecón y la alameda, o hasta el antiguo puerto adonde ya no llegaba ningún barco.
Pero yo era aún muy pequeña y esos paseos no eran tan frecuentes porque tenía horas en el Colegio y obligaciones y tareas y no podía alejarme sola de la casa, ni tampoco sobrecargar de trabajo a Isabel, dijo mi madre, así que terminaron por desaparecer esos impulsos, desvanecerse y dejarme nuevamente ante mi habitación, mis libros y mis tendencias sedentarias.
Onetti escribió, creo, que a los cuarenta años uno debía comenzar a escribir sus MEMORIAS. Bueno, yo tengo ya casi cincuenta y quizá sea el momento de poner por escrito algunas cosas. Pero no se me ocurre qué contar. Tengo algunos recuerdos, algunos sueños y algunas versiones dadas por otras personas. No sé si eso basta. Mi anciano vecino, uno venido desde Italia en la post-guerra, me dijo la otra vez que lo peor de la soledad era no tener con quién compartir los recuerdos. Si él lo dice, debe ser verdad. Desde hace más de un año, cuando murió su esposa, se ha venido rodeando de otros viejos. Ellos vienen a visitarlo los domingos. Los escucho hablar en su lengua. Seguramente de paisajes, de historias repetidas mil veces. Versiones de los hechos, probabilidades, especulaciones, recreaciones quizá de eventos terribles o graciosos.
Así que yo escribo para organizar mis propias versiones y así conjurar de alguna manera la soledad. Hay gente incluso que mantiene un diálogo con sus notas: Querido Diario, escriben en el encabezado de cada día, buscando al interlocutor, papel antropomorfizado, tenaz, paciente y comprensivo. Es curioso que yo haya empezado a escribir recordando esos despertares de otros días. A veces ni puedo creer que todo eso haya pasado, todo lo que me afectó y cómo llegué a ver la vida, y creo que si no hubiera sido por Gastón, yo seguiría viendo a los hombres como violadores. Una vez vi una película de piratas donde violaban a una mujer. Salí llorando del cine y mi madre me regañaba todo el tiempo, porque no entendía qué me pasaba. Porque yo era una niña y no debía saber nada de esas cosas, decía.
Es extraño que algo sucedido en otra vida o quizá sólo en un sueño pueda afectar así a una persona. Durante mucho tiempo tuve miedo de los hombres. Mis primeros encuentros amorosos fueron con muchachas. Eran descubrimientos de los cuerpos: senos recién brotando en pechos frágiles, púbises apenas si cubiertos por encajes de vellos oscuros, dedos fríos recorriendo pieles calentadas por el sol y el deseo, tenues delicadeces petalares entre las piernas. Los orgasmos me dejaban exquisitamente fatigada. Sin humillación y sin ruptura. A los dieciséis años, a los dieciocho, yo era como un animal salvaje peleando denodadamente por el derecho a la sobrevivencia. Tenía muchos amigos y amigas. Aprendí a reír con dureza, a ironizar impíamente. Mi época era la de los cambios: los terribles 60, ya en su resonancia, en su más tardío oleaje. El desbarajuste, el baby boom, y todo eso. Después, vino Gastón y nuestros amores fueron más intelectuales que reales. Amores aparentes o imágenes de amor como él mismo los llamó. Es verdad que no terminaron en nada. Es verdad que él se mudó de planeta (o quizá fui yo) y ya nunca jamás pudimos sintonizar nuestras ondas. Aunque durante un tiempo funcionó. Ahora, nada. Él fue demasiado sensato. Inteligente, también. Se insertó en el sistema. Se volvió ejecutivo. Ejecutante del concierto global. Consiguió una buena plaza como intérprete. Y yo estoy aquí, lejos del tumulto y del público de esos concertistas, intentando escribir una historia personal, sin saber cómo empezar.
Y estoy segura de que a esta historia no le faltarán lectores: hay una especie de morbosidad en curiosear en los asuntos ajenos, una especie de alivio de los pecados personales cuando se comprueba la existencia de los ajenos. Circunstancias sórdidas o pecaminosas. O simplemente estúpidas. Quizá se trate de una suerte de catarsis por solidaridad. Pero primero debo clarificar: ¿quiero escribir una autobiografía? ¿para qué? Quizá, como decía Lou Salomé: para lanzar una lenta, sensual, mirada retrospectiva a los años vividos. Aunque no fueron años felices. Casi nunca fueron felices, pero no sé si eso tiene importancia. No pienso tampoco que lo que viví merezca la pena de ser emulado o de ser absorbido como cuando uno leía hagiografías en la niñez o biografías heroicas. No hay ejemplaridad, mensaje moral, eventos épicos. Tampoco hay deleite en esos actos. No tengo verdaderas razones, verdaderas respuestas.
Entonces, sigo sin aclarar: ¿para qué quiero escribir esta autobiografía? ¿será cierto que tendré un cómplice, alguien que justifique la exhibición de mis fantasmas, el sacrificio de mi intimidad, el streap-tease moral y el desgaste de mis fechas? ¿O se trata de que quiero construir un elaborado ejercicio literario: la autobiografía como vía hacia la literatura, la vida como género literario, el cuerpo histórico individual como libro? Pero no. No pretendo que mi vida sea un libro: eso sería ridículo. Creo que es el deseo de detener el tiempo, y no el egocentrismo, lo que me lleva a escribir estos textos. Al fin y al cabo ¿para qué tantas explicaciones o justificaciones? Esto apenas es un DIARIO: el desaguadero textual de las cotidianidades, mero juego para distraer la soledad.
Quizá me contradigo, pero eso es parte de mi prerrogativa: como diarista, como forjadora de ficciones: como fingidora o confesante.
16 de mayo
Si yo le dijera a alguien que hablo con los ángeles, que los ángeles se me aparecen en sueños y me dictan, me obligan a hacer cosas que no quiero, seguramente pensaría que estoy loca. Pero es verdad. La primera vez que vi a un ángel (mejor sería decir que sentí un ángel) yo tenía diez o doce años. En esos tiempos, me daban fiebres recurrentes y ningún médico podía encontrar las causas. Mi madre me atiborraba de vitaminas, me llevaba a santiguar con mujeres que me rociaban agua bendita con ramas de mastranto y me colgaban de cintas rojas escapularios de yerbas. Pero nada daba resultado, ni contra la fiebre, ni contra las pesadillas, ni contra los insomnios. Una noche soñe que yo estaba en una especie de sótano muy grande, como una celda subterránea, blanca, alta y sin ventanas. Yo estaba durmiendo en un catre y sentía el calor, el sudor que me brotaba del cuerpo y se quedaba pasmado, como aceite, sin correr, y sentía una sed terrible. No sé si tenía fiebre en el sueño o en la realidad, pero aún hoy recuerdo la sed, el calor, el subterráneo grande de techo altísimo y el catre como único mueble.
En ese escenario se apareció el ángel. Era como una mujer, en apariencia, con una túnica blanca de mangas muy anchas y larga hasta un poco más abajo de las rodillas, adornada en los bordes con encajes negros, dispuestos en forma de zig-zag unos centímetros por encima del dobladillo. Llevaba una especie de arneses de cuero cruzados en el tórax anchísimo que terminaban en un cinturón también de cuero del cual colgaba la espada y desde la espalda le salían alas de plumas azules, colocadas en capas superpuestas, distribuidas en una armazón cartilaginosa y de aspecto ligero, alas especializadas para vuelos largos.
Calzaba unas botas de piel gamuzada, altas hasta la rodilla y marrones. Parecía un guerrero de finales de la Edad Media, uno de esos que aparecen en los libros con cromos, guerrero dispuesto para el combate sangriento y para el placer refinado, tal como se aprendió en la Cruzada, pero no era agresivo, sino dulce y después he descubierto que puede ser educadamente frío. Me dijo: Tú estás destinada a conseguir cualquier cosa que quieras, pero tendrás que pagar muy altos precios por ello. En realidad, nunca me dijo que era un ángel (nunca me lo ha dicho), sin embargo yo siempre lo supe (siempre lo he sabido) y, después, cuando estuve gravemente enferma, el Ángel venía y se sentaba a la orilla de mi cama y me estrechaba la mano, y, sin hablarme, me hacía entender que no estaba sola, y que saldría de eso.
Me enfermé mucho en esa época, entre los doce y los quince años. Las convalecencias eran lo peor. Mi madre me sentaba en una gran mecedora azul, en el jardín, y yo veía las mariposas amarillas, las plantas favorecidas por la sombra de los dos almendrones de la entrada, los escasos transeúntes que pasaban por la acera frente a mi casa. Y escuchaba música.
Siempre música.

Buen día. ¿Tienen disponible la novela en formato digital? Soy estudiante de Letras de la UCV y requiero este texto, ya que es una novela que estoy estudiando en un curso obligatorio. Y prontamente tendré un parcial sobre el texto, más no lo he podido leer debido a que no se consigue en internet.
Por la editorial Itaca, editorial.itaca.56@gmail.com