literatura venezolana

de hoy y de siempre

En el temblor de la mirada (selección)

Nov 5, 2026

Arnaldo Jiménez

EL PARECIDO

Ayer me detuve frente a una vitrina de juguetes atraído por unos muñecos. Cuando muchacho, esa era mi obsesión. Permanecía largas horas mirándolos a través de los cristales. Madre tenía que halarme casi a la fuerza para que yo pudiera soltarme de sus manos e irme. Muchas veces me dejaba, y yo era un muñeco más que disfrutaba de las luces y la transparencia de las vidrieras.

     Recordé, casi de manera automática, los muñecos que tuve, los cuales no eran, sin embargo, mis juguetes preferidos; a mí no me gustaba perder el tiempo moviendo soldados o sumergiendo buzos en los pipotes de agua; era más dado a correr, a perseguir a mis amiguitos siendo yo uno de los policías y ellos los ladrones.

     A los muñecos me fascinaba verlos detrás de los vidrios mostradores: allí estaban en su verdadero hogar, reunidos, limpios y ordenados. Los que tenía en casa no eran muñecos, solo unos juguetes demasiados usados, sucios del trajín de los juegos, revolcados en el hogar, golpeados por la intimidad de los cuartos y los rincones. Para mí, los verdaderos muñecos estaban siempre en las jugueterías, luciendo sus trajes y sus pieles brillantes.

     Desde el otro lado, yo imaginaba que los estaba alborotando, que junto con ellos me ponía a trepar los techos y a colgarme de las lámparas. Les daba movimiento; ellos adquirían de pronto unas arterias que desconocían y espetaban un exceso de vitalidad que los hacía volar por toda la vidriera que así iba transformándose en un reposo de mar o un puente pintado de peligro. Siempre estaban como esperando a que yo me asomara y colocara las manos abiertas sobre los cristales para ellos sentir el soplo de vida que les hacía falta.

     También recordé cómo los comerciantes adornaban las vidrieras en las épocas de carnaval y de diciembre. Los muñecos veíanse inmersos en un mar de papelillos multicolores, serpentinas caracoleando por el aire y unas cuantas máscaras estratégicamente distribuidas. Siempre sonrientes, los muñecos no deseaban pisar la tierra exterior a las vidrieras. Pero yo sabía que eso no era posible y, antes de que fuesen cambiados o comprados, imaginaba que estaba junto a ellos disfrazando mi carne con sus pieles atemporales. En diciembre ocurría otro tanto: algunos muñecos eran opacados por las imágenes intermitentes de los Reyes Magos o de San Nicolás. Los muñecos allí, en sus vitrinas, me abrazaban y juntos caminábamos esos largos senderos de tierra que se abrían paso hacia el cerro donde formábamos parte de los que asistiríamos al nacimiento del Salvador.

     Ayer, cuando me detuve frente a la vitrina, me distraje con la imagen arrugada de mi rostro reflejada en la superficie del cristal; al fondo estaban unos muñecos cuyas miradas y sonrisas me parecieron falsas. Los vi ahí encerrados, ajenos a las molestias del sol y del viento. Maquillados vanamente, con largas pestañas y pupilas estáticas. Otra vez creí estar adentro, igual que ellos: frío, pálido, con una mirada sin destino. Luego me alejé impresionado por el parecido que las vitrinas tienen con las urnas.

***

EN HONOR A DIOS

El espejo le devolvió el mismo rostro; los surcos seguían conservando la memoria de la edad. Aún respiraba el polvo del trasnocho y tanteaba las huellas de Dios en sus rezos. El tizne de la noche sobre sus párpados era imborrable; en vano arrojó sobre ellos la abundante agua de la mañana. Miró la hora en su celular. Con su acostumbrada calma, chequeó todo el atuendo que una noche antes acomodó sobre la peinadora; al lado de la ropa, la Biblia abierta en Hechos. Tensó las sábanas y sacudió las almohadas, cerró la ventana y decidió ducharse para espantarse el sueño que aún tenía pegado a los ojos. Luego comenzó a vestirse muy lento: calzó los forros internos de su traje; encima, la camisa blanca de puños y cuello duros; sobre esta, un paltó negro gamuzado que le hacía lucir elegante. El estuche de los lentes lo ajustó en el costado derecho de su correa. Preparó el desayuno. Después abandonó el apartamento; una vez fuera del edificio, se desplazó por la acera persignándose y viendo hacia el cielo.

     Desde que su madre murió, todos sus actos y pensamientos los comenzó a considerar como humildes ofrendas a Dios; aún sus culpas y sus remordimientos, no poco frecuentes en sus rutinas. Desde ese mismo día también se percató de lo débil que había sido su fe, de la carencia, en su vida, de un acto de amor que para Él no ofreciera un solo intersticio de duda. Es cierto que se dedicó a su madre en cuerpo y alma, y la ayudó a bien morir ofrendándole hermosos actos de amor: sacrificó muchas horas de trabajo y, aunque su esposa no lo ha admitido, él está seguro de que esa abnegación por su madre fue la principal causa que los llevó a divorciarse; sin embargo, ¿por qué su madre, de bondad sin tachaduras, padeció los rigores de un cáncer de esófago que la postró hasta enmudecerla del dolor?, ¿por qué Dios le retiró su aliento vital a tan temprana edad? Arcadio vio cómo ella fue perdiendo su aureola de alegría, los recuerdos le pasaban por la sangre y en ese caudal se borraban por el paso de las sustancias químicas. Él se acostaba con ella y rezaba, quizás para que Dios no se sintiera ofendido por las recriminaciones. Después le leía pasajes de la Biblia a su madre hasta que esta dormitaba escuchando el rumor, casi lejano, de la voz del hijo. Contrario a lo que él mismo esperaba su fe se fortaleció con esa pérdida, y desde entonces se acostumbró a visitar la iglesia más cercana y donar dinero para atender a personas que no tenían dónde comer ni dormir. Los indigentes vivían agradeciéndole tanta bondad, y le decían que, con ellos, seres que casi besan la tierra, ya él tenía el cielo ganado.

     Caminaba lento, seguro de sí y, sin embargo, asaltado por un tropel de pensamientos que intentaban paralizarlo. Ese día estaba dedicado plenamente a la divinidad y no habría fuerza que le hiciera desistir de la decisión que tomó. La calle estaba poblada por el tráfago y el bullicio de las personas que, como casi todos los días, salen a la ciudad a marcar y remarcar sus acostumbradas rutas. Transeúntes afanados en ir y venir, cruzaban aceras, saltaban pequeñas charcas dejadas por la lluvia de la noche anterior y esperaban el paso peatonal con los gestos de los desesperados. Él los veía encender sus figuras, convertirse en ráfagas y luego desaparecer, bien fuese al tomar taxis o bien al traspasar la curva de la esquina más cercana. Dentro de la iglesia lo estaban esperando el cura y un grupo de personas; afuera, varios mendigos estaban recostados de la pared de la cerca, uno de ellos era por completo extraño, usaba un atuendo que no le pertenecía y cada cierto tiempo palpaba algo dentro del bolsillo de la chaqueta negra y sucia que llevaba puesta.

     Arcadio caminaba lento, cavilando en la posibilidad de que el Padre fuese indiferente a sus obsequios de amor; también estaba seguro de que se fe ha pasado por grandes etapas de crisis, en las cuales se ha debilitado hasta casi desaparecer; pero hoy se siente vital, con toda su alma abierta hacia Dios. Se preguntaba por el alcance de su misericordia, si acaso tendría los mismos límites del albedrío. Se ajustó la correa, chequeó la hora en su celular, palpó su pecho por encima de la camisa; allí colgaba la cadena con el crucifijo, lo extrajo y lo besó varias veces cerrando los ojos con gran entusiasmo; después lo volvió a posar sobre sus latidos. Al fondo de la calle la parada ya estaba agolpada de personas, muchas de las cuales eran jóvenes que escuchaban música con audífonos, murmuraban sus asuntos o colocaban sus manos en visera para divisar el transporte público que estaban esperando. Detrás, a escasos metros, una cerca amarillo pálido con rejas lanceoladas negras custodiaba la hermosa fachada de la iglesia La Virgen María. El cura se movió hacia la puertecilla de entrada, pues le llamó la atención el mendigo que seguía con su mano derecha introducida dentro del bolsillo de la chaqueta negra; cuando este vio al padre, sacó la mano y pidió, a otro mendigo, un fósforo para encender un cigarro; veía hacia la calle, arrugaba el entrecejo… La puerta de entrada estaba casi obstruida por los invitados. Dentro de la iglesia, en las paredes, había una serie de ventanas con vitrales que narraban las diferentes caídas del Cristo Redentor; la Virgen con su misericordia colorida y su nimbo de bondad para conjurar otras realidades. Arcadio creía descifrar sus gestos, sus prolongadas victorias sobre la muerte. Arriba, la cruz metálica que destellaba en la cúpula rompía el aire lucífero del amanecer.

     Siguió caminando; por su rostro bajaban algunos cordoncillos de sudor. Los secaba con un pañuelo gris de franjas diamantinas jaspeado de agua de colonia. Comprobó que no se  afeitó los bozos blancuzcos de su mentón, un detalle que, sin embargo, casi no tenía importancia. Se caló los lentes oscuros para repeler el resplandor y tal vez lucir más elegante. Pájaros andaban revoloteando entre los árboles que festoneaban la isleta separadora de la calle.

     “¿Por qué Dios no es más claro en sus señales, así como yo lo he sido en mis acciones? ¿En cuáles papeles se conjugan sus verbos? ¿Por qué no permite que le entendamos sin tantos secretos?” —pensaba—, afirmando que, pese a todo, el Creador le había otorgado una hermosa familia: un hijo de nueve años que hoy deberá recoger en la escuela, y de quien se siente muy orgulloso porque tiene un gran espíritu de solidaridad y de amor por el prójimo, tal como él se lo ha enseñado, una exesposa que se ha convertido en un ángel que direcciona sus pasos y le conserva la paz en el corazón. Aunque están divorciados, ella siempre le lleva ramos de flores a quien fue su suegra, y vive pendiente de Arcadio, lleva su agenda de trabajo y muchas veces lo visita para atenuarle los estragos de la soledad.

     La campana de la iglesia llamó a los feligreses, algunas palomas golpearon sus vuelos y se alejaron; él sonrió con amabilidad y agradecimiento; frente a la iglesia, los mendigos se alegraron al verlo acercarse. El mendigo de chaqueta negra estaba terminando de consumir el cigarro, arrojó el cabo y lo apagó con uno de sus zapatos, volvió a introducir la mano en la chaqueta y dibujó una mueca leve e imprecisa. La mañana estaba limpia, las dispersas nubes presagiaban la continuidad del calor hasta horas de la tarde. Arcadio estaba llegando a la parada cuando recibió un mensaje en su celular: recuerda buscar al niño hoy. Guardó el teléfono, volteó hacia la iglesia y se persignó viendo la majestad de la cruz metálica. Se acercó y se detuvo justo en el tumulto de personas; luego introdujo su mano por la camisa, a la altura de su pecho, y activó el mecanismo de la fuerte carga explosiva que traía consigo. En honor a ti, Padre, murmuró antes del estallido. 

***

EN EL FINAL

Por más que aguzaba los oídos no lograba escuchar ninguna voz, ningún quejido que saliera de entre las ruinas y los cadáveres dispersos encajados en las piedras y destrozados contra las paredes y los pavimentos. Era el final de la humanidad, y él caminaba buscando una señal de vida. Durante la noche cayeron todos los cuerpos humillados por las bombas, al amanecer ya no quedaba nada sobre sus propios pies, ahí yacían las esperanzas y los animales acostumbrándose a sus esqueletos, lamiendo la tierra de muerte, dejando la mirada perdida entre las humaredas. ¡Qué gran estrépito de estupidez!, ¡qué gran despojo de la técnica ahora envuelta entre sus propias carcasas sin calentar dentro ningún por venir!

     Pero él no dejaba de buscar, aunque en ello perdiera su aliento, era posible que otra alma quedara viva y estuviese buscando también —sin ninguna pista, sin ninguna señal, ocupada en detener su muerte—, algún indicio de sangre dentro del cuerpo, una queja moribunda, los gritos de la desesperación…

     Todos los hechos se miraban los rostros en las lagunas sanguíneas. Sus horrores dejaron de habitar las ciudades y ahora conformaban el único mundo, silente, lleno de ruinas humeantes, distanciado del retorno. Tan extraño el suelo, pensaba, lo caminaba como por primera vez, su conciencia se apegaba a los ripios y cascajos, acaso creía que ellos tenían otra oportunidad para morir de manera diferente. Las lágrimas se evaporaban antes de llegar al suelo. Las piernas temblaban, la angustia retoñaba en sus ojos a cada instante; gritaba y lloraba lleno de espanto.

     Su coraje se abría ante una galería de seres exterminados. El aire asfixiaba; el calor entraba por sus fosas nasales y lo quemaba por dentro, solo podía toser una y otra vez, detenerse y calmar la angustia, sosegar las arcadas. ¡Cómo deseaba un poco de agua! Tan siquiera un charco donde absorber la sustancia de la vida.

     Intuía una membrana de niñez volviendo a estirar sus células; presentía una pareja primordial y necesaria para que el libre albedrío volviese a reinar con propósitos más nobles. ¿Reflexionaba o deliraba? Él mismo no podía saberlo. Seguía registrando, moviendo ruinas, gritando para que retornara una respuesta. Nada, lo moribundo no se quejaba, el trazado de la violencia en el cielo quemó las aves de la redención y carbonizadas se desplomaron a respirar el aroma del vacío. Registraba todas las superficies, con sus escasas fuerzas levantaba las paredes explotadas, averiguaba los parques casi evaporados, los amasijos de acero y latón que lograron sobrevivir a las explosiones fulminantes.

       Las fibras de la mortalidad rodaban por el suelo, todo sellado con las desgracias. El silencio temblando en las contorsiones de hierros y los asfaltos levantados y derruidos, nada ni nadie que saludara a un solitario. El insoportable hedor de los cadáveres, de los linajes que levantaron murallas y sembraron distancias, amenazaba con cubrirlo y doblegarlo. Todos los regimientos despedazados, los batallones desperdigados, fragmentados, licuados: ¡cuántos órganos colgaban de varas que parecían lanzas metálicas! ¡Cuántos ojos fijaron en sus cristalinos estáticos el asombro de las últimas embestidas de la maldad humana, ya sin el marco de las caras, desprovistos de la posibilidad de cerrarse!

     ¿Ahí estaban las hojas de los libros sagrados iluminando la multitud de funerales sin campanas ni glorias; plegándose a las pústulas como queriendo darles consuelo? Le parecía ver una puerta erguida abriendo hacia la nada, una puerta necesaria para la ilusión de la continuidad. El sol, sin embargo, siguió rodando por el cielo, rompiendo las cortezas de las nubes, dejando sus lingotes de oro sobre los órganos putrefactos; mientras, el viento soplaba acariciando la devastación.

     Las señales de las últimas plagas se perdían en las llamaradas sistemáticas. No lograba intuir la presencia de un latido, alguien pidiendo el pan de la presencia. Solo el letrero de la tristeza mostraba sus códigos crueles y oscuros. La realidad ardía y, segundo a segundo, resbalaba hacia los cortinajes de las sombras definitivas. Desesperado, huesudo, famélico, con los pulmones a punto de reventar; su piel casi humo; sus pies que apenas podían sostenerlo, y con el resto del cuerpo tasajeado, sangrante, vagaba sin orden preciso, aumentando el llanto hasta la resignación, gritaba mirando hacia el cielo, enrostrando tanta mudez.

     Era el mismo escenario de otras guerras a las que ya estaba acostumbrado, pero este derrumbe había alcanzado tal magnitud que le desdibujaba todos los recuerdos y se imponía como la única verdad. La sangre fosforescente manaba lenta por algunas alfombras de seres desmembrados, por todos los argumentos de la razón y del egoísmo que se mostraban radiantes en la sinonimia perfecta de sus triunfos. Allá las estrellas cayeron del cielo y lucían sus puntas quemadas y humeantes. ¿Por qué pretendía darles calor a las estatuas de las guerras, si sus pies flaqueaban sobre el exterminio?, ¿por qué buscaba a los vivos entre los muertos si fue testigo de las grandes explosiones?

     Se sentó a descansar y a contemplar las edificaciones destrozadas; la naturaleza acabada, sin ropajes de hojas, despidiéndose. La garganta seca, las palabras inutilizadas. Los excrementos tenían la dimensión del cuerpo humano. Haciendo un último esfuerzo, se levantó y siguió registrando la fatiga de las ciudades que, ocultas en sus amasijos, aun parecían guardar la memoria de sus existencias. ¿De qué otra manera pudo haber sido el destino?, ¿hacia qué otro abismo pudo haber transitado la fatalidad? En ocasiones sus brazos desfallecían de tanto levantar piedras y esperanzas muertas, de tanto agacharse para intentar escuchar las facciones de los alientos o tocar las ondas de las respiraciones. Las batallas ganaron, la insistencia del mal ocasionó la derrota definitiva. Imaginó que en el resto del territorio solo había millones de cadáveres vagando lentos sobre el mar. Los muertos enterraron a los muertos. Resignado a no encontrar ningún paso de vida, se sentó sobre unas piedras y percibió una voz en el medio del aire que le decía que lanzara su peso, que desechara los candelabros de oro y las siete estrellas guardadas en sus manos, y habiendo obedecido se elevó a las alturas y sentóse nuevamente en el nicho obligatorio de la diestra del Padre.

Sobre el autor

*Pertenecen al libro: En el temblor de la mirada y otros cuentos extraños. Premio nacional de narrativa, Solar 2026

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