Slavko Zupcic
1
Lamento no poder ser esta vez el personaje de uno de mis cuentos de siempre y tener que ser yo mismo, Alfonso M, de veintiocho años y en peligro de muerte.
En efecto, nada de lo que hasta ahora he escrito es producto de mi imaginación y éste no es el primer capítulo de la anunciada novela. Ojalá lo fuera y Ankika Carr me permitiera tomar uno de sus rizos para agregarlo a mi vaso en este instante.
Pero esta vez soy yo mismo, Alfonso M, joven escritor tercermundista a quien de seguro todos vieron en la última entrega de premios del PN, mash, célibe, cerulei, no afiliado a ninguna logia o peña literaria, mucho menos a la devaluada Asociación de Escritores, enfrentado de repente a la posibilidad de una muerte inesperada y absurda, la suya propía, o a la no menos dolorosa de vivir eternamente entre las piernas putrefactas de Ana Carolina, cada una tan detestable como la otra.
Planteadas así las cosas, éste debe ser el momento de revelar la naturaleza de mi insensato destino. Rolling in. Tragaré saliva y frotaré mis manos con fuerza antes de hacerlo dispuesto a enfrentarme a la incredulidad colectiva.
Yo, Alfonso M, M de Morfinómano, Mujeriego y Materialista, para vivir y morir, sólo a Barbie necesito.
Barbie, putica linda, qué bien te ves con las piernas amputadas. Barbie lesbiana, bella. Barbie ultrajada, tú que sólo sirves para masturbar. Barbie en muñones, pequeña. Barbie sin pantaletas. Dos muñones tornillos en el borde exacto de tu piel. Putica linda. Barbie en muletas junto a una silla de ruedas. Barbie ácida, podrida, enlentecida. Barbie engordando como una lata de cerveza. Hundida, dispersa y perversa, putica linda. Así te veo: en la mano derecha de un enano que escucha un cassette de Nelson Ned. Barbie inmaterial. Con el pelo teñido de carbón. Grandísima puta, perra. Con una cabilla clavada entre las piernas mientras Ken nos mira. Barbie orinada. Putica y putrefacta, querida. Con las pestañas quemadas por el ácido, linda. Barbie amputada y sin corazón. Barbie rodando. Ultrajada. Con los ojos agujereados por un sacacorchos. Barbie perra, puta envilecida. Perforada. Barbie sentimental. Imbécil. Barbie ciega, peluda. Barbie desnuda a la intemperie. Basura. Barbie estropeada. Destruida, cerda. Barbie coja, arrastrándote, piedad. Barbie en candelas. Cachapera. Un hilo púrpura corre por tu vientre. Barbie cagando. Mierda, desaparecida. Linda Barbie eviscerada, putica, hueles.
2
Me pesaba la lengua, me pesaba deliciosamente la lengua.
Era como recordar los mensajes escritos en los autobuses de Quíbor cuando los pelitos salían y tú aún te quejabas del olor de mis axilas.
Como masturbarse con el corazón sagrado de una vaca y tener una pepsicola vacía para contemplar el mundo a través del culo de su botella.
O navegar fracturado en el fondo vacío de una alberca y encontrar cuatro llantas verdes pretendiendo incendiarse.
Simplemente Barbie: verdad única e indeleble en que debía haberme sumergido hacía tanto tiempo.
Barbie sonriendo y jadeante porque Alfonso M la acariciaba dulcemente bajo el cubrecama.
Barbie asida a la punta de una estrella: descolocada y deshecha mientras mis manos deslizaban la malla delgada hasta el fondo siempre depilado de sus piernas y mis índices dibujaban círculos puntiformes en sus rodillas.
Evidentemente una forma muy vulgar de abordarla.
-Barbie, hasta allí: ¿no sientes que marchamos con demasiada prisa?-le pregunté dulcemente antes de que tocaran la puerta y mi corazón se detuviera creyendo que podían haber escuchado mis susurros.
Toda una especie de sí.
Un sí rotundo antes de guardarla en su caja y colocar ésta junto a la almohada y bajo el cubrecama, porque no era yo quien le iba a explicar a mi hermana que una mujer es una muñeca y viceversa o que la luna es una serpiente que descansa bajo una mata de naranjas.
Y a ti, estúpido lector, ¿quién te lo va a explicar?
Tú que de niño te metías en el patio de los vecinos intentando sodomizar sus burras.
Tú que mil veces esnifaste cocaína para simular erecciones. Que contagiaste cientos de cuadras con tu alegría. Salve, oh Rei(na) de las Venéreas.
Inmundo receptáculo de la Neisseria y del HIV.
Del VPH y del VHS.
A ti, ¿quién te lo va a explicar, querido?
¿Quién se va a acercar a tu oído para decirte que a Alfonso M, M de Mamahuevo, Mediocre y Morganático, le gustan las muñecas?
¿Qué asquerosa lengua te lo va a musitar mintiéndote? Enlodándome y arrastrándose mientras tú contraes una otitis media.
¿Acaso el último español de la librería?
¿O la dulce y hermosa compañera de clases?
Te lo voy a decir yo, becerro. No me gustan las muñecas. Tampoco me gustan las Barbies. Una, una sola, ahora apenas a dos centímetros de mis rodillas, hizo latir de nuevo mi corazón y a sus caprichos mi vida y muerte someto.
